Centroamérica / Migración

La traición del gobernador de Veracruz lleva La Caravana al límite

El gobierno de Veracruz ofreció este sábado 155 autobuses para transportar a los miembros de La Caravana Migrante directamente a Ciudad de México. Una hora después de su anuncio, se retractó. Los migrantes bregan contra la corriente política y contra los miles de kilómetros que los separan de su destino. La unión de la marcha se tambalea. 


Domingo, 4 de noviembre de 2018
Carlos Martínez

Domingo 4 de noviembre. La promesa, mientras duró, supo dulce. Fue un bálsamo. Fue un viento fresco.

El gobernador de Veracruz había ofrecido terminar con el periplo de La Caravana Migrante, al menos hasta su primer destino, la Ciudad de México. Miguel Ángel Yunes ofreció enviar 155 autobuses al municipio de Sayula de Alemán para subirlos a todos: una avalancha de 7 mil personas que ya no se arrastraría por carreteras, que no deambularía más por el Istmo de Tehuantepec, la delgada cintura de México y también la que más migrantes centroamericanos ha devorado en la última década, secuestrándolos, deportándolos, matándolos a manos de corruptos policías, de asaltantes de caminos, de cárteles sin misericordia. Escaparían de esa estrechez en autobuses con aire acondicionado. Ya no subirían la serranía poblana, desde donde se ve el pico nevado del Popocatépetl, con niños enfermos en brazos de adultos que nunca han conocido el frío. Verían pasar más de 500 kilómetros por la ventana y entrarían en masa a la ciudad más grande del continente.

Era viernes 2 de noviembre cuando se extendió el rumor de que el gobierno de Veracruz les aliviaría el calvario. La Caravana venía de pasar su noche más oscura desde que entró a territorio mexicano, donde una lluvia convirtió su campamento, en Matías Romero, Oaxaca, en un barrizal inhabitable y los obligó a dormir apuñados en aceras, buscando algún bordillo protector del agua. Apenas habían dormido. Los niños, todos, estaban enfermos. En el ambiente flotaba la tensión acumulada durante cada uno de los 635 kilómetros que patearon, de los 10 campamentos en los que durmieron sobre el asfalto, de los dos estados mexicanos recorridos, de los tres países atravesados. Pero de pronto la esperanza, que se contagia como la gripe, se fue abriendo paso entre aquel rebaño desaliñado.

Las autoridades municipales de Sayula de Alemán habían montado una enorme pantalla, donde pasaban las aventuras del Hombre Hormiga.

Cuando uno de los delegados –electo a mano alzada por la masa– interrumpió la película, hubo quien gritó: “¡Por la gran puta, al menos dejen la película!”. Pero el líder conocía las palabras mágicas: “Tengo buenas noticias. ¿Quieren oír las buenas noticias o prefieren ver la película?”. Todos votaron por las buenas noticias, claro. Se pusieron de pie. Hicieron silencio. Desde el megáfono salió aquella alegría. Todos sonreímos. Los hondureños levantaron los puños, celebrando; hicieron su tradicional grito apache –que solo hacen cuando están o muy contentos o cuando acaban de hacer alguna maldad– “Yeeeeeeey, yiiiiija”. Gritaron que sí se pudo. Que sí se pudo.

Se quitaron las cachuchas para orar, alzaron sus manos abiertas y el delegado se dirigió al altísimo: “Gracias, padre amado, gracias, señor misericordioso… muchas gracias, gracias, gracias. El pueblo de Dios dice gracias” y aquella masa maltratada, aquellos miles criados en el espanto, gritaron, juntos, “¡Gracias!”. Muchos nos echamos a llorar.

A esas alturas, el estadounidense Alex Mensing, uno de los voluntarios que acompañan la marcha, ya se había aprendido el grito apache y luego de abrazarme lo lanzó al aire para que quedara ahí, flotando. “Yeeeeeey, yiiiiiiija”.

Al cabo de una hora el gobernador de Veracruz, miembro del Partido Acción Nacional, Miguel Ángel Yunes, los iba a traicionar. Pero en aquel momento la esperanza supo dulce, fue un bálsamo. Fue un viento fresco.

La Caravana celebró al recibir la noticia que el gobernador de Veracruz, Miguel Ángel Yanes, les iba a brindar autobuses ilimitados hacia la Ciudad de México. Foto: Fred Ramos
La Caravana celebró al recibir la noticia que el gobernador de Veracruz, Miguel Ángel Yanes, les iba a brindar autobuses ilimitados hacia la Ciudad de México. Foto: Fred Ramos

El verbo traicionar

Para que no quedara duda de que el ofrecimiento de transporte era oficial, el gobernador Yunes se hizo filmar, enfundado en un chaleco para el frío, diciendo “es muy importante que puedan moverse pronto de Veracruz hacia otro lugar, por eso les ofrecimos transporte, para que de ser posible el día de mañana, tres de noviembre, puedan trasladarse a la Ciudad de México o a la ciudad que ellos deseen… Atendemos todas las indicaciones de la Comisión Nacional de Derechos Humanos en torno al apoyo de esta Caravana”.

Los coordinadores de la marcha se movilizaron para organizar a la muchedumbre, girando indicaciones logísticas. A las cinco de la madrugada todos deberían estar en pie para asear el campamento –es un ritual que han mantenido constante a lo largo del camino– y formarse: primero las mujeres que viajan solas con sus niños. Luego las familias y después el resto.

Hubo febriles reuniones entre los delegados de la Comisión Nacional de Derechos Humanos y sus pares de la Ciudad de México, de Veracruz, y de Oaxaca para coordinar el acompañamiento a los autobuses. La secretaría de gobierno de la capital giró instrucciones a sus centros de refugio para que se prepararan a recibir a cinco, o seis o siete mil almas sedientas y hambrientas, con apoyo médico y víveres. Los reporteros rehicimos nuestras rutas.

Entonces apareció, pasada más o menos una hora, un segundo video. Yanes, ahora con una chamarra campirana azul, se retractaba. “No se trata de pasar una papa caliente de una mano a la otra, o de un estado a otro. Ofrecí darles apoyo para trasladarse a la Ciudad de México, pero La Ciudad de México enfrenta todo el fin de semana, y probablemente hasta el lunes o martes de la otra semana, un problema grave de abasto de agua, que afecta a más de siete millones de personas. No sería correcto que agraváramos esta situación. Por esto quiero ofrecer a los migrantes que, mientras los problemas se resuelven, y en espera de una solución de fondo de este asunto, acepten la invitación de ir a una ciudad de Veracruz más al sur, una ciudad grande, donde podamos tener condiciones, sobre todo de seguridad”. Una papa caliente, dijo.

“¿De qué estás hablando?”, se sorprendió una fuente, parte de la delegación de la Ciudad de México que acompañaba La Caravana, cuando le llamé por teléfono para intentar entender algo. Esta persona no había escuchado el segundo video y no tenía idea de ese viraje derrapante. “Pero si nosotros estamos listos para recibirlos. Ya se han tomado medidas por lo del agua”.

Desde hace semanas –desde que La Caravana entró a México, el 20 de octubre– se sabía que la capital padecería un corte del suministro de agua, debido a unas reparaciones en las tuberías de la ciudad. Todo México lo sabía. El gobernador lo sabía, pero ahora lo argumentaba como la razón de que su oferta se hiciera aire. Les ofrecía autobuses, sí, pero para hacerlos retroceder hacia el sur y estacionarlos durante un tiempo indefinido en un lugar que tampoco mencionó. Era, a todas luces, una oferta que los migrantes no aceptarían.

Si presuponemos que el gobernador no se enteró repentinamente, durante esa hora, con dos semanas de retraso, del corte de agua que había sido anunciado por todos los medios posibles, habrá que inferir que en ese tiempo pasó algo que lo cambió todo. Algo que sigue siendo un misterio.

Los dos videos de Yunes fueron grabados en exactamente la misma locación, con exactamente el mismo plano. Solo cambia su chaqueta. Él aparece sentado sobre el borde de un escritorio –quizá el suyo– con una biblioteca de fondo. La silla ligeramente movida, como si alguien se acabara de levantar de ahí. Sobre el escritorio, unos papeles y un lapicero colocado sobre ellos, exactamente en el mismo lugar. Al lado, una pequeña libreta de apuntes, en blanco. Sobre una extensión lateral del escritorio hay dos teléfonos. Uno es negro. El otro es rojo.

El agua fría

A las cinco de la mañana del tres de noviembre, un matrimonio de edad madura se había subido a un camión sisterna para tener una buena panorámica de todo aquel campamento haciendo fila para subirse a los buses que los llevaría a la Ciudad de México. Antonia y Mario son médicos. Son mexicanos, nacidos en Sayula. Desde que La Caravana llegó dejaron sus trabajos y se lanzaron a atender –gratis, desde luego– a los más niños.

Miles y miles hacían fila, cada vez más impacientes, esperando la promesa que los mandó a soñar sonriendo. Pero los buses no llegaban nunca. Y en las filas comienza a tensarse la paciencia. “¿Dónde están esos buses?' Preguntaba alguien. “Ya van a venir”, respondía otro. “Nos dieron paja”, gritó uno más. Y todo se puso tembloroso. Antonia me preguntaba, sobre el techo del camión, si yo sabía algo. No tuve el valor de pronunciar lo que sabía en voz alta. “Los niños están deshidratados, no creo que aguanten caminar más”, me dijo Mario.

Los minutos pasaban y las filas comenzaban a desgranarse. Unos migrantes se subieron en un remolque y uno de los coordinadores les gritó por megáfono que si se iban perderían los buses. Se bajaron. Pero los buses no llegaban nunca. “¿Para que nos bajaste, hijo de puta, perro?”, le reclamó al cabo de unos minutos una mujer enfurecida. “Es peligroso separarnos”, le respondió desde el megáfono. “Tengo más huevos que vos, hijo de puta”, le dijo la tipa, con la paciencia esfumada.

A las seis de la mañana, Ginna Garibo –la cara más visible entre los coordinadores de la marcha– junto a Alex Mensing y unos funcionarios de derechos humanos, le pidieron espacio al matrimonio de médicos para subirse al camión y lanzar desde ahí una baldada de agua fría.

Ginna Garibo y Alex Mensing le anuncian a La Caravana que han sido engañado.  Foto: Fred Ramos
Ginna Garibo y Alex Mensing le anuncian a La Caravana que han sido engañado.  Foto: Fred Ramos

“También a nosotros nos engañaron”, les dijo. La Caravana lo recibió como un golpe en la cara. Para aquellos miles y miles cuyos gobiernos les fallaron al punto de abandonar su país, que viajan con un historial de promesas rotas a cuestas, las mentiras y las falsedades han salido de la misma boca: de la de Ginna Garibo y el resto de coordinadores. Ginna puso el audio de los dos videos por el megáfono. Pero en la cabeza de aquella gente pasaban rutas, carreteras, camiones y remolques. Muy pocos escucharon al gobernador Yanes traicionarlos. La Caravana comenzó a ponerse en marcha, enfadada. En esta fuga masiva, tener esperanza y perderla es perderla dos veces. “Mucha paja”, dijo un muchacho flaco. Y se largó.

Ginna se enteró de la traición igual que todos: viendo el video. Luego de sus muchas reuniones de coordinación y logística, con la Cruz Roja, con la policía, con distintas comisiones de derechos humanos, se enteró que les habían engañado. Ningún representante del gobierno de Veracruz dio la cara.

“¿Quieres saber cómo estoy?, estoy de la verga”, me dijo Ginna al bajar del remolque. “Pensé que nos iban a linchar”. Maggie, otra de las voluntarias, respondía a un grupo que la acosaba a reclamos: “A nosotros también nos engañaron. ¿Cómo creen que nos sentimos de tener que darles esta noticia?'

Antes de bajar del camión, Ginna les dijo que la siguiente ruta era hacia el municipio de Isla, siempre en Veracruz, a 62 kilómetros. Los primeros tomaron la dirección contraria, maldijo alguien. Se perdieron. El reino del caos y de la frustración.

Antonia, la doctora, se resguardaba en el regazo de su marido y lloraba sin consuelo: “Qué crueldad, qué gran crueldad”. Alex Mensing llevaba en los ojos un brillo gris, una agüita mala que se le derramaba aunque intentara disimularlo.

Al límite

En el cruce de caminos que lleva al municipio de Isla hay violencia. A los más jóvenes los 62 kilómetros les supieron a poco. Estaban hartos de caminar al ritmo de los más lentos. Muchos desoyeron la indicación de permanecer en aquel lugar y siguieron de largo hacia adelante. Sin saber bien cómo se llamaba ni a cuánto quedaba “adelante”.

Un grupo apalizó a un chico negro, que había tomado un garrote para repeler a una turba que inundaba el camión que él había conseguido abordar. El conductor del camión les dijo que eran muchos, que no avanzaría si no se bajaban algunos, y el muchacho intentó espantarlos. Lo destruyeron a golpes y lo entregaron a la Policía, que lo llevó con el rostro ensangrentado hacia la delegación. Otros manotearon la cámara de un periodista y la turba se les echó encima: “Gracias a los periodistas hemos conseguido llegar hasta aquí, porque están ellos es que nos respetan”, gritaba una mujer enardecida. La masa rodeó al agresor, con afán de linchamiento. El reportero pidió calma y se negó a denunciarlo a la Policía. Nadie sabía a quién mirar para tomar decisiones.

Migrantes centroamericanos en un camión que les dio un aventón hacia Puebla, el 3 de noviembre. Foto: Fred Ramos
Migrantes centroamericanos en un camión que les dio un aventón hacia Puebla, el 3 de noviembre. Foto: Fred Ramos

Cuando Ginna Garibo apareció, a bordo de un furgón de carga, ya cientos se habían largado, a pie, sobre camiones de piña o sentados en llantas de repuesto bajo la carrocería de los remolques. Ginnna supo que era imposible intentar detenerlos. Subida en los hombros de un migrante, tomó un megáfono y les dijo que ella permanecería ahí, en honor al acuerdo hecho, pero que si el resto estaba dispuesto a seguir les recomendaba detenerse en la ciudad de Puebla, capital del estado Homónimo. Mencionó la parroquia de Nuestra Señora de la Asunción, como punto de encuentro. Les pidió mantenerse unidos y les deseó suerte. Faltaban 400 kilómetros hasta Puebla.

En términos prácticos, La Caravana se deshizo. Ya no dormirían juntos, ya no serían una avalancha multitudinaria. Ya no irrumpirían como un río desbordado por pequeños municipios, llenando las calles y las plazas. Cada quien avanzaría según su propio cuerpo se lo permitiera.

Migrantes centroamericanos corren tras un camión para abordarlo en su trayecto hacia Puebla, el 3 de noviembre. Foto: Fred Ramos
Migrantes centroamericanos corren tras un camión para abordarlo en su trayecto hacia Puebla, el 3 de noviembre. Foto: Fred Ramos

Los primeros llegaron a Puebla, al albergue preparado en la parroquia de Nuestra Señora de la Asunción, cerca de las 9 de la noche. Tres mil durmieron en Isla; 1,500 en Tierra Blanca, 600 en Loma Bonita. No se sabe del resto.

Al albergue de Puebla llegaron fantasmas con la mirada del boxeador que ha sido noqueado. Algunos no sabían dónde estaban, incoherentes, famélicos, destrozados. Llegó lo que quedó de ellos, luego de seis horas hacinados en camiones, o soportando el viento frío de la sierra poblana sobre trailers. Una mujer se consumía de la fiebre. Un hombre, con el pie retorcido, tenía inflamadas las palmas de las manos de tanto apoyarse en sus muletas. Otro llevaba un ronquido en el pecho y escupía una flema densa que lo asfixiaba. Casi mil personas llegaron al borde de sus cuerpos a Puebla, donde una brigada de médicos hacía magia sobre ambulancias insuficientes.

De esta Caravana despedazada, 500 han entrado ya a la Ciudad de México. Miles vienen en camino.

Un camión con migrantes llegó a la media noche  a la parroquia Nuestra señora de la Asunción en Puebla. Los migrantes realizaron un recorrido de aproximadamente 350 kilómetros el dia ayer 3 de octubre. Foto: Fred Ramos
Un camión con migrantes llegó a la media noche  a la parroquia Nuestra señora de la Asunción en Puebla. Los migrantes realizaron un recorrido de aproximadamente 350 kilómetros el dia ayer 3 de octubre. Foto: Fred Ramos

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