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Mirar a Nayib desde un árbol de fuego

Nayib Bukele está convencido de que su llegada a la presidencia marcará un antes y un después en la historia del país. “Y El Salvador va a volver a ser el líder de Centroamérica en pujanza y en innovación”, dijo en su discurso de investidura. Pero una anécdota ocurrida en los árboles de fuego de la plaza Barrios sugiere que cambiar una sociedad es más complicado que intercambiar a su presidente.

 
 

Miles de los salvadoreños que se acercaron este 1º de junio a la plaza General Gerardo Barrios tuvieron que conformarse con ver a su nuevo presidente, Nayib Bukele, en una pantalla de televisión. Casi media plaza, la mitad más cercana a la tarima instalada frente al Palacio Nacional, estaba reservada –y resguardada– para mujeres y hombres vestidos con corbatas, con sacos, con tacones y con vistosos sombreros. Todos sentados. En la otra mitad, a no menos de 50 metros de distancia, los demás, parados, y con visibilidad sólo para los que se amontonaban en las primeras filas. A la mayoría, pues, le tocó resignarse a ver la toma de posesión en las pantallas gigantes instaladas lejos del Palacio. Pero unos pocos se rebuscaron.

En la plaza Barrios hay palos. Unos metros detrás de la estatua del caballo hay unas áreas engramadas; sobre ellas, unos árboles de fuego de distintos tamaños, aún con algunas flores rojas regadas por su ramaje. Del árbol de fuego se dice que es uno de los más coloridos y hermosos del mundo.

Hay quien vio en esos árboles la posibilidad de poder ver al presidente Bukele. Primero se subió un joven al palo más cercano a la estatua, uno de unos cinco o seis metros de altura y algo maltratado, con pocas hojas. Luego otro y otro y otro y otro más, hasta siete personas –todos hombres– encaramadas y satisfechas por su logro. Eran las 8 y media aún, a otra media del inicio previsto para la ceremonia.

Hasta nueve niños y jóvenes se encaramaron en uno de los árboles de fuego que hay sembrados en la plaza General Gerardo Barrios, en San Salvador., para poder ver la toma de posesión del presidente Nayib Bukele. Foto Roberto Valencia.
 
Hasta nueve niños y jóvenes se encaramaron en uno de los árboles de fuego que hay sembrados en la plaza General Gerardo Barrios, en San Salvador., para poder ver la toma de posesión del presidente Nayib Bukele. Foto Roberto Valencia.

“El palo de fuego no resiste mucho”, dijo Hugo Armando, un agricultor llegado desde Ilobasco con su camiseta celeste. Él estaba sentado en una sombra que daba otro árbol de fuego; este sí, alto y frondoso y floreado. “Si siguen subiendo más, alguna rama se va a quebrar”.

El primer palo se topó, pero el sendero de la rebeldía ya estaba abierto.

José Alberto Martínez (1954, 9 de agosto) se subió a un pequeño palo que le permitió ganar apenas un metro. Y la multitud se comenzó a organizar para trepar al más grande de los árboles de fuego. Alguien prestó sus hombros y, en un chasquido, figuras humanas comenzaron a subir y a subir.

Un hombre trajeado de algún equipo de seguridad se acercó malencarado y pidió que bajaran. Nadie le hizo caso. Se fue con cara de pocos amigos.

Como hora y media después, Bukele dio su primer discurso con la banda de presidente de la República atravesada en su pecho. “El Salvador puede cambiar –dijo–, debemos decidir nosotros mismos que vamos a sacar nuestro país adelante”.

La gente encaramada sobre el más grande de los árboles hacía que cayeran semillas, hojas, ramas. Al poco, vino directo un grupo de tres soldados con sus tres fusiles M-16, seguramente enviados por el trajeado al que nadie hizo caso. Apelando al peligro en el que estaban, con buenas formas, los militares lograron que desalojaran los tres árboles.

Con la misión cumplida, los soldados se retiraron con un dejo de satisfacción. Pero apenas se perdieron entre la multitud, el primero de los árboles de fuego comenzó de nuevo a llenarse de hombres; varios de ellos, los mismos que habían sido forzados a de bajar.


En varios pasajes de su discurso, el presidente Bukele apeló de forma explícita a la colaboración del pueblo para poder desarrollar los cambios y las mejoras prometidas. Dijo: “La única forma en que de verdad podremos salir adelante es que cada uno de ustedes decida hacer lo que le toca hacer; que los 10 millones de salvadoreños empujemos hacia un solo lado”.

Los mismos tres soldados regresaron unos quince minutos después. Al sexagenario José Alberto, un mensajero de la colonia Valle del Sol, en Apopa, que trabaja como mensajero en el Centro Histórico, uno de los militares lo bajó chineado. “Los soldados tienen razón; a veces uno es atrevido, pero tienen la razón”, me dijo José Alberto después.

Los nueve niños y jóvenes que se habían encaramado esta vez al primero de los palos comenzaron a descender raudos, percatados de que el tono de los militares del Comando Zeus era menos amigable: “¡Bajen, que no me los quiero llevar detenidos!”.

“Si por suerte no se quebró alguna rama y cayeron”, me susurró al oído Hugo Armando, el agricultor.

Los militares aguantaron un rato más esta vez junto a los árboles de fuego. José Antonio Renderos (1953) aprovechó la tensa calma para recoger una docena de latas de Salva Cola y Kolashanpan que estaban tiradas por el suelo, regaladas entre los asistentes minutos antes al costado poniente de la plaza. Con 30 hace una libra, y por esa libra de aluminio le pagan dos coras ($0.50). Pero él sólo recogía las latas; los plásticos y los papeles ahí quedaban.

“Debemos de decidir nosotros mismos que debemos dejar de matarnos, debemos de decidir nosotros mismos que dejemos de botar basura en la calle”, dijo el presidente Bukele en su discurso, cuando ya la plaza Barrios estaba llena de basura, a pesar de los incontables basureros.

Lo de dejar de matarnos seguramente cueste un poco más.

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Nelson Rauda, Andrés Dimas y Claudia Palacios

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