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Los medios de comunicación alimentan el "pánico trans"

Ligia Orellana

 
 

En los meses de octubre y noviembre de 2019 se reportaron en El Salvador tres asesinatos de mujeres transgénero. En un país donde los asesinatos son negocio cotidiano, es fácil sacudirse esa cifra como una que suma al montón, si no es que sustraerla por completo. Sin embargo, las particularidades de estos asesinatos dejan a la vista los cimientos actitudinales de una sociedad. Los crímenes de odio son ataques de diversos tipos hacia personas debido a un aspecto de su identidad o su pertenencia a un grupo social. Los objetivos de estos crímenes son tanto aniquilar miembros de estos grupos como enviar un mensaje de intimidación a los miembros restantes y a la sociedad en su conjunto.

Al hablar de estos temas, es importante tener claridad en los conceptos. Trans proviene de la raíz latina “a través” o “del otro lado”. El término “transgénero” abarca diversas identidades en las que el sexo asignado a una persona al nacer, y expectativas sociales asociadas, no se corresponden con la identidad o expresión de género de esta persona. En contraste, cisgénero (cis, “de este lado”) describe a aquellas personas cuya identidad y expresión de género corresponde con el sexo asignado al nacer. Ser persona trans no es una preferencia ni una enfermedad, pues dicha no-correspondencia entre sexo asignado al nacer y expectativas sociales recae en definiciones socialmente compartidas. Estas definiciones pueden cambiar de época en época y de cultura en cultura.

La población trans compone un muy pequeño porcentaje de la población mundial, pero personas con identidades de género diversas han existido en todas las culturas y se encuentran en todo tipo de profesiones y ocupaciones. Por ejemplo, registros del Imperio Inca hablan de personas que ahora llamaríamos trans ("ermofraditas yndios de dos naturas"). Otros registros muestran que, en 1513, el español Vasco Núñez de Balboa encontró en Panamá a un grupo de indígenas "hombres vestidos de mujeres" (y, a tono con su cristiandad de conquistador, les lanzó a los perros). La supresión de la diversidad sexual y de género se asocia a la colonización, pues registros de pueblos originarios de Estados Unidos, Suramérica y la Polinesia, muestran que la diversidad era un aspecto más de la vida social. Por su parte, museos e historiadores hacen malabares para resignificar u omitir artefactos y registros que indican la existencia de personas lesbianas, gay, bisexuales, transgénero e intersexo (LGBTI) en las artes y la cultura.

Así, a estas alturas de la existencia humana, la noción que muchas personas cisgénero tienen sobre su contraparte transgénero suele reducirse a esto: una historia en la que un hombre decide enfrentar una crisis o suplir una necesidad haciéndose pasar por mujer. Esta es una convención narrativa común que además trae determinados códigos visuales: el montaje que hace énfasis en cómo este hombre exitosamente se “transforma en mujer”; su pavoneo (que no se olvide ese primer plano de las piernas) frente a otros hombres que observan con deseo; y, al final, la gran revelación de que este era solo un hombre que tenía un problema. Un estudio analizó esta convención narrativa en 24 películas mainstream de entre los 70 y los 90, entre ellas Tootsie y Mrs Doubtfire. Poca gente cis conoce cara a cara a una persona trans, por probabilidad o por necesidad de supervivencia de la segunda, de modo que su conocimiento sobre esta población proviene de los medios de comunicación. 

La no-ficción, como fuente de información factual, aborda de modo igualmente cuestionable a las personas trans. Una nota sobre los crímenes de odio en cuestión ilustra algunos de estos aspectos, como el uso de términos obsoletos para referirse a las víctimas y el desconocimiento de que un crimen de odio puede superponerse con otras motivaciones. Los hechos requieren un marco contextual adecuado para interpretarlos y reportarlos, lo cual es terreno escabroso en el abordaje periodístico sobre temas LGBTI.

Primero, las declaraciones a la prensa de familiares o conocidos de la víctima, aunadas al dolor por la pérdida de su ser querido, pueden buscar apaciguar el cuestionamiento público de su vida sexo-afectiva. Segundo, la exclusión social que experimentan las personas trans configura el trabajo sexual como una ocupación en la que pueden percibir una especie de aceptación por parte de clientes (puesto que la ficción no es mero entretenimiento, para comprender esto recomiendo la serie Pose). Que una narrativa periodística presente una posición “privilegiada” (que no es tal) de activistas trans y una de gente trans “de la calle” como mutuamente excluyentes es una falsa dicotomía. Ambas posiciones reflejan la heterogeneidad de las experiencias trans (recomendable Historias de San Francisco, episodio 8) que los medios tradicionales no han sabido reconocer ni transmitir.

Desde la ficción y la no-ficción, los medios de comunicación han alimentado estereotipos negativos que refuerzan la hostilidad hacia la población trans, sobre todo las mujeres. Las personas trans tienden a ser retratadas como gente que quiere engañar a los demás (Ace Ventura), como trabajadoras sexuales (Dallas Buyers Club), como asesinos perversos con traumas (Psycho) o como víctimas (Boys don’t cry). La fijación en los genitales de estos personajes llega a ser cruda (Girl). Los personajes trans, además, suelen ser interpretados por actores cis (The Danish Girl), reforzando la noción errada de que ser trans no es más que “disfrazarse” del género que “no te corresponde”.

Lo cierto es que todas las personas comenzamos a tener una idea de quiénes somos desde aproximadamente los tres años. Desde entonces desarrollamos un sentido del yo que incluye nuestra experiencia del género. Una amplia línea de investigación respalda esta vivencia en niños y niñas en edad preescolar (extendido a población trans adulta), quienes consistentemente se identifican con el género que reportan como suyo y con pares de ese mismo género. Esto ocurre en niños y niñas cis, y en niños y niñas trans, es decir, quienes sostienen que el género que les fue asignado al nacer no corresponde con quienes son. Si una cosa es “ideología de género” es la asignación de roles y características inamovibles a una persona en virtud de los genitales que posee. Esta es una visión errada, invasiva y deshumanizante. Esta es una visión que persiste en El Salvador al margen de la realidad: la orientación sexual e identidad de género son solo unos de muchos aspectos que conforman el todo de una persona en la sociedad.

La indolencia de la policía, la Fiscalía y el gobierno salvadoreño en su conjunto ha dejado en claro que, a sus ojos, la población LGBTI no merece protección. Estas instituciones, junto con medios de comunicación poco capacitados en el tema, demuestran regirse por un silencioso “pánico trans”, un término originalmente del ámbito jurídico (derivado del “pánico gay”) que busca permitir o justificar el asesinato de personas trans. Aunque este término sugiere arrebatos viscerales –inherentes a nociones de hombría–, se refiere más bien a la calculada letalidad del prejuicio. En el Estado salvadoreño, esto toma la forma, cuando menos, de una negligencia intencionada y sistemática. Ante los crímenes de odio de octubre y noviembre de 2019, la ministra de Cultura, en quien en vano recaen los temas LGBTI, demostró que ni siquiera tiene el vocabulario necesario para condenar estos asesinatos, menos la potestad para resolverlos.

La postura de un El Salvador que clama hartazgo por tanta violencia es que los asesinatos de personas LGBTI no existen, no importan o, para los más devotos, que es algo a celebrar. La discriminación y el prejuicio hacia la diversidad sexual y de género redundan en invisibilización, exclusión y muerte, bajo la mirada desganada del Estado al que le tiembla en pulso en materia de derechos humanos. Los riesgos no son iguales para todas las personas LGBTI, sin embargo, y de entre estas poblaciones, las personas trans son las más vulnerables. El Salvador puede cambiar sus cimientos podridos combatiendo la desigualdad, lo cual incluye reconocer públicamente que las víctimas de crímenes de odio merecen justicia y, sobre todo, que las vidas de las personas LGBTI merecen respeto y protección.  

* Ligia Orellana es psicóloga salvadoreña, doctora en psicología por la Universidad de Sheffield, Reino Unido. Actualmente es investigadora social en las áreas de prejuicio, violencia, bienestar subjetivo y temáticas LGBTI en el sur de Chile.  Es autora de los libros de cuentos Combustiones Espontáneas (UCA Editores, 2004), Indeleble (Colección Revuelta, 2011) y Antes (RIL Editores, 2015). Escribe también en los blogs  Qué Joder ,  Psicoloquio , y el webcómic  Simeonístico .
 
* Ligia Orellana es psicóloga salvadoreña, doctora en psicología por la Universidad de Sheffield, Reino Unido. Actualmente es investigadora social en las áreas de prejuicio, violencia, bienestar subjetivo y temáticas LGBTI en el sur de Chile.  Es autora de los libros de cuentos Combustiones Espontáneas (UCA Editores, 2004), Indeleble (Colección Revuelta, 2011) y Antes (RIL Editores, 2015). Escribe también en los blogs  Qué Joder ,  Psicoloquio , y el webcómic  Simeonístico .

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