Las dos Dalias

Carlos Barrera

 
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Tras 81 años, La Dalia vive. Más que nunca, dicen muchos. Basta con visitar de día y de noche el ahora club de moda del centro de San Salvador, para saber que tiene más de una vida. El club La Dalia abrió puertas en 1937, en el portal del mismo nombre, inaugurado en 1885 justo frente al parque Libertad. El club empezó siendo un lugar de ocio para las clases pudientes de la capital. Con el paso de los años, La Dalia, como el centro mismo, fueron abandonados por sus ocupantes. El centro se convirtió en punto de confluencia de diferentes rutas de autobuses que llevan hacia decenas puntos del interior del país. Más de 1.2 millones de salvadoreños, principalmente de clase obrera, transitan cada día por esas 250 cuadras que son el corazón de la ciudad. Más de 40, 000 vendedores, desde buhoneros hasta puestos formales, se ganan la vida en este pedacito de capital. La Dalia pasó de ser punto de reunión de la burguesía a ser algo más parecido a un chupadero. Los parroquianos de las últimas décadas han sido albañiles, vendedores ambulantes, empleados de oficinas públicas que, tras terminar su jornada de trabajo, hacían una parada en La Dalia, por unas cervezas, una partida de cartas, billar o maquinitas. Con el paso del tiempo, la emblemática plaza Libertad, que puede verse desde los ventanales de La Dalia, pasó de ser el lugar desde el que se expandió la ciudad a ser el lugar desde el que se expandió la pandilla Barrio 18 en El Salvador de los noventa. Los tiempos cambiaron alrededor del otrora club exclusivo. Algunos de los parroquianos más veteranos recuerdan golpizas pandilleras a ciertas víctimas dentro de La Dalia. El club queda en el corazón de uno de los territorios más violentos de la ciudad más violenta del país más violento del mundo. Y sin embargo, vive como hacía años que no vivía. Gracias a la remodelación de la plaza Libertad y plazas circundantes, realizada por la gestión municipal del ahora candidato presidencial, Nayib Bukele, ciertas cuadras del centro volvieron a llenarse de gente. No es extraño en estos días encontrar a capitalinos con sus hijos caminando ya entrada la noche en la plaza Barrios o la Libertad. El centro —algunas cuadras— volvió a ser visitado por gente que hacía años no lo veía como un espacio de esparcimiento. Uno de los redescubrimientos más celebrados fue La Dalia. El club recibe a nuevos visitantes sin lastimar las costumbres de los de siempre. Por las tardes, las mesas de billar suelen estar llenas de obreros que toman una cerveza. A medida que cae la noche, varios jóvenes empiezan a tomarse las mesas. La Dalia puede ofrecer la imagen clásica de un bar de toda la vida si se visita por la tarde, y esa misma noche retumbar con un concierto de ska. A veces, pareciera que se trata de dos lugares, de dos Dalias. En La Dalia puede sonar la rocola de $0.25 con José José o los instrumentos de viento en un concierto que pone a saltar a medio club. En La Dalia, signo inequívoco de los nuevos tiempos, ya no solo se vende cerveza. Hay whisky, ron, vodka. La Dalia, paciente, se llenó de jóvenes y turistas extranjeros sin renunciar a los de siempre, a los que tienen décadas pasando por aquí.