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“Hubo un período en que El Salvador desafió a Estados Unidos”

El último libro del historiador y académico Héctor Lindo Fuentes da cuenta de cómo El Salvador, a principios del siglo XX, hacía lobby en Centroamérica para no ceder ante la hegemonía estadounidense. Por inverosímil que parezca ante la coyuntura actual en donde se firman acuerdos que benefician a los intereses de Estados Unidos, alguna vez fuimos etiquetados como el país "alborotador" de Centroamérica.

 
 

Héctor Lindo es historiador,  catedrático radicado en New York y coordinador de El Faro Académico. Foto de El Faro/Carlos Barrera
 
Héctor Lindo es historiador,  catedrático radicado en New York y coordinador de El Faro Académico. Foto de El Faro/Carlos Barrera

Aunque ahora parezca inconcebible, hubo un tiempo en el que El Salvador era tan independiente de Estados Unidos que incluso hacía lobby a nivel centroamericano para impedir que la región perdiera su soberanía a manos de las ambiciones hegemónicas del imperio. Si ahora el Gobierno firma acuerdos para ceder ante la política antiimigrantes de Donald Trump, convirtiendo al país en un receptor de migrantes solicitantes de asilo que Estados Unidos no quiere, en las primeras dos décadas del siglo XX, las presiones de grupos antiimperialistas transversales en los que militaban estudiantes universitarios, vendedoras de mercados y académicos obligaban a los gobernantes de turno a jugar un papel más estratégico en las relaciones diplomáticas con la nación norteamericana. 

Esta narrativa, inexplorada hasta la fecha, ha sido bautizada y compilada por el historiador Héctor Lindo Fuentes en su nuevo libro El alborotador de Centroamérica. El Salvador frente al imperio, producto de una investigación de cinco años que partió, precisamente, de la ausencia de El Salvador en la historia de la lucha latinoamericana frente al imperialismo.

El interés del historiador (San Salvador, 1952) devino de la investigación que hace para la cátedra de Latinoamérica y Estados Unidos que imparte en la Universidad de Fordham en Nueva York. “Dedicaba cierta parte al imperialismo estadounidense y a la guerra hispanoestadounidense en 1898, y siempre me preguntaba: ¿Y El Salvador dónde está? ¿Qué tipo de reacción hubo? ¿Por qué no tiene participación en esta narrativa?”. Y fue así como empezó a escudriñar entre microfilmes del Departamento de Estado en donde se encontró con una carta del representante diplomático de Estados Unidos en el país, William Heimke, que en 1913 reportaba al secretario de Estado que “Puede decirse con propiedad que El Salvador es el alborotador de Centroamérica, este es un hecho innegable reconocido por todos los que han vivido en este país”.

No se trata de que los políticos rompieran sus vínculos con el país norteamericano, sino que la presión social de los grupos subalternos fue clave para que los presidentes Manuel Enrique Araujo y Carlos y Jorge Meléndez adoptaran posicionamientos políticos públicos en respaldo a las facciones antiimperialistas. Aunque en privado aseguraran a los ministros estadounidenses destacados en el país que necesitaban su apoyo para mantenerse en el poder y estaban dispuestos a ser serviciales. Lindo Fuentes describe estas prácticas como estrategias diplomáticas que se nutrían del clamor que surgía del debate público sobre los intereses de la nación. 

Para el autor, esta etapa histórica habla de la necesidad de que el debate social vuelva a escalar y generar presión en la clase política, pero eso implica, por un lado, una sociedad que conozca su historia y, por otro, que esté debidamente informada de las implicaciones que tienen las decisiones tomadas por los tres poderes de Estado.  "¿Ha sido ese el tipo de reflexión la que ha estado detrás de la firma de acuerdos recientes? De eso no estoy seguro", dice el autor. 

En la investigación, Héctor Lindo Fuentes detectó que la participación de las mujeres fue trascendental en la lucha antiimperialista de principios del siglo XX. Foto de El Faro/Carlos Barrera 
 
En la investigación, Héctor Lindo Fuentes detectó que la participación de las mujeres fue trascendental en la lucha antiimperialista de principios del siglo XX. Foto de El Faro/Carlos Barrera 

Desde el título, su libro es muy desafiante para la idea que se tiene de El Salvador en una coyuntura como la actual, en la que es difícil pensar en este país como el alborotador centroamericano frente al imperio.
Sí, definitivamente, es un período en el que El Salvador tenía una política internacional independiente, que buscaba equilibrios entre los diferentes poderes, podía apoyarse un poco más en México y desafió a Estados Unidos. Hubo ocasiones en las que el presidente Manuel Enrique Araujo, por ejemplo, acusó a Estados Unidos de haberle mentido. O sea que teníamos una capacidad de respuesta y una imaginación diplomática mucho más grande para responder la desafío del momento.

Aunque según lo plantea, Araujo, al saberse rodeado de enemigos, tuvo discursos en tono complaciente con Estados Unidos.
Definitivamente era un político y ellos evalúan en cada momento cuáles son sus intereses, qué tipo de presiones reciben desde el punto de vista de política doméstica e internacional, y evalúan cuáles son los intereses del país en el momento. Y eso es lo que parece haberse olvidado al simplemente aceptar lo que nos piden desde afuera, sin nisiquiera tener un debate interno, sin siquiera escuchar lo que decía la población ante una problemática. Porque en la época de Araujo sí había una discusión popular, una discusión amplia y compleja entre la población sobre cómo deberíamos de reaccionar ante demandas que venían de afuera, y ahora, al parecer, si hay alguna discusión, el Gobierno parece no haber escuchado. Esta fresca la problemática y no sabemos hacia dónde va.

Su libro desentona en una coyuntura en la que El Salvador firma acuerdos que benefician a una sola de las partes: Estados Unidos.
Sí, todo esto se ha llegado a un arreglo sin que hayamos tenido un debate público, sin que hayamos sopesado cuáles son los intereses de El Salvador, sin decir que si hacemos una concesión deberíamos de exigir algo a cambio. Todavía no veo claro qué beneficios recibe El Salvador de todo esto, qué se ha logrado, porque aún los salvadoreños que están con permiso temporal no parecen haber recibido ningún alivio de estos nuevos acuerdos. Y todo esto sin la menor discusión pública, sin que haya habido sesiones en la Asamblea, inclusive sin que la prensa haya hecho mayor difusión, y menos la población en general. Tampoco es que se hayan creado espacios para eso ni que haya habido tiempo para hacerlo, porque esto nos ha tomado un poco por sorpresa. 

¿Cómo llegó hasta este descubrimiento de un El Salvador "alborotador"? Por ningún lado en la historia que se enseña en el currículo de este país se sugiere algo como esto.
Me sorprendió mucho la fuerza del movimiento antiimperialista en El Salvador a principios del siglo XX, una temática que nunca había visto en los libros de Historia. Entonces, empecé a leer microfilms del Departamento de Estado y empecé a encontrar referencias a manifestaciones que me llamaron la atención. Luego empecé a buscar en el Diario de El Salvador las mismas fechas y empecé a encontrar una perspectiva totalmente diferente. Así que siguiendo diferentes pistas encontré cosas que me sorprendían y luego, pues, seguir buscando cómo desenredar ese ovillo.

Destaca también de su libro el entendimiento transversal entre los salvadoreños: obreros, intelectuales, universitarios, empresarios, incluso, de lo dañino que podía ser la expansión hegemónica estadounidense. ¿Qué pudo haber minado esa capacidad de manifestarse y organizarse como nación?
Depende de los momentos históricos. Realmente la relación entre Estados Unidos ha ido cambiando en el tiempo y ha habido como un estira y encoge. Cómo se define, cómo se entiende, está afectada por circunstancias de difícil control. Yo veo que ahora, por ejemplo, la relación es mucho más compleja por el hecho que tenemos tantos inmigrantes que son muy vulnerables a los caprichos políticos. La presencia de salvadoreños que están bajo el TPS, por ejemplo, puede cambiar por cualquier decisión del Ejecutivo, que ni siquiera tiene que pasar por el Congreso. También hay otro sector de la población que son indocumentados que se sienten muy vulnerables y tenemos gobiernos que tienen miedo de antagonizar a los Estados Unidos porque saben que esa población vulnerable puede ser afectada y que tiene parientes aquí también, que son votantes. También, desde el punto de vista cultural, el salvadoreño ha estado muy abierto a las influencias culturales de Estados Unidos; si va usted a un centro comercial, la mitad de las tiendas tienen nombre en inglés. Entonces, esta discusión sobre la relación con Estados Unidos tiene implicaciones muy graves. Creo que hay una especie de abdicación de los intelectuales a discutir el problema y los políticos le tienen miedo.

La crisis económica mundial y desastres naturales, como el terremoto de 1917, terminaron por imponerse en esta narrativa y finalmente El Salvador terminó por convertirse en un país servicial a los intereses estadounidense.
Pero recuerde que el antiimperialismo se revitaliza durante la época de Sandino, es decir, estamos hablando de mareas. Alrededor de 1912-1913 hasta 1914, hay una marea antiimperialista muy fuerte. Luego, para 1921 vuelve a tomar energía con el pacto de unión. El fracaso del pacto de unión y la llegada al poder de Jorge Meléndez sí tuvo mucho impacto, porque los unionistas se pusieron del lado de Tomás Palomo y él fue derrotado y Meléndez atacó a las mujeres, sobre todo; hubo varias manifestaciones de mujeres antiimperialistas unionistas que fueron atacadas por el Gobierno. Fue una derrota muy fuerte en momentos de crisis económica donde había muchas otras cosas por las cuales luchar, por qué preocuparse. Entonces, las energías de activismo de la población se dirigieron más a la cosa económica. Después de que se firmaron los empréstitos, en 1922, empezó a entrar dinero y (Alfonso) Quiñónez se benefició de eso, y fue capaz de tener una política más o menos populista y con mucha más inversión en obra pública que acallaba un poco el descontento de la población. Pero luego los salvadoreños tuvieron mucha simpatía por el movimiento de Sandino allá por 1926. Estas cosas van y vienen, dependiendo de las circunstancias del momento. 

 
"Me sorprendió mucho la fuerza del movimiento antiimperialista en El Salvador a principios del siglo XX", dice Héctor Lindo Fuentes. Foto de El Faro/Carlos Barrera 

Según lo retrata en su libro, la participación de las mujeres fue trascendental en esta lucha antiimperialista.
Fue una de las cosas que me sorprendió, hubo mucha más participación de la que uno cree si lee simplemente las historias de El Salvador que apenas mencionan a Prudencia Ayala y ahí empezó todo. Se menciona el gran activismo femenino durante el movimiento unionista en 1921, se menciona a mujeres que fueron a luchar a Nicaragua en 1912, una de ellas fue ejecutada. Las mujeres que lucharon en contra de los Ezeta, incluyendo la madre de Prudencia Ayala, y cartas de mujeres que decían "nosotros sabemos que siempre nos han ignorado, pero vamos a fundar un club unionista" y se ponían muy activas. Esa amplitud de participación me pareció muy importante: las señoras del mercado que se se organizaban para apoyar a los refugiados nicaragüenses. Hay muchas instancias en donde se ve esa participación, además con una visión muy clara de lo que buscaban.

Y, de nuevo, no solo se trató de sectores populares, también la élite se involucró.
Márgara de Simán me prestó un libro de la señora Victoria Magaña de Fortín, que tenía una columna feminista en Santa Ana que firmaba con un seudónimo. A partir de eso empecé a desenredar más qué es lo que estaba ocurriendo en Santa Ana en esa época y me encontré todas estas mujeres activistas unionistas.

Es curiosa esa vinculación de las mujeres de la élite con el activismo, porque, aparte que hay quienes creen que son términos imposibles de relacionarse, también es muy lejano al tipo de activismo que realizan ahora algunas mujeres pertenecientes a la élite.
Para mí, El Salvador de principios del siglo XX era más pluralista que el de hoy. Es tan diferente que por eso tuve que introducir el libro como una evaluación de las proporciones de las influencias de las diferentes ciudades y el tipo de alfabetismo que existía, porque era una realidad muy diferente. Era un país menos polarizado, antes de la Revolución Rusa y de la Guerra fría, la élite tenía más libertad de pensamiento, no era tan predecible saber qué pensaba un cafetalero. La élite tenía más pluralidad de pensamiento. 

También lo que plantea en el libro es que Estados Unidos, por un lado miraba con un poco de recelo estas manifestaciones y discursos antiimperialistas, pero que de todas formas se sentía compensado respecto a lo manifestado de primera mano por los políticos.
Sí. Por un lado, los embajadores de Estados Unidos, que en aquella época se llamaban ministros, fueron bastante hábiles y entendían el doble discurso de las autoridades. Por ejemplo, el presidente Meléndez manejaba un discurso muy diferente en público que en privado. Tanto que llegó a acordar un tratado que nunca se llegó a firmar en donde se le daba una concesión a Estados Unidos para una base en el Golfo de Fonseca, y es algo que nunca se había mencionado, porque lograron mantenerlo en secreto, y ya no le dieron seguimiento por contingencias muy específicas. Pero en privado se manejaba un discurso en público otro, como ha ocurrido recientemente. La ministra de asuntos exteriores dice que está haciendo arreglos para que los salvadoreños consigan empleo y a la hora de las horas eso no aparece por ningún lado en ese acuerdo con Estados Unidos. O sea, ese doble discurso no es nada nuevo. Pero otra habilidad que tenía Estados Unidos en aquella época es la cooptación de la élite a través de mecanismos económicos. Las reuniones financieras, por ejemplo, eran una oportunidad para cooptar y establecer reuniones con banqueros.

También creo que lo que queda claro con la habilidad de los diplomáticos para diferenciar el discurso público del privado, es que Estados Unidos nunca ha visto a la región como un aliado, sino como alguien sobre quien sabe que tiene poder.
El interés en la región siempre fue geopolítico. Durante y después de la construcción del canal de Panamá era de gran interés mantener la estabilidad política en la región para proteger su enorme inversión económica y política en el canal de Panamá y en el control de Puerto Rico y la zona del Caribe. No es que su gran preocupación fuera el pueblo salvadoreño, sino tener unos regímenes que no causaran problemas. El objetivo principal era tener estados clientes, con los que se pudiera contar y no fueran a causar problemas. Y eso se puso muy en claro durante la Primera Guerra Mundial, había memorandos internos sobre el Golfo de Fonseca, qué pasaría si cayera en manos de cualquier poder que no fuera Estados Unidos y el riesgo que eso significaba para ellos. Esa es la principal preocupación, tener una esfera de influencia en la que se pudieran sentir muy a gusto.

¿Un bully disfrazado de socio?
Quieren gente que no da problemas y que a la hora de pedirles algo, uno sepa que van a hacer caso. A un socio se le pide opinión y aquí no somos socios. John Coatsworth le llama Estados clientes, porque indica una relación jerárquica. Ahora, creo que corresponde también a nosotros no ser clientes. Ha habido varias ocasiones en las que El Salvador ha buscado tener independencia, y no siempre por buenas razones. Por ejemplo, durante el conflicto armado, los gobiernos de derecha le pusieron mucha resistencia a Estados Unidos cuando le ponían presión para que respetara los derechos humanos. Era un nacionalismo para permitirse el lujo de violar los derechos humanos. La independencia se puede manejar de diferentes formas. Jugaban el juego y lo hicieron muchos dictadores en el Caribe durante la época, en donde la política exterior jugaba con las contradicciones internas que existían en Estados Unidos, por ejemplo, estableciendo relaciones con senadores que tuvieran una visión similar a la de Trujillo y a jugarle más al Pentágono que al departamento de Estado. Ellos sabían jugar el juego, tener un poquito más de protagonismo en su propio destino. Y eso lo han hecho las derechas y las izquierdas.

Bueno, el FMLN en los últimos meses de su gobierno estableció relaciones diplomáticas con China.
Exactamente, que es un poco similar a lo que hizo Meléndez tratando de fortalecer sus relaciones con México en su momento. Es un esfuerzo por restablecer un cierto balance a pesar de la obvia asimetría en las relaciones.

También lo que hemos visto es la continuidad en el país del Estado cliente que usted menciona. No hay que retroceder tanto para traer ejemplos a colación, como la dolarización y el envío de tropas salvadoreñas a Irak.
Sí, ha habido momentos en los que las autoridades salvadoreñas han simplemente seguido instrucciones o han aceptado esa asimetría sin chistar. Pero en el caso que plantea el libro es importante señalar que parte de la independencia demostrada por los gobiernos tenía que ver con presión que recibían desde abajo, de sectores populares, intelectuales, estudiantes universitarios. Eso siento yo que ha desaparecido, que el debate político ya no contempla cómo nos vamos a relacionar con el resto del mundo y que no hay propuestas claras y discusiones bien informadas sobre cómo se puede reaccionar, qué modelos deberíamos de seguir.

Usted mencionaba al principio que, ante la incertidumbre del devenir político, las personas están teniendo más precaución para vertir su opinión. ¿Esto es herencia exclusiva de la guerra?
De hecho, si algo ha quedado de ese período tan doloroso del conflicto es una mayor capacidad de participación y de opinar sin temor. Eso ha cambiado. Lo que pasa es que no hemos decidido utilizar esta capacidad que tenemos para participar, para discutir problemáticas, por ejemplo, cómo relacionarnos con Estados Unidos. Y en parte porque hay muchísimas cosas de qué preocuparse también: el problema de la seguridad ciudadana es un problema que absorbe muchísima energía o problemáticas económicas inmediatas. Pero también hay cosas en las que hemos sido lacsos, que no hemos participado con suficiente energía, y la relación con Estados Unidos es una de ellas. Yo no veo que los intelectuales estemos hablando de eso. Y yo siento que, al menos, deberíamos de pensar, como salvadoreños, qué está pasando con nuestra identidad.

El libro El alborotador de Centroamérica. El Salvador frente al imperio fue presentado el 26 de septiembre en San Salvador. Foto de El Faro/Carlos Barrera 
 
El libro El alborotador de Centroamérica. El Salvador frente al imperio fue presentado el 26 de septiembre en San Salvador. Foto de El Faro/Carlos Barrera 

¿Y de qué manera se sacude la mesa para captar el interés de la población? Justo hablábamos de la importancia de la producción intelectual y académica, pero ¿cómo hacemos que todos lleguen a ella?
Una forma es escribiendo libros, je, je, je, y tampoco he tenido mucho éxito. No tengo la fórmula mágica, la verdad, pero sí creo que debemos de tener más conciencia del tipo de debate que valen la pena, y uno de ellos es el de profundizar en la conciencia histórica y en el crear un verdadero interés por la reflexión histórica y hacerle ver a la gente que las decisiones políticas y económicas tiene que estar informadas por un conocimiento de dónde venimos y hacia dónde vamos.

Quiere decir, entonces, que los políticos también sean más transparentes.
Tiendo a pensar más en el largo plazo. Administraciones van y vienen, pero la cosa cambiaría si tuviéramos realmente más internalizado el hecho de que no podemos pensar sin saber de dónde venimos. Hay que crear una conciencia más allá de un partido político, de una administración, si no que todos deberíamos saber de nuestro pasado. Tenemos un pasado muy complejo, muy duro, y si no lo entendemos estamos muy mal encaminados, no podemos trazar una hoja de ruta sin saber los problemas que hemos tenido. Trasciende de un gobierno u otro y a cualquier gobierno tendría que criticarle más o menos lo mismo.

Debería adoptarse entonces como una política educativa.
Para empezar. No hay una materia de Historia de El Salvador en la secundaria y no es obligatoria en la educación universitaria. Eso es inaudito. Le aseguro que si uno hace una encuesta para preguntarle al salvadoreño común preguntas muy básicas sobre la historia de su país, los resultados van a ser abismales. Por ejemplo, en que año comenzó el conflicto armado. ¿Cree usted que si lo pregunta en la calle se lo pueden decir? ¿En qué año se firmaron los Acuerdos de Paz? Y, ¿cuál es el contenido principal de los Acuerdos? No le podría asegurar que la gran mayoría de la población lo sepa.

Además de un deficiencia educativa en el tema de la historia, otra de las grandes barreras ha sido que el pensamiento académico sigue circulando entre los mismos y no ha logrado con mucho éxito traspasar las otras esferas. Una forma de hacerlo, sin duda, es la publicación de libros, pero, como usted mismo dijo, no ha sido esa tampoco la manera más exitosa.
Esta difícil y urge. Para empezar, educar a los medios para que cuando hablen de historia lo hagan con un poquito más de seriedad, porque hablan solamente para el 15 de septiembre y el 12 de octubre, solo para fechas específicas, y lo que les interesa son datos anecdóticos, y en la mayoría de veces incorrectos. Entonces repiten la misma cantinela, ponen la misma iconografía y ahí quedó la cosa.

Es decir, la comprensión desde los medios de que debe de hablarse de esto de manera permanente...
Y además con conocimiento de causa. Es decir, no simplemente estar repitiendo clichés y fechas. Mucho de lo que hacen es totalmente descontextualizado, es decir: efemérides de hace 100 años ocurrió tal cosa, pero totalmente sin contexto y resulta anecdótico e irrelevante. Yo creo que el sistema educativo tiene que empezar todo. Es decir, debería de ser parte integral del sistema educativo tener cursos de historia pero cursos serios, no simplemente enseñar fechas para que los niños se la memoricen; reflexión histórica más profunda.

Eso supondría que teniendo una población informada se podrá empezar a tener conversaciones que cuestionen el rol como nación independiente, no solo de Estados Unidos...
Y con la China también. Tenemos que pensar con gran seriedad cuáles son nuestros intereses y cuál es la mejor fórmula para lograr un equilibrio que nos lleve a tener una política internacional que tenga como prioridad la población salvadoreña. En qué consiste eso. La respuesta no es inmediata, no es tan fácil, pero esa es la forma en la que hay que plantéarselo. ¿Ha sido ese el tipo de reflexión la que ha estado detrás de la firma de acuerdos recientes? ¿Ha habido una reflexión seria de cómo lograr esos equilibrios? De eso no estoy seguro.

Portada de El alborotador de Centroamérica. El Salvador frente al imperio. Foto de El Faro/Carlos Barrera 
 
Portada de El alborotador de Centroamérica. El Salvador frente al imperio. Foto de El Faro/Carlos Barrera 

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Roberto Valencia | Fred Ramos (fotos) | Mónica González (vídeo)

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