De la esperanza colectiva al intento desesperado: la caravana se desgrana

Fred Ramos

 
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Las caravanas migrantes se fueron acumulando al pie del muro, en Tijuana. Desde la segunda semana de noviembre, cuando el éxodo que partió de San Pedro Sula el 12 de octubre llegó, cientos más se sumaron. Hondureños, salvadoreños, guatemaltecos, nicaraguenses. Pero tras recorrer alrededor de 5,000 kilómetros y pasar orondos por varias casetas migratorias mexicanas, la multitud dejó de ser una virtud. Aquí, en una de las capitales de la frontera norte mexicana, en la ciudad ícono de este lado del muro, las caravanas se estrellaron con ese muro que no es solo un muro: helicópteros, cámaras de vigilancia, sensores de movimiento, 5,900 militares estadounidenses, miles de patrulleros fronterizos con sus carros, sus motos, sus caballos. Unos 500 lo intentaron el 25 de noviembre, se lanzaron al muro y el resultado fue nefasto: gases lacrimógenos y balas de goma repelieron a la mayoría; arresto fue el destino de los más osados, los que creyeron que podían burlar este pedazo de frontera donde en 1994 nació el muro. La caravana se ha convertido en un campo de refugiados a las puertas de Estados Unidos. Ya no avanza ni pretende avanzar. Cada quien, como puede, los que pueden, se separan del resto y hacen el intento por su cuenta, como miles de migrantes lo han hecho desde hace décadas. Algunos, los más desesperados, se brincan el muro en Tijuana, para caer, casi literalmente, en los brazos de patrulleros fronterizos.