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La nueva generación centroamericana

 
 

En los últimos meses he podido platicar con personas interesantes que están haciendo muchas cosas en América Central. Nicaragüenses, de El Salvador, Honduras, Guatemala. Hemos coincidido en encuentros formales e informales para dialogar principalmente sobre las eternas crisis de nuestros países y las soluciones, que en gran manera son inciertas pero algunas visiones se van trazando.

Uno de estos encuentros se dio en el Foro de Donantes que se realizó en octubre en San Salvador, organizado por la Seattle Foundation, en donde varios participamos en paneles sobre innovación de los movimientos sociales, en conversatorios sobre la participación de las mujeres, migración, periodismo o dinámicas empresariales contra la corrupción.

Nicaragua ha equiparado buena parte de las conversaciones, debido a la cantidad de exiliados (en Centroamérica, Estados Unidos o Europa) tras la manera devastadora en la que se desnudó Daniel Ortega a partir de la represión a las protestas en abril de este año.

Me aclaran que estas condiciones se vinieron incubando los últimos diez años ante la aquiescencia o silencio de la comunidad internacional y de los grandes capitales centroamericanos a quienes usualmente poco les importa la democracia media vez esté asegurado lo que invierten. No todos los capitales tienen esta forma de relacionarse con la democracia y la vinculación con algunos de ellos también ha sido fructífera. Escuché sobre las torturas en Nicaragua, las capturas de estudiantes, la “somocización” de Ortega y la inevitable frase de Nietzsche que habla de tener cuidado de no convertirse en el demonio que se combate.

El novelista Sergio Ramírez lo venía denunciando desde hace un tiempo en sus columnas así como el medio El Confidencial, a quienes, junto a los estudiantes que han manifestado, el régimen los ha caracterizado como “derechistas manipulados por los gringos republicanos” y les ha costado ganar algunos apoyos europeos quienes aún ven a Ortega como el héroe ochentero luchando por las utopías.

Lo cómico es que al movimiento en favor de la justicia en Guatemala lo estigmatizan, de manera similar, calificándolo de “izquierdista” (igualmente manipulados por Estados Unidos o por quien convenga) por criticar al actual presidente Jimmy Morales, un evangélico inexperimentado que se cree el ungido porque trasladó la embajada de Israel desde Tel Aviv a Jerusalén para ganar réditos en Washington contra la CICIG, entidad que ha demostrado las redes de corrupción a gran escala en donde empresarios, políticos, jueces, banqueros se tapan con la misma chamarra.

Y el vínculo, la pregunta, la inquietud que de manera recurrente surgía: ¿Cómo le hizo Guatemala para destapar el estiércol, para enjuiciar a presidentes, financistas, magistrados? En buena parte la respuesta viene gracias a esta inoculación exterior al sistema cooptado, la CICIG que ha logrado fortalecer al Ministerio Público, la presencia de la gente en las calles y en la incidencia, en una sociedad civil vigorizada. Me decía un amigo nica: en Nicaragua una parte del sector privado le tiene más miedo a una CICIG que a la continuación de Ortega.

Ahí veíamos otro punto en común, por ejemplo, con Honduras, en donde la mayoría de los grandes inversionistas acuerparon a Juan Orlando Hernández para que se reeligiera violando la Constitución y nos contaban también de la represión hacia los activistas, la falta de prensa independiente y crítica, aunque hora está el medio Contracorriente, para lograr denunciar las injusticias. Se creó la MACCIH con menos dientes que la CICIG y cierto trabajo se ha hecho, pero el punto final de que la justicia llegue a quienes sostienen el sistema colapsado, se ve complicado.

Esto nos lleva a la famosa Caravana de Migrantes, que reveló la decadencia de nuestras sociedades originando un éxodo masivo hacia Estados Unidos, que se considera la única oportunidad de existencia posible. Los gobiernos de Guatemala y Honduras, asustados por Trump, decidieron criminalizar a ciertas personas que consideraban líderes de la enorme migración ignorando esa ley natural que dice que cuando algo tiene un impulso vital no hay fuerza policial que lo detenga. Supe cómo nació la Caravana, con 160 personas de San Pedro Sula y por medio de Facebook se fue convocando gente para unirse y así fue creciendo. Cuando pasaron por Guatemala, el señor que cuida donde vivo me dijo: “yo ya mero me voy con la Caravana”. Hubo quienes sí se animaron y por ahí van.

Lo que no se dice es que ha habido muchas Caravanas porque la gente que trabaja con migrantes sugiere que no deben irse solos para evitar que los maten, secuestren, violen. Entonces ahí es donde Juan Orlando Hernández identificó a los -según él- autores intelectuales de la Caravana y los está intentando apresar, para desviar el tema de los problemas que originan la migración, del cual es responsable en gran medida.

El Salvador parece afectado por los dos partidos fuertes, FMLN y Arena, quienes comprobadamente han gobernado de manera corrupta y me parece que la ciudadanía está cansada de ambos. Por ahí se ven nuevas propuestas políticas naciendo porque el descontento es generalizado y van, como en Guatemala, hacia una campaña electoral inédita luego de una condena histórica al expresidente Antonio Saca. Es complicado formar nuevas agrupaciones políticas, la violencia, las pandillas y la migración siguen dominando la agenda y en el día a día muchos jóvenes evitan andar con su identificación porque ahí sale su dirección y puede ser peligroso. Ante esto, voces mencionan la posibilidad de la creación del equivalente de una CICIG para afianzar las ya encaminadas investigaciones.

Al ver un poco estas crisis humanitarias, de pobreza, exclusión, de intimidación, pienso en esa necesidad de vernos como región no solo para competir y poder negociar de mejor manera con las potencias que usualmente nos imponen sus criterios, sino para realmente pensarnos en manera conjunta, en términos antropológicos, de pasado y de futuro.

Por ejemplo, hablábamos de un tren rápido que una a Guatemala hasta Panamá, conectar los puertos, vernos como un conglomerado de posibilidades económicas, culturales, de turismo. Escuelas conjuntas, intercambios universitarios. Claro, el primer tropiezo para la visión es contar con gobernantes miopes que no ven más que su ombligo y que son aliados del crimen organizado ya que entre sí se apoyan para mantenerse dominando la región.

Mucha gente con quienes hablé no sabía que Jimmy Morales, quien se dedica a criminalizar a los activistas locales y a la prensa, apoya a Daniel Ortega al no condenar sus actos represivos ante la OEA. Ambos tienen muchos nexos y uno de ellos es el dueño del emporio latinoamericano televisivo Ángel González, cuya esposa, Alba Lorenzana, representante legal de sus empresas, es prófuga internacional en un caso de la CICIG. González, propuesto para que se le aplique la Ley Magnitsky, es amigo de Ortega y se le ha acusado de ayudar a personas a que viajen a Nicaragua para poder, así como el presidente salvadoreño Mauricio Funes, refugiarse por ser perseguidos por casos de corrupción.

La existencia de la CICIG es algo paradigmático y a todo el mundo le llama la atención una posible réplica, pero el problema es que como ha sido tan exitoso en revelar el poder mafioso que consolida a las alianzas que centralizan los capitales en poquísimas manos, quienes gobiernan, quienes al final deben solicitar una Comisión de esta naturaleza a la ONU, le tienen un pavor a un ente independiente que apoye a la Fiscalía a desarticular redes incrustadas en el Estado. En Guatemala ese pavor es tal que Jimmy Morales ha dicho que no renovará el mandato el próximo año y todo lo que hace, siendo él y su familia algunos de los acusados, va direccionado en atacar a la CICIG nacional e internacionalmente.

Pero más allá de la CICIG y las movilizaciones que se han dado de manera bastante generalizada, existe un hartazgo a la forma establecida de dirigir los países y hay un entramado de personas que están impulsando transformaciones. He palpado un sentimiento identitario centroamericanista que nunca había percibido y están dando los primeros frutos, si queremos llamarle de alguna manera, de insolencia frente al poder.

A la Cumbre Iberoamericana (en donde Jimmy Morales y las élites locales se dedicaron a despotricar contra la CICIG) que fue en Antigua Guatemala, al final (a pesar de que Morales lo esperaba) no llegó Daniel Ortega porque hubo una serie de acciones para rechazar a los presidentes y se articuló con delegaciones de varios países para que se publicaran videos y pronunciamientos contra la represión en Nicaragua.

Veo que, en contra de las posiciones que buscan cimentar las arbitrariedades desde el poder, algo está brotando, o más bien, es una continuación natural de las germinaciones anteriores, ahora comandada por una nueva generación.

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