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Especial Romero

El santo y el mago: los dos salvadoreños más universales

Willian Carballo

 
 

Un mago y un santo se parecen entre sí lo mismo que una pelota y una cruz. Más allá del marzo que zurce irónicamente sus biografías (uno nació el 13 de ese mes y al otro lo mataron un 24), Jorge Mágico González y monseñor Óscar Arnulfo Romero han transitado por caminos muy diferentes, casi incompatibles, en teoría.

Uno fue un religioso que a medida creció en su carrera eclesial y se convirtió en arzobispo pudo potenciar su voz contra los opresores gobiernos y guardias nacionales de turno hasta su asesinato al inicio de la guerra salvadoreña. Hoy es un santo católico. El otro es un habilidoso jugador de fútbol que empezó a destacar en El Salvador y en el Mundial del 82 hasta enamorar a grandes clubes de Europa, pero que finalmente recaló en el modesto Cádiz, de España, donde durmió –a veces literalmente– arropado por el éxito deportivo. Hoy ahí –y acá, sobre todo cada cumpleaños– es un ídolo.

¿Habrá, no obstante, algo más que una a esta pelota y a esta cruz aparte de su nacionalidad y del caluroso marzo? Sí. Por un lado, que los dos se han convertido en íconos de la cultura salvadoreña, en los más universales de un país más famoso por sus maras que por sus maravillas. Y por el otro, que de esa misma condición de iconicidad –como bien señala el académico francés Roland Barthes cuando teoriza sobre el concepto– han derivado por lo menos dos discursos sobre ellos: uno, el de seres que se admiran y generan adeptos como hormigas con la azúcar; y otro, el de personajes que alguna parte de la sociedad cuestiona y, en algunos casos extremos, hasta detesta. Íconos culturales, ajá, como Frida para México, como el Che para algunos países latinoamericanos. Tan queridos y tan criticados a la vez. Tan polémicos.

Veamos el primer lado: su universalidad. Los rostros de ambos –santo y mago– han sido pintados, esculpidos, escritos, cantados o dramatizados en al menos dos continentes. Hay estatuas o pinturas de monseñor Romero en Londres, en Apopa, en Panamá, en Los Ángeles, en San Carlos Lempa y en Roma, por citar algunos sitios; además se han escrito unos 100 libros sobre él, un par de obras de teatro, varias películas y algunas canciones.

Igual sobre el Mágico. En México lo han incluido en museos e inmortalizado en murales, hay puertas de estadio que llevan su nombre en Cádiz y recintos enteros bautizados en su honor en San Salvador; también una obra de teatro cuscatleca, bulerías andaluzas, libros, canciones, documentales y bocas argentinas como la de Maradona que pronuncian su nombre con respeto.

Además, si usamos las métricas que Google pone a disposición gratuitamente, ambos son los personajes de la cultura popular salvadoreña más buscados a nivel mundial. Valga este párrafo, a manera de homenaje, para mencionar a otros grandes compatriotas que figuran en esas estadísticas: Roque Dalton, Francisco Gavidia, Álvaro Torres… (Ojo: ninguna mujer, notará el investigador Lara Martínez en un texto sobre nuestra identidad nacional). Eso sí, ni uno de ellos cerca siquiera del Mágico. Y eso también: el Mágico tampoco cerca de San Romero; por mucho, el más buscado en más países y –como lo sostienen varios entendidos en la materia– el más universal.

Y del otro lado está el doble discurso que la sociedad construye en torno a ellos y que ambos también comparten. Monseñor no es un sacerdote, nada más: es un mártir. Es un símbolo de la izquierda, de la lucha contra la opresión que murió por una bala oligarca. Sin embargo, para una parte de la derecha también es solo un líder espiritual y religioso al que no conviene romantizar como revolucionario para no evocar a quien lo mató. Mientras que para otros, cada vez para menos, para los más recalcitrantes, es solo un comunista. Cura rojo y nada más.

El mágico también es un ícono mitológico. No en términos políticos, claro está, pero sí es en el imaginario colectivo algo más que solo un hombre corriendo tras el balón. Es la leyenda del salvadoreño que lleva dos machetes en las piernas con los que corta culebras rivales que, embobadas, no saben cómo picarlo. Es el de los goles messianos antes de Messi. La metáfora del que se va, tiene éxito y regresa como un héroe; un migrante, al fin y al cabo. Pero también es ese indisciplinado que, por anidar en bares, en clubes de flamenco y en varias camas –ya sea despierto con mujeres o dormido en soledad–, dejó ir la oportunidad de trascender en un equipo grande. Mal ejemplo.

No pretendo cerrar esta discusión sino apenas empezarla. Yo estoy convencido de que ambos –pero sobre todo Romero– se han convertido en los salvadoreños más universales, en los íconos por excelencia en un país de pocos íconos. Uno, un santo con una cruz sobre el hombro; y el otro, un mago que saca pelotas del sombrero. ¿Usted qué piensa?

*Basado en El mago y el beato: ensayo sobre dos íconos culturales de un país de pocos íconos, del autor de esta columna y ganador de la categoría Ensayo en los Juegos Florales 2017, publicado por el Ministerio de Cultura y disponible en el MUNA.

 

Willian Carballo ( @WillianConN )  es investigador, catedrático y consultor especializado en medios, cultura popular, jóvenes y violencia. Coordinador de investigación en la Escuela de Comunicación Mónica Herrera.
 
Willian Carballo ( @WillianConN )  es investigador, catedrático y consultor especializado en medios, cultura popular, jóvenes y violencia. Coordinador de investigación en la Escuela de Comunicación Mónica Herrera.

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