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¿Otra columna sobre Nayib o una sobre José José?

Willian Carballo

 
 

Varias veces me han preguntado por qué en un país en el que nuestras pensiones son animales en peligro de extinción o donde si entrás a una colonia que no es la tuya te pueden matar, debemos invertir tiempo hablando de José José, Tarantino o La reina del sur. Antes no sabía qué responder, lo confieso. Pero hoy siempre les contesto lo mismo: si bien las noticias políticas, de violencia o de economía, nos trastocan la razón y son importantes para nuestro presente y futuro; son las otras, las de los artistas, las de las películas y cantantes, las que tratan sobre quienes nos arrugan las emociones y nos acompañan en la intimidad. Eso lo comprobé con el adiós del príncipe de la canción la semana pasada y con el de Camilo Sesto, días atrás.

Al final del día, cuando nos vamos a dormir, nadie lo hace pensando en la diputada Nidia Díaz intermediando entre Schafik y Zablah –espero–, sino arrullado por la letra más nueva de Pedro Capó o de Christian Nodal, o triste porque nos dejó el triste mayor. Tampoco es la selfie de Nayib en la ONU –también espero– la que nos ilumina en nuestro cuarto cuando, entre sábanas, abrimos YouTube, sino lo nuevo de Luisito Comunica o Beyoncé con Lady Gaga. Lo que hay es música popular de fondo cuando nos enamoramos. Suena cuando hacemos el amor, cuando nos cortan y cuando nos casamos; pero nadie se pone romántico al son de la anticuada marcha arenera, por ejemplo, o menos al ritmo de “el pueblo unido jamás será vencido”. Recordaremos a nuestros hijos por sus sonrisas repitiendo los diálogos de Lluvia de hamburguesas o tarareando una de Queen for babies, pero no por que sepa identificar el cuerpo de nadador de Guillermo Gallegos, Dios me libre. Hay una parte de nosotros a la que solo el arte llena. Somos corazón y no solo cerebro, aunque suene cursi, coelhiano. Contar o no con esa pensión incidirá en que nuestros hijos tengan un despreocupado futuro y el DUI correcto en territorio ajeno les salvará la vida –nadie duda de eso–. Pero son las noticias sobre artistas y productos culturales las que nos complementan esa racionalidad a golpe de emoción.

¿Por qué esa larga introducción? Porque, justamente, eso es lo que he comprobado en las últimas tres semanas, con la muerte de dos estrellas de la canción en español: Camilo Sesto y José José.

La mayoría, salvo quizás los más jóvenes, tenemos un hilo que conecta nuestras vidas con sus voces tequileras y dulces o con sus discos, que más bien eran casetes. En mi caso, recordar a Camilo Sesto es pensar en mi mamá. Es mirarla de un lado a otro sobre los ladrillos verdes y rojos de la vieja casa donde crecí, oyendo La Monumental y tarareando Melina mientras me prepara una sopa de frijoles y me regaña por ensuciarle con mis zapatos lodosos el piso recién trapeado –todo a la vez– un sábado cualquiera del 89. Y José José será siempre ver a mi papá un domingo por la mañana. Es él poniendo en el viejo aparato de sonido el casete de SUPERSONIDO que incluía Voy a llenarte toda, mientras esperaba en la mecedora que él mismo fabricó a que se llegara el mediodía para ponerse su camisa del Águila y tomar la 79 para llegar a La Ceiba y luego caminar hacia el Cuscatlán. En ambas escenas, yo era el bicho viendo Mazinger, si era noviembre, o estudiando pronombres, si el lunes había examen. Mi mamá abrió un negocio tiempo después y aún prepara una exquisita sopa de frijoles. Mi papá murió hace casi 10 años.

Por eso es que hoy, desvanecidos los dos artistas, se nos muere un poco la infancia también. Los dos, junto con José Luis Perales, Raphael y una larga lista de contemporáneos, son ese soundtrack que el guionista de nuestra película particular compuso para aguadarnos los ojos hoy que nos hicimos viejos. Lo mismo pasó con Juan Gabriel, pero también con Michael Jackson o Roberto Gómez Bolaños. O igual ocurre cuando sintonizamos a Kate del Castillo en la tele o vemos la nueva de Tarantino en el cine. Ellos –sean cantantes, directores, actrices o actores– no nos roban las pensiones. Tampoco se recetan gastos de representación ni nos ponen renta, ni saquean $300 millones que eran nuestros, ni se van para Nicaragua a tuitear, ni se reúnen con el cool de Donald Trump. Nada de eso. En cambio, están ahí. Siempre ahí, en la intimidad de nuestro hogar, en nuestro celular, en nuestro YouTube o en el tráfico que nos succiona la vida a chorros entre Santa Tecla y Lourdes o nos ejercita en Soyapango.

Por eso, no; esta vez no tocó columna sobre Nayib en la ONU ni una oda al 4 %. Y por más que sean días en los que Zablah juega con Schafik a ver a quién le pesan más o por más que López Davidson se estrene al frente de Arena pidiendo número para una cita en Casa Presidencial, esta semana recién pasada se murió José José, maldita sea, y lo único que hoy quiero es saborear mi dolor. Gracias, príncipe, por las memorias. Le contás a mi papá, por favor, que el Águila fue más paloma que gavilán, pero al menos quedó campeón.

Willian Carballo ( @WillianConN )  es investigador, catedrático y consultor especializado en medios, cultura popular, jóvenes y violencia. Coordinador de investigación en la Escuela de Comunicación Mónica Herrera.
 
Willian Carballo ( @WillianConN )  es investigador, catedrático y consultor especializado en medios, cultura popular, jóvenes y violencia. Coordinador de investigación en la Escuela de Comunicación Mónica Herrera.

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