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Especial Romero

La homilía pedagógica de monseñor Romero

Óscar Picardo Joao

 
 

La vida, martirio y legado de monseñor Romero es un fenómeno educador y pedagógico en sí mismo. En su magisterio episcopal y ciudadano enseñó con elocuencia y sencillez el valor de la verdad, la honestidad y la entrega por las más pobres de la sociedad salvadoreña; utilizó de manera didáctica todos los medios posibles a su alcance: el púlpito, las homilías, cartas pastorales, la radio, comunicando con eficacia un mensaje liberador de compromiso; finalmente, monseñor Romero fue un gran maestro y pedagogo, dejó un mensaje y huella profunda en la sociedad.

En este contexto, presentamos un primer acercamiento a sus aportes pedagógicos o educativos, pero antes de continuar, debemos aclarar el alcance de la categoría “pensamiento pedagógico”; ¿qué significado tiene o qué es? Entendemos esta categoría como un conjunto de ideas o como conceptualización argumentada sobre los sistemas educativos, su modelo y/o actores; también puede interpretarse como una cosmovisión del sistema, la escuela, el currículo o el maestro, o conjunto de relaciones sobre los temas principales: pedagogía, didáctica, etc. Dicho de otro modo, una visión, discurso o pensamiento sobre el quehacer educativo que culmina en un constructo intelectual y/o experiencial sobre las teorías o praxis educativa (J. Quintana, 2016).

Sin temor a equivocarnos, podríamos partir afirmando que el pensamiento pedagógico de monseñor Romero parte del modelo de una pedagogía liberadora. Romero nutre su pensamiento de las corrientes de pensamiento que circunscribieron las Conferencias Episcopales Latinoamericanas de Medellín (1968) y Puebla (1979), espacios en dónde se posicionó la “opción preferencial por los pobres” y la “teología de la liberación” (G. Gutiérrez, 1971 [1] ). En este contexto, también surge el pensamiento de Paulo Freire, publicado en 1967 bajo la obraLa educación como práctica de la libertad y, en 1970, Pedagogía del oprimido.

Tras las teorías de Paulo Freire se presenta un movimiento de pedagogía liberadora como renovación y redescubrimiento de los roles del maestro y del estudiante; se postula además la crítica de la “educación bancaria”, y se busca vitalizar un aprendizaje solidario y liberador de las ataduras dominantes de un sistema educativo industrial alienante, manipulador y adoctrinador. En definitiva, que el oprimido se emancipe. Esta nueva teoría persigue mayor horizontalidad y diálogo entre el docente (quien sigue aprendiendo) y el discente, una pedagogía de la pregunta, no de la respuesta; y es justamente este enfoque el que encontramos en los textos ( diarios personales, cartas pastorales, homilías ) de monseñor Romero.

Considerando el quehacer de monseñor Romero, se podrían proyectar diversas líneas de investigación a modo de dimensiones del pensamiento pedagógico, entre las que se destacan una educación pastoral y catequética (su rol como maestro en campo); educación en la fe o teológica (su cosmovisión soteriológica, cristología, eclesiología); educación política (su postura y enseñanzas para las organizaciones sociales); educación sociológica: (la visión para comprender y relacionarse con los actores); educación jurídica y canónica (enfoque de la justicia); educación comunicativa y homilética (su palabra y voz pedagógica); perspectiva eminentemente pedagógica (objeto de este trabajo).

Para entender la pedagogía de Romero es necesario realizar un meta-análisis documental con fuentes primarias que incluya identificar núcleos temáticos educativos en su Diario e identificar aquellas homilías con tratamiento específico al tema educativo. Es preciso aclarar que para profundizar en su pedagogía sería necesario buscar otras fuente y a otros actores clave. Y el mismo Romero da las pistas en su propio Diario.

Monseñor se reunía de manera constante con autoridades universitarias (UCA y UES), y participaba en eventos de carácter universitario; en su agenda cotidiana realizaba constantes visitas a colegios y escuelas, casi a diario; intercambiaba con organizaciones con un alto nivel de relación, la gremial ANDES 21 de junio y la Confederación de Colegios Católicos; en varias oportunidades fue nominado para graduaciones y nombres de centros educativos; desarrolló un diálogo constante y prudente con universitarios para entender y procesar la realidad nacional y luego pronunciarse sobre ella.

Es, sin embargo, en la homilía del 22 de enero de 1978, donde podemos encontrar una primera aproximación al alto contenido educativo y pedagógico de Romero. Resalto los textos clave con un subrayado:

“Quién puede descuidar, por ejemplo, en un sentido bien nacional de la palabra el acontecimiento pintoresco de esta semana: los niños con sus cuadernos y libros caminando para la escuela. Han comenzado las clases. Esto nos lleva a vivir esta semana también en una reflexión de ese acontecimiento patrio. ¿Qué piensa la Iglesia ante este espectáculo bello de una niñez, de una juventud, de unas escuelas que se abren, de unos maestros y maestras que están esperando después de sus vacaciones a los niños que vuelven?

En primer lugar, hermanos, elogiar el esfuerzo del Gobierno por extender la educación a todas partes. Claro está, es una gran obra y ojalá hubiera escuela para todos. Pero por otra parte, la Iglesia junto con esta alabanza y este aplauso quiere exponer su pensamiento acerca de la educación, y lo dice con franqueza a través de los Documentos de Medellín. Cuando mencionamos los Documentos de Medellín muchas gentes se asustan, pero es porque no los saben leer. Medellín es el pensamiento de la Iglesia para el continente latinoamericano. Naturalmente que muchos han abusado de esos Documentos, así como otros también los consideran como un tabú, de miedo. No es otra cosa que la inspiración cristiana a los pueblos latinoamericanos.

Un documento de Medellín se refiere a la Educación y de allí saco estos pensamientos para las escuelas que hoy abren: Que tenemos que criticar que la educación, por lo general en América Latina, no corresponde a la necesidad de unos pueblos que buscan su desarrollo. Es una educación que tiene un contenido abstracto, formalista, una didáctica más preocupada de transmitir conocimientos que de crear un espíritu crítico. La verdadera educación debería de crear en el niño y en el joven un espíritu crítico . Quiere decir que no se trague todo tan fácilmente, que sepa estar despierto. Que a la noticia del periódico no la crea sólo porque salió en el periódico; que analice, que critique. Que una ley que sale sepa analizarla, sepa ser crítico de su hora, de su ambiente.

Actualmente es una educación orientada al mantenimiento de las estructuras sociales y económicas imperantes y propiamente no es una colaboración a la transformación que necesitan nuestros pueblos, es una educación uniforme.

Mientras que en América Latina se está viviendo hoy la riqueza de un pluralismo humano, tantos valores humanos en los diversos países de América, que la verdadera educación tenía que descubrir lo propio, la creatividad de cada idiosincrasia y no tratar de dar un patrón universal para todos los países.

Está orientada por lo general la educación en nuestros países latinoamericanos al deseo de tener más, mientras que la juventud de hoy exige más bien ser más en el gozo de su autorrealización por el servicio y el amor. No fomentemos una educación que en la mente del alumno cree una esperanza de llegar a ser rico, de tener poder, de dominar. Esto no corresponde a nuestro momento.

Formemos en el corazón del niño y del joven el ideal sublime de amar, de prepararse para servir , de darse a los demás. Lo demás sería una educación para el egoísmo, y queremos salir de los egoísmos que son las causas precisamente del gran malestar de nuestras sociedades.

Tiene que proponer la Iglesia, entonces, una educación que haga de los hombres sujetos de su propio desarrollo, protagonistas de la historia. No masa pasiva, conformista, sino hombres que sepan lucir su inteligencia, su creatividad, su voluntad para el servicio común de la patria. Quien tiene que ver que el desarrollo del hombre y de los pueblos es la promoción de cada hombre y de todos los hombres "de condiciones menos humanas a condiciones más humanas". Hacerle ver en la educación, al sujeto de la educación, perspectiva de un desarrollo en el cual él tiene que estar comprometido. No esperar que se lo hagan todo, sino ser él un protagonista, poner su granito de arena en esta transformación de América.

Una educación creadora ha de anticipar el nuevo tipo de sociedad que buscamos en América Latina. Nadie está contento con el tipo de sociedad que tenemos en nuestros pueblos. Si alguien finge estar contento o es por su propia ventaja o se está tratando de engañar; pero si somos sinceros todos aspiramos a una sociedad mejor, un mundo mejor. Entonces la educación tiene que anticipar en la escuela, en el colegio, la figura -aunque sea pequeñita- de una sociedad como la quisiéramos en América: unos maestros, unos padres de familia, unos niños que formen una comunidad modelo de amor, de colaboración, de corrección mutua, etc.

También quiere la Iglesia para América Latina una educación personalizante, una conciencia en cada niño y en cada joven de su propia dignidad humana, de su sentido de libre autodeterminación y de un sentido comunitario. Nadie vive para sí solo, como caracol, sino que debe de vivir abierto para los demás: sentido comunitario.

Una educación abierta al diálogo , en que estos conflictos de generaciones, de edades, de clases, en vez de ser barreras que nos dividen sean elementos que nos enriquecen mutuamente. Un gran aprecio en la educación por las peculiaridades de cada lugar, para integrarlas en la unidad pluralista del Continente y del mundo, es decir, el salvadoreño sepa que tiene valores salvadoreños que sólo El Salvador puede aportar al gran concierto de todos los países del mundo; y cultivar esos valores nuestros, autóctonos, no con un sentido de egoísmo como si no hubieran más hombres que los salvadoreños, sino para enriquecer con nuestro espíritu salvadoreño, con nuestras cosas tan bellas, el concierto pluralista de lo que son los diversos países.

¡Qué hermosa armonía resultaría cuando todos los países en vez de pensar sólo en sí piensen en el concierto de aquel Dios de las naciones: "Cantad al Señor todos los pueblos, porque Él es el que ha hecho maravillas"!. Y capacitar a todos, hermanos, en el cambio orgánico que necesita este continente.

De allí que la Iglesia sinceramente está solidaria con los esfuerzos educativos de los países, pero quisiera pedirles que tengan en cuenta estas realidades de nuestro Continente para que ella también sienta que su aportación es válida.

Y junto a este acontecimiento de la educación, que como ven se presta a profundas reflexiones, yo quisiera invitar a estas reflexiones a los queridos maestros con quienes, gracias a Dios, guardamos muchas amistades. Para que sepan traducir en sus aulas escolares -sin traicionar su propio deber de súbditos de un gobierno, a su propia conciencia cristiana- que no se trata propiamente de dar catecismo en las escuelas: se trata de que el maestro, aun desarrollando el programa del Ministerio de Educación, sepa ser un testimonio vivo. ¡Su vida es la que interesa! Un cristiano que ha logrado hacer de su vida y de su profesión una síntesis entre la fe y su cultura, una síntesis entre su fe y su vida. El maestro, la maestra que se presenta viviendo esta síntesis, es muy fiel a los programas del gobierno y al mismo tiempo es muy fiel a lo que le exige su Iglesia, su Cristo, su bautismo”.

Nótese en esta homilía los siguientes aspectos:

  • Crítica al sistema educativo desde la educación liberadora: Que tenemos que criticar que la educación, por lo general en América Latina, no corresponde a la necesidad de unos pueblos que buscan su desarrollo. Es una educación que tiene un contenido abstracto, formalista, una didáctica más preocupada de transmitir conocimientos que de crear un espíritu crítico. La verdadera educación debería de crear en el niño y en el joven un espíritu crítico. (…) educación orientada al mantenimiento de las estructuras sociales y económicas imperantes. 
  • Un modelo educativo con identidad: la verdadera educación tenía que descubrir lo propio, la creatividad de cada idiosincrasia.
  • Perfil curricular del ciudadano: prepararse para servir.
  • Un proyecto educativo con sentido: una educación que haga de los hombres sujetos de su propio desarrollo, protagonistas de la historia. No masa pasiva, conformista, sino hombres que sepan lucir su inteligencia, su creatividad, su voluntad para el servicio común de la patria.
  • Un modelo educativo pertinente: Una educación creadora ha de anticipar el nuevo tipo de sociedad que buscamos en América Latina.
  • Pedagogía dialógica: educación abierta al diálogo.
  • El maestro un referente: se trata de que el maestro, aun desarrollando el programa del Ministerio de Educación, sepa ser un testimonio vivo

La vida de monseñor Romero está en el sistema educativo de su tiempo, y el sistema educativo está presente en su vida; su Diario lo refleja. Es un hombre cercano y comprometido con la educación de su época.

Su experiencia de vida es pedagógica y didáctica: Enseña un mensaje valioso, y es, él mismo, el recurso didáctico para proyectar el aprendizaje.

Su mensaje es liberador, emancipador y ejemplificante; es un verdadero Maestro, que mientras enseña aprende de la realidad.

Hay mucho por estudiar en los documentos de monseñor Romero. El reto está servido.

* Óscar Picardo Joao  ( opicardo@asu.edu )  es investigador y especialista en política educativa. Licenciado en Filosofía, con maestrías en Teología y Educación y  Doctorado en Didáctica y Organización Escolar;  en la actualidad dirige el Instituto de Ciencia, Tecnología e Innovación de la Universidad Francisco Gavidia.  Foto El Faro: Víctor Peña
 
* Óscar Picardo Joao  ( [email protected] )  es investigador y especialista en política educativa. Licenciado en Filosofía, con maestrías en Teología y Educación y  Doctorado en Didáctica y Organización Escolar;  en la actualidad dirige el Instituto de Ciencia, Tecnología e Innovación de la Universidad Francisco Gavidia.  Foto El Faro: Víctor Peña


[1] Véase: Gutiérrez, G.; La fuerza histórica de los pobres, CEP, Lima, 1978

 

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