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La orientación sexual invisible

Ligia Orellana

 
 

La primera frase que escuché sobre bisexualidad fue una confesión pronunciada por un amigo con la mirada en alto y euforia en la voz: «yo le doy para los dos lados». Me sonó tan natural que solo pude responder levantando mis cejas en señal de aprobación. La segunda frase, al contrario, estaba teñida de amargura y sorpresa. Un conocido contaba que su exnovia «se hizo lesbiana», lo cual no terminaba de cuadrarme, pero me faltaban palabras para contrargumentar. Estas dos frases fueron toda la educación que recibí sobre bisexualidad en El Salvador.

Más de una década después, en un país ajeno, asistí por primera vez a una marcha del orgullo LGBTI. Al margen de esa marcha, un exasperado pastor vociferaba por un megáfono que los desviados íbamos directo al infierno y sentí que estaba donde me correspondía. No apreciaba los chubascos de saliva bendita, pero para entonces tenía claro que no era simpatía lo que me acercaba al colectivo LGBTI, sino la necesidad de pertenencia.

Cuando digo que soy bisexual, la gente asume que estoy dando demasiada información sobre mi vida sexual, imaginándosela insaciable, fogosa y desenfrenada. Ojalá mi vida fuera semejante carnaval. La orientación sexual, sin embargo, no se define por un historial, sino por el deseo, por la vivencia subjetiva de la atracción. Esto aplica a todo el mundo, pero vamos al caso que nos ocupa. Cuando alguien cuenta que es bisexual, no está insinuando prácticas románticas o sexuales específicas ni número ni género de parejas. Porque eso, efectivamente, no le incumbe a nadie; lo que está diciendo es «esto es parte de quien soy». No es nada insólito. La sexualidad es un aspecto de nuestra identidad y toda la gente la expresa (o la suprime) de variadas formas.

Ser bisexual no es ser mitad hetero, mitad gay. La bisexualidad es una orientación sexual por sí misma. Más que «hombres y mujeres», el prefijo «bi-» se refiere a la atracción en dos direcciones, hacia lo similar y lo distinto en términos de sexo y género; qué tanto abarca depende de cada persona. Los rígidos guiones de sexualidad en nuestra cultura complican la vida más que facilitarla, por eso no es extraño que alguien se asuma de una orientación sexual por un tiempo antes de reconocer que es de otra. ¿Yo? Por supuesto que tengo estándares, solo que el sexo biológico y la identidad de género (transgénero o, su popular contraparte, cisgénero) no están entre los filtros que dictan quién me encandila.

Cortesía Ligia Orellana.
 
Cortesía Ligia Orellana.

Es una fase. Es confusión. Es para experimentar, es para llamar la atención. Son voraces, promiscuos, infieles. Las mujeres bisexuales están para hacer tríos, los hombres bisexuales son un puente viral entre gays y heterosexuales. Estos son algunos de los términos en los que se piensa a las personas bisexuales. Alternativamente, se niega o se borra la existencia misma de la bisexualidad. Y es precisamente por esta invisibilización que crecí sin tener un nombre para darme sentido. Saberse algo y no tener el lenguaje para definir qué, menos para comunicarlo, es una experiencia que de un día para otro parece nada, pero sumando años resulta desoladora.

Usted se preguntará para qué me molesto en contar mi orientación sexual si tanto juzga la gente. Pues porque mantener la bisexualidad invisible es un veneno de acción lenta. La bisexualidad tiene problemas en común con las otras letras del acrónimo, pero también la apuran asuntos particulares. La bisexualidad engloba a la mayoría de personas no-heterosexuales, pero esta mayoría se mantiene silenciosa para evitar estigmatización y exclusión, tanto del lado heterosexual como del gay. Enclosetadas o a cielo abierto, las personas bisexuales son más propensas a sufrir problemas de salud mental y física que los otros dos lados. ¿Al menos tenemos «el doble» de oportunidades románticas? Confíe en esta doña Nadie, dos veces cero es cero. Donde hay más probabilidades, especialmente para las mujeres bisexuales, es en sufrir violencia doméstica. Claro que si la gente, incluyendo la pareja y profesionales de salud, cree que usted es una persona promiscua, confundida e inevitablemente infiel, no van a tratarla bien. Ni hablar de refugiarse en otro país por persecución basada en orientación sexual: no se es lo suficientemente gay para merecer el asilo en el extranjero ni lo suficientemente heterosexual para sobrevivir en el país de origen.

Yo soy de quienes han tenido suerte. Crecí con un grado de bienestar negado a la vasta mayoría de la población salvadoreña, LGBTI o no. Esto fue un factor protector para sobrellevar la vida dentro del clóset y para salir de él, pasados los 30 años. Hasta entonces experimenté la adolescencia que siempre me faltó: el mundo súbitamente era distinto y yo también. Mi relación conmigo misma y con mi cuerpo, y por consiguiente con lo que me rodeaba, cambió. Tuve un ceremonioso duelo por lo que perdí al suprimir esta parte de mí y a la vez me sentí libre como nunca; ninguna de estas dos cosas se refiere a oportunidades de ligar.

No es que afuera del clóset desaparezcan los problemas. Yo sabía que no me iría tan mal, pero anticipaba ignorancia, bifobia y la posibilidad de que familiares o amigos me dieran la espalda. Temí que me dijeran lo que se dice de la gente bisexual. Temí que la gente hetero no me creyera y que la gente LG-TI me acusara de beneficiarme de parecer heterosexual; no es beneficio borrarse a una misma. Temí que mis pares LGBTI me rechazaran porque mi pareja es un hombre heterosexual y eso quita plante queer. Ya que estamos, sí, mi pareja sabe. Su reacción cuando le conté no fue «¡Vas a dejarme por una mujer!» o «¿Querés un trío?», sino informarse sobre bisexualidad y cómo apoyar a gente bi. No es tan difícil ser decente.

No obstante los riesgos de visibilizar la no-heterosexualidad, hablar de orientaciones sexuales es importante porque ellas implican más que libido: conllevan formas particulares de observar, ser y estar en el mundo. No hay una única manera de relacionarnos con el dato que suponemos natural como el aire que respiramos y que exigimos saber de una persona aún cuando no ha nacido: su sexo y, supuestamente por ende, su género. Con este dato delimitamos quiénes somos y quiénes son los demás. Aún así, pocos son conscientes de cómo las categorías hombre-mujer y femenino-masculino guían decisiones cotidianas, el lenguaje, la presentación personal, los manierismos, por dónde se transita, lo que uno come y viste, con quiénes se habla y de qué.

El que exista más de una forma de vivir el género y la sexualidad no es contrario a la naturaleza, sino una demostración de su complejidad. La sociedad espera cosas concretas de una criatura en virtud de su entrepierna, ignorando groseramente los enredos del desarrollo prenatal y postnatal. Innumerables posibilidades surgen al combinar ─entre muchísimos otros factores─ caracteres sexuales primarios y secundarios, hormonas, genes, cromosomas y lóbulos frontoparietales. No es necesario pertenecer al colectivo LGBTI para tener una visión sana sobre sexualidad y género, como ser parte de él no vuelve a nadie inmune a ser un prejuicio andante. Pero por eso el énfasis en diversidad sexual: hablar de diferencia establece un punto de referencia ideal (artificial, además) y excluye a quienes se desvían de él. Al excluir, perdemos perspectivas sobre el mundo que no podemos ver por nuestra cuenta.

El Salvador se precia de poseer esta mentalidad excluyente. Uno de los pilares que sostiene la precaridad del país es el de la incapacidad de lidiar con la sexualidad; se nota en la perpetua histeria nacional por controlarla a través de burlas, vergüenza y prohibiciones. Y este es el trato que recibe la sexualidad «correcta». Cualquier indicio de no-heterosexualidad corre peor suerte. No basta preguntar «¿y si tu hijo/hija fuera gay?» para intentar generar empatía cuando la heterosexualidad de una persona todavía se considera medida de una crianza exitosa.

Mientras este panorama no cambie, la respuesta a si es necesario armar tanto alboroto con esto del orgullo LGBTI es tirar brillantina al aire. Las marchas del orgullo por sí solas, ciertamente, no reducen la discriminación. Estas marchas nos sirven más bien para contemplar a la gente heterosexual y cisgénero suspendiendo temporalmente sus prejuicios a cambio de una fascinación ambivalente ante lo raro. Las marchas y demás esfuerzos por visibilizar la diversidad sexual no son un espectáculo para la sociedad, sino una manifestación de la diversidad a pesar de la sociedad que insiste en suprimirla.

Aun dentro de esta diversidad, la B suele omitirse. Se alerta sobre homofobia y transfobia. Se proclaman conceptos como «matrimonio gay» y «agenda gay»; el primero es matrimonio igualitario, el segundo es inexistente. Tampoco existe la agenda bisexual, o al menos los grupos conservadores no la han visto aún. Antes de que se apropien del término, esta es mi agenda como bisexual: 1. Garrapatear dibujitos; 2. Desmantelar el constreñido imaginario social sobre la sexualidad humana; y 3. Quedarme en casa porque, contrario a lo que sugieren los estereotipos sobre mi orientación sexual, la gente no me gusta tanto.

*Ligia Orellana es salvadoreña. Psicóloga dedicada a la investigación en Psicología social. Es autora de los libros de cuentos Combustiones Espontáneas (UCA Editores, 2004), Indeleble (Colección Revuelta, 2011) y Antes (RIL Editores, 2015). Escribe también en los blogs  Qué Joder ,  Psicoloquio , y el webcómic  Simeonístico . Actualmente vive en Sheffield, Inglaterra.
 
*Ligia Orellana es salvadoreña. Psicóloga dedicada a la investigación en Psicología social. Es autora de los libros de cuentos Combustiones Espontáneas (UCA Editores, 2004), Indeleble (Colección Revuelta, 2011) y Antes (RIL Editores, 2015). Escribe también en los blogs  Qué Joder ,  Psicoloquio , y el webcómic  Simeonístico . Actualmente vive en Sheffield, Inglaterra.


Este texto se publicó originalmente en el número 2 de la revista Impúdica, dedicada a la reflexión sobre los géneros.

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