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“Yo soy una sobreviviente del abuso sexual de un sacerdote”

La presentación de un informe que busca ayudar a víctimas de abusos sexuales cometidos por sacerdotes se convirtió en un acto de denuncia. Una abogada se puso de pie y se atrevió, en público, a señalar con nombre y apellido al sacerdote que la abusó cuando ella tenía siete años.

Moisés Alvarado

 
 

Esta confesión no estaba en el libreto. En el auditorio somos muy pocos: un periodista nada más y una veintena personas, entre ellas representantes de oenegés de defensa de los derechos humanos. El foro es para presentar un informe que sistematiza la historia de Iveth, una mujer que fue víctima en su niñez de abuso sexual por parte de un sacerdote y quien se encontró con múltiples obstáculos a la hora de denunciar a su agresor ante la Iglesia católica. La sorpresa es que la Iveth del informe es Lissette Campos, una abogada de 43 años especializada en derechos humanos que decide denunciar en público un abuso ocurrido en 1983.

Pero todo eso lo sabremos hasta este preciso momento, a las 9 de la mañana, cuando Lissette se pone de pie, pronuncia su nombre y se descarga. “Esto que vengo a entregarles hoy es una parte de mi corazón, es una parte de mi vida”, dice, antes de presentar el estudio Sistematización de caso tipo de abuso sexual perpetrado por sacerdote y su tramitación en instancias eclesiales que construyó junto a Fundared, la oenegé que hoy tiene su presentación en sociedad y de la cual forma parte.

El documento pretende servir de guía para tramitar abusos sexuales perpetrados por sacerdotes de la Iglesia católica ante instancias judiciales, pero a Lissette la oportunidad también le ha servido para denunciar con su propio nombre y apellido un momento traumático en su vida.

“Yo soy una sobreviviente de abuso sexual por parte de un sacerdote”, denuncia.

Tomó la decisión ayer. Es la primera vez que cuenta su historia en público, fuera de su familia, de sus amigos más íntimos y de un periodista con el que habló bajo anonimato en 2018. Su voz parece romperse en astillas cuando revela que el padre Pedro Egberto Hernández Betancourt, miembro de la Congregación de la Misión, más conocida como Padres Paulinos, abusó sexualmente de ella cuando tenía siete años.

En El Salvador, según lo revelado por la Iglesia Católica y la información de tribunales civiles, en el nuevo milenio se han conocido acusaciones contra otros 10 sacerdotes católicos. Pedro Egberto Hernández Betancourt es el número 11. Tres fueron condenados por este delito y guardan prisión en centros penales del país.

Lisseth Campos, miembro de la organización Fundared y denunciante de un abuso sexual cometido por un sacerdote. Foto: Víctor Peña.
 
Lisseth Campos, miembro de la organización Fundared y denunciante de un abuso sexual cometido por un sacerdote. Foto: Víctor Peña.

La confesión del abuso

Lisseth cuenta que fue abusada el 19 de agosto de 1983, al interior de la parroquia de San Jacinto de San Salvador, donde Hernández Betancourt era párroco y donde la familia de Lissette se congregaba. Ese día, cuenta, el sacerdote se acercó a su madre para decirle que, después de un viaje que había hecho a Roma, le había traído un recuerdo a la niña y quería entregárselo personalmente. Eran las fiestas patronales de la iglesia y todos en la comunidad parecían estar más ocupados en ver la quema de pólvora. La madre aceptó con gusto y Lissette acompañó al clérigo a la casa parroquial, ubicada a unos metros del templo.

El sacerdote comprobó que nadie estuviera en el sitio y decidió mantener las luces apagadas a pesar de que ella le pidió encenderlas, pues le daba miedo la oscuridad. Hernández Betancourt no la escuchó, la sentó en sus piernas, se subió la sotana y abusó de ella.

Lissette Campos describe la agresión como “breve”, pero que se volvería eterna en sus recuerdos, que quedaron impregnados de los olores a incienso y sudor y de las imágenes de crucifijos y santos de la estancia. Cuando terminó el abuso, el sacerdote le dijo unas palabras que retumbaron durante el resto de su niñez y de su adolescencia: “Ahora ya sos una niña mala”.

“Para mí ese fue mi más grande problema después de eso. Yo me preguntaba qué había hecho de malo, me echaba la culpa de lo que pasó, me daba vergüenza contárselo a alguien, sobre todo a mi mamá”, dice Lissette.

Antes de despedirla, el sacerdote fue a otro cuarto a traerle su regalo: un llavero que tenía al frente la foto del papa Juan Pablo II y al reverso la de la Plaza de San Pedro. Ambas imágenes le siguen causando repulsión.

Valentina Correa (Izq.), de la Fundación para la Confianza, que acompaña las denuncias de abuso sexual por líderes religiosos en Chile, junto a Lisseth Campos. Ellas cargan un estudio que busca ayudar a que las víctimas de abusos sexuales cometidos por sacerdotes sepan como tramitar los casos ante instancias judiciales. Foto: Víctor Peña.
 
Valentina Correa (Izq.), de la Fundación para la Confianza, que acompaña las denuncias de abuso sexual por líderes religiosos en Chile, junto a Lisseth Campos. Ellas cargan un estudio que busca ayudar a que las víctimas de abusos sexuales cometidos por sacerdotes sepan como tramitar los casos ante instancias judiciales. Foto: Víctor Peña.

El laberinto de la denuncia

Ahora, en esta conferencia, Lissette Campos comparte panel en un salón del hotel Sheraton de San Salvador con Gerardo Alegría, de la Oficina del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Derechos Humanos, y de Carlos Rodríguez, de la PDDH. También con una colega de Fundared y con Valentina Correa, de la Fundación para la Confianza, entidad chilena encargada de acompañar los más importantes procesos de denuncia por abuso sexual de líderes religiosos en ese país. 

Tras hablar del dolor de la niñez pasa a referirse a uno más reciente, el de su calvario para denunciar. Su confesión es la coronación de un proceso de año y medio. En febrero de 2018 ella ya había relatado parte de su historia, de forma anónima, a La Prensa Gráfica. En aquella ocasión, sin embargo, no quiso revelar detalles del abuso sufrido. Esa herida, reabierta con la explosión del caso de monseñor Jesús Delgado, en noviembre de 2015, todavía era un dolor demasiado fuerte como para pronunciarlo en público. Jesús Delgado era uno de los sacerdotes más célebres del país por ser el biógrafo de Monseñor Romero. La revelación de ese caso le dio valor, le devolvió la esperanza de justicia.

“Recuerdo nítidamente estar sentada en una banca de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (UCA), con un solo pensamiento: que a partir de ese momento las historias como la mía comenzarían a conocerse mucho más en El Salvador”, dice.

Lissette es abogada, con maestrías en Derechos Humanos y Políticas Públicas, y pensó en usar parte de sus conocimientos para impulsar la causa. Primero se acercó a la Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos (PDDH), a la que le propuso la creación de grupos de apoyo y de un protocolo de acción en denuncias de abusos sexuales cometidos por líderes religiosos. Se hicieron incluso reuniones para discutirlo, que no llegaron a nada y de las que no quedó ni huella en la institución.

De esto hace mea culpa Carlos Rodríguez, procurador adjunto de Derechos Civiles e Individuales de la PDDH, quien forma parte del panel. Cuenta que le fue imposible ubicar siquiera las minutas de esas reuniones. Mucho menos, dice, puede dar cuenta de los resultados conseguidos. Tampoco fue capaz de ubicar dentro de la institución algún expediente abierto sobre el tema, pues todavía cuentan con un obsoleto sistema de archivo manual.

“Es posible que exista alguno, pero por ahora me es imposible saberlo sin una búsqueda exhaustiva”, comenta Carlos Rodríguez.

Después de su paso por la PDDH, Lissette se acercó al Instituto Salvadoreño para el Desarrollo de la Mujer (ISDEMU), que en 2015 había desvelado el caso de Jesús Delgado. Allí le dijeron que tenían otras denuncias, a las que estaban acompañando. Sin embargo, nunca pudo tener acercamiento con estas víctimas. De lo que sí se enteró es que cuando estas fueron a denunciar al Tribunal Eclesiástico dentro del Arzobispado de San Salvador, se encontraron con muchas trabas, y que incluso les negaron ser acompañadas por ISDEMU en las audiencias donde tendrían que narrar los hechos. Luego supo que tal restricción se extendía también a la PDDH.

Rafael Urrutia, presidente del Tribunal Eclesiástico de esa diócesis, niega que impidieran el ingreso de estas instituciones.

El proyecto, en consecuencia, sería exponerse ella misma a este proceso. El experimento dio como resultado el informe que parte de su experiencia para intentar ayudar a más víctimas.

En 2016, tuvo que decir su historia al menos media docena de veces, rebotar entre lugares antes de obtener una respuesta concreta. Primero, porque fue al Arzobispado de San Salvador. Lissette cuenta que monseñor Urrutia le dijo que no la podían ayudar, que debería ir a la parroquia donde sucedieron los hechos para averiguar qué podía hacer. Pensó que no podía confiar en la misma orden religiosa a la que pertenece quien abusó de ella, así que regresó al Arzobispado de San Salvador para que la ayudaran, por lo menos, a servir como intermediarios. Allí hicieron una audiencia para que rindiera su testimonio. Lo recolectado en esa reunión luego fue enviado a los Padres Paulinos, quienes dieron trámite a la denuncia en julio de 2016. Todavía hoy, tres años después de iniciada, esta sigue sin resolverse.

Lissette especificó a las autoridades de esta orden religiosa qué era lo que buscaba con el proceso: no que se destituyera de su cargo al sacerdote, sino que quedara en claro que el abuso ocurrió. También pidió colaborar con la elaboración de protocolos dentro de la Congregación de la Misión para evitar futuros abusos sexuales a menores y para que existieran canales más eficientes de denuncia.

Ahora, en el panel, Lissette da un nuevo dato de la experiencia: cuenta que monseñor Urrutia le mostró, en una de sus reuniones, una fotografía de su agresor, Pedro Egberto Hernández Betancourt. El sacerdote, ya con avanzada edad, sufre de varias enfermedades. Para Lissette, buscaron con esta forma  interceder por el clérigo para que ella se conmoviera y retirara su denuncia. Desde la Congregación de la Misión afirman que la imagen tenía como intención que Lissette identificara a su agresor. Monseñor Urrutia, por su parte, comenta que no recuerda la existencia de esa fotografía.

Lo enredado de la búsqueda de la justicia dentro de la Iglesia Católica hace que, desde la chilena Fundación para la Confianza, esta mañana representada por Valentina Correa, deslegitimen el proceso que se puede tener en un tribunal eclesiástico y aconsejen llevar los casos a los tribunales civiles.

“No se puede ser juez y parte”, dice Correa. Esto también ayuda, explica, a que haya un mejor filtro de las acusaciones falsas, como la de Isaí Ernesto Mendoza contra el sacerdote Antonio Molina. En este otro caso, Mendoza, hoy de 36 años, admitió el 8 de octubre que era mentira la denuncia que presentó en 2016 ante el Arzobispado de San Salvador, en la que aseguró que el cura lo había violado cuando era su acólito en Panchimalco. “Es mejor denunciar ante el Ministerio Público u otras autoridades competentes. Está comprobado que solo el 2.6% de las acusaciones que llegan a estas instancias son las falsas. El resto son verdaderas”, agrega.  

“Un caso de abuso sexual, a cualquier edad, afecta el proyecto de vida de la persona que lo sufre”, dice Gerardo Alegría, de la Oficina del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Derechos Humanos.

Tras esta intervención, el evento termina. Algunos asistentes se acercan a Lissette, la felicitan por su decisión, que esperan que sea el precedente de un mayor acceso a la información sobre el fenómeno. Algunos incluso se disculpan por nunca antes haberle echado una mirada al problema. Nadie imaginaba que este foro significaría un parteaguas en la vida de la abogada.

Uno de los asistentes es William Hernández, director de la asociación Entre Amigos, enfocada en los derechos de la población LGBTIQ en el país. Sabe de primera mano sobre el tema, pues él fue la primera persona que en el país reveló, con nombre y apellido, que fue víctima de abuso sexual por parte de un sacerdote, en este caso Luis Recinos López, ya fallecido. Le alegra que alguien que no es él decida contar su experiencia como víctima de abuso sexual por parte de un sacerdote. Que no es él: una persona que, en una sociedad conservadora como la salvadoreña, genera tantos anticuerpos.

“Cuando yo revelé esto, deslegitimaron mi denuncia por quien soy yo, por mi orientación sexual (William es bisexual). Cuando esto me pasó, yo era solo un niño. Me robaron mi derecho a decidir. El caso de Lissette Campos demuestra que hay muchas víctimas y, sobre todo, victimarios que desconocemos en El Salvador”, dice Hernández.

Lisseth Campos en entrevista con El Faro. Foto: Víctor Peña.
 
Lisseth Campos en entrevista con El Faro. Foto: Víctor Peña.

Lisseth no quiere ser la única

Lissette Campos pasó más de 10 años en silencio, sin contar su experiencia a nadie. Eso cambió a los 17 años, cuando los recuerdos afloraron y tuvo que decirle a su familia lo que pasó. Buscó ayuda psicológica, pero la única opción que encontró fue el profesional que atendía en su colegio.

Lisseth espera ahora que su testimonio sea semilla para que aquellos salvadoreños que fueron abusados por su líder religioso cuando eran unos niños comiencen a buscar justicia. Lo dice quedamente, como en una oración, convencida de que su camino apenas ha comenzado.

Le pregunto por qué se frenó antes. “Reconocer esta condición de haber sido víctima de un miembro de una estructura con tanto poder, y con tantas influencias en distintos ámbitos, representa un riesgo”, responde.

— ¿Qué cambió en este tiempo?

— Si una tiene estos elementos de apoyo, tiene la suficiente fuerza como para compartirlo –dice, refiriéndose al apoyo de las redes que creó junto a las oenegés con las que ha trabajado su caso.

 


Nota de la Redacción: si usted ha sido víctima o conoce a una víctima de abusos sexuales por parte de religiosos y quiere compartir su historia escríbanos a [email protected]

 

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