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Mariona ya no es lo que era (afortunadamente)

La cárcel emblema del sistema penitenciario de El Salvador es hoy más humana, mejor. Esta crónica reporteada al interior de Mariona narra cómo se ha logrado el debilitamiento a niveles nunca antes conocidos de bandas de civiles como La Raza o Los Trasladados, cómo el Estado ahora controla todos los sectores, y cómo empieza a tener sentido el concepto de la rehabilitación, olvidado por décadas a pesar de ser la salvadoreña una de las sociedades del mundo a la que más le gusta encerrar a sus ciudadanos: de cada mil personas, seis viven encarceladas.

 
 

La torre que separa los sectores 2 y 3 es uno de los elementos que identifican Mariona, la cárcel que más privados de libertad alberga de todo el sistema penitenciario de El Salvador. Foto Carlos Barrera.
 
La torre que separa los sectores 2 y 3 es uno de los elementos que identifican Mariona, la cárcel que más privados de libertad alberga de todo el sistema penitenciario de El Salvador. Foto Carlos Barrera.

La última vez que estuve acá me fui con el zapato lleno de mierda. Ocurrió a inicios de 2011, cuando el director general de Centros Penales nos invitó a visitar de noche esta cárcel que todo mundo llama Mariona. Justo donde estoy tenían aislados a una cuarentena de presos en dos celdas diminutas y sin baños. Alguna vez esto había sido una biblioteca, nos dijeron. Aquellos reos sabían que sólo podían elegir entre aquel encierro medieval o su muerte, porque en todos los sectores del penal los querían asesinar. Pasaban encerrados 23 horas y media, y cagaban en bolsas o papeles que lanzaban fuera de la celda. Cuando me acerqué a platicar en la oscurana, me paré sobre uno de los cerotes, pero los olores eran tan nauseabundos que hasta que regresé a la casa no supe de la mierda en mi zapato.

—Esto aún era un chiquero cuando yo llegué –dice Élmer Mira, el director de Mariona desde julio de 2015.

Ahora son las 10 de la mañana del 31 de enero del año 2019, y me cuesta reconocerlo como el mismo lugar. Huele bien, a nada. Las dos celdas en las que se hacinaban cuarenta y tantos son dos oficinas con fluorescentes, pintadas de color beige apastelado, con su par de escritorios, laptops, archiveros, media docena de garrafones de agua y unas pizarras colgadas que registran al detalle qué hacen los más de 5 300 reos de esta cárcel, la más poblada y emblemática de El Salvador. Leo que hoy, por ejemplo, hay 37 internos en el taller de pintura, 58 en el de carpintería, 707 en programas deportivos, 22 en la orquesta carcelaria que canta Mi país.

Hace ocho años, fue al regresar a casa de madrugada cuando me percaté de la mierda en mi zapato, un zapato con una suela de surcos estrechos y profundos. Tocó hacer de tripas corazón y sacarla con palillos, entre arcadas, maldiciendo mi suerte. Hoy la visita a Mariona apenas está comenzando, y al final del día las sensaciones serán muy diferentes.

***

Mariona es al sistema carcelario de El Salvador lo que El Mozote a la guerra civil, lo que Auschwitz al Holocausto, lo que Hernán Cortés a la conquista. Mariona es un símbolo. Cuando Mariona estornuda, el sistema penitenciario entero se resfría.

Acá sucedió en agosto de 2004 la peor masacre registrada en una cárcel salvadoreña. Civiles y dieciocheros se toparon y el saldo fue de 32 cadáveres, aunque aún se escuchan voces que vivieron aquello que aseguran que hubo más muertos, pero que a varios los picaron y se perdieron por las alcantarillas. Dos semanas después de aquella masacre, el Gobierno tomó la inédita decisión de asignar penales completos a la Mara Salvatrucha (MS-13) y a la 18, y consumó así la segregación de los pandilleros, un hito en la evolución del fenómeno de las maras.

Cadáveres apilados tras la masacre ocurrida en la cárcel de Mariona el 18 de agosto de 2004, la más mortífera de la que se tiene registro en la historia del sistema penitenciario de El Salvador. Foto Roberto Escobar (AFP).
 
Cadáveres apilados tras la masacre ocurrida en la cárcel de Mariona el 18 de agosto de 2004, la más mortífera de la que se tiene registro en la historia del sistema penitenciario de El Salvador. Foto Roberto Escobar (AFP).

—Hasta un taller de reparación de teléfonos hemos encontrado –dice el director Mira.

Los números y datos elementales de Mariona son estos: comenzó a operar en 1972, sobre una infraestructura que iba a acoger una escuela; está en Ayutuxtepeque, en el cantón San Luis Mariona, pegada a una calle muy explícita llamada calle a Mariona; la distancia a Catedral metropolitana es de poco más de siete kilómetros; se extiende 52 000 metros cuadrados, un poco menos que lo que ocupan el Estadio Cuscatlán y su parqueo; está diseñada para 1 200 pero este viernes alberga a 5 362 personas, más gente que la que gobiernan los alcaldes de 61 municipios de El Salvador; se divide en cinco sectores disparejos, además de un centro escolar, múltiples talleres y una generosa área administrativa; todo mundo le dice Mariona –o Miami–, pero su nombre cabal es Centro Preventivo y de Cumplimiento de Penas La Esperanza.

A finales del año 2011, El Faro publicó una larga crónica sobre este penal, titulada ‘La cárcel de la vergüenza’. Detallaba “las condiciones de vida medievales”, la definía atinadamente como “el símbolo histórico de las carencias y riesgos del sistema penitenciario”, y perfilaba el control asfixiante que en los sectores más concurridos ejercía una poderosa banda de civiles llamada La Raza.

El director Mira hoy habla de La Raza en pasado. Pocas cosas en El Salvador habrán cambiado tanto en estos ocho años como Mariona. Pero afuera, en la sociedad a la que los que viven acá algún día regresarán, nadie –casi nadie– sabe de la revolución silenciosa que ha ocurrido, que está ocurriendo.

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—Vamos primero al Sector 1 –dice el director Mira.

Es el más cercano a las oficinas que antes fueron un chiquero inmundo y más antes una biblioteca. Hay hoy 543 internos en el S-1, apenas un 10 % del total, y todos son nivel 3 de peligrosidad, los menos peligrosos. Uno de ellos forma parte de la orquesta carcelaria que canta Mi país.

Todo está pintado o beige apastelado o amarillo o negro, estos dos últimos los colores del ‘Yo cambio’, la filosofía de trabajo implementada por la Dirección General de Centros Penales para honrar el concepto rehabilitación. No hay ni un papel en el suelo. No hiede. Los internos, todos uniformados de blanco: chores, camiseta y calcetines. El calzado varía entre tenis, yinas y crocs, y sí tiene alguna licencia cromática.

Todos ahora están sentados en sillas playeras, en grupos de 20 o 25, y escuchan libreta o libro en mano al monitor que les da clases con una pizarra como apoyo. En una esquina uno enseña inglés; a la par, otro explica el uso de las mayúsculas; enfrente, varios leen la biblia; y más allá, un reo que es ingeniero en computación explica –sin computadoras– cómo se maneja una computadora.

—¡Buenos días! –dice el director Mira.

—¡Buenos días! –responde un ciento de voces.

Parece más una escuela que una cárcel.

Esto no era así antes. Cuando el director Mira llegó a Mariona en 2015, este sector –como todos los demás– estaba controlado por las bandas que por décadas controlaron la cárcel. Y entre todas, una especialmente poderosa: La Raza, conformada por civiles. En Mariona no hay pandilleros activos de la MS-13 ni de la 18 desde hace 15 años.

Desmontar el poder acumulado por La Raza fue el primer objetivo que se trazó el director Mira. Va para cuatro años en ello, y aún falta.

“Lo primero fue mejorar los controles –dice–, porque el ingreso de ilícitos era a través de nuestro propio personal”. El director Mira despidió a custodios y a administrativos, llevó a gente de su confianza que había conocido en su paso por otros penales, gestionó el apoyo de la Fuerza Armada, y renovó los protocolos de ingreso y salida. No fue una cosa de días o semanas, porque “el problema en este país es que las órdenes se cumplen un tiempo, pero luego se vuelve a lo mismo”.

En los distintos sectores se han colocado teléfonos para que los reos puedan hablar a sus familias, pero todas las llamadas se hacen bajo estricto monitoreo, además de ser pagadas por los internos. Foto Carlos Barrera.
 
En los distintos sectores se han colocado teléfonos para que los reos puedan hablar a sus familias, pero todas las llamadas se hacen bajo estricto monitoreo, además de ser pagadas por los internos. Foto Carlos Barrera.

En algunas paredes del S-1 hay teléfonos azules más propios del siglo XX, con teclas, auricular y cable. Los ha instalado Centros Penales para que los internos llamen a sus familiares, sus abogados. Se utilizan sólo cuando la dirección lo permite, y en el decálogo de normas de uso se establece que hay que respetar al operador que enlaza la llamada, que sólo habrá una persona junto al teléfono, y que el tiempo máximo será cinco minutos.

Lo visto en este sector tiene muy poco que ver con el Mariona de hace unos años. Ordenado, limpio, organizado, pero lo más sorprendente quizá sea que el director Mira se mueve como Juan por su casa. Al S-1 hemos entrado él, tres periodistas de El Faro y una comunicadora de Centros Penales, sin siquiera un custodio. Es bajito, carga unos lentes que le dan plante de estudiante aplicado, y camina con un radio colgado en el cincho, pero los internos lo respetan como nunca yo había visto antes que respetaran a un director en una cárcel salvadoreña, y he visitado nueve.

Si pretendía impresionarnos, lo ha conseguido, pero este es el sector de los biemportados, el de los que están pensando más en cómo ganarse un traslado a un Centro de Detención Menor (CDM), para empezar a reducir días de condena mientras limpian playas, pintan escuelas o reparan unidades de salud. Habrá que ver en los demás sectores...

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A El Salvador se le atragantan las personas como Fredy. Presentada en enero, una encuesta de la Universidad Centroamericana (UCA) reveló que cuatro de cada diez salvadoreños creen que hay gente imposible de rehabilitar, ni aunque el Estado y la sociedad les brindaran las condiciones idóneas.

Cuesta creerlo viéndolo en su celda, con las piernas tan flácidas que no camina sin muletas, pero Fredy Alberto Escamilla Ramírez (1976, 3 de noviembre) tuvo en la segunda mitad de los noventa rango y peso en la Teclas Locos (TLS) primero y en la Ateos Locos (ALS) luego, clicas ambas del programa La Libertad de la Mara Salvatrucha.

Fredy está en Mariona desde julio de 2015. Antes pasó nueve años en el Centro Penal de Sonsonate, la cárcel que el Estado salvadoreño asignó en 2004 a los pesetas, pandilleros amenazados de muerte por su propia pandilla, por considerarlos traidores.

—¿Sonsonate? ¿Usted es peseta entonces? –pregunto.

—Expandillero –me corrige–. Fui pandillero y ahora soy expandillero gracias a Dios, y estoy en busca de una reinserción social.

Fredy es de Jayaque, un pueblito de la cordillera del Bálsamo, pero la de su infancia no es una historia de pobreza extrema y pudo estudiar en un colegio privado en el centro de Santa Tecla, el Liceo Jorge Adalberto Lagos. Con 17 años, en 1994, se brincó en la TLS; la golpiza de nuevo ingreso que convirtió a Fredy en el Oso la recibió en El Cafetalón. En 2006 fue detenido y, dos años después, condenado a 40 años por homicidio agravado. Si cumpliera íntegra su condena, saldría en el año 2046.

En Mariona vive en el Sector 1, el de los menos problemáticos. Es monitor del ‘Yo cambio’ y todos los días, de 2 a 3:30 de la tarde, enseña historia de El Salvador a un grupo de reos. El modelo podría resumirse en esta frase: el reo que sabe enseña a los reos que no saben.

—Yo estudié hasta noveno –dice–, pero la pasión por la historia me nació acá. Empecé a leer y a leer y, como mi mente es receptiva gracias a Dios, aprendí mucho y hoy imparto esa materia.

A Fredy le faltan 28 años de condena. Pero a algo tiene que agarrarse y cree que su artritis reumatoide deformante y su hipertensión crónica le ayudarán a irse de Mariona después de cumplir la ‘tercia’, como le dicen acá a la tercera parte de la condena. Eso ocurrirá en enero de 2020.

—En la vida uno toma decisiones equivocadas que lo hacen venir a estos lugares –dice.

Fredy, un emeese retirado que imparte clases de historia, simboliza una idea incómoda para una parte significativa de la sociedad salvadoreña: que hay vida después de la pandilla. Y Fredy nomás es uno entre miles de expandilleros en El Salvador.

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Dentro de Mariona hay una escuela que nada tiene que envidiar a cualquiera de las de allá afuera. Se llama Centro Escolar General Francisco Menéndez y se inauguró en 1995.

La matrícula este año es de 780 internos, de primer grado hasta bachillerato. Suena a mucho, pero apenas representa al 15 % de los inquilinos de Mariona. La demanda se come a la oferta, y a la hora de asignar pupitres la prioridad son los condenados, en detrimento de los que están a espera de juicio. “El procesado posiblemente se vaya”, justifica la criba Santiago Beltrán, 51 años, el director de este complejo educativo.

Unos 400 bachilleres han sido formados en estas aulas. La de 2019 será la novena promoción. “Justo hoy hemos recibido los resultados de la PAES”, dice Beltrán, “y tenemos a uno que se sacó 9.09”. La prueba la hicieron 43 reos, y la superaron dos de cada tres.

Reos matriculados en segundo grado reciben sus clases uniformados de blanco en el Centro Escolar General Francisco Menéndez, ubicado dentro de la cárcel. Foto Carlos Barrera.
 
Reos matriculados en segundo grado reciben sus clases uniformados de blanco en el Centro Escolar General Francisco Menéndez, ubicado dentro de la cárcel. Foto Carlos Barrera.

Todo esto estaba antes de que Mira asumiera como director, sólo que más desordenado, peor equipado y con los designios de La Raza como condición para decidir quién podía estudiar y quién no.

—La Raza está bien débil –dice el director Mira–, pero la persona que yo vine a sustituir aún pedía permiso para entrar en los sectores, y los internos le decían hasta dónde.

Retomar el control del penal está siendo largo y complejo. Una batalla simbólica fue la de uniformar a los internos. Todos de blanco, cabal como los que ahora están recibiendo clases. Hay otro uniforme en Mariona, uno anaranjado, pero quienes lo llevan no pueden estudiar acá. Más adelante se explicará.

No fue fácil uniformar a más de 5 300 reos en una cárcel en la que cada quien había vestido siempre como había querido. Pero el director Mira tuvo claro desde el inicio que, por su simbolismo, debía ser una de las primeras acciones.

—Yo no podría llamarme director si tuviera que pedir permiso a los internos –reitera.

Que todos terminaran uniformados tomó casi un año. Como los reos controlaban los sectores y hubo oposición, se apostó por una estrategia a medio-largo plazo basada en un control más estricto de lo que ingresaba en la cárcel.

—Prohibimos la ropa que no fuera blanca. Y ellos escondían su ropa, pero empezamos a quitarles o a esperar a que se quedaran sin nada; y ahí les decíamos: ¿quieren ropa nueva? Pues blanca es la única permitida.

El director Mira ganó la batalla, por eso ahora sólo se reciben clases si se viste de blanco. El siguiente paso es que haya también educación universitaria en Mariona. La apuesta es que la primera carrera sea Administración de Empresas.

—Y no a distancia, sino que los docentes van a venir a dar clases acá –dice el director Mira.

Todo suena lindo, meditado, incluso enternecedor. Hay tanto optimismo que hasta cuesta escribir párrafos como este: la referida encuesta de la UCA midió la tolerancia de los salvadoreños hacia sus reos preguntando qué tan seguros se sentirían si llegara a su colonia alguien recién salido de la cárcel. El 89 % de los encuestados respondió que inseguro o muy inseguro. Si el excarcelado era pandillero, el rechazo aumentaba hasta el 96 %. El Salvador parece ser un lugar en el que la condena no termina cuando termina la condena.

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Mariona tiene una ludoteca para los niños que visitan a sus padres encarcelados que ya quisieran allá afuera. Es amplia, acogedora, con murales coloridos de animales y equipada con juegos, materiales educativos, televisores y personal que ayuda a que todo funcione. Se inauguró en mayo de 2018 y costó 25 000 dólares que donó la fundación La Niñez Primero.

—La ley nos exigía desde 2015 que existiera un espacio que genere condiciones de seguridad para los niños –dice el director Mira, el orgullo acentuando cada palabra.

Nueve internos atienden esta ludoteca. Ninguno condenado por delitos relacionados con violencia sexual, remarca el director Mira. Cuatro ahora están limpiando y desinfectando un rompecabezas que un niño recién utilizó. Rocían cada pieza con un vaporizador, la secan con un trapo y la vuelven a guardar.

—Cada vez que un niño juega, tenemos que echar este espray desinfectante, y también en las mesas –dice Emilio–. Y ahí tenemos jabón líquido, para que se laven las manos.

Emilio Alexander González Castro (1990, 11 de abril) es uno de los limpiadores. Lleva 10 años encarcelado, los 10 en Mariona. Cumple una condena de 15 por extorsión y agrupaciones ilícitas.

Entre 400 y 500 niños juegan en esta ludoteca cada mes. Emilio los ayuda y entretiene.

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Sobre el portón hay un letrero colorido, con dibujos de árboles enrocados y de un sol rojo atardecer. ‘Bienvenidos Sector 2 Yo cambio’, dicen unas letras en relieve. Ya dentro, unas fotografías recuerdan cómo lucía esto hace cuatro años, lo mugriento, para que los que lo vivieron no olviden y los nuevos valoren. Hay álbumes fotográficos similares al entrar en cada sector de Mariona.

En el S-2 conviven dos grupos: acá en la planta baja, casi 1 200 internos con nivel 1 de peligrosidad, pero integrados todos en el ‘Yo cambio’ –seis de ellos forman parte de la orquesta carcelaria que canta Mi país– y por consiguiente vestidos de blanco; y en la planta alta, otros 700 a los que se les aplica lo que el director Mira llama “separación administrativa”, de anaranjado.

Ellos son los remanentes de las bandas (La Raza sobre todo, pero no solo), además de reos que generan problemas de convivencia: robos, peleas, indisciplinas graves. El naranja es como el que los gringos ponen a sus reos del corredor de la muerte. Ese color y la ‘separación administrativa’ aparejada son disuasivos poderosos en una cárcel en la que apenas 70 custodios manejan a más de 5 300 privados.

Excepto dos horas al día, los anaranjados pasan encerrados en sus celdas, en la planta alta de este Sector 2 y también en el pequeño Sector 4, donde hay otros 80 con el mismo perfil.

—¡Buenos días! –dice el director Mira.

—¡Buenos días! –responde un ciento de voces uniformadas de blanco.

No lo volveré a repetir porque así será todo este día, pero el director Mira camina en Mariona como Juan por su casa.

La dinámica es la misma que en el S-1, con grupos de reos que aprenden de otro reo que sabe más. Caminamos sobre al patio encementado hacia los barracones. Pasamos junto a un grupo en el que se enseña ‘Vida de Jesús’ y buenos días; justo a la par, otro sobre ‘Sexualidad humana’ y buenos días; y unos pasos adelante, el ‘Rocas Gym’, uno de los más concurridos, con pesas hechas con adoquines ensartados en barras de metal y buenos días.

Johnny Ochoa, de 34 años, se ejercita en el ‘Rocas Gym’, que es como los internos han bautizado el rudimentario gimnasio del Sector 2 de Mariona. Foto Carlos Barrera.
 
Johnny Ochoa, de 34 años, se ejercita en el ‘Rocas Gym’, que es como los internos han bautizado el rudimentario gimnasio del Sector 2 de Mariona. Foto Carlos Barrera.

Fue en este S-2 donde el director Mira tuvo que hacer frente a su primer motín. El 26 de agosto de 2015, mes y medio después de haber asumido, los internos se negaron al encierro como protesta ante las nuevas medidas. Hubo colchonetas quemadas, disparos al aire y obligada intervención de la Unidad de Mantenimiento del Orden (UMO) de la Policía Nacional Civil.

Nueve meses después, el 24 de mayo de 2016, hubo otra revuelta más violenta aún. Ya la mayoría vestía de blanco, pero La Raza, aún vigorosa, no toleró el traslado a otra cárcel de Carlos Francisco Flores Rivera (a) el Rata, uno de sus líderes que mantenía poder en los patios de Mariona. Hubo más fuego, disparos de ambos lados, heridos y de nuevo la UMO.

—Se declaró emergencia, los encerramos un mes y, como teníamos el mapa de la estructura por el trabajo de inteligencia que se había hecho, fuimos a sacarlos uno a uno, foto en mano. Después de aquello comenzamos a vestirlos de naranja.

Este jueves, el 84 % de los inquilinos de Mariona viste de blanco, y el 16 %, de anaranjado. Establecida esa división, fue más fácil impulsar la idea de crear una comunidad penitenciaria.

—Que el interno sienta que mientras viva acá lo hará de forma digna. Se les enseñó a velar por el bienestar de sus compañeros de celda, a que la convivencia sea armónica, que tienen que limpiar, que no haya basura; por eso ya no siente tan fuerte ese olor putrefacto.

Y se hicieron algunas obras y mejoras de impacto. Justo estos días se está instalando un nuevo sistema de distribución de agua, y el director Mira lo muestra con orgullo paternal: “Toda el agua que se consuma va a ser filtrada”.

En los barracones del fondo –también pintados, ordenados, limpios– están las celdas, con diez camarotes en cada una con sendas colchonetas envueltas en sábanas lisas como si fuera hotel. Cero grafitis o pintas en las paredes.

—En teoría, en esta celda caben 20 internos.

—¿Y cuántos hay? –pregunto.

—Entre 40 o 45. Algunos duermen en las cuevas [el espacio bajo los camarotes, alzados sobre tacos de madera] y otros en hamacas.

El tema del hacinamiento sigue entre los pendientes y aún se siente olor a humanidad cuando uno entra en las celdas, pero nada que ver –absolutamente nada que ver– con lo inhalado hace ocho años.

“El Estado organizará los centros penitenciarios con objeto de corregir a los delincuentes, educarlos y formarles hábitos de trabajo, procurando su readaptación y la prevención de los delitos”, dice el artículo 27 de la Constitución. Las mejoras en Mariona y en el sistema penitenciario en torno al modelo ‘Yo cambio’ –con la excepción de las cárceles asignadas emeeses y dieciocheros activos– están entre los logros más relevantes del segundo gobierno del FMLN en El Salvador (2014-19). Y se han hecho a puerta cerrada, sin alharacas ni autobombos, quizá porque en una sociedad como la salvadoreña no genera simpatías –ni votos– que un gobierno garantice que un reo estudie, que su hija juegue en una ludoteca decorosa cuando lo visitan, o que la alimentación que recibe sea digna.

***

Una vez, en octubre del año 2012, pude ver el reparto de comida en la cárcel de Cojutepeque. Aquello fue grotesco. La empresa contratada por el Estado, Aliprac, dejaba unas bandejas metálicas en la entrada, los custodios dizque las revisaban para que no entraran ilícitos, y los propios internos se encargaban de repartir aquellos engrudos. Cualquier plástico servía como plato; a falta de, las manos entrelazadas para simular un guacalito y poder llevarse su ración de un líquido viscoso marrón con algo adentro que parecían salchichas destripadas.

En la nueva Mariona, los alimentos los recibe casi una veintena de reos seleccionados para ese trabajo. Todos visten uniformes y delantal y botas de hule, y llevan mascarilla y una red en el cabello. El coordinador de la Ranchería, que es como llaman este área, es Francisco.

—Llevo tres años y dos meses en este trabajo, por eso me hicieron encargado, porque conozco cómo es el tejemaneje –dice.

Francisco Alberto Cabrera Martínez (1986, 31 de agosto) llegó a Mariona en julio de 2013 y carga una condena de 30 años por un secuestro. Si la cumpliera entera, saldría con 57 años.

—Ahora estamos en el porcionado de la comida –dice Francisco–, algo que hacemos desde hace tres meses. A cada interno le damos su ración en un plato. Es algo serio. Este lugar no es para bromas. Trabajamos con la alimentación de nuestros compañeros.

Para alimentar a los 40 000 encarcelados que hay en El Salvador, el Estado ya no trabaja con Aliprac, sino con otra empresa llamada FoodTech. Francisco cree que el cambio ha sido para bien. Es más trabajo en la Ranchería, pero entregan a cada reo un recipiente compartimentado y sellado.

Francisco Cabrera, el encargado de la Ranchería, organiza el reparto de almuerzos en el Sector 3 de Mariona. Lo hace con delantal, mascarilla y red para el pelo, y la comida la entregan en raciones individuales, una mejora habida desde que el Estado contrató la FoodTech como suministradora de la alimentación. Foto Carlos Barrera.
 
Francisco Cabrera, el encargado de la Ranchería, organiza el reparto de almuerzos en el Sector 3 de Mariona. Lo hace con delantal, mascarilla y red para el pelo, y la comida la entregan en raciones individuales, una mejora habida desde que el Estado contrató la FoodTech como suministradora de la alimentación. Foto Carlos Barrera.

El menú hoy es arroz, algo de verdura, pasta con algún tropezón de carne, dos tortillas y fresco. No tiene tan mala pinta, la verdad. En unos minutos servirán 5 021 almuerzos de este tipo, más otras 295 raciones especiales para enfermos renales, hipertensos, personas que necesitan fibra, diabéticos.

—FoodTech trae un menú más variado –dice.

En la Ranchería trabajan 36 internos en dos turnos. Tres veces al día entregan los recipientes individuales, luego los reciben, los lavan y vuelta a empezar. Pero en los patios cada reo come donde puede, y al director Mira se le ha metido entre ceja y ceja que cada sector tenga un área para comer. “Yo creo que es más gratificante y más humano sentarse a una mesa y comer tranquilo”, dice.

***

—De aquí saqué mesas de billar –dice el director Mira.

Estamos en los barracones del S-3, el sector más amplio y nutrido de Mariona. Esta zona por la que ahora paseamos como si estuviéramos en un museo fue el centro de mando de La Raza.

—Aquí había una estructura –el director Mira señala el suelo y gesticula para simular paredes imaginarias– y todo estaba cerrado. Los cabecillas vivían en la celda 27, creo recordar, y aquí no entraba nadie.

Hoy miles dormirán en este Sector 3; en concreto, 2 640 reos catalogados como nivel 2 de peligrosidad, que el director Mira resume así: “Personas con condenas no tan largas y que su vida en prisión ha sido tranquila, sin formar parte de bandas; del Sector 3 sale la mayoría de las personas incorporadas en las áreas laborales”.

De los 22 que integran la orquesta carcelaria que canta Mi país, 14 son del S-3. Es la orquesta que lleva “la cumbia, la alegría, la parte pachanguera”. En un par de horas, en el patio de este sector arrancará el concierto más extraño que he visto en mi vida, pero nada permite suponerlo aún.

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El 8 de octubre del año 2000, la Selecta enfrentó a San Vicente y las Granadinas en partido clasificatorio para Corea del Sur/Japón 2002. El Salvador ganó 1-2 aquel choque en Kingstown, la capital sanvicentina, y el gol que abrió el marcador lo anotó Daniel Sagastizado Velásquez (1971, 10 de abril). No es cualquier cosa golear de azul y blanco en partido oficial y en ruta a una Copa Mundial. Pues bien, aquel Sagastizado es desde hace una década inquilino de Mariona.

En el patio del Sector 3 hay delimitada una cancha sobre el piso de concreto. Es casi mediodía y el sol cae maldito, pero nueve reos en chores y camisas blancas trotan, se ejercitan, sudan. El director Mira llama al hombre que dirige el entreno, que se acerca raudo y sumiso. Sagastizado tiene ya 47 años, pero conserva el plante de futbolista, fibra pura.

—Son jóvenes, hacen buenas rutinas de trabajo, tienen disciplina, buena conducta... todos podrían jugar en cualquier equipo –dice sobre los internos que siguen corriendo.

Sagastizado vistió las camisolas de Dragón, Marte, Atlético Balboa, Limeño, Once Municipal y Club Deportivo FAS, equipo de cuya defensa devino un pilar fundamental y con el que ganó cinco campeonatos nacionales. Sagastizado fue un referente del fútbol salvadoreño, un seleccionado, alguien de los buenos, alguien que en principio nunca debía haber sido encarcelado.

Y sin embargo.

Colgadas las botas, Sagastizado fue condenado en el año 2009 a cinco años y medio de cárcel por acosar sexualmente a tres niñas en una escuela rural de Conchagua, y a otros diez años por extorsionar a un vecino de San Miguel.

—La disciplina del futbolista es lo principal –nos dice, cabizbajo.

La distancia entre ser poco menos que un héroe nacional y alguien odiado, prescindible y embodegable es mucho más pequeña y porosa que lo que da a entender una sociedad como la salvadoreña, tan dada a etiquetar a los buenos versus los malos.

Un grupo de internos juega baloncesto en la cancha del Sector 2 de Mariona. Foto Carlos Barrera.
 
Un grupo de internos juega baloncesto en la cancha del Sector 2 de Mariona. Foto Carlos Barrera.

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En los talleres de Mariona se fabrica calidad. Está de más esa condescendencia altanera del no-está-mal-para-haberlo-hecho-un-reo. Los uniformes que acá se confeccionan, las cemitas que acá se hornean, los muebles que acá se barnizan, las artesanías que acá se manufacturan, los cuadros que acá se pintan, o los platos que acá se cocinan podrían venderse en Multiplaza, Metrocentro o cualquier centro comercial.

En Mariona hay talleres de cocina, calzado, peluquería, serigrafía, corte y confección, piñatería, arte en bambú, pintura, metal-mecánica, carpintería y panadería. Unos 500 internos trabajan sin cobrar un cinco; sólo esperan a cambio que ese trabajo les ayude en las evaluaciones y pequeñas prebendas, como una mayor frecuencia en las visitas familiares.

—La materia prima que entra en los talleres ya no la traen los familiares –dice el director Mira–. Todo lo compra el Estado. Todo.

Lo que acá se fabrica se vende en ferias, a particulares, a empresas. Y la idea es expandirlo; se ha creado, de hecho, Industrias Penitenciarias de El Salvador (IPES), con un potencial infinito, vista la calidad de lo que se está haciendo. En un país tan permeado por la corrupción como El Salvador suena demasiado tentador.

—La proyección es que podamos hacer el calzado para la Policía o los soldados –dice.

—¿Pero quién va a controlar esos ingresos?

—Nosotros sólo vamos a producir. El dinero no lo manejaremos nosotros. Sólo vamos a ver papeles, actas, órdenes de trabajo.

Rodil Hernández y Nelson Rauda, los dos directores generales de Centros Penales previos al actual, están siendo procesados por actos arbitrarios y administración fraudulenta, por el supuesto manejo malicioso del dinero que generan las tiendas que hay en las cárceles.

***

—¿Aldo qué...? –pregunto.

—Aldomares.

—¿Todo junto? –asiente–. ¿Y es nombre o apellido?

—Es mi segundo nombre.

Ricardo Aldomares Peralta Castillo (1994, 3 de abril) es el segundo a cargo de la maquila de Mariona. No es exageración llamarla maquila. Es una bodega espaciosa, bien iluminada y llena de máquinas de coser en la que trabajan más de 130 reos. Cada día confeccionan unas 1 400 camisas, además de vestidos, uniformes, faldas, mochilas y todo lo que pueda ser zurcido. Justo ahora están haciendo uniformes para los empleados de las 12 sucursales de La Casa del Repuesto.

—Fuera yo tenía un taller de costura con mi mamá; queda ahí por la Alcaldía de San Salvador –dice Aldomares.

En 2015, el 25 de octubre, se dejó convencer por cuatro conocidos para que vigilara mientras ellos asaltaban a un hombre en Santo Tomás. Le robaron 500 dólares y dos celulares. Pero la Policía detuvo a los cinco y un año después un tribunal los condenó a ocho años de cárcel.

—Sólo tenía que mirar que no viniera una patrulla –dice–. Fue una mala decisión participar porque yo tenía dos trabajos: en el taller de mi mamá y uno de mensajería.

Aldomares tenía 21 años cuando cometió aquel error. Ya va para cuatro encarcelado en Mariona. Resignado, él aspira a que, por su buen comportamiento y su trabajo en la maquila, lo transfieran pronto a un Centro de Detención Menor. No ha dejado de sonreír en el rato que hemos hablado, y cuando en unas semanas yo esté escribiendo sobre él, pensaré que en Mariona, si hubiera un incendio o una masacre y este joven muriera, miles de salvadoreños buenos celebrarían su muerte con comentarios miserables en las redes sociales.

***

Silbar está prohibido en la nueva Mariona.

Por décadas, el silbido se usó para avisar si venían custodios cuando los malos fumaban un puro de marihuana, violaban a otro reo o planificaban villanías por celular.

—No sé si se han fijado –dice el director Mira al entrar en el taller de zapatería–, pero nadie silba cuando llegamos a un sector.

Quiere que veamos todo: la enfermería que ya quisieran en muchos cantones de allá afuera, las clases de yoga, la comida exquisita preparada por los reo-chefs del taller de cocina, la ambulancia “adquirida con fondos propios”, las paredes virginales –sin grafitis–, el grupo de música andina con sus quenas y zampoñas, la peluquería con televisores para mientras…

Más de 130 internos trabajan a diario en la maquila que hay dentro de Mariona, en la que se confeccionan no menos de 1 400 camisas cada día, entre otros enseres. Foto Carlos Barrera.
 
Más de 130 internos trabajan a diario en la maquila que hay dentro de Mariona, en la que se confeccionan no menos de 1 400 camisas cada día, entre otros enseres. Foto Carlos Barrera.

En esas llegamos al Sector 5, que años atrás acogió a Los Trasladados, una banda muy violenta que se atrevió a cuestionar la supremacía de La Raza en las cárceles de civiles.

—¡Buenas tardes! –dice el director Mira.

—¡Buenas tardes! –responden dosquetrés docenas de voces uniformadas de blanco.

En su día, esta también fue área de ‘separación administrativa’. Dejó de serlo y desde hace algunas semanas sus inquilinos participan en actividades y de a poco están siendo alojados en los sectores 2 o 3, cuando las autoridades se convencen de que no los lincharán.

—Una pistola, dos cargadores y 30 cartuchos sacamos de aquí –dice el director Mira, y su zapato señala un cuadrado relleno de cemento claro entre baldosas oscuras.

Hoy apenas quedan 98 inquilinos en el S-5. Cuando se libere por completo, a mediados de marzo, esto dejará de ser sector y se instalarán talleres industriales. Se tienen apalabrados fondos de la Embajada de Estados Unidos para una imprenta.

Los talleres industriales son el último punto del decálogo del director Mira para recuperar el control en una cárcel. Va después de haber adecentado las áreas comunes y las celdas; “sacamos toneladas de basura, pero toneladas… si este penal no se incendió fue porque Dios no quiso”, dice. Va después de haber humanizado los servicios que se prestan a los internos, sobre todo la atención médica. Y va después de haber garantizado que los beneficios carcelarios recogidos en la ley son para quien los merezca, no para quien los pague.

—¿Podemos visitar el Sector 9? –preguntamos, visto el talante.

—No, para eso necesito una autorización.

El S-9 es una pequeña galera situada sobre el área administrativa, en la segunda planta. Alberga a los reos más prominentes de El Salvador, como Elías Antonio Saca, el expresidente de la República; o Luis Martínez, el ex fiscal general de la República; o Raúl Mijango, el más visible de los mediadores de la Tregua. Hoy son 13 los inquilinos. Todos con raciones especiales de FoodTech, por hipertensión o diabetes la mayoría.

—No es un sector vip, como se ha manejado afuera; de hecho, el sol les cae todo el día y a partir de la 1 son un horno esas celdas.

Al pasar por debajo, miramos con la esperanza de que algún ilustre asome la cabeza por una ventana. Una fotografía del expresidente Saca en su celda no tendría precio. Ralentizamos el paso. El director Mira se adelanta un poco, luego se detiene, se gira y señala una caja externa de un aire acondicionado en la planta baja.

—Conste que este es del área administrativa –bromea.

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Élmer Mauricio Mira Guerra (1973, 16 de septiembre) es un director de penal atípico. Viene de abajo. Se graduó como agente de la PNC en la promoción 41 del nivel básico, en marzo de 1997.

—Yo, Élmer Mira, ¿cómo quisiera que me trataran si estuviera preso? –dice–. ¡Ese es el motor de todo!

Durante más de una década fue agente policial raso, de los que se juega la vida por poco más de 400 dólares mensuales. Quizá esa sea la clave para haber puesto orden en una de las cárceles más problemáticas de América Latina. “Para que los internos confíen lo primero es que vean que no tratan con un corrupto”, dice, consciente de que afirmaciones así embarran a los que lo precedieron o a sus homólogos en otras cárceles.

Habla bien de él que, después de tres años y medio, su despacho sea modesto y la habitación en la que duerme, espartana, con un colchón sobre un somier en un penal en el que los reos fabrican muebles calidad.

El director Mira está convencido de que lo ocurrido en Mariona puede replicarse en otros penales.

—Pero esos nueve pasos que ha detallado –le comento– suenan a que lo ocurrido acá fue más una cuestión de voluntad que de grandes inversiones.

—Nosotros empezamos con cero recursos.

—A eso voy: ¿por qué el sistema está como está si lograr mejoras ni siquiera era una cuestión de inversiones millonarias?

—La filosofía del ‘Yo cambio’ es hacer mucho con lo poco que se tiene. Yo encontré un montón de cosas tiradas en la bodega, que al reutilizarlas me sirvieron para dar señales de que queríamos mejorar. Cuando estuve de director en el penal de Izalco, descubrí que sí puede transformarse cualquier penal. Los penales pueden controlarse, pero primero hay que tener voluntad; segundo, hay que establecer una estrategia; y tercero, hay que conjuntar un equipo de trabajo sólido y confiable.

Élmer Mauricio Mira Guerra, director del Centro Penal La Esperanza. Foto Carlos Barrera.
 
Élmer Mauricio Mira Guerra, director del Centro Penal La Esperanza. Foto Carlos Barrera.

El director Mira comenzó a trabajar para la Dirección General de Centros Penales como supervisor de seguridad en el Centro Penal de Izalco, una cárcel de pandilleros. En septiembre de 2013 fue ascendido a director y estuvo 16 meses al frente; luego pasó a ser director del penal de Usulután, apenas medio año; y de ahí dio el salto a Mariona, en julio de 2015.

—¿Cuál es la diferencia entre en un penal de pandilleros y uno de civiles?

—Las pandillas tienen a sus líderes definidos y, aunque usted vaya a hablar con gente que no tiene el liderazgo y les proponga cosas, ellos siempre esperan directrices de sus líderes. La pandilla se mueve a un solo bloque. En Mariona, no. Las personas que no pertenecen a estructuras viven su vida sin depender del liderazgo de otro interno.

—¿‘Yo cambio’ puede funcionar en un penal de pandilleros?

—Sí. De hecho, en 2014 a mí me tocó iniciar el ‘Yo cambio’ en Izalco, con la 18-Sureños, y creamos huertos, creamos una estructura de educación, y sí, funcionó.

—¿Los pandilleros pueden rehabilitarse?

—Sí, pero tenemos que generar las condiciones. El ‘Yo cambio’ es personal. El propio interno da señales de que quiere modificar su conducta, pero primero hay que quebrar los liderazgos negativos. Hay mucho pandillero que quiere esa oportunidad para rehabilitarse.

Así, como quien no quiere la cosa, el director Mira sugiere soluciones al problema que más ha condicionado el diario vivir de los salvadoreños en los últimos veinte años.

***

Las 2 era la hora acordada para finalizar esta visita. Unos minutos antes, el director Mira nos pide regresar al Sector 3.

—Vamos a ver arte y cultura –dice–, se me ocurrió hace una hora.

En el patio ya no hay clases ni entrenos ni lecturas. Más de 2 600 reos están sentados en los contornos, excepto en el muro sur, ocupado por grupos musicales y de baile engalanados como si esto fuera el Carnaval de San Miguel. El más colorido es la Orquesta Nueva Esperanza, integrada por una veintena. Los cinco que cantan y bailan están en primera fila frente a cinco micros, con pantalones negros y camisas de manga larga de color verde aguacate. Los demás tocan algún instrumento y lucen también catrines, solo que de color vino tinto la camisa.

—¡Démosle pues! –grita el director Mira.

El equipo de sonido es poderoso y la música irrumpe como si fuera fiesta patronal. Uno de los cantantes se arranca: “Sean bienvenidos a lo que es el Sector 3 y el Centro Penitenciario La Esperanza. Nosotros nos dedicamos a llevar lo que es la cumbia, la alegría, la parte pachanguera. Esta es la voz de… ¡Orquesta Nueva Esperanza!”. Y comienzan los primeros compases de Mi país, de los Hermanos Flores.

Sentada en mi ranchito, una mañana linda de verano...”

Uno de los cinco aguacates moldea con éxito su voz para asemejarla a la de una mujer, como en la canción original. Los otros cuatro cabriolan sincronizados.

Así compuse esta canción, que nace del corazón.

Mi país, mi país, ¡qué lindo es mi país!”

De todas las esquinas surgen personajes estrafalarios. Viene un payaso en zancos, frac rojo y pelucón arcoíris. Luego otro reo disfrazado como se disfraza la Tenchis. Y otro de ogro Shrek, moviendo sus manitas arriba y abajo. Y otro payaso multicolor en zancos. Y un hombre con sombrero jaripeo y un artilugio que, al moverse él, mueve dos muñecas que tiene delante y detrás. ¿Esto es Mariona? Salen dos gigantas de Jocoro serias. Y tres payasos más sin zancos, como los que se suben a los buses para agarrar de base a algún pasajero. Y todos bailan y se menean bajo el sol maldito al ritmo de Mi país. Y hacen el tonto. Y bromean. Y ríen. Y esto parece cualquier cosa menos una cárcel. Y quizá lindo sea El Salvador.

Mi país, mi país, ¡qué lindo es mi país!

Están ahí, las razas todas en mi país...”

“También me toca de promotor musical”, bromea el director Mira. Y alrededor, los 2 600 hombres condenados o procesados disfrutan el show sentados como alumnos bien portados.

Y yo anoto en mi libreta: ‘Esto es surrealista’; y a la par dibujo la estrella de cinco puntas con la que destaco siempre las ideas que intuyo que terminarán en la crónica.

Cuando al fin todos comprendan que mi país

es corazón del mundo, y por eso canto yo a mi país.”

Definitivamente Mariona ya no es lo que era, afortunadamente.

Reos del programa 'Arte y cultura' posan tras una presentación en el patio del Sector 3 de Mariona. Estar en ese programa les permite salir cuando alguna alcaldía u oenegé solicita apoyo para actividades culturales o festivas. Foto Carlos Barrera.
 
Reos del programa 'Arte y cultura' posan tras una presentación en el patio del Sector 3 de Mariona. Estar en ese programa les permite salir cuando alguna alcaldía u oenegé solicita apoyo para actividades culturales o festivas. Foto Carlos Barrera.

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