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Pensar y planificar la educación para no naufragar

Óscar Picardo Joao

 
 

En el año 2010 trabajamos con el Ministro Melanio Paredes en el plan estratégico educativo de República Dominicana. El modelo que diseñamos se basaba en dos factores: la visión de 1 000 horas en cantidad por 1 000 horas de calidad de los servicios educativos; y el diagnóstico del sistema realizado por una comisión de alto nivel de la OCDE. Como era de esperarse, el plan tenía una visión de largo plazo y los principales indicadores progresivos para el corto y mediano plazo en las principales áreas de interés: tecnologías, infraestructura, libros de texto, dignificación docente, organización educativa, currículo, materiales educativos, financiamiento, evaluación estandarizada, entre otros.

Un buen plan estratégico educativo parte de los datos históricos de las principales estadísticas clásicas educativas: eficiencia, retención, matrícula, deserción, etc. –de dónde venimos–, y a la vez cuenta con un marco prospectivo –hacia dónde vamos–. Esto significa que se piensa la educación y, además, que se trabaja con el futuro de los estudiantes.

Más allá de tener un buen documento técnico, diseñado por analistas, simbólicos o tecnócratas, y basado en consultas, con desafíos o metas concretas, realizables y con sustento fiscal; lo importante es contar con un buen equipo de profesionales, con experiencia y conocedores de la especialidad para que puedan ejecutar con eficiencia y rendir cuentas. Un buen ministro es un punto de partida, pero su equipo y el compromiso de los docentes es esencial.

En el Plan Cuscatlán, lo referente a educación, lamentablemente, es un conjunto de ideas inacabadas y poco estructuradas que no responden a las necesidades del sistema educativo ni a los niveles del sistema: sólo se agruparon los boletines estadísticos del MINEDCYT y se pegaron sin lógica un conjunto de programas insignias. Por un lado, se establecieron tres estrategias: Regionalización, Mapa Educativo Nacional y Construcción y desarrollo de áreas educativas (que más bien son herramientas). Luego se definieron cuatro metas: Dignificación del magisterio, Tecnologías e innovación educativa, Currículo y pedagogía, y Autonomía y gestión. Y, finalmente, tres programas insignia: Nacer-Crecer, Mi nueva escuela, y Proyecto Dalton (20 000 becas).

Desde este pobre y limitado enfoque, a mí me surgen las siguientes dudas: ¿Cómo resolver la escolaridad necesaria para la productividad del país? ¿La ciencia, las nuevas tecnologías, las atentes y la articulación universidad-empresa serán importantes? ¿Qué se piensa hacer con la formación inicial y en servicio de docentes? ¿Cuál es el enfoque real de la dignificación docente? ¿Serán relevantes los libros de texto?, ¿Habrá un plan para la brecha tecnológica?

También hay que hacer algo para revertir las despiadadas estadísticas de educación media: de cada 10 estudiantes que terminan educación básica, sólo 4 terminan el bachillerato, sólo 2 ingresan a la universidad y, finalmente, sólo 1 se gradúa. ¿Cómo responder ante la ineficiencia terminal de la educación superior universitaria que ronda el 11 %? Sobre pruebas estandarizadas internacionales, ¿en cuáles vamos a participar y por qué?, ¿se ha pensado como mejorar –y duplicar- el presupuesto de la UES –el menor de la región- y ampliar su oferta ante una demanda desbordante?

Respecto a la infraestructura educativa, ¿existe un plan sobre cómo atender los escenarios escolares controlados por las pandillas?, ¿qué piensan hacer con el Sistema Integrado de Escuela Inclusiva de Tiempo pleno? La primera infancia es importante, pero ¿qué se va a diseñar para impactar en el hogar en una sociedad con un tejido social desbastado?, ¿qué reformas legales son necesarias para lograr una renovación del sistema?, ¿seguiremos haciendo educación con planes de estudio y sin currículo nacional básico?; según los resultados de la PAES, los estudiantes conocen pero no comprenden y aplican. ¿Se invertirá en laboratorios? y, por último y no menos importante: ¿cómo se va a financiar todo? y ¿cuál es la proyección real del porcentaje del PIB que se piensa invertir en educación? Hay muchas preguntas en la sociedad y pocas respuestas en el Plan Cuscatlán.

Un plan bien elaborado, con el apoyo técnico y “mesurado” de la cooperación internacional y bajo personal técnico capaz, es un mapa imprescindible para no naufragar; hacer monitoreo de este plan, año a año, permitirá valorar si se alcanzan las metas y desafíos de cara a lograr la necesaria reforma o transformación de la educación.

Será fundamental integrar a los docentes, principales protagonistas del sistema escolar, en todo el proceso, pero salvaguardando la prioridad de los estudiantes; lamentablemente el diálogo con las gremiales se ha centrado en sus “derechos” laborales y en el tema salarial, y poco en los “deberes” profesionales. Un plan no es un recurso decorativo para calmar la crítica, ni un requisito de buenas costumbres en el diseño de políticas públicas educativas; por el contrario, es una herramienta de alto nivel gerencial para diseñar el futuro con certeza y realismo.

No podemos darnos el lujo de perder otros cinco años. El Programa de Promoción de la Reforma Educativa de América Latina y el Caribe (PREAL) titulaba así sus informes: “Mañana es tarde”, “El futuro está en juego”, “Quedándonos atrás”, y mientras ministros de educación van y vienen sin pena ni gloria, y utilizan las Direcciones Nacionales para favorecer a sus amigos, los niños de las escuelas públicas siguen siendo relegados como ciudadanos de segunda categoría; no podemos seguir tolerando otros cinco años con PAES mediocres, otros cinco años perdiendo decenas de miles de estudiantes de modo indolente, otros cinco años de contar con las perores estadísticas educativas de la región. 

No estoy seguro de si podremos alcanzar el último vagón de la cuarta revolución o de la industria 4.0 o de si lograremos que todas las escuelas tengan internet, pero no tengan computadoras o contenidos para aprender; habrá que priorizar y para eso también sirve el plan. En realidad, a estas alturas sabemos poco y nada de lo que sucederá en el sistema educativo, no hay plan, no hay mapa, no hay prioridades; sino un conjunto de ideas. Mientras tanto, las encrespadas aguas de la realidad y la globalidad nos amenazan y seguimos navegando al garete. La educación se debe pensar, es imprescindible hacer algo de prospectiva y regresión lineal, trabajar con los datos, imaginar el futuro y reformar con fundamento y seriedad. La salud educativa de nuestros niños y niñas es muy importante para que quede al criterio político o gubernamental del corto plazo.

Sigo creyendo que la formación docente se debe equilibrar con la formación médica, en cantidad y calidad (ambas son importantes); también creo que la PAES se puede mejorar con una devolución apropiada de los resultados, equipando a las escuelas con laboratorios, evaluación docente y capacitación pertinente. Creo que podemos mejorar la escolaridad promedio y evitar que perdamos miles de estudiantes en tercer ciclo y bachillerato; creo que los docentes merecen un mejor salario, pero también los estudiantes merecen todo su compromiso y profesionalismo. Creo que nos merecemos escuelas públicas con altos estándares de equipamiento, tecnologías e infraestructura. Creo que sin currículo nacional y sin buenos libros de texto no podremos mejorar. Creo que sin una filosofía educativa que enseñe a pensar con criticidad y a descubrir las capacidades de cada uno, todo será cuesta arriba. Creo que el docente es el factor determinante, todo lo demás sólo influye. Creo que necesitamos Directores con habilidades gerenciales y que lleguen al cargo por méritos.

Creo que la UES puede recuperar su protagonismo regional. Creo que necesitamos más instituciones técnicas-vocacionales en el país. Pero este “credo pedagógico” sólo se puede realizar con estrategia, metas, desafíos, datos, evaluación, en el marco de un plan de nación razonable y serio, consultado y consensuado, y con una plataforma fiscal responsable. Es mucho pedir, pero vale la pena seguir intentando.

*Óscar Picardo Joao ( opicardo@asu.edu ) es investigador y especialista en política educativa. Licenciado en Filosofía, con maestrías en Teología y Educación y Doctorado en Didáctica y Organización Escolar. Dirige el Instituto de Ciencia, Tecnología e Innovación de la Universidad Francisco Gavidia. Foto El Faro: Víctor Peña
 
*Óscar Picardo Joao ( [email protected] ) es investigador y especialista en política educativa. Licenciado en Filosofía, con maestrías en Teología y Educación y Doctorado en Didáctica y Organización Escolar. Dirige el Instituto de Ciencia, Tecnología e Innovación de la Universidad Francisco Gavidia. Foto El Faro: Víctor Peña

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