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Soyapango ya no es SoyaBronx

Desde el 1.º de junio la violencia homicida en El Salvador está en mínimos históricos. Es un descenso a escala nacional, paradójicamente liderado por una de las ciudades más violentas y estigmatizadas del país: Soyapango. Durante el primer trimestre de la Administración Bukele fue estadísticamente más probable ser asesinado en Antiguo Cuscatlán o en Santa Tecla que en Soyapango. “Pero acá todavía hay que pagar por vivir”, matiza la información oficial un taxista soyapaneco.

 
 

Una perra como dos tamales que unas mujeres le dejaron mientras las fuerzas de seguridad registran a un joven en la entrada peatonal del centro comercial Unicentro Soyapango. Foto de El Faro: Roberto Valencia.
 
Una perra como dos tamales que unas mujeres le dejaron mientras las fuerzas de seguridad registran a un joven en la entrada peatonal del centro comercial Unicentro Soyapango. Foto de El Faro: Roberto Valencia.

Soyapango es la ciudad menos violenta de la era Bukele. La menos violenta, leyó bien; y no es sarcasmo ni hipérbole ni subjetividad. Consumido el primer trimestre de la gestión del presidente Nayib Bukele, Soyapango es el más pacífico entre los 14 municipios del Área Metropolitana de San Salvador. Apenas dos homicidios en tres meses en una ciudad feroz –SoyaBronx, Soyapánico, Soyajevo– en la que durante el quinquenio anterior asesinaron, cada semana, a cuatro salvadoreños.

Justo ahora, las 3 y 25 de la tarde de un miércoles de septiembre, dos mujeres –madre e hija, infiero, por el parecido– se agachan, la más joven hinca la rodilla, abren con cariño dos tamales humeantes, y los pedacean con los dedos primero, con un palito después. Es la comida que le han comprado a una perra aguacatera y sin dueño que acá pasa. A un metro de las samaritanas, la chucha espera paciente a que se retiren, para entrarle con todo a los tamales.

Grabado en video, esto que está ocurriendo frente a mis ojos incluso podría devenir viral en estos tiempos extraños. También esta escena es Soyapango.

Pero detrás de la perra engulléndose ya los tamales, a cinco metros lo más, un agente de la Policía Nacional Civil (PNC) y dos soldados con fusiles retienen a un joven contra una cerca, las manos sobre la nuca y las piernas abiertas, una escena mucho más SoyaBronx, mucho más en sintonía con el Soyapango instalado en la conciencia colectiva de los salvadoreños.

Por partes.

En términos estadísticos, Soyapango representa la más grata de las sorpresas del primer trimestre de la Administración Bukele, marcado por un fuerte –y enigmático– descenso en las cifras de violencia homicida a escala nacional. En el pódium de los meses menos violentos del siglo XXI, entre 224 transcurridos, el tercer peldaño lo ocupa julio de 2019; y el primero, agosto de 2019. No es poca cosa.

Los reportes oficiales confirman que la populosa –285 000 habitantes– y estigmatizada Soyapango es hoy por hoy una ciudad en la que sus vecinos tienen menos posibilidades de morir asesinados que los de Antiguo Cuscatlán o Santa Tecla. Dos homicidios en Soya en todo un trimestre contra siete en Tecla, que tiene la mitad de población. Sólo hay 13 ciudades en El Salvador con más de 100 000 habitantes; de todas, Soya es de largo la menos violenta desde el 1.º de junio, y le siguen Tonacatepeque, Colón y San Martín, ciudades que también cargan sus propios estigmas.

Lo confirman tablas de Excel y bases de datos que se elaboran y analizan en computadora en despachos aireacondicionados, pero siempre conviene ir a los lugares. Hoy acá, en Soyapango, hablaré con taxistas, repartidores de comida, dueños o administradores de tiendas, ciudadanos en general. Y en mi libreta se irán frases como ‘Los mareros no andan con la libertad que andaban antes’, ‘No se mira a mucho joven en las calles’ o ‘Está más tranquilo ahora’.

Pero por algo dicen que no es oro todo lo que reluce.

Cinco minutos antes de que las dos mujeres llegaran a alegrar el día a la perra, el policía y los dos soldados habían parado al muchacho, de unos 17 o 18 años. Viste una camisola que le quedaría mejor a alguien que midiera 20 centímetros más y unos pantalones ídem; nada concluyente. Dócil, como quien se sabe de memoria el guion, se ha levantado su camisola para mostrar que no está tatuado, ha entregado al agente su celular desbloqueado, se ha ido contra la cerca metálica, y se ha parado con las manos y los pies tal cual le han ordenado.

Cuando he visto el cuadro, yo acababa de salir del Pollo Campero, de la sucursal que está en el cruce de la calle Antigua a Tonacatepeque y la calle La Fuente. Ahí entrevisté a Rubén Cisneros, tutor del Área a Domicilio de la empresa y residente en Soyapango. Cisneros me ha dicho que en junio, julio y agosto tuvieron “una mejoría en las ventas, también a domicilio”, sí, pero que en el fondo nada ha cambiado.

El servicio de delivery sigue sin atender las colonias problemáticas, que por acá son las más. En la zona norte de Soyapango, Pollo Campero mantiene la estrategia de llegar nomás hasta lo que Cisneros llama “puntos estratégicos”, y el cliente camina hasta ese punto si quiere su pedido. “Lo que nosotros vemos principalmente es la seguridad del motociclista”, me ha dicho Cisneros.

Esta sucursal del Campero está frente a la entrada peatonal de Unicentro Soyapango, uno de los templos del capitalismo en esta ciudad. Y es en esa entrada en la que el joven continúa manos en la nuca, y el policía, escuchando los mensajes personales del muchacho como si nada, como si fuera legal hacerlo.

Unicentro Soyapango está rodeada de colonias con fuerte presencia de la Mara Salvatrucha y de la 18-Sureños: Las Margaritas, La Campanera, Montes IV y V, la San José, Los Conacastes, Los Santos, Prados de Venecia… Palabras mayores.

Este centro comercial es menos presuntuoso que los construidos en el otro extremo del área metropolitana y aún no te cobran por el parqueo, pero las esencias son las mismas: el vaivén de empleados uniformados a la hora de almuerzo, el pequeño ejército de guardias de seguridad privados, y la fila fuera del Míster Donut porque es septiembre y las donas están al 2 por 1.

La perra se ha comido ya la mitad del almuerzo que le regalaron las samaritanas, y el policía –un veterano, peina canas– sigue oyendo los mensajes del teléfono ajeno. Los soldados y sus M-16 garantizan que el joven sea una estatua. Llevan más de 10 minutos así. La gente pasa alrededor como si nada, pura cotidianidad. Creo que soy el único que piensa que está viendo algo noticioso.

Desde que Bukele es el presidente de la República, entre el 1.º de junio y el 31 de agosto, la violencia homicida en El Salvador ha bajado un 37 % respecto a los registros entre el 1.º de enero y el 31 de mayo. Son cifras de la PNC, pero la Fiscalía certifica el descenso y agrega un dato más, para evitar suspicacias: en 2019 también han bajado las denuncias por personas desaparecidas.

Lo que el Gobierno anterior llamó ‘enfrentamientos’ entre fuerzas de seguridad y pandilleros –rebautizados ahora como ‘agresiones ilegítimas’– se mantienen e incluso han incrementado. Los registros oficiales hablan de 83 choques armados en todo el país en el primer trimestre, casi uno cada día; y el balance es de 62 pandilleros muertos, 23 heridos y 64 detenidos, contra un único agente de la PNC fallecido en esos supuestos enfrentamientos.

Estos y otros datos y hechos (como el traslado el 24 de agosto de 900 dieciocheros a la cárcel de Ciudad Barrios, que desde el 2004 era exclusiva de la MS-13) invitan a pensar que el bajón en los asesinatos no es por una negociación entre el Gobierno y las pandillas, como ocurrió en 2012 con la Tregua. Las gentes con las que platicaré hoy en Soyapango tampoco lo creen. Pero de ahí a concluir que su ciudad se ha convertido en un remanso de paz, como sugieren los números de violencia homicida, hay un trecho largo.

“Pero acá todavía hay que pagar por vivir”, me susurrará en unos minutos un taxista uniformado mientras espera clientela en el pequeño punto de taxis que hay dentro de Unicentro Soyapango, a pocos metros de donde los soldados retienen al joven.

Será una plática larga con dos taxistas, y me terminarán diciendo que Soyapango no ha cambiado tanto en el primer trimestre de Bukele, al menos tanto como podría inferirse de los reportes oficiales. Ni pueden entrar en las colonias en las que hace un año tampoco entraban ni han dejado de pagar la renta a la clica de la MS-13 que tiene como cancha una de las colonias aledañas al centro comercial.

Llueva, truene o haga sol, los días 7 de cada mes uno de ellos tiene que adentrarse en la colonia y entregar $400 “por vivir”, cantidad que con penurias juntan entre los tres grupos de taxistas –ellos y otros dos colectivos de taxis pirata– que trabajan dentro o en las inmediaciones de Unicentro.

La pregunta lógica: ¿por qué siguen pagando renta si policías y soldados están más activos y su labor parece estar dando resultados en las tablas de Excel? Porque no se fían de los policías –de los soldados hablan con más respeto–, y cada taxista me contará una historia en carne propia que justifica su escepticismo: en la primera, los agentes quedarán retratados como extorsionadores; y en la segunda, como confidentes de una pandilla.

La plática con los taxistas será al rato, cuando tras más de 20 minutos el agente y los dos soldados se hayan dado por vencidos, y dejen marchar al muchacho.

Ahora, 25 para las 4 de la tarde, la perra aguacatera acaba de meterse entre pecho y espalda los dos tamales, y sólo ha dejado las hojas de guineo que los envolvían. Renovada, camina unos pasos con desgana, pero está tan llena que se tumba a la sombra de un laurel de la India y frota su espalda contra la grama fresca. Para ella este miércoles será un buen día.

También para la ciudad de Soyapango, que hoy tampoco reportará homicidios.

Las cifras oficiales de violencia homicida de Soyapango suman ya tres meses en mínimos históricos, pero los servicios de delivery de restaurantes como Pollo Campero mantienen restricciones en la distribución. Foto de El Faro: Roberto Valencia.
 
Las cifras oficiales de violencia homicida de Soyapango suman ya tres meses en mínimos históricos, pero los servicios de delivery de restaurantes como Pollo Campero mantienen restricciones en la distribución. Foto de El Faro: Roberto Valencia.

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