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Oro, playa y pupusas en el país de las malas noticias

Willian Carballo

 
 

Contar medallas en un país acostumbrado a contar muertos es como encontrarse 20 dólares en un pantalón sucio y hediondo al que habíamos condenado al lavadero. En esta nación –en la que un expresidente juega a ser Pati Chapoy desde Twitter, los tambos de gas son bombas residenciales y las pandillas doblan las rodillas de comerciantes a fuerza de extorsiones–, las pocas noticias positivas se cotizan, se necesitan, se atesoran. Y cuando por fin aparecen, lucen hasta inverosímiles. Nos sorprenden. Nos extrañan. Nos alegran, pero con sospecha; como si algo no anduviera bien, como si esperáramos ese momento cruel en el que alguien va a despertarnos con un hiriente: “Sonría, era una broma”.

El sábado, por ejemplo, cuando un champú dorado bañó nuestras melenas en los Juegos Panamericanos, empezamos incrédulos a contar medallas. Una. Dos. Tres. ¿Ma? No te creo. Pellizcame. Pero era cierto: la flecha, el músculo y el fitness conspiraron para hacer llegar el dulce aroma del éxito a una nariz acostumbrada al carao y alegrar así a una sociedad en la que los gobiernos, por norma, suelen tratar a muchos atletas como los dirigentes a los reservistas del 11 Deportivo: improvisando, sin dieta y con propensión a los desmayos.

Seis días antes, las buenas nuevas habían llegado montadas en una tabla de surf. Un joven de cabellos asoleados se colgó una medalla del mismo color de su piel en esos Juegos. Y en otro evento, la Selecta de Playa –habituada al papel de Rey León en una película en la que sus colegas de fútbol 11 llevan años siendo las hienas– ganó boleto para ir a los juegos mundiales de su categoría. Entonces la marea se nos creció en el pecho. Nos sentimos El Zonte y La Pirraya. Un atardecer en el Golfo de Fonseca y una mariscada en Metalío. #TodosFuimosMar.

Días atrás, sin embargo, pasó lo más viral. Leonardo DiCaprio, actor que pasó hambre antes de subirse al Titanic y devoró carne como un lobo en Wall Street, reveló en una entrevista para promocionar su más reciente película que entre tacos y pupusas, se quedaba con estas últimas. Paren las rotativas. Preparen los tuits. Aquellas palabras, tan cortas, tan efímeras, fueron para muchos salvadoreños como colgarse una medalla en el pecho. Al fin y al cabo, las pupusas son redondas y aplanadas, como las preseas; y una vez barnizadas por esa deliciosa grasita que las cubre parecieran brillar. Además, saben a gloria.

La declaración, por supuesto, bastó para nombrarlo extraoficialmente como Hijo Meritísimo de El Salvador. Le hicieron memes. Lo pidieron como un nuevo busto en Los Próceres. Lo casi beatificaron. En cuestión de horas, las palabras del actor desataron una marejada de nacionalismo solo vista cuando El Mágico participa en alguna encuesta en línea al mejor gol de La Liga o cuando una inexistente comisión acreditadora de himnos nacionales supuestamente otorga al tema salvadoreño el título de “segundo mejor del mundo, después de la Marsellesa.” Un patriotismo que no brota igual cuando una de las nuestras gana un importante cargo de elección popular en Estados Unidos o cuando un compatriota se gradúa con honores en alguna prestigiosa universidad europea. Nada le gana a la palabra pupusa en boca de Leo.

Tras esta algarabía –que la disfruto y a la cual me sumé, debo confesar–, es inevitable pensar en lo necesitados que estamos de noticias alentadoras. Venimos de cargar leyendas y verdades como que teníamos el mejor estadio de Centroamérica, el mejor aeropuerto de la región, la única selección de fútbol del área que había ido a dos mundiales… Fuimos. Teníamos. Éramos. Pero ahora –guerra civil de por medio– la fama solo nos da para ser uno de los más violentos del mundo, uno de los más contaminados, uno de los más vulnerables y uno de los más corruptos. Ahora algunos seleccionados amañan, muchos de nuestros niños se ahogan en la frontera y en Nat Geo solo figuran nuestras cárceles. Con razón tres medallas doradas son un oasis. Con razón soñar con encontrarse a DiCaprio en la Margoth nos ilusiona.

Pero que haya más noticias positivas pasa, en buena medida, por la capacidad de quienes nos gobiernan. El éxito deportivo, por ejemplo, depende de una adecuada planificación de las autoridades federativas. Y hasta algo tan aparentemente mundano como que un actor de Hollywood diga que le gustan las pupusas fuera algo cotidiano si desde el Centro Nacional de Registros, el Organismo Promotor de Exportaciones e Inversiones, Economía, Turismo y Cultura se trabajara conjuntamente –cada uno en lo suyo– por promover lo que ya hicieron con las pupusas de Olocuilta: otorgarles denominación de origen, promoverlas como marca registrada del país. Hay cinco años para exigirles.

Por lo pronto, lo que nos queda es fiarnos del azar y del talento individual. Ilusionarnos con que otros atletas, por su sacrificio, por capacidad innata, laven con su éxito la cara sucia de años sin apoyo y nos regalen otro día como aquel bendito sábado dorado. O tal vez rogar porque a Keanu Reeves o a Will Smith se les escape decir que en Navidad bailan con Los Hermanos Flores y Jhosse Lora o que disfrutan comer queso duro con tortilla al estilo Chichilco. Crucemos los dedos con olor a pupusa para que así sea.

Willian Carballo ( @WillianConN )  es investigador, catedrático y consultor especializado en medios, cultura popular, jóvenes y violencia. Coordinador de investigación en la Escuela de Comunicación Mónica Herrera.
 
Willian Carballo ( @WillianConN )  es investigador, catedrático y consultor especializado en medios, cultura popular, jóvenes y violencia. Coordinador de investigación en la Escuela de Comunicación Mónica Herrera.

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