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La incómoda visita de Trump a El Paso

Diego Murcia

 
 

La visita de Donald Trump a El Paso, días después de que un supremacista blanco matara a 22 personas e hiriera a dos docenas de civiles más a punta de balazos, es comparable a que el tío que te ha violado durante tu infancia se presente al cumpleaños de tu hija de cinco años y se la pase besándola y apapachándola durante toda la fiesta.

Imaginen esto: el mismo hombre que ha dicho que Estados Unidos está siendo invadido por hispanos inmigrantes, llegó el pasado miércoles 7 a tomarse fotos con los sobrevivientes y a decirles que los llevaba en el pensamiento y en sus oraciones. No todos los fronterizos se congratularon de recibirlo. Media ciudad salió a protestar por su llegada antes, durante y después de su arribo a El Paso. Al menos ocho de las víctimas todavía ingresadas en el hospital University Medical Center se negaron a recibirle, mientras que dos de sus simpatizantes que ya habían sido dados de alta volvieron al centro de salud para aparecer en una foto con él.

También le llevaron a un bebé, Paul, cuyos padres, simpatizantes del presidente, fueron asesinados en Walmart a manos del supremacista. En esa foto, el tío Trump posa con miembros de la familia Anchondo. Melania sostiene al bebé y él hace una señal de pulgar arriba, mientras ambos sonríen para las cámaras. La foto no deja de ser perturbadora por varios motivos: uno, la pareja presidencial parece celebrar el hecho de que ambos padres de este niño han muerto en una balacera; dos, en ningún momento de la visita hubo muestras visibles de condolencias para las víctimas de este ataque, pero sí muchas oportunidades de fotos resaltando al presidente; y, tres, más que una muestra de afecto, Trump usó el momento de esta tragedia para hablar de las multitudes que él atraía en sus mítines, en comparación con el “loco Beto” (O'Rourke, candidato demócrata por la presidencia de los Estados Unidos y político paseño).

Memorial que se ha creado en la parte trasera de la tienda de Walmart donde ocurrió el tiroteo del 3 de agosto 2019. Cruces, obras de arte, flores, juguetes, y centenares de objetos tanto religiosos como mundanos adornar esta zona vigilada 24/7 por agentes de la policía local. Foto de Diego Murcia.
 
Memorial que se ha creado en la parte trasera de la tienda de Walmart donde ocurrió el tiroteo del 3 de agosto 2019. Cruces, obras de arte, flores, juguetes, y centenares de objetos tanto religiosos como mundanos adornar esta zona vigilada 24/7 por agentes de la policía local. Foto de Diego Murcia.

Fotografías a parte, en estos días me he vuelto a sentir como en aquel fin de semana de 1997, cuando -desde el portal de mi casa- le dispararon e hirieron de muerte a un miembro de la Mao Mao y este se desangró hasta la muerte frente a mi madre y hermana.

Demás está decir que la vida en el barrio no fue la misma a partir de entonces. Ya no hubo protección para nadie cuando se soltaban las balaceras. Ni para mi familia, que vivía -en complicidad, según la mara- en territorio enemigo. Un territorio de guerra donde vivían al menos cuatro clicas más y dos pandillas estudiantiles.

Este sentimiento de fragilidad ha vuelto a surgir en mí en estos días, justo después de la visita de Trump, cuando -por la tarde- fuimos de compras a Walmart. Montserrat, mi hija, entra en unos días a la escuela. Fuimos a comprar útiles escolares, lo mismo que la mayoría de las familias que fueron asesinadas el fin de semana anterior. Ni siquiera fuimos a la misma tienda. Estábamos como a diez kilómetros del lugar del tiroteo, pero -cargando en brazos a Nicolás, mi otro hijo- no dejé de tener esta extraña sensación de que pudimos ser nosotros los muertos. Lo único que nos detuvo ese día de ir a esa tienda es que estoy de vacaciones y que el cruce del puente internacional tendría una duración predicha de, más o menos, tres horas. Decidimos, entonces, posponer la visita para entre semana.

Poco ha cambiado desde esa ida al supermercado, el sentimiento entre todas las personas es el mismo: desconfianza obligada. Están viendo de reojo al de al lado. Si oyen un ruido del escape de una motocicleta, se agazapan por reflejo. Si hablan del tema, lo hacen quedito y con tristeza. Si van de compras, entran y salen raudos sin perder el tiempo. Las tiendas lucen vacías, con pocos clientes, ahora que lo pienso.

Dicen que el tirador ni siquiera se adentró hasta los pasillos, sino que se fue en paralelo de las cajas registradoras. Aún así, la gente tiene miedo de andar entre las estanterías. Compran como si no fueran a volver hasta dentro de un mes o más días que eso. Y no es para menos, durante la tarde del miércoles, mientras Trump se entretenía en el hospital, un simpatizante suyo se paseaba entre la gente que presentaba sus respetos a los muertos de la masacre. Iba vestido de negro, con gafas de esas que usan cuando vas a disparar a un campo de tiros. Más tarde, esta misma persona se estacionó en las afueras de un refugio donde una organización sin fines de lucro atiende a migrantes que han sido liberados por inmigración. Lo que llamó la atención de las personas que se encontraban en los alrededores del lugar es que una camioneta forrada de propaganda proTrump se hubiese estacionado a pocos metros del lugar. Temiendo lo peor, llamaron a la policía. Cuando los uniformados llegaron, el sujeto estaba sentado en su camioneta, portando guantes de látex azules y blandiendo un cuchillo. La policía le requisó un arma cargada, municiones y una bolsa de polvo blanco.

Un día después, la revista Time publicó un reportaje en portada en el que hace un recuento de los tiroteos que han sucedido hasta el 8 de este mes en los Estados Unidos en lo que va del año: 253. Eso es casi 1.4 por cada día del año y apenas vamos en agosto. Pero los tiroteos y ataques continúan. La madrugada del viernes 9 de agosto, nada menos, le tocó turno a Denver. Un hombre, una mujer y un joven fueron víctimas de tres tiradores distintos.

Esta semana he vuelto al trabajo, luego de varios días de vacaciones. Mi correo electrónico está inundado de mensajes con invitaciones a consejería psicológica para hablar sobre el ataque. Para quien viene de un país donde incluso respirar es un acto de violencia, que te ofrezcan confort y un espacio para liberar estrés es tan raro que hasta suena ridículo. Y, a la vez, después de nueve años de estar viviendo en paz, el simple gesto de querer ayudar a superar esta herida le da un gran sentido a estas ofertas.

Muchos fronterizos han salido a dar la cara y han tratado de reinventar esta situación, tratando de sacar lo mejor de ella. Han propuesto no dejarse ganar por el terror y han creado su propio eslogan de motivación: #ElPasoStrong (#ElPasoEsFuerte). Hay campañas de recolección de fondos para las víctimas y los familiares de los muertos. Las más altas autoridades locales, como la congresista Verónica Escobar y Beto O’Rourke, uno de los candidatos demócratas por la presidencia, se han acercado de manera personal a las familias. O'Rourke, por ejemplo, acompañó a una de las familias dolientes en Ciudad Juárez durante el funeral, algo que solo ha ocurrido de manera formal por eventos políticos. Por su lado, el alcalde juarense, Armando Cabada, cruzó a la ciudad de El Paso para presentar su respetos a las familias dolientes de este lado de la frontera estadounidense.

La gente de El Paso, tan acostumbrada a sus “cinco muertos” al año, sigue llorando a sus hijos e hijas. Por todos lados, las jefaturas de instituciones donde laboran méxico-americanos y mexicanos o hispanos hablan de medidas de seguridad y protocolos que antes no tenían razón de ser. Pero, irónicamente, pronto se dan cuenta de que no hay forma de prevenir o reaccionar ante algo que nunca se había experimentado. En pocas palabras, no saben cómo proceder. Ciudad Juárez, la eterna cuna del feminicidio, consuela a sus hermanos paseños desde donde puede. Hay, incluso, unos cuantos despistados que, desde la comodidad de la redes sociales, anuncian su miedo a cruzar al lado gringo, como si la violencia del narco en su ciudad fuera una cosa extraña y no el pan diario de cada día.

Lo cierto es que las dos ciudades hermanas tienen hoy miedo y no encuentran palabras para hablar del tema entre ellas. Y de estos trances tarda uno décadas en sanar, eso lo sabemos de sobra los salvadoreños.

*Diego Murcia es escritor y periodista salvadoreño. Escribió para El Faro y La Prensa Gráfica. Posee una Maestría de Bellas Artes en Escritura Creativa por The University of Texas at El Paso y una licenciatura en Comunicación Social por la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (UCA). Vive en la frontera de El Paso (Texas) y Ciudad Juárez (Chihuahua).
 
*Diego Murcia es escritor y periodista salvadoreño. Escribió para El Faro y La Prensa Gráfica. Posee una Maestría de Bellas Artes en Escritura Creativa por The University of Texas at El Paso y una licenciatura en Comunicación Social por la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (UCA). Vive en la frontera de El Paso (Texas) y Ciudad Juárez (Chihuahua).

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