Publicidad

En memoria de Katya Miranda y la cultura de la impunidad

Nathalia Hernández Ochoa

 
 

Hola, Katya.

Sé que nunca nos conocimos en persona, pero hoy, un día de abril como cualquier otro, te sigo pensando mucho. Pienso en todos los días soleados que te robaron. Tal vez te parezca raro que tu muerte pueda atravesar tanto a alguien a quien no conociste en vida, pero fijate que no, no es tan raro.

¿Sabés que solo te llevo un año? Lo cual quiere decir que hoy tendrías 29 años.

¿Sabés que compartimos un nombre? Tu segundo nombre es mi primer nombre.

¿Sabés que en los 90 yo también tenía ese mismo corte de pelo? Me pregunto cómo te verías ahora como adulta.

¿Pero sabés qué más tenemos en común? Las dos crecimos en El Salvador, un país donde nuestras vidas no valen nada. Donde hay impunidad para personas como tu abuelo. Un lugar donde el patriarcado se continúa adaptando para perpetuar con los mismos abusos de poder, donde la violencia sexual en contra de mujeres y niñas y niños como vos siguen siendo normalizados.

Una de las memorias más frescas de mi niñez, creciendo en San Salvador, es ver las noticias de las 7:00 p.m. Cada noche había, por lo menos, 2 o 3 casos de niñas como vos y yo siendo violadas por sus abuelos, padres, tíos, hermanos, primos y vecinos. ¿Cómo era posible que nuestros cuerpos y vidas fueran tan desechables? ¿Cómo podía este tipo de violencia pasar dentro de nuestras propias casas? Y, ¿por qué esto parece no importarle a nadie?

Pero quiero que sepás que a mí, a mis 30 años, todavía me indigna, todavía me importa, todavía me sigo haciendo estas preguntas.

A 20 años de tu muerte, quiero recalcar que la violencia sexual en contra de mujeres, niñas y niños no es algo normal. Es estructural y es política. Es un tipo de violencia sistémica que continúa reproduciéndose y protegiéndose bajo dogmas y prácticas cotidianas de violencia en contra de la mujer y otros cuerpos feminizados, en los cuales el sexo y género no es relevante, sino que la dinámica de poder caracteriza al cuerpo como inferior, sumiso y explotable; como el de los niños y niñas. Es por eso que estos casos de violación dentro de las familias, la violencia doméstica y los feminicidios están relacionados y deben ser una parte importante en nuestras demandas políticas y sociales.

Así como vos, Katya, hay muchas personas que son víctimas de abuso sexual dentro de sus propias casas, de parte de familiares o de otras personas de sus mismas comunidades. Tu caso fue así de impactante porque hay muchos factores que lo intersectan: el incesto, la violación sexual, el homicidio y la cultura de impunidad.

El trabajo de Gloria González-López sobre el incesto en México demuestra, por ejemplo, que la violencia sexual dentro de los núcleos familiares es más común de lo que pensamos o de lo que nos gustaría admitir. Tenemos que romper con el imaginario de que las familias son instituciones sociales donde las violencias estructurales no se reproducen. Al contrario, es donde las víctimas son aún más vulnerables. Esto se debe a que en muchos casos las mujeres y los hijos e hijas son vistos como propiedad o extensión del patriarca de la familia.

Quisiera ahora, Katya, si me lo permitís, dirigirme a los lectores para hacer, dentro de mis propias capacidades, analizar el panorama general de la violencia sexual y el fenómeno de los feminicidios en general.

Veamos algunas estadísticas: Latinoamérica está categorizada como uno de los lugares con más casos de violencia en contra de la mujer y feminicidios en el mundo. Asimismo, el triángulo norte de Centroamérica (Honduras, El Salvador y Guatemala) tiene los índices más altos de violencia en contra de la mujer de toda a región. Es por eso que tu caso, Katya, es un símbolo de la violencia sexual y los feminicidios en nuestro país. Así como vos, hay muchas víctimas de las que, no siempre, conoceremos sus nombres y menos sus historias.

Si bien tu caso ocurrió en 1999, continúa vigente, sobre todo con las tazas actuales de violencia contra la mujer en forma de violencia sexual y feminicidios. Solo en 2018, la Policía Nacional Civil reportó 4 304 denuncias por violencia sexual, lo cual representa 12 casos diarios. A ese número se le suma el hecho de que el 92.33 % de los casos son en contra de niñas y adolescentes. Sabemos que la violencia sexual también afecta a hombres y niños, pero, si nos basamos en estas estadísticas, las mujeres siguen siendo la gran mayoría de víctimas.

Una de las lecciones más importantes que nos deja el trabajo de González-López es el poder que tenemos como individuos e instituciones para brindar justicia a víctimas de violencia sexual, ya sea por medio de la ley o simplemente escuchándoles, creyéndoles y apoyándoles.

Tu caso nunca fue discutido como feminicidio, porque cuando fuiste violada y asesinada apenas se empezaba a pensar sobre el término en un diálogo dinámico entre los movimientos sociales y las feministas académicas de Latinoamérica.

El concepto de feminicidio, acuñado por la antropóloga mexicana Marcela Lagarde, no solo abarca el homicidio de mujeres y niñas por su género; también implica la violación de sus derechos humanos, lo que incluye crímenes, torturas y desapariciones. Los feminicidios, explica, son la culminación de todas las formas de violencia en contra de la mujer, siendo esta su expresión más extrema. Otro aspecto clave sobre este concepto es la responsabilidad del Estado al favorecer la impunidad de estos delitos, lo cual lo hace cómplice y partícipe.

Fue hasta en 1993 que los feminicidios empezaron a documentarse debido al alto índice de violaciones, tortura, desapariciones y homicidios de mujeres jóvenes en Ciudad Juárez, México, que ahora son altamente conocidos como los feminicidios de Ciudad Juárez.

Si nos basamos en las ideas de Lagarde, entonces podemos deshilar las formas en que la violencia misógina está arraigada en la opresión, exclusión, subordinación y discriminación de las mujeres en diferentes ámbitos de la vida. Es decir que este tipo de violencia sexual es parte de una estructura que va más allá de un caso aislado. El problema es que, tradicionalmente, tanto la violencia sexual como la violencia en contra de la mujer se han tomado como un problema doméstico y no público. Frases como, “Pobrecita por lo que le pasó”, “¿Por qué estaba sola de noche?” “Ese hombre malo, es un monstruo”, “Quién las manda a salir de su casa”, etc., reflejan actitudes que explican nuestra complicidad en que casos como el tuyo, Katya, sigan sucediendo. El efecto es dañino porque despolitiza la raíz del problema social y normaliza la violencia en contra de las mujeres y niñas.

En honor a tu memoria, me gustaría proponer que aunque las cortes no te hicieron justicia a vos, algo que como salvadoreñas y salvadoreños podemos hacer es politizar la violencia de género y sexual, entender que estos no son “casos especiales” ni “casos aislados”, sino al contrario, son parte de una violencia estructural. Esta violencia está profundamente internalizada en nuestras instituciones, las cuales tenemos que cambiar no solo para garantizar que se haga justicia en los casos de violación sexual, violencia doméstica y feminicidios, sino también pensar en cómo prevenir que estos casos se sigan reproduciendo. Todo empieza por nosotros. Por un cambio de consciencia, abriendo el corazón y cambiando acciones opresivas que hemos internalizado por tanto tiempo.

Katya: tu memoria vive en nuestros corazones cada vez que denunciamos la violencia en contra de las mujeres y niñas en este país. Cada vez que trabajamos en solidaridad para entender las raíces de estos problemas sociales. De esta forma, todas y todos tenemos la posibilidad de cambiar la cultura de violencia en contra de la mujer en la cotidianidad para que no escale a su máxima expresión: los feminicidios.

Este abril se cumplen 20 años de tu muerte y hoy más que nunca tu caso vino a tocarnos la puerta. En El Salvador, te has convertido en el símbolo de todas las niñas, las jóvenes y las mujeres que hemos perdido y cuyos casos siguen en la impunidad debido a la normalización de la violencia en contra de las mujeres. Las que quedamos seguimos luchando y gritando “¡Ni una menos!”

No se trata de cualquier consigna, sino de una que ha surgido del dolor y la lucha de comunidades enteras reclamando justicia para sus hijas, madres, hermanas, primas y vecinas, quienes merecen merecen un grito que vale la pena, un grito que busca cambios, un grito solidario que no se apagará hasta acabar con la impunidad.

Eso es todo, Katya. Espero que mis palabras encuentren la forma de abrazarte donde quiera que estés.

Nathalia Hernández Ochoa es estudiante del Doctorado en Estudios Latinoamericanos en la Universidad de Austin, Texas. Sus temas de interés incluyen violencia basada en género, raza, clase y sexualidad en Centroamérica.
 
Nathalia Hernández Ochoa es estudiante del Doctorado en Estudios Latinoamericanos en la Universidad de Austin, Texas. Sus temas de interés incluyen violencia basada en género, raza, clase y sexualidad en Centroamérica.

Publicidad
Publicidad

 CERRAR
Publicidad