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¿Y los analistas pa' cuándo?

Willian Carballo

 
 

El ventarrón electoral recién pasado también desnudó a varios programas de opinión que, sin ropa y a la intemperie, a punto estuvieron de coger la misma neumonía que casi manda al Frente y a Arena a La Bermeja.

Muchos de ellos –sobre todo los de televisión y radio tradicionales– terminaron exhibidos como los arrugados y viejos formatos que son: las mismas preguntas, las mismas respuestas y, sobre todo, los mismos analistas de allá cuando Julio Rank se acicalaba el bigote en El Noticiero y Milena aún era tu amiga en Canal 12. Durante la campaña, veía y oía los programas de entrevista cada mañana, cada noche; en el pan francés y en la sopa. Y mientras hacía zapping, me sentía como si estuviera coleccionando tarjetas del álbum del Mundial y solo me salieran las mismas estampas con las mismas caras de siempre, una y otra vez, una y otra vez, sin importar qué sobre abriera.

Acabado el proceso electoral, leí a muchas personas quejarse de lo mismo: lo cansino que era y sigue siendo ver a algunos analistas montados en la rueda de caballitos del campo de la feria mediática nacional. Esta práctica, además de somnolienta, no contribuye a la democracia. ¿Cómo los ciudadanos vamos a formarnos opinión oyendo y viendo a los mismos cuatro señores de evidente vinculación partidaria removiendo la misma ceniza cada miércoles? ¿Cómo contrastaremos posturas si, además, esos mismos cuatro, junto con otros siete u ocho más, son los mismos que rolan de set en set y de cabina a cabina el resto de la semana, como si les sellaran alguna tarjeta de cliente frecuente por cada visita?

No sé cuánto tiempo dicha falta de reinvención les será rentable. Pero si estos programas no quieren acabar como objetos de exhibición en el MUNA –como la marcha de Arena o la parafernalia revolucionaria del Frente–, los medios también deberán hacer una reingeniería.

Ese proceso pasa, al menos, por cuatro acciones. La primera es dejar de creer que analizar es cosa de hombres. Hubo un momento en la noche de las elecciones en el que todos los canales de más rating tenían un semicírculo de testosterona frente a cámaras. No había ni una sola mujer entre los invitados. Conozco a muchas académicas que saben de seguridad pública, aspirantes a doctoras en sociología, expertas en migración y violencia, maestras en tecnologías de la información o con tesis sobre análisis electorales. Y sin embargo, la mayoría de entrevistas sigue siendo una canción de Vicente Fernández, un club de adanes con excepcionales ladies night.

Segundo, no inviten más a ex funcionarios fracasados. Que un ex ministro de Salud llegue a criticar las precarias condiciones de los hospitales de la actual gestión es como invitar a Norman Quijano a una clase de arquitectura austera, al presidente actual de la República a una de oratoria y al electo a una de humildad. Llevar a este tipo de ex es una burla para la audiencia. A eso hay que sumarle que el corazón de estos antiguos burócratas evidentemente palpita por el partido que los llevó al poder y eso les resta credibilidad. Si los invitan, que sea para cuestionarlos.

Tercero, busquen mentes frescas. Algunos programas se atrevieron con voces nuevas en medio de la campaña, unas muy críticas y preparadas. Tal acto de intrepidez fue como abrir las ventanas de una rancia casa que pasó olvidada un año. Por desgracia, fueron excepciones. En cambio, la regla fue una colección de apellidos y rostros repetidos que, si bien algunos demuestran talento argumentativo y amplio conocimiento, la mayoría tiene la misma capacidad de conectar con los jóvenes que una cámara de rollo.

Y eso me lleva al último punto: los públicos ya cambiaron. La mayoría de medios le apuesta a ese formato de falsa tertulia que, supongo, aún es vendible. La pregunta es por cuánto tiempo. Estudios como Gen Z , de la Escuela Mónica Herrera y Research & Planning , sobre jóvenes del área metropolitana de San Salvador que no superan los 22 años, han demostrado que los consumos de medios y noticias en esta edad, hoy en día, difieren mucho de cómo lo hacíamos una o dos décadas atrás. Solo 4 de cada 10 ve televisión abierta y solo 3 oye radio. Y aunque 45 por ciento está interesado en el país, la gran mayoría prefiere las redes sociales –incluyendo las páginas de memes– para informarse. Sin que la solución sea contratar influencer y vestirlos de periodistas electorales, como desacertadamente decidió un medio en los comicios pasados, considero que sí es importante repensar formatos y estimular la creatividad para pasar del facilón recurso de las preguntas y respuestas a formatos multimedia, interactivos, frescos y a la vez más profundos, rigurosos.

Quedan las preguntas abiertas para los productores: ¿Qué harán para complacer a esa nueva generación que viene empujando y exige nuevas formas para conocer sobre la realidad nacional sin que eso signifique cederles el mando a estrellas de Instagram que posan con vasos de Starbucks? ¿O qué harán con públicos ya adultos, como yo, que estamos hartos de esas voces cansinas, parciales y pocas inclusivas que toparon ya su tarjeta de cliente frecuente en los medios a los que asisten?

Abofeteados por la realidad, el COENA ya anunció que se va y el FMLN ya censuró a los más veteranos para cargos dentro del partido, en un tibio intento por refundarse y despistar así por unos días a La Bermeja. Pero del lado de los medios, y parafraseando una canción igual de criticable de JLo y sus respectivos memes, la duda persiste: ¿y la renovación de los analistas pa' cuándo?

 

Willian Carballo ( @WillianConN )  es investigador, catedrático y consultor especializado en medios, cultura popular, jóvenes y violencia. Coordinador de investigación en la Escuela de Comunicación Mónica Herrera.
 
Willian Carballo ( @WillianConN )  es investigador, catedrático y consultor especializado en medios, cultura popular, jóvenes y violencia. Coordinador de investigación en la Escuela de Comunicación Mónica Herrera.

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