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Especial Romero

Monseñor Romero: ¿conversión o evolución?

Gene Palumbo

 
 

Se ha hecho muy común hablar de una “conversión” de monseñor Romero. Pero ¿cuándo cambió él realmente, y por qué? La versión del cambio que muchas personas creen es la siguiente: después de su toma de posesión como arzobispo, un escuadrón de la muerte asesinó a su gran amigo, el padre Rutilio Grande, y por eso Romero –hasta ese momento un obispo ultraconservador– experimentó repentinamente una conversión dramática que le transformó la vida.

Esta versión es gravemente equivocada. Romero mismo la rechazaba, igual que quienes mejor lo conocieron. La evidencia es abundante, pero para mí se ilustra mejor mediante una historia contada por Paul Schindler, un sacerdote de Cleveland que trabajó en El Salvador antes y durante los años de Romero el arzobispo. Relaté esta historia en ReVista: Harvard Review of Latin America (Spring 2016):

Paul Schindler recuerda el día en que Óscar Romero se sentó junto a él, temblando. Romero sabía que no estaba entre amigos. Se trataba de una reunión del clero a principios de 1977, y muchos de los sacerdotes estaban furiosos: un hombre con el que habían chocado–Romero–acababa de ser nombrado como el nuevo arzobispo.

Finalizando la reunión, le preguntaron a Romero–quien aún no había asumido el cargo–si quería decir algunas palabras. Para Schindler, era posible que aquellas serían las últimas palabras que escucharía de él. Desalentado por el prospecto de trabajar bajo las órdenes de Romero, Schindler había comunicado a su obispo en Cleveland su decisión de volver a casa tras ocho años de trabajo parroquial en El Salvador.

“Caminó hacia el frente del salón y comenzó a hablar -dijo Schindler- y media hora después me dije: ‘No me voy a ningún lado’”.

Esto sucedió antes de que Romero tomara posesión del arzobispado y antes del asesinato del sacerdote Rutilio Grande.

Desconocido para Schindler–y para muchos otros–Romero había cambiado durante una estancia larga, a mediados de los años setentas, lejos de la capital. A principios de esa década, cuando ejercía como obispo auxiliar en San Salvador, era visto como un conservador; ese fue el periodo en el que atrajo la ira de los sacerdotes que más adelante se molestarían tanto por la noticia de su nombramiento arzobispal. Pero en 1974 había sido nombrado obispo de la diócesis rural de Santiago de María. Allí se acercó a los campesinos y catequistas víctimas de la represión gubernamental. Lo que allí vio le guió a un cambio mayúsculo de perspectiva.

Durante su primer año en Santiago de María, la Guardia Nacional masacró a campesinos en el caserío de Tres Calles. Tras una visita al lugar, Romero escribió una carta al entonces presidente, el coronel Arturo Molina, expresando su “firme protesta” por

la forma en que un "cuerpo de seguridad" se atribuye indebidamente el derecho de matar y maltratar. . . . Fui allá para consolar a las familias que habían sido atropelladas por un pelotón de la Guardia Nacional. Pero antes de llegar a los afligidos hogares, a donde me dirigía, tuve que detenerme para rezar ante el cadáver insepulto de Juan Francisco Morales que yacía, entre el llanto de su madre y de su esposa, acribillado con un balazo en la cabeza. Al llegar, después, a las dos casitas que habían sido invadidas por la fuerza armada, créame, Señor Presidente, que se me partió el alma al oír el amargo llanto de madres viudas y niños huérfanos que, entre inconsolables sollozos, me narraban, sin explicaciones estudiadas, el cruel atropello y lamentaban la orfandad en que se les había dejado.

Como contó Kevin Clarke en su libro Oscar Romero: Love Must Win Out,

Romero visitó más tarde al comandante local de la Guardia Nacional para protestar por la masacre. El oficial minimizó los asesinatos como si fueran un ajuste trivial de cuentas con malhechores locales y, apuntando a Romero, le dijo: “las sotanas no son a prueba de balas”

Romero comenzaba a entender la situación.

Cuando llegó a la diócesis, los terratenientes insistían en que cerrara un centro pastoral local que ofrecía entrenamiento de acuerdo con el pensamiento de la Iglesia después del Concilio Vaticano II y la reunión de los obispos latinoamericanos en Medellín, Colombia en 1968. Los terratenientes estaban especialmente molestos con uno de los sacerdotes que enseñaba allí. Decían que era un comunista.

Una noche Romero fue al centro y, sin que el sacerdote lo supiera, se paró afuera de su clase, escuchando su presentación. Romero no encontró nada contrario a la ortodoxia y, cuando le preguntaron después por el sacerdote, comentó: “Si él es un comunista, yo soy un marciano”. A pesar de ello decidió cerrar el centro temporalmente. Cuando su decisión fue desafiada, aceptó reconsiderarla y eventualmente, para consternación de los terratenientes, reabrió el centro.

Romero estaba horrorizado por los sufrimientos de los trabajadores itinerantes–a menudo familias enteras, incluyendo esposas e hijos–que migraban a esa zona a trabajar en la cosecha del café. Obligados a pasar las frías noches durmiendo en el suelo a la intemperie, frecuentemente terminaban enfermos. Antes, Romero había citado en tono aprobatorio un pasaje de la encíclica de León XIII sobre el trabajo y el capital ( Rerum Novarum, 1891) que condenaba la práctica de que los trabajadores fueran “traspasados, solos e indefensos, a la inhumanidad de los amos”.

Entonces Romero abrió unos edificios de la iglesia en horas nocturnas para ofrecerles alimento y refugio, y frecuentemente pasaba noches con ellos, escuchándolos. Era claro que, para que tuvieran una vida digna, el país tendría que implementar una gran reforma agraria, devolviéndoles las tierras que les habían sido quitadas antes. Ese prospecto era impensable para los terratenientes, tanto que, cuando el dictador Arturo Molina anunció una pequeña reforma agraria como táctica para debilitar al naciente movimiento de protesta campesino, los terratenientes lo obligaron a retractarse.

Inalterado por la hostilidad de los terratenientes, Romero veía el asunto de la reforma agraria como algo tan importante que programó una conferencia de tres días sobre el tema para sacerdotes y laicos de la diócesis, invitando a expertos de San Salvador a que vinieran a dar charlas. Años después, uno de esos expertos, Rubén Zamora, dijo:

No se me borra esa imagen: yo explicándole a todo aquel curerío y Romero sentado en primera fila en un pupitre, tomando notas, escuchándome atentísimo, queriendo aprender el hombre. . . Qué podía aportar la Iglesia en aquella ocasión, eso era lo que a él le preocupaba.

Estas y otras experiencias están detalladas en un libro cuyo título es una cita de Romero: En Santiago de María me topé con la miseria (Zacarías Díez y Juan Macho Merino, eds., 1995). Romero estaba tan afectado por lo que vio allí que cuando volvió a San Salvador en 1977 y dio la charla que le hizo a Paul Schindler dar un giro, era claro que Romero mismo había dado un giro.

Le pregunté a María López Vigil, periodista, editora y autora del libro Piezas para un Retrato, cómo veía la evolución de Romero:

Yo creo que se ha publicitado en exceso el relacionar casi de una manera mecánica su conversión con el asesinato de Rutilio Grande y el conjunto de hechos que lo rodea. . .A monseñor Romero no le cambian las ideas, le cambia la realidad. Eso es básico. Cuando fue obispo auxiliar en San Salvador, su contacto con la realidad estaba muy mediada por el oficio que tenía y por la oficina en la que estaba. En cambio, en Santiago de María, él se acercó, en momentos de represión, al campesino en su sufrimiento, su trabajo y su compromiso como delegado de la palabra, y estos hechos lo fueron cambiando. Creo que es importante rescatar eso para no simplificar el proceso de su conversión. Lo sucedido con Rutilio es el final de un camino que él venía haciendo...

¿El "milagro de Rutilio"?

En un reciente tributo a Romero, el teólogo eminente Fr. Charles Curran escribió: “Lo que muchos llaman `el milagro de Rutilio´ no es otra cosa que la realidad que originó el compromiso de Romero”. Sin duda el asesinato de Grande fue doloroso para Romero, dado lo cercanos que eran, pero no fue el "milagro" que algunos–como el reconocido sacerdote y activista John Dear–insisten que fue. Dijo Dear, "de repente, el país tenía en su seno una figura sobresaliente. Esa noche, a la par del cadáver de Grande, Romero fue transformado en uno de los grandes campeones de los pobres y los oprimidos en todo el mundo."

Pero Romero no fue "transformado de repente" ni "convertido". Su cambio fue un proceso que se había estado llevando a cabo por varios años antes del asesinato de Grande.

La película Romero es otro de los culpables en extender la creencia de que el cambio de Romero se dio por el asesinato de Grande. Además de sus otras falsedades (la película retrata a Romero arrestado y encarcelado y, en otra ocasión, detenido y desvestido, y tiene a uno de los sacerdotes que trabajaban con Grande optando por las armas, nada de lo cual jamás sucedió), Romero la película inventa una ruptura entre Grande y Romero justo antes del asesinato de Grande, con el padre Rutilio molesto, diciéndole Romero:

¿No ves lo que sucede aquí? Cualquiera que diga lo que piensa sobre la reforma agraria o los salarios o Dios o los derechos humanos… automáticamente es señalado de comunista… Vive con temor… Se lo llevan… Lo torturan, lo matan… No me crees, ¿verdad?

Adiós, Óscar.

Esta es una fabricación total. Romero sabía muy bien lo que estaba sucediendo, y Grande, lejos de romper con él, estaba constantemente defendiéndolo, tratando de convencer a la desconfiada curia de darle una oportunidad. ¿Una ruptura entre ambos? De ninguna manera. Aunque claro, si has decidido que tu película presentará el asesinato de Rutilio Grande como un momento de “Camino a Damasco” en el que Romero, como Pablo, se “convirtió” de pronto, la narrativa de la ruptura ayudará mucho a la historia. Solo hay un problema: No es verdad.

De hecho, Romero objetaba a quienes hablaban de su “conversión”. El Cardenal Gregorio Rosa Chávez dice:

Una vez le pregunté: “Monseñor, dicen que usted se convirtió, ¿es cierto?” Recuerdo muy bien su respuesta: “Yo no diría que ha sido una conversión, sino una evolución”.

Fue, como Romero escribió en otra ocasión,

Una evolución de mi mismo deseo que siempre he tenido de ser fiel a lo que Dios me pide; y si antes di la impresión de ser más ’prudente’ y ‘espiritual’, era porque así creía sinceramente que respondía al Evangelio, pues las circunstancias de mi ministerio no se habían mostrado tan exigentes de una fortaleza pastoral que en conciencia creo que se me pedía en las circunstancias en que asumí el arzobispado.

Esta era también la percepción de Héctor Dada Hirezi, economista y excanciller quien conoció bien a Romero y trabajó de cerca con él en asuntos eclesiásticos. Dada dice que la palabra “conversión”, cuando se usa en relación a Romero,

Algunas veces parecería que se ha utilizado exageradamente ... , en ciertos casos queriendo significar un cambio radical en sus concepciones fundamentales. Para quien les habla esto va más allá de lo que era posible en un hombre de la vivencia espiritual de Romero. ... [E]s una conversión como la que nos exige el Evangelio: leer cada día el mensaje del Señor a través de los hechos, y definir nuestra acción a partir de esta lectura. Desde la misma postura teológica, desde la misma espiritualidad, ... las circunstancias diferentes nos llevan a diferentes líneas de acción, más aún a un obispo responsable de expresar y vivir el Evangelio en una sociedad dada y en un momento dado.

Monseñor Ricardo Urioste era el vicario general de Romero y posiblemente la persona más cercana a él. Urioste también rechazaba la versión de que hubo tal cosa como un “milagro de Rutilio”.

Se dice que monseñor Romero cambió drásticamente con el asesinato del padre Grande, y que esta conversión sucedió menos de un mes después de que se convirtiera en arzobispo. No creo… [Él] comenzó a ver gradualmente, al tiempo que descubría más sobre el Evangelio, el magisterio de la Iglesia y la dolorosa situación de la gente. Todo esto lo cambió. Nunca habló de sí mismo en términos de conversión; él hablaba de evolución. Por esta razón, él hablaba de “la disposición al cambio. Aquel que no cambia no se ganará el reino”.

"Un mártir para el magisterio”

Otra idea equivocada sobre Romero es que era un rebelde eclesiástico que actuaba con poca deferencia hacia la Iglesia institucional. No es cierto, dice María López Vigil:

Siempre encontré en monseñor Romero a un hombre tremendamente fiel a la Iglesia institucional y a la Iglesia de base, a ambos. Monseñor Romero nace, crece, madura y muere con una inmensa fidelidad a la Iglesia institucional. Entonces, no me gustaría clasificarlo como "a pesar de", sino "dentro de la Iglesia".

Por ende, las posturas que Romero tomó–y que lo metieron en problemas y que eventualmente le costaron la vida–no fueron instancias en las que ignore la doctrina de la Iglesia o se rebeló contra ella, sino por el contrario, fue llevarla hasta sus últimas consecuencias.

El ejemplo más conocido son las palabras finales de la homilía que ofreció en la víspera de su asesinato. En esa ocasión, como escribió Julian Filochowski, director del Romero Trust, “(Romero) atajó la espinosa cuestión de qué debían hacer los soldados ordinarios si se les ordenaba asesinar y masacrar”.

Dijo Romero:

Ante una orden de matar que dé un hombre, debe de prevalecer la ley de Dios que dice: ‘No matar’. Ningún soldado está obligado a obedecer una orden contra la ley de Dios. Una ley inmoral, nadie tiene que cumplirla. Ya es tiempo de que recuperen su conciencia y obedezcan antes a su conciencia que a la orden del pecado. La Iglesia, defensora de los derechos de Dios, de la ley de Dios, de la dignidad humana, de la persona, no puede quedarse callada ante tanta abominación. Queremos que el Gobierno tome en serio que de nada sirven las reformas si van teñidas con tanta sangre. En nombre de Dios, pues, y en nombre de este sufrido pueblo, cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: ¡Cese la represión!

Cuando Romero hizo aquella súplica, Thomas Quigley, asesor de la oficina de justicia y paz de los obispos de Estados Unidos, estaba sentado en el santuario, a pocos metros del altar. Quigley escribió después:

Les dijo a los soldados, simples campesinos ellos también en su mayoría, que no estaban comprometidos por órdenes injustas para asesinar; eso es teología estándar elemental, pero si se aplica a lo concreto usualmente se considera un acto de traición. Así fue descrito por un vocero del ejército en un periódico del día siguiente.

Romero fue asesinado a primera hora de la noche del lunes mientras celebraba misa. La "teología estándar elemental” fue considerada digna de castigo con la muerte.

Ricardo Urioste recordaba otra ocasión en la que Romero ofreció una homilía particularmente fuerte. Después Urioste le expresó sus temores de que pudiera provocar una respuesta violenta. Romero respondió: “Tenía que decirlo. Si hubiera dicho menos que eso me habría quedado corto; no habría estado expresando la plenitud de la enseñanza de la Iglesia". Por esa razón es que Urioste, cuando le preguntaban qué clase de mártir era Romero, respondía: “Era un mártir para el magisterio”.

Es apropiado, pues, que en su tributo a Mons. Romero, el p. Curran incluya un ejemplo de la enseñanza magisterial de la Iglesia, tomado de "La Justicia en el Mundo", la declaración del Sínodo Mundial de Obispos Católicos de 1971:

La acción en favor de la justicia y la participación en la transformación del mundo se nos presenta claramente como una dimensión constitutiva de la predicación del Evangelio, es decir, la misión de la Iglesia para la redención del género humano y la liberación de toda situación opresiva.

Con mucha frecuencia esas palabras han sido ignoradas, pero no por Romero. Y por encarnarlas fue acusado de enemigo de gobierno. No, dijo él. “El conflicto no es entre la Iglesia y el gobierno. Es entre el gobierno y el pueblo, y la Iglesia está con el pueblo”. Esto le llevó a chocar con las autoridades pero, como señalo el p. Curran,

La lucha de Romero contra el gobierno y sus injusticias no significó un involucramiento incorrecto de la Iglesia o sus líderes en el mundo de la política. Todo lo que afecta a personas humanas, comunidades humanas y el medio ambiente es, por su propia naturaleza, no solamente un tema político o legal. Es un tema humano, moral y–para el creyente–cristiano. La tradición cristiana ha reconocido de manera consistente que el orden político está sujeto al orden moral.

Esta visión del papel de la Iglesia–compartida por Romero pero rechazado por aquellos que durante años bloquearon efectivamente su proceso de canonización–fue ratificada por el Papa Francisco cuando desbloqueó el proceso y lo aceleró.

Francisco hizo algo más, que debió haberse hecho muchos años antes: Pocos están al tanto, pero Francisco sabía que Romero fue tratado miserablemente por todos los obispos de su Conferencia Episcopal, salvo por monseñor Arturo Rivera Damas. Pocas veces ha habido una condena a obispos tan fuerte como la que Francisco expresó a un grupo de peregrinos salvadoreños en el Vaticano en 2015:

Quisiera añadir algo también que quizás pasamos de largo. El martirio de Mons. Romero no fue puntual en el momento de su muerte, fue un martirio–testimonio, sufrimiento anterior, persecución anterior, hasta su muerte. Pero también posterior, porque una vez muerto–yo era sacerdote joven y fui testigo de eso–fue difamado, calumniado, ensuciado, o sea que su martirio se continuó incluso por hermanos suyos en el sacerdocio y en el episcopado. No hablo de oídas, he escuchado esas cosas.

Fue bueno ver, por fin, a Romero reivindicado de esa manera.

"Cambié, sí, pero también volví de regreso"

A finales de los años setentas, Romero visitó el Vaticano en compañía de César Jerez, S.J.¸ entonces el provincial jesuita para Centroamérica. Algunos años antes, Romero había atacado a los jesuitas por el trabajo de concientización que llevaban a cabo en su colegio en San Salvador, el Externado de San José. Romero había liderado también el esfuerzo por expulsar a los jesuitas del seminario interdiocesano, donde habían enseñado durante décadas. También se había referido de manera poco favorable a los escritos de Jon Sobrino, S.J., un prominente teólogo de la liberación que enseñaba en la UCA. Pero cuando Romero volvió a San Salvador como arzobispo, en 1977, invitó a los jesuitas a producir un programa diario de una hora de noticias y análisis para la radio de la arquidiócesis, y consultaba a Sobrino, entre otros, cuando debía preparar sus cartas pastorales.

Jerez cuenta de una noche en la que hicieron juntos una larga caminata por la Via della Conciliazione:

Ya era muy noche. Yo sentí que aquel hielito, lo oscuro, el silencio, favorecían las confidencias. Me atreví a hacerlo hablar.

-Monseñor, usted ha cambiado, eso se nota en todo... ¿Qué pasó?

-Vea, padre Jerez, yo también me hago esa misma pregunta en la oración–se paró y se quedó callado.

-¿Y halla alguna respuesta, Monseñor?

-Alguna, sí. Es que uno tiene raíces... Yo nací en una familia muy pobre. Yo he aguantado hambre, sé lo que es trabajar desde cipote. Cuando me voy al seminario y le entro a mis estudios y me mandan a terminarlos aquí a Roma, paso años y años metido entre libros y me voy olvidando de mis orígenes. Me fui haciendo otro mundo.

Después, regreso a El Salvador y me dan la responsabilidad de secretario del obispo de San Miguel. Veintitrés años de párroco allá, también muy sumido entre papeles.

-Me mandan después a Santiago de María y allí sí me vuelvo a topar con la miseria. Con aquellos niños que se morían nomás por el agua que bebían, con aquellos campesinos malmatados en las cortas de café.

Ya sabe, padre, carbón que ha sido brasa, con nada que sople prende. . . . Cambié, sí, pero también es que volví de regreso.

Estas palabras ilustran que fue su experiencia en Santiago de María, y no un “milagro de Rutilio”, lo que formó el compromiso de Romero. Sin embargo, el asesinato de Grande le ayudó a cristalizar ese compromiso, llevándolo a tomar medidas drásticas. Dos años antes, cuando escribió al presidente Molina sobre la masacre de Tres Calles, mantuvo esa carta en privado. Pero tras el asesinato de Rutilio Grande decidió actuar de manera pública, denunciando el crimen y declarando que si el gobierno no llevaba a cabo una investigación seria, él boicotearía–como de hecho hizo–todos los eventos del gobierno, incluyendo la toma de posesión del general Carlos Romero, recientemente declarado presidente electo.

Adicionalmente, pensando que era necesario un mensaje de unidad eclesiástica tras los ataques contra Rutilio Grande y otros trabajadores pastorales, Romero decretó que el domingo siguiente al crimen todas las misas de la arquidiócesis serían suspendidas y una sola misa sería celebrada en Catedral, con toda la arquidiócesis invitada a atenderla. También canceló las clases en las escuelas católicas durante tres días, que debían ser dedicados a estudiar los problemas del país.

Estos gestos molestaron al Ejército y enfurecieron al nuncio y al grupo de obispos salvadoreños que el Papa Francisco denunciaría después. El nuncio había recomendado el nombramiento de Romero como arzobispo, pensando que sería una figura dócil y manejable. Como a Paul Schindler, ahora le tocaba al nuncio ser sorprendido por Romero.

¿Cómo se explican las acciones de Romero? En sus propias palabras:

Cuando yo lo miré a Rutilio muerto, pensé: Si lo mataron por hacer lo que hacía, me toca a mí andar por su mismo camino.

Y por ese camino anduvo, sabiendo muy bien adónde lo llevaría. Dejó claro que no habría vuelta atrás:

...Quiero asegurarles a ustedes, y les pido oraciones para ser fiel a esta promesa, que no abandonaré a mi pueblo sino que correré con él todos los riesgos que mi ministerio me exige...

Una vez tuve la oportunidad–fue un regalo, realmente–de escucharlo expresar su compromiso en persona. Fue durante la reunión de obispos latinoamericanos en Puebla, México, en 1979.

Justo antes de que Romero partiera hacia Puebla, la Guardia Nacional asesinó a Octavio Ortiz, un sacerdote para quien Romero había sido como un segundo padre. Ambos crecieron en el seno de familias pobres en áreas rurales del oriente del país; ambos entraron al seminario siendo aún muy jóvenes. Ortiz fue el primer sacerdote al que Romero ordenó tras ser consagrado obispo.

Los guardias también mataron a cuatro jóvenes que se encontraban en el retiro que Ortiz estaba llevando a cabo y, después, pasaron una tanqueta sobre la cabeza de Ortiz. Romero denunció la versión del gobierno, que hablaba de un enfrentamiento, como “una mentira de principio a fin”. Durante aquellos días, con una dictadura militar gobernando El Salvador, una declaración como esa podía fácilmente convertirse en las últimas palabras de una persona; y aún antes de ello Romero había ya comenzado a recibir amenazas de muerte.

Un día en Puebla, algunos periodistas estábamos hablando con él. Uno de nosotros, sin mencionar explícitamente las amenazas, preguntó: “¿Y de verdad va a regresar a El Salvador?” Queriendo decir, pero sin decirlo: “Si regresa, lo van a matar”.

Romero lo entendió. “Ya sé por dónde va. Pero dicen que soy el pastor, y se supone que el pastor debe estar allí para su rebaño. Y el rebaño está allá en El Salvador. Así que sí, voy a regresar”.

Uno no olvida palabras como esas. Volví a casa, en Nueva York, después de la conferencia de Puebla, y comencé a ahorrar para comprar un pasaje hacia El Salvador. Cerca de mi partida, un lunes por la noche, fui a una parroquia a escuchar una charla sobre la teología de la liberación. Finalizando la reunión, mientras salíamos de la sala, el sacristán esperaba para cerrar la puerta.

Llevaba un radio de transistores en la mano. “¿Ustedes estaban allá adentro hablando de Latinoamérica?”

“Sí."

“Bueno, pues acaban de decir en la radio que por allí acaban de matar a un obispo”.

Viajé a El Salvador y me quedé. Pero ya no volvería a verlo.

La fotografía de Óscar Arnulfo Romero y del papa Pablo VI  en la fachada de la  basílica de San Pedro en el Vaticano. 14 de octubre de 2018. Foto: Marco Valle.
 
La fotografía de Óscar Arnulfo Romero y del papa Pablo VI  en la fachada de la  basílica de San Pedro en el Vaticano. 14 de octubre de 2018. Foto: Marco Valle.

*Gene Palumbo es un periodista freelance basado en El Salvador, y corresponsal local del New York Times.

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