Publicidad

Los Okupas

Vanessa Londoño

 
 

Los espacios en blanco de los mapas han sido usados como una forma permanente de adoctrinamiento para hacernos creer que representan lugares vacantes y disponibles para ser apropiados. Trazar un mapa, como diría Peter Turchi, apela precisamente a una necesidad humana de dominar ese temor irracional a lo desconocido y a lo innominado, mientras que la función narrativa de los espacios vacantes es la de ocultarnos la presencia conocida de un lugar con el fin de que incrementemos nuestro deseo de explorarlo y posiblemente de saquearlo. En el Corazón de las Tinieblas, por ejemplo, Conrad cuenta que cuando era niño se quedaba mirando por horas los mapas de América del Sur, de África y de Australia, fascinado por los supuestos espacios vírgenes y remotos que todavía quedaban por conquistar sobre la tierra. Pero esos lugares vacantes que Conrad identificó con el apetito impune que crece en la mentalidad del hombre colonial, no eran otra cosa que una horrible omisión de los mapas europeos que trazaron la cartografía del nuevo mundo, llenos de vacíos deliberados que daban la ilusión de estar inhabitados y desiertos.

Pero no lo estaban.

De norte a sur, los procesos de colonización en el continente americano dejaron a los pueblos indígenas viviendo como okupas permanentes de sus propios territorios, y errantes dentro de países en donde se les trata como a ilegales o a sujetos despojados de sus derechos. Es el caso de los Nasa en el Cauca colombiano, de los Mapuche en Chile y Argentina, de los Sioux en Estados Unidos; o de los indígenas mexicanos que se oponen a la construcción del gran proyecto de López Obrador, el Tren Maya, que devastaría largas zonas de reserva ecológica. El turno ahora es para los Maura en Brasil, que llevan semanas viendo arder sus resguardos en la Amazonía por cuenta de campesinos y ganaderos que, amparados en la filosofía que eligió a Bolsonaro, buscan monetizar espacios selváticos mediante la explotación de sus ganados y cultivos. Y es que, ese gran mapa de la Amazonía que ha sido representado durante siglos con la unanimidad de un verde abstracto y que no distingue aún en su supuesta vacancia la relación de los nativos con la tierra, es una herramienta que se ha prestado para perpetuar ese apetito impune que Conrad le heredó a Bolsonaro y a todos los partidos políticos –y sus votantes– que persisten en ese modelo de saqueo colonial.

Tal vez una de las palabras que más se repite en La Tierra Baldía, ese poema que T.S. Eliot publicó en el período entre guerras mundiales, es “seco”. En él, Eliot designó un territorio transfigurado donde no hay rumor de agua en la piedra seca, y donde la cartografía está trazada por la búsqueda constante de cómo alimentar un hilo de vida, con tubérculos también secos. La devastación de la Amazonía nos devuelve hoy el reflejo de un mundo apocalíptico de entreguerras, y de esa combustión que esconde el anhelo profundo y mezquino que tenemos los humanos de llevarlo todo a su final. Nosotros vivíamos y estamos muriendo, dice Eliot también por ahí.

*Vanessa Londoño es escritora colombiana ganadora del Premio Aura Estrada de Literatura y del Premio Nuevas Plumas de crónica periodística.
 
*Vanessa Londoño es escritora colombiana ganadora del Premio Aura Estrada de Literatura y del Premio Nuevas Plumas de crónica periodística.


Apoya el periodismo incómodo

Si te parece valioso el trabajo de El Faro, apóyanos para seguir. Únete a nuestra comunidad de lectores y lectoras que con su membresía mensual o anual garantizan nuestra sostenibilidad y hacen posible que nuestro equipo de periodistas llegue adonde otros no llegan y cuente lo que otros no cuentan o tratan de ocultar.
Te necesitamos para seguir incomodando al poder.
¿Aún no te convences? Conoce más sobre cómo se financia El Faro y quiénes son sus propietarios acá.

Publicidad
Publicidad

 

 CERRAR
Publicidad