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Honestidad, democracia y coherencia: los vacíos de la campaña presidencial

Héctor Silva Hernández

 
 

A diferencia de esta campaña presidencial, seré breve e iré al punto: a los candidatos, a sus equipos de campaña y a los partidos que les acogen, les hicieron falta varios elementos clave para poder, con propiedad, describir sus proyectos como democráticos, honestos o coherentes. Como ciudadano, eso es lo que busco en un funcionario público: que sea democrático; es decir, que acepte entrevistas, aunque el medio o el periodista que lo entreviste no sea de su agrado. Busco, también, que sea honesto y que no mienta sobre la factibilidad de los proyectos que busca llevar acabo, sobre la cantidad de empleos que planea crear, sobre si ha firmado recibos en conceptos de sobresueldos, ni sobre las personas que lo rodean. Busco un funcionario que sea coherente y autocrítico, y que, antes de criticar a sus adversarios, tenga la capacidad y la humildad para reflexionar sobre sus propias faltas.

No quiero decir que todo ha sido malo. De hecho, creo que algunos de los candidatos han mostrado calidad intelectual y personal y que, a pesar de sus limitantes, han hecho un esfuerzo por llevar adelante campañas propositivas y sustanciosas, pero no es suficiente. Creo que los ciudadanos en un país pobre y desigual como el nuestro debemos ser inconformes; solo exigiendo más de aquellos que aspiran a servir podremos lograr que, una vez en el cargo, hagan realmente eso: servir. Es basado en esa inconformidad responsable, pero también en una preocupación más profunda proveniente de nuestra historia reciente, que decido hacer estos cuestionamientos.

Una de las cualidades esenciales de un presidente, en su rol de guía y líder del país, es su capacidad de generar consenso. Sin embargo, para llegar a ese punto, el presidente tendrá que saber escuchar argumentos con los que no está de acuerdo, provenientes, en ocasiones, de personas que no son de su agrado. Un presidente incapaz de generar consenso en una sociedad tan polarizada como la nuestra tendrá pocas posibilidades de desarrollar una agenda vanguardista y a la vez pragmática para enfrentar los grandes retos que el país presenta. Un presidente que solo escucha a aquellos que concuerdan con él o que, por otros intereses, se niegan a cuestionarlo, será un presidente con una visión muy reducida, tanto de la realidad de su gente, como de la soluciones necesarias para mejorarla.

Es justamente por eso, por la importancia del consenso en una sociedad polarizada, que es tan preocupante que los dos favoritos según las encuestas se hayan limitado, en su gran mayoría, a dar entrevistas a medios que no estaban dispuestos a cuestionarlos. Tanto Carlos Calleja como Nayib Bukele se negaron a dar entrevistas a El Faro, Revista Factum y Focos, y eso, el no responder preguntas incómodas, es antidemocrático. Puede que esas entrevistas no sean electoralmente rentables, pero es justamente por darle más importancia a lo electoralmente rentable que a lo correcto, que hemos alimentado algunos de los episodios más oscuros de nuestra historia reciente.

La honestidad de un presidente es igual de importante que su capacidad de escuchar y que su voluntad para ser cuestionado. Un presidente que miente para ganar una elección, muy probablemente mentirá para avanzar en su mandato, como lo hicieron Antonio Saca y Mauricio Funes. Es difícil decir que los candidatos han mentido en cuanto a sus propuestas cuando aún no han tenido la oportunidad de llevarlas a cabo, pero eso no nos debe impedir cuestionar su factibilidad. ¿Es posible crear 60,000 empleos anualmente, o 300,000 en cinco años cuando, en nuestros mejores momentos, no hemos llegado ni a 50,000? ¿Es factible construir otro aeropuerto cuando aún no hemos logrado terminar de ampliar el que tenemos, o cuando algunas escuelas públicas aún tienen letrinas y no inodoros? ¿Es sensato de nuestra parte creer que un tercer gobierno del FMLN aumentará la inversión en educación cuando nos han prometido hacer justamente eso en dos ocasiones y en ambas no han cumplido?

Pero la honestidad y la transparencia no se quedan en la factibilidad de las propuestas, sino que, por experiencias pasadas, deben extenderse al entorno de los candidatos. A mí, por ejemplo, me gustaría saber si Herbert Saca tendrá un rol en una eventual presidencia de Bukele como sí lo tuvo en las presidencias de Saca y Funes. Me gustaría saber, también, si cuando utilizó fondos públicos para tapizar la ciudad de cian y de “Nuevas Ideas”, Bukele ya sabía que ese sería el color y el nombre del partido que buscaría utilizar para llegar a la presidencia. Me gustaría saber si cuadros cuestionados de Arena y del PCN tendrán participación protagónica en un eventual gabinete de Calleja; así como me gustaría saber qué pensaría el candidato arenero de elegir a un exasesor de Bukele y donante de GANA como Fiscal General de la República. Por último, me gustaría saber si José Luis Merino, acusado en el Senado de Estados Unidos por tráfico de armas y lavado de dinero, tendrá un rol, y para esos efectos inmunidad, en un eventual gobierno de Hugo Martínez.

Es importante que, como votantes informados tengamos estas consideraciones antes de marcar la papeleta. Debo ser claro y enfatizar en que estos cuestionamientos no son un llamado a la anti-política y mucho menos a no votar. Estoy convencido de que, si es utilizada correctamente, la política es una de las herramientas más efectivas y valiosas para hacer cambios estructurales y mejorar la vida de los sectores más vulnerables de nuestra sociedad. Creo, también, que todos los salvadoreños debemos tener una visión del país que queremos y de cómo construirlo, y que es nuestra responsabilidad identificar el proyecto y al candidato que más se acerque esa visión.

Eso es lo que yo voy hacer este tres de febrero. Sin embargo, hacer ciudadanía no solo es identificar al candidato o a los candidatos mejor alineados con nuestra visión; hacer ciudadanía es, precisamente, cuestionarlos y exigirles más siempre, con la esperanza de que, eventualmente, construyan proyectos más democráticos, honestos y empáticos.

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