La caravana de migrantes centroamericanos se estancó en Tijuana desde que llegó hace más de un mes. Algunos migrantes hicieron un intento masivo de cruzar y fueron repelidos con gases lacrimógenos desde Estados Unidos. Otros, se han lanzado desesperados, para ser detenidos nomás caer del otro lado. Los que no han optado por lo anterior se han aventurado para conseguir un empleo informal; otros aplican a solicitudes de refugio a la espera de tener seguridad jurídica en México, y algunos han comenzado a retornar a sus países. La caravana no solo se desgrana con los que se suman a intentos desesperados, sino también con los que empiezan a buscar una mejor vida del lado mexicano. Hacen de jornaleros de este lado del muro, ante la imposibilidad de hacerlo, como planeaban, del otro.  

 

Los migrantes de la caravana han aceptado las condiciones del Servicio Nacional de Empleo de México. Se han comenzado a registrar para acceder a un empleo en la ciudad de Tijuana. En la Avenida Venustiano Carranza, a 100 metros del muro fronterizo, el miércoles 5 de diciembre, un fotógrafo retrataba a un buen número de hombres y mujeres, les cobraba 20 pesos por fotografía para completar los formularios y obtener un carnet de trabajo en esa ciudad.
 
Los migrantes de la caravana han aceptado las condiciones del Servicio Nacional de Empleo de México. Se han comenzado a registrar para acceder a un empleo en la ciudad de Tijuana. En la Avenida Venustiano Carranza, a 100 metros del muro fronterizo, el miércoles 5 de diciembre, un fotógrafo retrataba a un buen número de hombres y mujeres, les cobraba 20 pesos por fotografía para completar los formularios y obtener un carnet de trabajo en esa ciudad.

 

José Castillo, de 30 años (Izq.), y Rudy Efraín Martínez, de 20, han llegado por tercera vez al Proyecto Salesiano de Tijuana, el 5 de diciembre, donde se desarrolla una feria de empleo. Ambos sonríen al leer sus documentos de aplicación para recibir, una semana después, un carné de trabajo. aseguran que huyeron de la extrema violencia en el municipio de Danlí, departamento de El Paraíso, Honduras. Buscan ensamblar y pintar carros en Tijuana.
 
José Castillo, de 30 años (Izq.), y Rudy Efraín Martínez, de 20, han llegado por tercera vez al Proyecto Salesiano de Tijuana, el 5 de diciembre, donde se desarrolla una feria de empleo. Ambos sonríen al leer sus documentos de aplicación para recibir, una semana después, un carné de trabajo. aseguran que huyeron de la extrema violencia en el municipio de Danlí, departamento de El Paraíso, Honduras. Buscan ensamblar y pintar carros en Tijuana.

 

El 7 de diciembre, un grupo de hondureños madrugaron para postrarse en la esquina del albergue El Barretal, en la colonia Mariano Matamoros, uno de los rincones con más incidencia delictiva de Tijuana. En esa esquina, donde convergen la Avenida Las Torres y el bulevar Hermenegildo Galeana, unos esperaban un pick up que los llevaría a una construcción en Tecate; otros, solo esperaban que un automovilista se estacionara con la necesidad de un albañil, un electricista o un plomero, el clásico trabajo de jornalero desarrollado por décadas por los migrantes en Estados Unidos.
 
El 7 de diciembre, un grupo de hondureños madrugaron para postrarse en la esquina del albergue El Barretal, en la colonia Mariano Matamoros, uno de los rincones con más incidencia delictiva de Tijuana. En esa esquina, donde convergen la Avenida Las Torres y el bulevar Hermenegildo Galeana, unos esperaban un pick up que los llevaría a una construcción en Tecate; otros, solo esperaban que un automovilista se estacionara con la necesidad de un albañil, un electricista o un plomero, el clásico trabajo de jornalero desarrollado por décadas por los migrantes en Estados Unidos.

 

Santos Hernández (izquierda), y Ubence Tróchez, caminan en medio del mercado de la colonia Mariano Matamoros, de Tijuana, hacia su nuevo trabajo, una gasolinera en construcción, ubicada a 600 metros del albergue. Ambos son hondureños, miembros de la caravana, y el 7 de diciembre apenas cumplían su cuarto día de trabajo.
 
Santos Hernández (izquierda), y Ubence Tróchez, caminan en medio del mercado de la colonia Mariano Matamoros, de Tijuana, hacia su nuevo trabajo, una gasolinera en construcción, ubicada a 600 metros del albergue. Ambos son hondureños, miembros de la caravana, y el 7 de diciembre apenas cumplían su cuarto día de trabajo.

 

Santos Hernández tiene 35 años, es originario de La Esperanza, la cabecera del departamento de Intibucá, en Honduras. Hernández salió el 12 de octubre de su pueblo para unirse a la caravana que lo desató todo. Ahora gana 300 pesos mexicanos (unos $15) al día, por diez horas de trabajo. En Honduras no encontró trabajo durante dos años. También evitó denunciar un homicidio en su comunidad.
 
Santos Hernández tiene 35 años, es originario de La Esperanza, la cabecera del departamento de Intibucá, en Honduras. Hernández salió el 12 de octubre de su pueblo para unirse a la caravana que lo desató todo. Ahora gana 300 pesos mexicanos (unos $15) al día, por diez horas de trabajo. En Honduras no encontró trabajo durante dos años. También evitó denunciar un homicidio en su comunidad. "En Honduras, poner una denuncia en la policía es comprar un boleto a la muerte", aseguró.

 

Algunos migrantes piden dinero a los automovilistas que transitan la avenida Las Torres, al costado oriente del albergue. Esto incomoda a los demás integrantes de la caravana que creen que eso opaca la imagen de todo el grupo.
 
Algunos migrantes piden dinero a los automovilistas que transitan la avenida Las Torres, al costado oriente del albergue. Esto incomoda a los demás integrantes de la caravana que creen que eso opaca la imagen de todo el grupo.

 

Nelson Valdimir (izquierda), de 55 años, originario del municipio de Olocuilta, en el departamento de La Paz, escarba los cimientos para la construcción de una gasolinera, en la colonia Mariano Matamoros, de la ciudad de Tijuana. Nelson gana hasta 500 pesos mexicanos (unos $25) por un día de trabajo, cuando hace horas extras. Se ha adaptado a esta ciudad y asegura que no volverá a El Salvador, sin dar mayores explicaciones.
 
Nelson Valdimir (izquierda), de 55 años, originario del municipio de Olocuilta, en el departamento de La Paz, escarba los cimientos para la construcción de una gasolinera, en la colonia Mariano Matamoros, de la ciudad de Tijuana. Nelson gana hasta 500 pesos mexicanos (unos $25) por un día de trabajo, cuando hace horas extras. Se ha adaptado a esta ciudad y asegura que no volverá a El Salvador, sin dar mayores explicaciones.

 

Gerson Javier Acosta ya trabaja permanentemente en una peluquería en el corazón de la zona viva de Tijuana. A sus 21 años. se ganó la vida como peluquero en el trayecto de la caravana de migrantes centroamericanos por todo México. Es una peluquería moderna, donde realiza diez cortes de cabello por día.
 
Gerson Javier Acosta ya trabaja permanentemente en una peluquería en el corazón de la zona viva de Tijuana. A sus 21 años. se ganó la vida como peluquero en el trayecto de la caravana de migrantes centroamericanos por todo México. Es una peluquería moderna, donde realiza diez cortes de cabello por día. "Cada corte vale 120 pesos (unos $3). A mí, por la experiencia, me dan 60 por corte". Gerson es originario del municipio de Sihuatepeque, del departamento de Comayagua, en Honduras.

 

Francisco, Bairon, Fredy y Joel caminaron juntos desde el 31 de octubre, en la caravana que salió de la plaza Divino Salvador del Mundo de El Salvador. Desde los primeros días de diciembre viven juntos en Tijuana. Comen lo que pueden reunir entre todos, duermen en colchonetas, en un apartamento a medio andar, sin muebles, sin cielo falso. Desde el segundo piso de su nueva casa, a unos cien metros, se observa el muro fronterizo. Del otro lado está su esperanza, Estados Unidos. Una tijuanense les ha ofrecido su vivienda a cambio de reparaciones en el sistema eléctrico y en sus portones.
 
Francisco, Bairon, Fredy y Joel caminaron juntos desde el 31 de octubre, en la caravana que salió de la plaza Divino Salvador del Mundo de El Salvador. Desde los primeros días de diciembre viven juntos en Tijuana. Comen lo que pueden reunir entre todos, duermen en colchonetas, en un apartamento a medio andar, sin muebles, sin cielo falso. Desde el segundo piso de su nueva casa, a unos cien metros, se observa el muro fronterizo. Del otro lado está su esperanza, Estados Unidos. Una tijuanense les ha ofrecido su vivienda a cambio de reparaciones en el sistema eléctrico y en sus portones.

 

Joel puso una venta de tacos en la ciudad de Sonsonate. La pandilla MS-13 lo extorsionó y su negocio quebró. Viajó en la caravana. Está en Tijuana y trabaja en la taquería
 
Joel puso una venta de tacos en la ciudad de Sonsonate. La pandilla MS-13 lo extorsionó y su negocio quebró. Viajó en la caravana. Está en Tijuana y trabaja en la taquería "Tortas W", a una cuadra del albergue de la Unidad Deportiva Benito Juárez. El primer pago que recibió fue de 700 pesos (unos $35), por tres días de trabajo. Lo han apoyado con vivienda y comida. Con sus ganancias, espera dar una feliz Navidad a su hija de 12 años, que se ha quedado en El Salvador.

 

Ubence Tróchez, de 34 años, trabaja como albañil en la construcción de una gasolinera. Junto a él trabajan cinco migrantes más. Ubence era albañil en Santa Bárbara, su pueblo en Honduras. En su país, estuvo desempleado durante seis meses. Su crisis lo obligó a unirse a la primer caravana el 12 de octubre.
 
Ubence Tróchez, de 34 años, trabaja como albañil en la construcción de una gasolinera. Junto a él trabajan cinco migrantes más. Ubence era albañil en Santa Bárbara, su pueblo en Honduras. En su país, estuvo desempleado durante seis meses. Su crisis lo obligó a unirse a la primer caravana el 12 de octubre.

 

Francisco Díaz, de 29 años, es originario del municipio de Nahuizalco, en el departamento de Sonsonate, El Salvador. Trabaja en la reparación del cielo falso y el sistema eléctrico de un apartamento en el que vive a cambio de su jornada laboral. Francisco ya tiene su carnet para aplicar a un trabajo formal en México. Piensa establecerse en Tijuana, ahorrar dinero y luego cruzar la línea para llegar a Estados Unidos.
 
Francisco Díaz, de 29 años, es originario del municipio de Nahuizalco, en el departamento de Sonsonate, El Salvador. Trabaja en la reparación del cielo falso y el sistema eléctrico de un apartamento en el que vive a cambio de su jornada laboral. Francisco ya tiene su carnet para aplicar a un trabajo formal en México. Piensa establecerse en Tijuana, ahorrar dinero y luego cruzar la línea para llegar a Estados Unidos.

 

Carlos Cabrera era un migrante que caminaba solo por Chiapas. Para asegurar su viaje, se unió a la caravana de hondureños y llegó hasta Tijuana. Encontró un trabajo de parrillero en una taquería. Ahora pinta las paredes de otra taquería. Así ha sobrevivido por dos meses. Cabrera, de 48 años, es originario de la colonia Fátima, de San Pedro Sula, Honduras, rodeado de las colonias La Planeta y Rivera Hernández, dos de las más violentas de esa ciudad.
 
Carlos Cabrera era un migrante que caminaba solo por Chiapas. Para asegurar su viaje, se unió a la caravana de hondureños y llegó hasta Tijuana. Encontró un trabajo de parrillero en una taquería. Ahora pinta las paredes de otra taquería. Así ha sobrevivido por dos meses. Cabrera, de 48 años, es originario de la colonia Fátima, de San Pedro Sula, Honduras, rodeado de las colonias La Planeta y Rivera Hernández, dos de las más violentas de esa ciudad.

 

El viernes 7 de diciembre, cuatro jóvenes se acercaron con la primera luz del día para pedir trabajo en una construcción. El capataz dijo que no había más trabajo. Desde que la caravana fue trasladada al albergue El Barretal, muchos han salido a las calles aledañas en busca de una oportunidad laboral. El hacinamiento, el ocio y la falta de dinero han comenzado a desesperar a los migrantes. Muchos de ellos deben enviar remesas a sus familias, tras casi dos meses de haber salido de sus países. 
 
El viernes 7 de diciembre, cuatro jóvenes se acercaron con la primera luz del día para pedir trabajo en una construcción. El capataz dijo que no había más trabajo. Desde que la caravana fue trasladada al albergue El Barretal, muchos han salido a las calles aledañas en busca de una oportunidad laboral. El hacinamiento, el ocio y la falta de dinero han comenzado a desesperar a los migrantes. Muchos de ellos deben enviar remesas a sus familias, tras casi dos meses de haber salido de sus países. 

 

El hondureño Carlos Cabrera espera un taxi, en la Avenida 5 de mayo y calle Coahuila, en la zona norte de Tijuana. Son las 7:00 PM. Viaja del trabajo a su casa en un taxi compartido, que cobra 12 pesos por persona. Los habitantes de Tijuana aseguran que caminar por la noche en esa zona suele ser de mucho riesgo.
 
El hondureño Carlos Cabrera espera un taxi, en la Avenida 5 de mayo y calle Coahuila, en la zona norte de Tijuana. Son las 7:00 PM. Viaja del trabajo a su casa en un taxi compartido, que cobra 12 pesos por persona. Los habitantes de Tijuana aseguran que caminar por la noche en esa zona suele ser de mucho riesgo.

 

Dos salvadoreños y un hondureño esperan para abordar la camioneta del Instituto Nacional de Migración de México, que los regresará a sus países. Justifican estar peor en México que en su país. Estancados, buscaron trabajo y no tuvieron suerte. Les ganó la desesperación y pidieron volver a su casa, donde
 
Dos salvadoreños y un hondureño esperan para abordar la camioneta del Instituto Nacional de Migración de México, que los regresará a sus países. Justifican estar peor en México que en su país. Estancados, buscaron trabajo y no tuvieron suerte. Les ganó la desesperación y pidieron volver a su casa, donde "por lo menos hay frijoles y tortillas", como dijo uno de ellos.