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Bukele, Funes, Saca: similitudes y diferencias

Héctor Dada Hirezi

 
 

“El sujeto ideal de un régimen totalitario (…) son las personas
para quienes la distinción entre los hechos y la ficción, lo
 verdadero y lo falso ha dejado de existir”
(Hanna Arendt, 1951).

Todos los seres humanos somos en cierta manera distintos, aunque esencialmente iguales: somos sujetos racionales (es decir, con capacidad de análisis y de discusión con base en ideas y no de insultos), capaces de ejercer la libertad y, por lo tanto, ser responsables de nuestros actos; o, como diríamos los creyentes, hechos por Dios creador a su imagen y semejanza. Esa diferencia que califica a cada ser humano no evita que también estén presentes entre ellos características que pueden –no necesariamente– ser similares; o, como dice Alain Touraine, somos iguales y a la vez distintos. Por ello, no es extraño que entre nuestros últimos cuatro presidentes de la República encontremos similitudes pese a los rasgos diferenciales, que a veces son amplificados por algunos más allá de toda lógica. Las más marcadas diferencias las percibimos entre el presidente Salvador Sánchez Cerén y sus otros homólogos.

En efecto, Bukele, Funes y Saca tienen en común que comenzaron carreras universitarias que no concluyeron, saliendo de las aulas unos más pronto que otros. Debería ser obvio que esto no es ningún obstáculo para ser presidente, pues encontramos en el mundo diversas figuras exitosas, aun con menos preparación formal que la de estos tres jefes de Estado. La mayoría de los casos ha tenido educación informal y autoformación en otros espacios, en especial en el de la militancia partidaria o sindical, o en ambas; en sentido estricto, hay que decir que estos salvadoreños no parecen haber tenido esa militancia. También es claro que los tres asumieron como actividad ocupacional –como empleados o como empleadores, o como ambas cosas– ramas de la comunicación social: el periodismo deportivo, el periodismo informativo y la entrevista, y la publicidad.

Los caminos para llegar a su candidatura han sido diferentes: Saca saltó de la presidencia de la ANEP a lograr ser postulado por Arena con amplio respaldo del gran empresariado; Funes, gracias a su papel como entrevistador, logró una buena aceptación popular que lo puso en la mira del FMLN para construir una alianza con sectores muy diversos; Bukele utilizó como catapulta al FMLN, y las dos alcaldías que condujo bajo la bandera de este partido (en el que, por cierto, se mostraba más a la izquierda de los antiguos combatientes, aunque ahora proceda a profundizar el neoliberalismo). Los tres han sido personas que asumieron la presidencia con amplio respaldo popular, y los dos últimos salieron de ella con números más altos de lo que es frecuente, dado el natural desgaste que puede representar el ejercicio del Gobierno. Por supuesto que tendremos que esperar cinco años para saber si Bukele mantiene su popularidad cuando termine su período, y algo más para enterarnos si la simpatía por él se hundirá posteriormente, como ha sido el caso de Funes y Saca, o si, por el contrario, seguirá en números altos.

Los medios utilizados para hacerse y mantenerse populares no han sido exactamente los mismos. Los dos últimos utilizaron la radio y la televisión como instrumentos mediáticos principales, y el contacto personal con los ciudadanos como una forma de consolidar adhesiones. Ambos, qué duda cabe, tuvieron mucha capacidad para trabajar con equipos de muy superior educación formal, que – acertada o equivocadamente – veían en sus habilidades mediáticas y de liderazgo los aliados principales para echar adelante propuestas de desarrollo nacional de acuerdo a visiones diferentes.

Bukele, en cambio, ha priorizado las redes sociales, sin abandonar la prensa, la radio y la televisión, sin tener mayor contacto personal con la población. En su caso, es notoria la falta de mensajes con contenido programático, la utilización de “medias verdades”, y la presencia de un estilo de confrontación, en no pocas ocasiones ofensivo –y a veces hasta vulgar– en su comunicación. Como dice un experto en redes sociales, hay mucha presencia mediática y poca comunicación sustantiva, y su presencia permanente en ellas no significa que las líneas de acción gubernamental se trasladen a la ciudadanía. El ocultamiento de estas parece ser parte de la estrategia mediática, y no pocas veces los conflictos en las redes son utilizados como “cortinas de humo” para desviar la atención de problemas más sustantivos, o para ocultar deficiencias, ineficiencias o errores de la administración. Sea como sea, no es discutible la habilidad con la que se logra la adhesión de la gente sin contacto personal, sin propuestas claras, sin razonamientos explicativos, con más apariencias o simulaciones que realidades. Al fin y al cabo, como dice el expresidente del Gobierno español Felipe González, “ahora, en la política tuitera, se apela simplemente a reacciones emotivas, no reflexivas, y eso mina el escenario”.

Si bien Sánchez Cerén no tuvo oportunidad de reunirse con presidentes de Estados Unidos, sí la han tenido los otros tres. Hace un par de meses el actual presidente de El Salvador fue recibido por Donald Trump de manera no oficial en Nueva York, aprovechando la presencia de ambos para la asamblea anual de la Organización de las Naciones Unidas. La reunión fue más un intercambio de adulaciones que parte de una negociación (el “acuerdo” sobre la ampliación del permiso de trabajo a los “tepesianos” para arreglar su retorno al país tiene otro origen), el que incluyó un apoyo casi explícito a la reelección del estadounidense. Fue desperdiciada una oportunidad que se pudo haber aprovechado para parecer un aliado, un amigo, de los Estados Unidos y no un incondicional de su presidente (lo que seguramente no habrá gustado a los demócratas estadounidenses).

Por su parte, Saca fue invitado oficial del presidente George Bush a la Casa Blanca en diciembre de 2008; en la reunión no faltaron las adulaciones. Los temas más destacados de la conversación fueron la participación de soldados salvadoreños en Irak, los avances del FOMILENIO I y nuestros migrantes, además del reconocimiento del presidente de Estados Unidos de que el salvadoreño había cumplido su compromiso de tener “un Gobierno honrado” (cito textualmente). Funes no tuvo que viajar a Washington, pues el presidente Barak Obama vino en visita oficial a San Salvador, acompañado de su esposa y diversos altos funcionarios, y quizá sus resultados más notables fueron el FOMILENIO II y el Asocio para el Crecimiento; por la manera de actuar de Obama, las conversaciones se dieron en un marco de gran respeto a las posiciones de las partes, centrada en buscar encuentros políticos y no reconocimientos personales.

Una divergencia notable entre los tres presidentes mediáticos está en la manera en la que han aprovechado o desperdiciado su presencia en la Asamblea General de las Naciones Unidas. Sin que pueda concluirse que la presencia de alguno significó aportes trascendentales, tanto Saca como Funes utilizaron el foro para plantear las líneas básicas de sus gobiernos y para reflejar las posiciones de sus países frente a problemas que consideraron cruciales, como la suerte de nuestros migrantes; el segundo, además, planteó la posibilidad de crear una CICÍES con respaldo de la ONU. En cambio, el discurso del actual presidente –además de señalar la inutilidad del foro mundial– incluyó una lección elemental sobre la utilidad de las redes sociales como instrumento de gobierno y para el organismo internacional. Además, terminó con un ejemplo en el que la improvisación como metodología de gobierno apareció en toda su intensidad: el descubrimiento de las carencias de los ciudadanos y del sistema educativo nacional a través del Facebook, y la respuesta localizada a un problema que es más extenso y estructural (lo que no quiere decir que no es bueno que hayan recibido algo esos estudiantes). Decía esto mientras sus palabras eran divulgadas al mundo por uno de los sistemas más complejos de redes sociales que existen. Otra oportunidad desperdiciada, con un discurso más que banal.

En esos momentos –y no podemos menos que recordarlo dos meses después– no pocos ciudadanos salvadoreños reflexionábamos sobre lo importante que hubiera sido que el presidente Bukele hubiera dejado claro que nuestros compatriotas en Estados Unidos son, en su casi totalidad, personas que contribuyen de manera apreciable a la economía de ese país (varias decenas de miles de millones de dólares), que son honestas y trabajadoras, no pocos de ellos habiendo creado sus propias empresas, y que en muchos casos se trata de profesionales que ocupan posiciones importantes, sea en la NASA, sea en hospitales, sea en otros campos de actividad profesional. También que hubiera presentado su compromiso con una CICÍES que, con seriedad y autonomía, asumiera la tarea de combatir la impunidad y la corrupción en El Salvador, con garantía de su acción independiente y evitando los juegos electorales en la aplicación de la justicia. Y, entre otras cosas, cómo piensa utilizar la presidencia pro tempore del Sistema de Integración Centroamericana para impulsar su transformación en beneficio de una región más unida y de cara al siglo XXI.

No podemos evitar que aparezca también en la memoria un evento contrastante: con muy poco tiempo de antelación a la intervención de Bukele, una niña de 16 años, sueca y ecologista, enseñaba al mundo cómo utilizar simultáneamente las redes sociales y el foro mundial de Naciones Unidas para enviar un mensaje sustantivo, con profundo contenido y expresado con mucho sentimiento, el cual estremeció a millones de ciudadanos de todo el mundo. Greta Thunberg, decía el periódico El País, nos mostró cómo “una nueva generación utiliza su poder digital para exigir a los adultos entrar en el juego democrático”, y defendió el derecho de esa generación de recibir de los adultos un planeta en el que la vida no se vea en riesgo. Mostró con meridiana claridad que las redes sociales no son contradictorias con reuniones a escala universal en las que se puede plantear y dialogar cara a cara, con trascendencia, problemas ingentes de la humanidad.

Hay otras diferencias y similitudes de nuestros presidentes que podemos señalar. Ya no tenemos espacio. Baste ahora con señalar estas. En otro momento deberemos hablar sobre la línea de pensamiento económico que ha iluminado o ilumina a cada una de esas administraciones, sobre su manera de concebir el ejercicio de su función pública, su intención y su capacidad de dialogar, y otras más.

Héctor Dada Hirezi es economista. Fue ministro de Economía durante el gobierno de Mauricio Funes y diputado en los periodos 1966-1970 y 2003-2012. También fue canciller de la República después del golpe de Estado de 1979 y miembro de la Junta Revolucionaria de Gobierno entre enero y marzo de 1980.
 
Héctor Dada Hirezi es economista. Fue ministro de Economía durante el gobierno de Mauricio Funes y diputado en los periodos 1966-1970 y 2003-2012. También fue canciller de la República después del golpe de Estado de 1979 y miembro de la Junta Revolucionaria de Gobierno entre enero y marzo de 1980.

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Francisco Díaz y Héctor Dada Hirezi

 

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