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De caudillos y mesías

Óscar Picardo Joao

 
 

Los primeros filósofos políticos en la Grecia clásica advertían que el mayor riesgo que corren las democracias es que sea copada por los demagogos; como diría el politólogo mexicano Jorge Romero Vadillo: por farsantes y paranoicos; sujetos que se presentan como “necesarios”, que aprovechan muy bien “los miedos y los odios”, como verdaderos Caudillos y Mesías…

Según Norberto Bobbio: “El caudillismo es la forma de dominación y de gobierno autocrática instituida en torno a un líder nacional, que fundándose en sus cualidades carismáticas y el reconocimiento de sus seguidores, concentra en su persona el poder y la autoridad; el tipo de sistema político así instaurado es normalmente un tipo de dictadura personal basado en el uso y el recurso a la fuerza , generalmente, con apoyo militar; propios de este tipo de gobiernos son los “despotismos”, los “nepotismos”, los regímenes oligárquicos, los totalitarismos o la constitución de sindicatos verticales”.

A diferencia de los caudillos, los modelos “mesiánicos” parten de una cosmovisión ideológica en dónde el que ostenta el poder está elevado –por sí mismo o por un grupo- a una categoría suprahumana de iluminado; es decir, los seguidores y correligionarios del mesías tienen fe ciega y dogmática en su líder, y haga lo que haga o diga lo que diga, lo asumen como una verdad incuestionable o infalible. El mesías -Māšîaḥ- es un enviado, una especie de redentor que tiene una misión cuasi salvífica; es también un ungido o liberador que busca instaurar un nuevo régimen y ser un disruptor del modelo vigente.

Los tiempos y contextos de los caudillos se basaron en el modelo de “coraje con cólera” y en el garbo de su hablar y gesticular. Desde el punto de vista semiótico, los signos y símbolos del caudillo fueron imágenes sublimes y frases inspiradoras, pero sobre todo los rumores de su fortaleza varonil y machista que jalonaba a las masas e inspiraba confianza. Duarte, Rey Prendes o D’aubuisson poseían este talante o etiqueta de Caudillos…

Los mesías tienen un lenguaje más relajado y superficial; son más plásticos y se comunican con liturgias y rituales. Utilizan lenguajes figurados, parábolas y hashtags. Son como semidioses de una nueva mitología de las redes sociales. Envían mensajes con sus Hermes de manera intermitente; señalan caminos, tendencias, problemas; pontifican, vaticinan, juegan… y, generalmente terminan “fuera de la realidad”, ya que sus fieles o devotos, no sólo creen en él con fidelidad yihadista, sino que le dicen lo que él quiere oír.

A los caudillos y mesías no se les cuestiona, se les respeta y venera - “Con Duarte, aunque no me harte”-. Se trata de dos estilos de un mismo patrón de conducta que emerge en escenarios de baja escolaridad promedio; y sí, aunque no nos guste, en Latinoamérica tenemos los gobiernos que nos merecemos, esos corruptos o ineptos llegaron al poder por causalidad y no por casualidad, y los votos no van ni con el grado académico ni con la moralidad.

Caudillos y mesías crean jerarquías de lealtad; cuentan con círculos concéntricos de confianza y comunicación; los leales y creyentes son premiados con privilegios y prebendas, algunas visibles y otras invisibles. Estos séquitos funcionan como cajas de resonancia o amplificadores de mensajes, y a la vez cuidan el patrimonio ideológico y defienden a capa y espada el discurso.

Pese a las similitudes hay diferencias: los caudillos nacen de y en la ideología, los mesías surgen de las necesidades, expectativas y frustraciones. Los caudillos son elegidos por otros caudillos, los mesías son ungidos por grupos sin esperanza. Los caudillos ofrecen discursos, los mesías presentan futuros escatológicos. Los caudillos irrumpen en la tradición, los mesías crean una nueva etapa. A los caudillos se les sigue, a los Mesías se les tiene fe. Los Caudillos son hijos de la ley, los mesías hijos de una nueva verdad. Los caudillos proyectan valores humanos, los mesías milagros políticos.

La democracia latinoamericana no tiene esos filtros o intermediarios de representación llamados colegios electorales –que también se equivocan, si no veamos lo que sucedió en Estados Unidos-; y pese a que se le pueda llamar la mejor forma de gobierno debemos dudar y mucho. Ya es hora que nos resulte extraño e incómodo quiénes llegan al poder: gente sin capacidad, sin competencias, sin formación y sobre todo sin ética. Habiendo tanto ciudadano preparado y honesto uno se pregunta: ¿cuándo tendremos la suerte de contar con el gobernador que necesitamos? Pero con cuidado, sabemos que muchos de estos delincuentes –por ejemplo, en México- estudiaron en Ivy League; por lo tanto, es necesario preparación académica y “honestidad”, y, además, si no fuera mucho pedir, rodearse de honestos –el gobierno es una maquinaria muy grande-.

Nuestros caudillos y mesías históricamente se vitalizaron por múltiples factores: ignorancia, miedo, comunismo, mercantilismo, corrupción, etcétera. Ese pecado original concupiscente y dialéctico de nuestra clase política, que heredamos de generación en generación, y que parece que estamos condenados a vivir; sea el gobierno de izquierda o de derecha, parece que no lo podemos erradicar.

Monarca, emperador, zar, káiser, caudillo o mesías pueden entenderse como categorías de gobierno anacrónicas justificadas en criterios inverosímiles, algunas relacionadas con líneas de sucesión dinásticas –sangre azul-, otras con derecho divino, o con otras tradiciones étnicas, nacionalistas, belicistas o desencantos masivos que hoy no tienen sentido. En síntesis, muy peligroso…        

Finalmente, para aquellos amigos fundamentalistas que tienen fe en sus mesías, aunque me persiguiera la Santa Inquisición y sea anatema, reniego de Romanos 13,1-7: “(…) Pues no hay autoridad que no venga de Dios, y los cargos públicos existen por voluntad de Dios”. En este contexto, y con respeto teológico, debemos decir que Dios en su omnisciencia no está muy enterado de la política Latinoamericana.

Hoy, a las puertas de un nuevo gobierno nos queda solamente “la duda sobre el beneficio”, y sabemos de los eufemismos de nuestro sistema: Dios ni la Patria demandan a nadie…

*Óscar Picardo Joao ( opicardo@asu.edu ) es investigador y especialista en política educativa. Licenciado en Filosofía, con maestrías en Teología y Educación y Doctorado en Didáctica y Organización Escolar. Dirige el Instituto de Ciencia, Tecnología e Innovación de la Universidad Francisco Gavidia. Foto El Faro: Víctor Peña
 
*Óscar Picardo Joao ( [email protected] ) es investigador y especialista en política educativa. Licenciado en Filosofía, con maestrías en Teología y Educación y Doctorado en Didáctica y Organización Escolar. Dirige el Instituto de Ciencia, Tecnología e Innovación de la Universidad Francisco Gavidia. Foto El Faro: Víctor Peña

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