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Especial Romero

Que Romero nunca deje de incomodar

 
 

Nací un año después de la firma de los Acuerdos de Paz y sé lo que pasó en la guerra por relatos familiares, reportajes, libros históricos y algunas clases. Estudié la primaria en un colegio de monjas carmelitas. Recuerdo que desde que era muy niña conocí a monseñor Romero, porque en ese colegio nos hablaban de él en las clases de estudios sociales y de religión. Por eso me enteré de que en El Salvador había existido un hombre humilde y valiente a quien habían asesinado por señalar las desigualdades sociales y por defender y acompañar a los pobres y oprimidos. Supe de ese hombre a quien su misma Iglesia abandonó y reprendió por ser el defensor de quienes nada tenían y de quienes también estaban solos.

Cada 24 de marzo, fecha en la que se conmemora su martirio, en el colegio se celebraba una misa donde el sacerdote nos hablaba sobre lo que hizo este hombre y de cómo su labor le había costado la vida. Ya en esa entonces cantábamos una canción que decía: “ahora no es monseñor, hoy es el santo Romero”.

De aquellos años recuerdo que me quedó la sensación de que monseñor fue alguien muy incómodo y que seguía siendo incómodo, dada la enorme animadversión que causaba el solo hecho de escuchar su nombre para algunas personas de mi entorno. A diferencia de lo que ocurría en mi colegio, yo era feligrés de una parroquia en la que existía una animadversión hacia Romero. Para no ir tan lejos, los 24 de marzo llegaban todos los años, pero ahí jamás se conmemoraba su asesinato. Menos se hablaba de su prédica y de las motivaciones que tuvieron sus verdugos para asesinarlo. En una ocasión, incluso, escuché al párroco decir que los sacerdotes y religiosas no debían meterse en política ni en cosas de la “realidad” porque de ella ya se encargaría Dios. No fue la única vez que escuché este tipo de frases de boca de un religioso. Estas palabras me impactaron tanto que decidí romper relación con una iglesia en la que, entre otras cosas, había una intención por borrar a los mártires salvadoreños, y a monseñor Romero en específico.

Tampoco recuerdo que en los medios de comunicación se hablara tanto sobre monseñor. Cuando se hablaba de él, lo hacían para llamarle “cura de sotana roja”, “marxista”, “guerrillero”. De esto que menciono no me dejarán mentir las secciones de opinión de El Diario de Hoy, por poner un ejemplo.

Monseñor Romero, pues, ha sido alguien a quien han querido borrar, deslegitimar y de quien después de décadas de su asesinato se seguían (siguen) diciendo cosas que intentan justificar su muerte. Sin duda ha sido difícil conocer a ese monseñor Romero que desde el altar pedía con fuerza que cesara la represión y que señalaba las tremendas injusticias y desigualdades de El Salvador. Ese país donde unos pocos tenían -y tienen- todo; y donde otros no tenían –ni tienen- nada.

Monseñor Romero fue asesinado hace 38 años, pero su denuncia y sus palabras son tan vigentes tanto ayer como ahora. El país dejó la guerra, pero las desigualdades y las injusticias persisten. Ahora solo han cambiado un par de cosas: que pese a la resistencia que por años tuvo la Iglesia católica hacia su figura y su legado, monseñor Romero fue beatificado en mayo de 2015 y ahora es reconocido por la Iglesia universal. Lo que ha cambiado es que aquellos que lo criticaron ahora quieren convertirlo en una figura edulcorada. Ahora hasta los sectores que tradicionalmente fueron opositores a monseñor dicen que no hay que “politizarlo”, sino que debe ser un símbolo de “Unidad”. Y yo les digo que no. Que monseñor Romero fue asesinado porque tomó partido, porque se convirtió en el antagonista de quienes torturaban, desaparecían y mataban, de los injustos, de los avaros. Esos mismos que piden que sea un símbolo de unidad, con bastante frecuencia tratan de que olvidemos que fue asesinado y que ese crimen sigue impune. Hasta estos días, algunos todavía siguen haciendo apologías del principal señalado en la autoría del crimen. Otros dicen ser fieles seguidores de Romero, pero defienden o legitiman las graves violaciones a los Derechos Humanos cometidas desde las instituciones del Estado.

Monseñor Romero ahora será santo, y me temo que a partir de su canonización lo que más se cuente de él sea su versión edulcorada: que fue un buen cristiano, que siguió la doctrina de la Iglesia, que es un santo unificador. Temo que esto pase porque corremos el riesgo de que los religiosos más conservadores, y la ‘cristiana’ derecha se apropien de la figura de Romero. Temo que lo conviertan en una especie de santo genérico y acartonado, un santo que no incomoda ni interpela a nadie. Un santo al que se le ha despojado de su radicalidad.

A pesar de todo, deseo que la canonización de Monseñor sea una ocasión para recordarle a quienes lo acompañaron en su labor, y a quienes se han encargado de promover y proteger su memoria, que en la medida en que se siga difundiendo al Romero real, al Romero de los sin voz, no todo estará perdido. Para el resto de nosotros, deseo que monseñor sea siempre esperanza, memoria y guía. Deseo también que sea siempre ese alguien en quien podamos creer y que sea siempre un símbolo que nos recuerde que hay injusticias y desigualdades por las que hay que seguir incomodando.

Fátima Peña es licenciada en Comunicación Social y actualmente es asistente para la coordinación de asuntos internos de la Vicerrectoría de Proyección Social de la UCA. También fue periodista de El Faro de 2013 a 2016.
 
Fátima Peña es licenciada en Comunicación Social y actualmente es asistente para la coordinación de asuntos internos de la Vicerrectoría de Proyección Social de la UCA. También fue periodista de El Faro de 2013 a 2016.

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