15 años de mano dura, mentiras, muerte, pactos secretos y doble moral

El Faro y AFP

 
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Las pandillas mutan. Son organismos vivos: evolucionan según los estímulos que reciban del entorno. Se complejizan, crecen, se hacen más o menos visibles, ejercen más o menos presión y violencia. En El Salvador, estas organizaciones pasaron de ser un conjunto de células relativamente vinculadas entre sí, a convertirse en estructuras con sólidas jerarquías internas y con cúpulas nacionales. Pasaron de ser estructuras criminales de poca monta a exigir una negociación pública con el Gobierno y pactar con la estrella política del momento. Desde que en 2003 el expresidente Francisco Flores lanzó el Plan Mano Dura, pasando por una tregua con las pandillas y de vuelta a una estrategia represiva como no se había visto nunca, el Estado salvadoreño ha dado tumbos para enfrentar el problema. Va y viene sin una política clara. Y las pandillas sobreviven y crecen. Si para 2011 se cifraban en 60,000 sus miembros, la cifra oficial más reciente supera los 64,000. 15 años donde el remedio nunca dio resultados. 15 años que empezaron con represión y volvieron a la represión como fórmula principal.  ¿Cuáles fueron los hechos determinantes en esa evolución? ¿Qué hizo el Estado para crear un entorno propicio para la sofisticación de las pandillas? Este ensayo fotográfico hace un recorrido por algunos de los momentos clave en la consolidación del fenómeno.