Publicidad

Hay que educar a la universidad

Óscar Picardo Joao

 
 

Según las estadísticas de los sistemas educativos nacionales, al menos un 0.5 % de la población escolar pertenecen a un grupo de estudiantes excepcionales o especiales; aquí se incluyen a chicos y chicas que están en la categoría de Renzulli –altas capacidades-, espectro autista -Asperger, Rett-, déficit cognitivo, atencional, sensorial o físicos, hiperactividad, trastornos del desarrollo, problemas motóricos, entre otros muchos casos.

Parafraseando a Mel Levine -y Howard Gardner- “mentes diferentes, aprendizajes diferentes”, podemos concluir con base a la experiencia psicopedagógica que cada estudiante es único y, pese a sus limitaciones o capacidades, tienen una forma particular para asimilar la vida, de interpretar la realidad, de aprender y de crecer.

Con la ayuda de terapias, adecuaciones curriculares, maestros sombras y otras técnicas didácticas y pedagógicas alternativas, muchos de estos niños y niñas logran culminar su escolaridad básica y media; no es fácil, y generalmente depende de tres variables fundamentales: encontrar un proyecto educativo incluyente, la pasión y mística docente y el esfuerzo y tenacidad de la familia.

Pero al llegar al nivel terciario o superior los estudiantes se encuentran con una gran barrera a superar: la indiferencia de los modelos pedagógico o andragógicos; en efecto, la universidad es poco sensible y tolerante con la educación especial. Los docentes universitarios –y su libertad de cátedra- no tienen mucho tiempo y paciencia para conocer y atender a sus estudiantes. Los parciales tales como se han venido desarrollando en años son la ley cognitiva, o los pasas o te quedas, no hay vuelta atrás.

No sería extraño especular sobra la poca funcionalidad de la universidad en la época actual; personas poco comprendidas y exitosas en la vida tecnológica contemporánea no terminaron sus estudios universitarios: Michael Dell, Dell Inc.; Steve Jobs, Apple; Bill Gates, Microsoft; David Karp, Yahoo; Jack Dorsey, Twitter; Daniel Ek, Spotify; Matt Mullenweg, Wordpress; Larry Ellison, Oracle; y Mark Zuckerberg, Facebook (graduado por diplomacia en 2018).

Hace unos días conocí el caso de un chico con dislexia que culminó sus estudios básicos y de educación media, pero al llegar a la universidad su vida ha sido un calvario. Estando en una institución muy prestigiosa –en Suramérica- se dispuso a estudiar ingeniería, y ha tenido problemas para superar las materias de álgebra y cálculo; el problema principal no es de comprensión y aplicación cognitiva, sino de decodificación, ya que la dislexia es una dificultad lingüística y semiótica que afecta al aprendizaje. Seguramente, un docente con un poco de paciencia y dedicación podría elaborar sistemas de evaluación ad hoc al estudiante –lo que no supone bajar los estándares- y darle oportunidades conforme a la necesidad del estudiante. Es un asunto de método.

Conocí dos casos más –a nivel local- de estudiantes universitarios con deficiencia visual y auditiva; que demandaban materiales braille o intérpretes de lenguaje de señas en el aula: obviamente esto eleva los costos, pero no sería un buen argumento en el marco de un sistema educativo inclusivo. El problema es que muchos de estos estudiantes aún no encuentran soluciones y las oportunidades formativas llegaron hasta educación media.

Hace unos meses fui parte del jurado de tesis del grado de Maestría de Mirna Velasco, en la Universidad Centroamericana “José Simeón Cañas” (UCA), quién presentó su investigación titulada: Factores de retención y logro académico de estudiantes con discapacidad de la Universidad de El Salvador. Los hallazgos del estudio demostraban la falta de adecuaciones curriculares, la ausencia de formación de profesores para atender a la discapacidad y diversidad, los limitados recursos didácticos, la inexistente orientación profesiográfica-académica y acompañamiento académico –mentoring-, y, sobre todo, la ausencia de estadísticas. Apenas hemos avanzado en rampas y accesibilidad en la infraestructura.

En no pocos casos, personas con alguna limitación también cuentan con capacidades excepcionales o desarrollan habilidades únicas, que no conocemos ni les damos oportunidades. Las inteligencias clásicas o estándar y los programas tradicionales –Derecho, Administración de Empresas, etc.- ya tienen dificultades para encajar en los nuevos sistemas de la sociedad del conocimiento y en la economía de la información. En efecto, Internet de las Cosas –IoT-, Inteligencia Artificial (IA), Machine Learning, Blockchain, Robótica, Automatización, Genética, Biología Molecular, Modelaje Matemático, Programación, demandan no sólo otras carreras y certificaciones, sino la oportunidad de inteligencias más imaginativas.

Los rectores, decanos y sobre todos los docentes deben revisar el equipaje universitario. Está muy bien mantener ciertas tradiciones académicas y científicas, pero deben abrir algunos compartimentos para oxigenar el quehacer universitario; algunos le llaman aggiornamento o puesta al día; pero sobre todo deben reflexionar y actuar para darle espacios a las inteligencias excluidas por los sistemas rígidos de admisión, parciales y defensas. No sólo medir el IQ sino otras capacidades neuroevolutivas: emocionales, interpersonales, espaciales, motores, etcétera; y no sólo medir –measurement- sino también valuar de modo integral –assessment-. Los test de evaluación estandarizada toman fotos muy borrosas de los estudiantes. 

El reto permanente es “educar al sistema educativo” (algo que no solemos hacer), humanizarlo, transformarlo y reformarlo y esto debemos hacerlo desde la ciencias psicológicas y educativas. Somos mucho más que “notas”.

*Óscar Picardo Joao ( opicardo@asu.edu ) es investigador y especialista en política educativa. Licenciado en Filosofía, con maestrías en Teología y Educación y Doctorado en Didáctica y Organización Escolar. Dirige el Instituto de Ciencia, Tecnología e Innovación de la Universidad Francisco Gavidia. Foto El Faro: Víctor Peña
 
*Óscar Picardo Joao ( [email protected] ) es investigador y especialista en política educativa. Licenciado en Filosofía, con maestrías en Teología y Educación y Doctorado en Didáctica y Organización Escolar. Dirige el Instituto de Ciencia, Tecnología e Innovación de la Universidad Francisco Gavidia. Foto El Faro: Víctor Peña

Publicidad
Publicidad

 CERRAR
Publicidad