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Noviembre contra el silencio

Florent Zemmouche

 
 

Noviembre 2018 se ha ido, pero Noviembre 1989 permanece en la novela histórica de Jorge Galán que narra la masacre de los jesuitas de la UCA.

Al final del relato, en la última página del libro, y según una estructura en muchos aspectos cíclica, el narrador se pregunta cómo, cuándo y dónde debería empezar la historia de los jesuitas de la UCA. Salvando las distancias, me pasa lo mismo cuando quiero escribir un artículo sobre Noviembre y por ende, sobre el asesinato de los jesuitas. ¿Cómo y por dónde empezar? En estos dos casos de dificultad frente al acto, a priori simple de contar, se encuentra el mismo problema: el ejercicio parece problemático no tanto porque la historia es compleja, sino porque hay que contarla. La dificultad no es aquí fruto de la complejidad, sino más bien de la frustración: en 2018, 29 años después de los hechos, aun se tiene que contar la historia, desde el principio. No recordarla, contarla. No estamos aún en el deber de memoria; antes tenemos que escribir la historia.

Eso es lo que constata y hace Galán en Noviembre al ritmo del movimiento general de su narración que obedece a la lógica del al mismo tiempo o de la puesta en abismo: describiendo el compromiso de los jesuitas en El Salvador el autor se compromete, ya que contar la vida y las actividades políticas de los jesuitas implica comprometerse por la verdad y la justicia de aquellos mártires. Asimismo, destacando el vacío y silencio que reinan sobre la historia contemporánea en nuestro país, el autor muestra cómo al contribuir a la escritura de la historia de El Salvador los jesuitas mismos lucharon contra ese defecto nacional. Por ejemplo, Martín-Baró trabajó y escribió justamente sobre el principio de la guerra civil (“La guerra civil en El Salvador”). Contando todo esto, Jorge Galán, de nuevo sigue los pasos de sus sujetos literarios convertidos de facto en sus modelos y horizonte intelectuales; describiendo en detalle aquella situación, también escribe la Historia y se inscribe así en el legado intelectual dejado de repente y por fuerza por los jesuitas.

Al final de la primera parte de Noviembre, después del relato del asesinato de los jesuitas y su entierro, el padre Tojeira le dice al narrador:

- […] Lo que viene después es una lucha muy grande

- ¿Una lucha contra quién?

- Contra la oscuridad. Contra lo que se esconde en la sombra. Contra lo maligno.

Este breve fragmento es esencial en la novela, principalmente por dos razones. La primera concierne la inscripción en una lucha, la de Tojeira que sigue los pasos de sus difuntos colegas y, asimismo, la de Galán, que contando el compromiso de su protagonista (Tojeira) se compromete. La segunda razón toca al objeto de la lucha: la “oscuridad”. Término ambiguo que puede designar muchas cosas sobre lo que era y lo que sigue siendo, en varios aspectos, el enemigo: muchos hombres y todo un sistema. A veces una sociedad. La del silencio y del olvido, de la injusticia y de la ignorancia. De esta manera, luchar contra la oscuridad implica luchar por la luz, es un topos, pero aquí la luz buscada es la de la verdad, es decir en este caso y antes que todo, la de la Historia.

La Historia se pierde en El Salvador porque se escribe en los hechos, pero no en los libros, ya sean de Historia o de ficción y, por consiguiente, está ausente de las mentalidades. Una metáfora en la tercera parte de la novela parece simbolizar aquel olvido de la Historia, de su relato y transmisión. El narrador cuenta el descubrimiento de los cuerpos sin vida de los jesuitas según el punto de vista de Lucía, la testigo que también vivía en la UCA, y cómo a lo largo del día fúnebre reinó en toda la universidad un olor a sangre. Pero al anochecer, la situación ya había cambiado: “al salir, al caminar otra vez por la universidad, el olor de la sangre se había extinguido definitivamente”. Es interesante porque ese olor es el del asesinato y sabemos que el olfato es un sentido, funciona como las imágenes: recuerda contra el olvido.

La Historia y la memoria son necesarias para una sociedad, para tener un verdadero zócalo colectivo y nacional, fundado sobre la paz y la justicia; como lo querían los jesuitas. Galán no es el único que se interesa en nuestra Historia, pero sobre este hecho preciso y relativamente reciente, los trabajos son muy pocos. Además, los estudios ya existentes sobre el tema presentan al menos dos problemas que no contiene Noviembre.

El primer escollo es que los trabajos sobre el asesinato de los jesuitas existen, pero son raros y, sobre todo, poco conocidos. Se inscriben dentro del marco restringido, científico, que es el de la universidad (de la UCA por ejemplo), mientras que esos estudios deben dirigirse en un momento u otro a la mayor cantidad de lectores. De ahí la importancia de una obra como la de Galán. Como una obertura, puede ser un acto inicial para otras publicaciones nacionales por venir sobre ese tema histórico. El otro problema es que las investigaciones historiográficas llevadas a cabo sobre el caso de los jesuitas son en su gran mayoría extranjeras, han sido realizadas por autores extranjeros, a menudo anglosajones. Por ejemplo, los dos principales trabajos sobre la cuestión son los siguientes: Teresa Whitfield, Paying the Price: Ignacio Ellacuría and the Murdered Jesuits of El Salvador (1994) et Marta Dogget, Death Foretold: The Jesuit Murders in El Salvador, (1993). Galán se apoyó sobre esos dos estudios para lanzar sus propias investigaciones.

¿Es posible construir una historia nacional a partir de estudios extranjeros? Esta opción parece ser una suerte de huida hacia adelante. Es más fácil dejarles a los historiadores extranjeros analizar nuestros temas tabús, sensibles y polémicos, pero sólo retrasa el deber de memoria nacional que se impone en ese tipo de caso y que terminará por llegar, tarde o temprano, a El Salvador. Mientras más tarde sea, más grandes e importantes serán los daños en una sociedad dividida y susceptible de repetir los errores del pasado.

Noviembre , mediante su compromiso por el deber de Historia, abre entonces el camino para trabajos nacionales sobre memoria, verdad y justicia.

El pasado narrado en la novela de Galán rebosa en el presente. Treinta años después, la masacre de los jesuitas sigue siendo un tema polémico en nuestro país, cuyo tratamiento literario, científico o judicial permanece delicado y hasta peligroso. El puente que une el mes de noviembre 1989 hasta 2015 o incluso 2018 es el del conflicto que opone por un lado, a los culpables intelectuales y, por otro, a las víctimas y sus familias. Ese conflicto es, en palabras de Galán, el de la impunidad. Le toca al narrador hablar donde reina el silencio, es decir sobre el asesinato mismo de los jesuitas, y sobre los salvadoreños, víctimas silenciosas y abandonadas de la guerra civil. Galán les dedica diferentes capítulos y partes en el relato, destacando su vida cotidiana durante el conflicto, su dolor, su aislamiento, su silencio. Contra eso confluyen todas las luchas de los jesuitas y de Galán: el silencio de la Historia, de las instituciones, de las autoridades, de la justicia, de los muertos, de los vivos y del mundo. Es el silencio del duelo. Noviembre nace de ese silencio.

El proyecto de Galán es necesario y fundamental en nuestra sociedad porque trabaja en el sentido de la política de verdad y justicia; 30 años después, se puede afirmar que la política inversa, de amnistía, ha sido un fracaso, no ha transmitido nada aparte del silencio. Ha sido un rechazo de la Historia. Generaciones enteras de salvadoreños se han encontrado sin ninguna cultura histórica, ni memoria ni incluso conciencia históricas. Sólo queda un desierto. Un terreno propicio para la formación y propagación de mentiras revisionistas. El trabajo que queda por hacer es notable. Por esta razón, Galán afirma que la Historia de El Salvador es una de impunidad, en la que se puede hablar horas y horas sobre crímenes y víctimas, pero no de culpables. Por eso el narrador de la novela busca culpables, nombres; lleva a cabo su investigación, interroga aquí y allá, del lado de las víctimas, del lado de los culpables, los verdaderos, los que orquestaron el asesinato de los jesuitas. Y cuando los encuentra, los nombra. Un gesto valiente e importante que hay que analizar y apoyar, porque El Salvador necesita más intelectuales, jóvenes también. La influencia de la literatura comprometida puede existir y ser efectiva en nuestro país, y creo que, en su fuero más interno y a pesar de todo, Galán sigue pensando lo mismo.

Florent Zemmouche es estudiante de literatura en la Escuela Normal Superior de París y autor de una memoria de maestría titulada  La estetización de la violencia en la novela Noviembre de Jorge Galán: un compromiso entre ficción y realidad  (dirigida por Hervé Le Corre en la Sorbonne Nouvelle).
 
Florent Zemmouche es estudiante de literatura en la Escuela Normal Superior de París y autor de una memoria de maestría titulada  La estetización de la violencia en la novela Noviembre de Jorge Galán: un compromiso entre ficción y realidad  (dirigida por Hervé Le Corre en la Sorbonne Nouvelle).

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