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“No estoy dispuesta a que Ortega tenga el gusto de asesinarme”

Desde que confrontó cara a cara al presidente de Nicaragua, Daniel Ortega, la joven Madelaine Caracas se ha convertido en una de las protagonistas de la lucha contra el régimen. Exiliada en Costa Rica, desde hace un año sufre amenazas y persecuciones incluso de familiares vinculados al orteguismo. Pasó por El Salvador en una gira para denunciar, desde fuera, la represión, aunque es consciente que solo la movilización desde "adentro" logrará sacar a Ortega del poder. 

 
 

“Pidieron lista de nuestros muertos y aquí se la tenemos”, dijo Madelaine Caracas el 16 de mayo de 2018. Pronto, comenzó a leer en la pantalla de su celular los nombres de los asesinados por fuerzas oficialistas en Nicaragua. Por cada nombre, un grupo de estudiantes vestidos de luto respondían a gritos “¡presente!”. La voz de Madelaine luchaba para no desgarrarse. Frente a los estudiantes, a unos metros, el presidente Daniel Ortega y la vicepresidenta Rosario Murillo escuchaban impávidos. 

Para entonces, había pasado solo unas semanas desde las manifestaciones civiles en contra del Gobierno y ya se contaban alrededor de 50 víctimas. La represión ya había sorprendido a los nicaragüenses más jóvenes, quienes, a diferencia de la juventud del Triángulo Norte de Centroamérica, no estaban  acostumbrados a escuchar tantas balas cayendo tan cerca. Tampoco estaban tan acostumbrados a defender sus derechos, a protestar, pero despertaron. 

Madelaine, estudiante de Comunicación y artista plástica, lo hizo antes de que estallara la crisis nicaragüense. Unos días antes, en abril de 2018, participó en las protestas ambientalistas tras el incendio en la reserva natural Indio Maíz en las que se reclamó la insuficiente respuesta del Estado para detenerlo. Un diputado sandinista, Edwin Castro, acusó al movimiento de sacar provecho de la desgracia. Caracas, estudiante de la universidad en la que el mismo diputado daba clases, fue a buscarlo a su salón y le gritó: “Somos ciudadanos y chavalos que tenemos derecho a exigir respuestas del gobierno y sus funcionarios”. Desde entonces paramilitares comenzarona perseguirla. Ella y su familia tuvieron que ocultarse.

Un mes después, Madelaine formó parte de la representación estudiantil invitada a la jornada de Diálogo Nacional. Ahí, la Iglesia católica y otros sectores de la sociedad intentaron pactar una salida a la crisis con Ortega. Desde entonces, el mandatario se enfocó en negar las violaciones a derechos humanos y Madelaine y otros estudiantes se encargaron de recordarle las víctimas… Y de pedirle su dimisión. Más de un año después, algunos de sus compañeros fueron aprehendidos; otros, como ella, se fueron al exilio. Llevó su relato por Europa y ahora vive en Costa Rica. Sigue conspirando por una Nicaragua libre del orteguismo. 

Hace nueve meses volvió a Centroamérica, pero no ha podido volver a su casa. Dice que las amenazas de muerte no han parado. Este septiembre vino a El Salvador para participar en un foro llamado “¿Hacia donde va Nicaragua?”. Según Madelaine, solo la movilización logrará la suficiente presión para que Ortega deje el poder. 

Madeleine Caracas es originaria de Managua y actualmente vive exiliada en Costa Rica. Foto de El Faro/Carlos Barrera 
 
Madeleine Caracas es originaria de Managua y actualmente vive exiliada en Costa Rica. Foto de El Faro/Carlos Barrera 

¿Te imaginaste que a los 22 ibas a estar siendo uno de los rostros de una causa política?
No, cuando yo estuve en el Diálogo Nacional de abril del año pasado tenía 20 años. Creo que nunca nadie crece y piensa que en tu país habrá una masacre y una dictadura que arrasará con todo y te moverá el piso. Pero siempre he pensado que si voy a hacer algo con mi vida tiene que ser algo que pueda estar en función de los demás porque si no, sería en vano todo. No creo tampoco que soy una cara. Me alegra ser una de las muchas personas que contribuyen a promover esta idea de derechos humanos para todos y todas.

Hace más de un año vos le leíste a Ortega los nombres de los asesinados. ¿Qué implicó para vos la lectura de esa lista?
Fue uno de los momentos más peligrosos de mi vida, pero el momento nace de esa presión que está en las calles. Nace del duelo de los asesinados en el momento. Fue ponerlos ahí, cuando Ortega negó enfrente de nosotros que nunca había asesinado a nadie. Cuando enfrentás a quien ostenta el mayor poder en el país… obviamente esto va a significar una cosa: la muerte.  Desde ese momento yo tuve amenazas por mi participación en las protestas de organización estudiantil. 

¿Amenazas por parte del diputado Edwin Castro?
Por él, por parte de la Policía Nacional, quienes me buscaron en mi trabajo y en la universidad. Recibí amenazas de muerte y de violación. Cuando sos mujer defensora, no basta con asesinarte sin decirte qué harían con tu cuerpo y cómo te someterían. A mi salida de Nicaragua la represión se tradujo a mi familia. Paramilitares rafaguearon mi casa. Hicieron pintas en mi casa con amenazas de "PLOMO" y “golpistas”. Mi familia tiene más de ocho meses que no vive en mi casa, que está totalmente abandonada. Mis padres siempre están bajo asedio.

Que pasen rafagueando tu casa ya es un ataque. ¿Qué otras amenazas recibiste?
Yo estaba en casas de seguridad cuando estaba en el país. Era perseguida por camionetas con paramilitares y motos. Ahora que estoy fuera, las amenazas llegan a través de redes sociales. Por ejemplo, un medio oficialista difundió mi número de cédula, mis datos personales, los nombres de mis padres, la dirección, incitando al odio. Amenazas que llegan por twitter, por messenger o a través de mismos familiares que son progobierno y están dentro de las estructuras.

Me hablás de un quiebre familiar, pero también social en Nicaragua. ¿Creés que ese quiebre se podrá reparar?
Nicaragua está fracturada desde hace más de cuarenta años, desde la revolución. No hubo un proceso de reparación. No hubo un proceso de justicia. No hubo un proceso psicosocial tampoco y eso lo seguimos cargando. Y cuarenta años después hay otra insurrección. Ahorita mismo el país está polarizado y eso se traduce a la familia. Familias en las cuales el ideal de la revolución, eso que se volvió la identidad de muchos, está siendo difícil de cambiar. 

Tu padre era sandinista pero se alejó del partido cuando Ortega volvió al poder, ¿verdad?
Mi papá era sandinista a nivel de simpatizante. Nunca estuvo dentro de un cargo ni nada. Sin embargo, después de la segunda reelección de Ortega, él decide alejarse de toda esa militancia que tenía hacia el partido y comienza a ser crítico por toda la corrupción y cooptación del Estado. Todo eso ha tenido fracturas en mi familia y mi familia está rota. Tengo familiares que trabajan para el Estado, quienes me han amenazado y han difundido información privada en redes sociales para deslegitimarme o para difamarme.

Una periodista nicaragüense decía que en este año ha recrudecido la violencia específicamente dirigida hacia las mujeres. Las cifras de la organización Católicas por el derecho a decidir decían que de enero a agosto van 44 feminicidios y el año pasado fueron 57.
A partir del 2015, Ortega comenzó a eliminar todas las 61 comisarías de la mujer que existían en el país. Eran oficinas que daban seguimiento a nivel barrial o a nivel de municipio a todo los intentos de femicidio y violencia hacia la mujer. Que Ortega haya eliminado esas comisarías es dejar en total indefensión a las mujeres. Los femicidios han sido casi que avalados por el Estado al no dar protección ni seguimiento. En este último año en el cual la policía está dedicada a las calles, a la represión, al asesinato de opositores, obviamente los temas de la mujer van a estar más olvidados.

Muchos de los casos han sido, por ejemplo, un hombre que han ejercido violencia contra su pareja y su pareja participó en un tranque o en una protesta. Estos dicen: “si vos vas a denunciar, yo denuncio que estuviste en las manifestaciones políticas”. Los movimientos de mujeres en el país han jugado desde siempre un rol importante en la fiscalización del poder y en denunciar los atropellos del gobierno. Mujeres presas políticas de las cárceles estaban bajo torturas de violación. Las mujeres trans que fueron puestas en las cárceles de hombres fueron objeto de violación sexual. O sea, la violación como tortura es parte de este Estado machista, patriarcal, que funciona y opera bajo esta lógica.

Si al final Ortega sigue en el poder, ¿qué papel ha jugado la comunidad internacional?
Mi trabajo este último año ha sido la denuncia internacional. Debo decir que a pesar de muchos esfuerzos, el proceso diplomático es demasiado lento. El Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes (GIEI) ha documentado gran parte de las violaciones a derechos humanos y el trabajo de la CIDH respecto al caso de Nicaragua ha sido de los casos más documentados en la historia de la Comisión. Mientras la diplomacia delibera sanciones o delibera cómo presionar al régimen, nos siguen matando. (Luis) Almagro se niega todavía a nombrar a Nicaragua y al gobierno de Ortega como una dictadura, a pesar de las pruebas, y tambalea entre condenas fuertes y entre ser más permisivo con Ortega, lo cual no nos hace ningún favor. Creo que la comunidad internacional, al ser Nicaragua un país tan pequeño, el cual no tiene recursos, no tiene el poder y la atención que atrae Venezuela por el capital y demás, está dejándonos de un lado. 

El gobierno de Sánchez Cerén no condenó la represión de Ortega hacia los estudiantes. Dijeron que acompañaban a Ortega en el proceso. ¿Vos qué esperás de este país vecino con nuevo gobierno?
Yo espero que El Salvador, Honduras o Guatemala sean uno de los países que se sumen a estos grupos interdisciplinarios en el Sistema interamericano o a nivel de Naciones Unidas para seguir un acompañamiento de Nicaragua. Si no entendemos la situación de Nicaragua como algo que puede afectar potencialmente a la región... las olas migratorias, las olas de desplazamiento van a seguir aumentando. La economía en el país está colapsando y eso va a traer aún nuevas olas de migrantes que van a desplazarse hacia Honduras, hacia El Salvador. 

Aquí en El Salvador hay exiliados y hay una cantidad que no ha sido contabilizada pero sabemos que no son pocos. Es importante que organismos acá comiencen a visibilizar y a contabilizar quiénes son esos exiliados, cuáles son las políticas migratorias que hay, qué acompañamiento se les está dando y yo realmente esperaría que a pesar de todo, Bukele -que directamente no invitó a Ortega a la toma de posesión- haga acciones más contundentes en cuanto al acompañamiento de la situación política internacional hacia Nicaragua. 

Esta es tu primera intervención en El Salvador, tan cerca de Nicaragua. ¿Cómo ha sido tomar esa decisión de ser aún más visible en Centroamérica? 
El tema de El Salvador no solo tiene que ver con estar cerca sino que tiene que ver con la división de opiniones que hay en el tema de Nicaragua aquí con los salvadoreños. Hay muchos que incluso siguen al partido del FMLN y cuestionan lo que ha pasado en Nicaragua y lo ponen como un golpe de Estado o como algo que viene desde la derecha. Mi miedo era tener grupos que intervinieran y fueran agresivos en cuanto a confrontaciones públicas acá, pero creo que estar acá me hizo entender de que hay muchos grupos interesados. Las feministas en El Salvador han sido las que han denunciado todo lo que ha pasado en Nicaragua, así como otros grupos y esto me hizo sentir acuerpada.

Vos escribiste en twitter que hace más de un año saliste de Nicaragua con dos pantalones, tres camisas y la certeza de volver en un mes y no pasó. ¿Cómo ha sido este año en el exilio?
He tenido muchas más oportunidades de conseguir dónde dormir, mientras que la cifra oficial son 72 mil nicaragüenses exiliados en Costa Rica. Es un país caro y estando tan cerca de Nicaragua no tenemos seguridad porque personas progobierno son enviadas a Costa Rica para hacer trabajos de vigilancia a los exiliados. Nuestra vida sigue estando en peligro. Obviamente estamos más resguardados y más seguros, pero no totalmente. El tema de no tener acceso a la salud, comida y vivienda... Y yo tengo muchos más privilegios. Pero lo que está sucediendo con exiliados es que están a la merced de la violencia sexual, explotación laboral y hambre. Muchas mujeres, al no tener acceso a la salud, han sufrido abortos espontáneos que no han sido tratados y sus vidas han estado al límite. Aunque Costa Rica ha abierto las puertas, ya no da abasto a cubrir a más de 72 mil personas pidiendo refugio. Eso más el subregistro que existe de quienes no han acudido a las instituciones.

Durante el primer diálogo nacional de Nicaragua, en mayo del 2018, Madeleine Caracas gritó los nombres de los muertos por la represión del gobierno frente a Daniel Ortega y Rosario Murillo. Foto de El Faro/Carlos Barrera
 
Durante el primer diálogo nacional de Nicaragua, en mayo del 2018, Madeleine Caracas gritó los nombres de los muertos por la represión del gobierno frente a Daniel Ortega y Rosario Murillo. Foto de El Faro/Carlos Barrera

Políticamente Costa Rica ha tratado de dar solución aunque se ha visto que los permisos de trabajo no han sido eficientes. Socialmente ¿cómo es el recibimiento de esta ola de exiliados nicaragüenses? 
La xenofobia y la aporofobia son reales en Costa Rica. Es ingresar a un país en el que no te sentís bienvenido porque están todos estos prejuicios de que los nicas vienen a quitar trabajo, que somos delincuentes, que queremos propagar violencia. Todo esto ha permeado en una situación psicológica. Tenemos casos de que la mayoría de los exiliados están bajo depresión. Se han suicidado alrededor de tres jóvenes en el exilio. 

¿Conocías a alguno de ellos?
Uno de los casos. A él no lo conocía personalmente, pero sí lo vi en ciertos espacios. Su caso es parte de la depresión y de la falta de acceso a acompañamiento psicológico después de una crisis. Además el trauma de estar lejos y vivir violencias como la xenofobia.

¿Cómo has asegurado económicamente tu supervivencia en Costa Rica?
En los primeros meses he recibido apoyo de organizaciones de derechos humanos o desde la la articulación de movimientos sociales y sociedad civil. Con sus propios recursos nos apoyaron con, al menos, casa. Yo vivía con cinco activistas. Ahora vivo sola y ha sido más difícil porque no cuento con ese apoyo. Tengo un proyecto que es mi exposición de arte. Soy artista y eso es lo que me ha permitido tener casa estos tres meses, pero al día de mañana no sé dónde voy a vivir. Estoy empezando a emprender a vender bolsos en Costa Rica, cosa que no pensé que iba a hacer. También he recibido el apoyo de red de mujeres feministas que han brindado un tipo de asistencia para mi protección, alimentación y seguridad.

Si se googlea tu nombre hasta antes de abril de 2018, lo que aparecen son videos y notas de exposiciones artísticas tuyas, hablando de arte contemporáneo. ¿Cómo ha sido pasar de ser reconocida por arte a denunciar violaciones de derechos humanos?
Cuando sos artista y no estás consciente del contexto y tu obra tampoco habla de ello, no estás en nada. Ser artista fue lo que me dio la sensibilidad ante las necesidades de los demás. Ahora que estoy volviendo a hacer arte sobre Nicaragua, es mi forma de hablar en mi otro lenguaje. No solo desde los espacios públicos y los discursos políticos, sino desde el arte denunciar a Ortega. Ha sido difícil no poder pintar durante todo este año y volver a ello ha sido duro.

¿En qué sentido ha sido duro retomar la pintura?
Hablar de Nicaragua en esto ha sido difícil. Tengo un cuadro que habla sobre las madres de los asesinados de abril y para ello tuve que volver a ver a las madres cargando los cuerpos de sus hijos. Crear bajo ese contexto es complicado. A mí me temblaba la mano para agarrar un pincel. Pintar era lo que disfruto en la vida y cuando has pasado por todo esto, sentir que disfrutás mientras hay otros que siguen doliendo… Sentí que era como que estaba haciendo algo malo. Como que de repente uno pasa por este síndrome por el que te victimizás y decís: “tal vez no merezco estar bien. No merezco estar alegre”. Tenemos una idea de que mientras más sufrís, más estás dando a la patria. La idea de la patria… La idea machista del héroe mártir que se entrega. Luego cambió eso para entender que peleamos para la libertad, para vivir.

En una entrevista antes de la crisis decías que uno de tus sueños era tener tu primera expo de arte sola en Nicaragua. ¿Cómo lo ves ahora que será en Costa Rica? 
Es doloroso porque no estará mi familia. No estarán las personas que amo y me han visto crecer, pero es un sueño que parte de un gran esfuerzo y de colectivos como Managua Furiosa, la revista digital que está ayudando a financiar esta exposición. Es una exposición exiliada como yo y espero algún día poder llevarla a Nicaragua. Es un sueño agridulce porque habla de algo que me duele y que será el inicio de muchas otras obras.

Ahorita estás cruzando fronteras centroamericanas, ¿no sentís la necesidad de hacer una locura y entrar a Nicaragua y ver a tu familia?
Sí, yo creo que voy a regresar a Nicaragua. Voy a regresar. No puedo decir cuándo ni cómo, pero es un derecho que no voy a permitir que Ortega me quite por la represión, por miedos, por amenazas. Quiero regresar a mi país y lo haré. Y siempre lo pienso. Siempre pienso en irme y así, pero necesito protección para regresar. No estoy dispuesta a ir a poner mi cuerpo. No estoy dispuesta a que Ortega tenga el gusto de asesinarme y ponerme en una lista. No quiero. Creo que la vida es nuestra mayor resistencia y si regreso a Nicaragua, regresaría con apoyos de organismos de derechos humanos. Pero creo que hay que regresar y lo haré pronto. 

El sábado 21 de septiembre se convocó a otra manifestación en Nicaragua. Pese al temor, la gente sigue saliendo a la calle para protestar. 
Creo que es la necesidad de hablar. De romper con este silencio. Estamos en total indefensión ante un Estado que controla todo el aparato policial e institucional. La única presión que podemos hacer es desde adentro y la única organización que podría llevar a una salida de Ortega, o que se adelanten las elecciones, es la movilización. 

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