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Tres fronteras entre la violencia y el olvido

En este ensayo, la periodista y autora mexicana, Eileen Truax, explora la dura realidad de las migrantes centroamericanas. A la vez que describe escenas y da voz a mujeres en el camino, Truax reflexiona sobre los diferentes tipos de violencia a los que se exponen en su viaje. Este es un texto sobre ellas, las protagonistas de una historia que, como dice la autora, casi siempre se cuenta en masculino. 

Eileen Truax

 
 

Mujeres, migrantes, indocumentadas. Tres veces discriminadas, han tenido que cruzar dos y tres fronteras cuando el marido se fue, cuando la pareja las amenazó, cuando fueron violadas, cuando hubo que mantener a los hijos, cuando murió el campo, cuando se acabó el dinero, cuando fueron la única esperanza, cuando el progreso las relegó. Entonces decidieron enfrentar la violencia del camino para dejar atrás las otras cien violencias, para volver a empezar. Y con frecuencia, para hacer frente al olvido.

Porque todos hablan de migrantes y entonces hablan de números: los números de Honduras y Guatemala, donde siete de cada diez personas son pobres, ocho de cada diez si hablamos del campo; donde además la sequía, los huracanes y los terremotos colapsan simbólica, y a veces literalmente, la vida de millones. Hablan de las remesas desde Estados Unidos hacia el Triángulo Norte: diez por ciento del PIB para Guatemala; 17 por ciento para El Salvador, 20 por ciento para Honduras. Hablan del riesgo de secuestro, ocho veces más alto para los centroamericanos que cruzan por México que para los propios mexicanos. Pero entre los números, y los migrantes, y las remesas, siempre hay un olvido: se habla de hombres que trabajan por un futuro mejor, aunque en El Salvador y Honduras, cuatro de cada diez hogares tengan a una mujer como cabeza de familia. Se habla de los migrantes centroamericanos en Estados Unidos, cuando de esos tres millones, las migrantes centroamericanas son la mitad. Se habla mucho de las maras como consecuencia de la deportación de los hombres, pero poco sobre su actividad delictiva como razón para que migren las mujeres. Se habla a voces de la violencia contra migrantes en el camino, pero apenas se susurra que seis de cada diez mujeres son violadas mientras lo recorren.

En las historias de migración, suele ignorarse el componente femenino: las mujeres que las protagonizan, que migran por decisión propia, que asumen el rol de proveedoras de la familia, que envían remesas, que cuidan de sus hijos a distancia y que llegan a otro país a cuidar a los hijos de otros. Se olvida que si el futuro es femenino, se debe a que la migración también lo es.

Glenda del Cid tiene 21 años. Salió de San Miguel, El Salvador, el 30 de octubre de 2018 para unirse a una de las múltiples caravanas de aquellos días. Escapaba de la falta de empleo. El 8 de noviembre, su grupo hizo una escala de diez horas en la cancha de fútbol de la ciudad deportiva de Arriaga, en Chiapas, México, convertida por las autoridades en albergue provisional. Al día siguiente, a las cuatro de la mañana, emprenderían camino de nuevo. Glenda, antes de dormir en el pedazo de grama del que se apropió esa noche, se pintó los labios . Foto: Vícto Peña.
 
Glenda del Cid tiene 21 años. Salió de San Miguel, El Salvador, el 30 de octubre de 2018 para unirse a una de las múltiples caravanas de aquellos días. Escapaba de la falta de empleo. El 8 de noviembre, su grupo hizo una escala de diez horas en la cancha de fútbol de la ciudad deportiva de Arriaga, en Chiapas, México, convertida por las autoridades en albergue provisional. Al día siguiente, a las cuatro de la mañana, emprenderían camino de nuevo. Glenda, antes de dormir en el pedazo de grama del que se apropió esa noche, se pintó los labios . Foto: Vícto Peña.

Todas las violencias

“El motivo de salida del país es la violencia generalizada, porque no es solo la violencia de pareja, es la violencia delincuencial. La mayor parte de las mamás (...) quieren sacar a sus propias hijas porque están siendo acosadas por las maras, para ser mujeres de ellos, porque desde los once o doce años ya es una candidata de formar parte de una especie de harén del jefe de las pandillas”.

Esta no es la voz de un académico, ni de un activista, ni de un periodista. La que habla es una funcionaria pública de El Salvador entrevistada en 2016, que en menos de cien palabras resumió lo que todos saben que ocurre pero nadie ha podido resolver: en El Salvador, las mujeres, desde que son niñas, son víctimas de todas las violencias.

En 2017 más de 19 mil niñas y adolescentes entre los diez y los 19 años de edad resultaron embarazadas en ese país: 53 niñas o adolescentes embarazadas cada día, en un país en el cual tener relaciones con alguien menor de 15 años es considerado un delito sin importar si el agresor usó violencia o si la víctima consintió. Pero lo que ocurre entre el papel y la fiscalía raras veces suele coincidir: en El Salvador, solo diez por ciento de las denuncias por violación terminan en condena. La violencia sexual contra una niña se puede ejercer con un 90 por ciento de probable impunidad.

Aunque el caso de El Salvador suele estar mejor documentado, basta con revisar los testimonios de niñas, adolescentes y mujeres adultas de otros países en la región, para saber que la violencia, las violencias, las acompañan desde su ciudad de residencia hasta su lugar de destino: la mujer hondureña que recibió una amenaza para salir de su colonia tras el asesinato de su esposo; las mujeres guatemaltecas que fueron separadas del grupo de migrantes con el que viajaban para ser violadas; la niña nicaragüense que, tras la partida de su padre a Estados Unidos, confesó que su mayor miedo era que la robaran, “porque ya no está mi papá”.

La historia de las mujeres que, resignadas a ser violadas en el camino a Estados Unidos, empiezan a tomar anticonceptivos antes de partir, parece ya no conmover a nadie. Algunas buscan compañeros de viaje para sentirse protegidas contra posibles agresores; en ocasiones intercambian sexo por protección, en otras se da una genuina solidaridad masculina. Los hombres que viajan con mujeres de su familia son advertidos: el camino con ellas es más complicado, conlleva más riesgo; la mujer es una carga, una responsabilidad.

“¿Qué es peor, que me viole uno o que me violen muchos?”. La mujer que se hizo esta pregunta dentro de un cuarto de hotel en México, aceptó la ayuda de un hombre en su trayecto de El Salvador a Estados Unidos, tras haber sido asediada por sus compañeros migrantes. “¿Cómo me salía del cuarto? Si me salía, los otros me esperaban afuera”.

Para las mujeres, migrar es elegir el menor entre dos males.

Gisel Jackson tiene 19 años y nació en Honduras. Siendo adolescente huyó a Nicaragua porque su padrastro, que por años la había maltratado por ser trans, la apuñaló en la pierna en una discusión. El año pasado dejó también Managua. Como buena parte de su comunidad, Gisel fue muy activa en las protestas contra el gobierno Ortega-Murillo, y dice que la represión se le hizo insoportable. En Tapachula (México) conoció a otras mujeres trans que la acogieron y decidió quedarse. En la imagen, tomada el 30 de septiembre de 2019, se maquilla para ir a un bar. Foto: Víctor Peña. 
 
Gisel Jackson tiene 19 años y nació en Honduras. Siendo adolescente huyó a Nicaragua porque su padrastro, que por años la había maltratado por ser trans, la apuñaló en la pierna en una discusión. El año pasado dejó también Managua. Como buena parte de su comunidad, Gisel fue muy activa en las protestas contra el gobierno Ortega-Murillo, y dice que la represión se le hizo insoportable. En Tapachula (México) conoció a otras mujeres trans que la acogieron y decidió quedarse. En la imagen, tomada el 30 de septiembre de 2019, se maquilla para ir a un bar. Foto: Víctor Peña. 

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Si la violencia en el camino fuera el único precio por migrar a Estados Unidos, probablemente sería fácil olvidarla al llegar. Pero quienes han hecho la ruta una, dos, tres veces, saben que la violencia se mueve en círculos: tal vez sube, o baja, o se aleja un poco, pero una mujer siempre está en medio de ella. Las reglas migratorias y laborales, la red de apoyo o la falta de ella, la facilidad para encontrar una casa y un trabajo en Estados Unidos, la dependencia de la familia o la pareja, determinan el grado de violencia al que se enfrentarán las mujeres en su nueva vida: dime cuándo, cómo, por dónde y desde dónde llegaste, y te diré cuánta violencia tendrás que enfrentar.

“Yo empecé a tener problemas con el papá de los niños, ya él comenzó a golpearme; y en Sterling, en Virginia lo arrestaron por violencia doméstica, pero de allí lo soltaron por una fianza”. N, de 33 años y originaria de El Salvador, salió rumbo a Estados Unidos en 2006 en un viaje de un mes. Dos años más tarde, se encontraba de regreso. “No lo pude dejar por lo mismo, que los hermanos comenzaron a estarme amenazando. Porque casi todos ellos están allá, yo no tenía familia allá, tenía que hacer lo que ellos decían. En el 2008 decidí venirme a El Salvador de nuevo, ya no quise aguantar más eso”.

Puestas a elegir entre la violencia y el olvido, la mayoría de las mujeres eligen lo segundo. Conocí a Laura cuando ella tenía 21 años y cuatro meses de embarazo. Viajaba acompañada de un par de hombres que decían ser sus vecinos y decían ser mexicanos, de Oaxaca, con un pronunciado acento de Guatemala, “cabal”. Los tres estaban sentados en una plaza de Altar, Sonora, cerca de la frontera entre México y Estados Unidos, esperando la señal para reunirse con un coyote.

Nadie esperaba a Laura del otro lado; no sabía a dónde iba a llegar, ni a qué ciudad o a qué estado. Me dijo que deseaba llegar a Estados Unidos para ganar más, juntar un dinerito “donde sea que haya trabajo, lavando ropa, en el aseo de la casa, en una paletería”. Que quería lo mejor para su bebé. Que le dijeron que caminaría tres noches, que trataría de no quedarse en el camino. Que a veces se agüitaba, que le daba miedo por el bebé; pero que valía la pena el riesgo, para vivir bien. “Para que no venga nomás así, sin que yo tenga algo”. Que si era niño, se llamaría David Alejandro; si era niña, Sheila Isabel.

El médico de Altar, un hombre que atendía en un consultorio improvisado en la plaza, le dijo que no era recomendable para las embarazadas cruzar por el desierto. “Caminan y caminan hasta que empiezan con un sangradito. Las que regresan, llegan con amenaza de aborto”, le dijo, sabiendo que no convencía a nadie. No hay manera de saber qué pasó con Laura, ni con sus “vecinos”, ni con el bebé. Si llegaron a Estados Unidos se los habrá tragado la anomia, habrán aprendido a ser invisibles, a no molestar. Con suerte, los demás olvidarán que están ahí.

Ni putas, ni santas

Bailan en escenarios de luces tenebrosas al centro de locales con techos de lámina. El soundtrack del baile sale de una rocola que programa románticas y norteñas. Las chicas son de San Pedro Sula o de Tegucigalpa; salieron de su país por la violencia, o por la pobreza, o por ambas, y en el camino a Estados Unidos llegaron a esta “zona de tolerancia” en Tapachula, México, donde la frontera con Guatemala está marcada por un río. Se desvelan a diario para ganarse la vida. Beben unas cervezas y aseguran que lo que hacen es sólo bailar; aunque lo hacen por dinero, no hacen ninguna otra cosa, no son putas. De hecho, la mayoría son mamás.

Entre ellas también se encuentran algunas compañeras trans que, víctimas de la homofobia, buscan un sitio donde puedan ser quienes son sin ser juzgadas. Esto a veces se logra al interior de uno de estos locales, pero allá afuera, a la luz del día, el estigma y la xenofobia se convierten en la nueva violencia a vencer. A las chicas que vienen de Honduras o El Salvador las tildan de “robamaridos” y de trabajadoras sexuales. A las mujeres de Guatemala las califican de “sirvientas”.

A la sanción social por parte de los ciudadanos que han visto crecer el flujo de migrantes a su ciudad en los últimos años ––y que forzadamente reciben a quienes a medio camino se quedan sin dinero para seguir–– se suma la extorsión y la intimidación de los operativos policiacos. Las mujeres que trabajan en estos centros nocturnos no tienen visa ni documentos de refugio, y la autoridad lo sabe. Aquí confluyen todos los niveles de la corrupción mexicana: circulan las camionetas con agentes ministeriales, los vehículos de policía fronteriza; llegan a hacer revisiones los de la policía municipal, y de pronto aparecen también los soldados. Las chicas denuncian que los agentes les siembran droga para después extorsionarlas, y que casi siempre “les meten mano”. En ocasiones, quienes hacen esto último dicen ser médicos que trabajan con los agentes de migración.

A la imagen de la mujer “sin escrúpulos”, “robamaridos”, o que intercambia sexo por dinero, suele contraponerse otra, la de la mujer buena y abnegada que sacrifica todo por sus hijos y que anula sus deseos personales en aras del bien familiar. Muy poco se habla de la vida sexual de las mujeres migrantes en el camino, donde entre la violencia y los peligros, también suele haber momentos de alegría, de romance y de placer. Nuevas relaciones de pareja nacen en los albergues o entre las vías del tren, y una de las chicas que bailan de noche puede enamorarse como adolescente de algún vecino del barrio. Pero al igual que en los países de origen, para la mujer migrante hablar de sexo libre por placer, o por amor, sigue siendo un tabú.

Ana Ruth Ávalos despareció el 12 de mayo de 2010 de la sala de belleza en la que trabajaba, en la comunidad La Esperanza, municipio de Santiago Texacuangos, El Salvador. Tenía 25 años. Ahora, Edith, su madre, y Cecilia, su hermana (en la imagen), saben que la propietaria de la sala de belleza la forzó a viajar a Estados Unidos para acompañar a una niña menor de edad cuyos padres habían pagado el viaje. Meses después, tras el asesinato de los 72 migrantes en Tamaulipas, en agosto de 2010, Cecilia acudió al llamado público de las autoridades salvadoreñas y mexicanas para que familiares de desaparecidos se hicieran análisis de ADN en un esfuerzo por identificar a las víctimas. Sabía que Ana Ruth no tomó esa ruta, pero intuyó un camino para encontrarla. La espera duró dos años más. Con los datos del banco de ADN, la Cancillería de El Salvador reportó el 5 de septiembre de 2012 el hallazgo del cuerpo de una mujer en el desierto de Arizona, a unos 20 kilómetros de Tucson, en Estados Unidos.  Foto: Víctor Peña.
 
Ana Ruth Ávalos despareció el 12 de mayo de 2010 de la sala de belleza en la que trabajaba, en la comunidad La Esperanza, municipio de Santiago Texacuangos, El Salvador. Tenía 25 años. Ahora, Edith, su madre, y Cecilia, su hermana (en la imagen), saben que la propietaria de la sala de belleza la forzó a viajar a Estados Unidos para acompañar a una niña menor de edad cuyos padres habían pagado el viaje. Meses después, tras el asesinato de los 72 migrantes en Tamaulipas, en agosto de 2010, Cecilia acudió al llamado público de las autoridades salvadoreñas y mexicanas para que familiares de desaparecidos se hicieran análisis de ADN en un esfuerzo por identificar a las víctimas. Sabía que Ana Ruth no tomó esa ruta, pero intuyó un camino para encontrarla. La espera duró dos años más. Con los datos del banco de ADN, la Cancillería de El Salvador reportó el 5 de septiembre de 2012 el hallazgo del cuerpo de una mujer en el desierto de Arizona, a unos 20 kilómetros de Tucson, en Estados Unidos.  Foto: Víctor Peña.

Cuando no hablas el mismo idioma

El 6 de diciembre de 2018 Jakelin Caal, una niña indígena de 7 años de edad que viajó con su padre de Guatemala a Estados Unidos para solicitar asilo, murió bajo custodia de las autoridades de inmigración estadounidenses. Una de las razones que contribuyó a su muerte fue la dificultad de los Caal para comunicar el estado de salud de Jakelin a los agentes que los tenían en custodia. Originarios del departamento de Alta Verapaz, los Caal tienen como principal idioma el q’eqchi’, una lengua maya prehispánica. En las instalaciones donde fueron detenidos, nunca se registró la solicitud de un intérprete en su idioma.

Las situaciones de falta de acceso a un servicio de intérpretes, que con frecuencia tienen como protagonistas a niñas y mujeres provenientes de México y Centroamérica, se repiten constantemente en Estados Unidos. Las mujeres indígenas suelen hablar poco o nada de español, debido a que en sus comunidades de origen son los hombres quienes establecen la comunicación con otras comunidades y con las ciudades cercanas. Maya, k’iche’, q’eqchi’, zapoteco, mixteco, mam o purépecha, son algunos de sus idiomas; cuando vienen directamente a Estados Unidos, muchas no han tenido oportunidad de estar en contacto con el español.

Miles de estas mujeres indígenas trabajan cosechando los frutos que alimentan a Estados Unidos. No tienen documentos y no hablan español ni inglés, de manera que van al médico y no pueden decir qué les duele. Si algún día las citan en una corte, no entienden por qué. Suelen hablar poco porque igual nadie las oye; y aunque las oyeran, no les entienden. Cuando en alguna de estas situaciones declaran ser de México o Guatemala, lo máximo que consiguen es que les proporcionen un intérprete en español.

Además de la barrera del idioma, las mujeres migrantes indígenas enfrentan otros retos. Muchas provienen de zonas rurales en pobreza extrema, donde se privilegia a los hombres cuando hay alguna oportunidad de recibir educación formal. Cuando llegan a trabajar a Estados Unidos, esta múltiple vulnerabilidad ––ser mujeres, ser migrantes, ser indígenas, carecer de educación, ser indocumentadas–– las convierte en víctimas de acoso sexual y abuso laboral.

Para muchas de estas migrantes, esta violencia tiene un impacto aún más profundo. La cosmovisión indígena suele basarse en un fuerte apego a la comunidad; algunas de estas sociedades entierran el ombligo de sus hijos en el sitio donde han nacido para representar su conexión vital con su tierra. La decisión de migrar, por tanto, no es una que se toma a la ligera; el desarraigo y lo que éste representa se vuelve la única salida a conflictos y persecución en sus comunidades, los impactos del cambio climático, o el despojo de tierras.

Esta característica que acompaña a las mujeres migrantes suele ser ignorada en los lugares de destino. Para obtener un empleo y una mejor situación económica, las mujeres migrantes indígenas deben alejarse de sus tierras, de sus tradiciones, de sus vínculos con otras mujeres, y de la red de seguridad que les proporciona su comunidad. Y cuando se da, es solo la construcción de una nueva red en los lugares donde se asientan la fortaleza que permite a las mujeres migrantes indígenas salir adelante a pesar de todo.

Solitas

Rosario es delgada, morena, de cabello largo obscuro y sonrisa fácil. Vistiendo pantalones ajustados, tenis y sudadera, se encontraba sentada en una sala de espera, entre dos hombres de traje que enviaban textos desde su celular. En cualquier momento sería llamada a uno de los salones del edificio de corredores blancos y muros helados que alberga a la Corte Federal de Inmigración. A sus 14 años, y sin un abogado que la representara, Rosario estaba a punto de sentarse por primera vez en su vida frente a un juez.

Rosario llegó de Sensuntepeque, El Salvador, como parte de los 52 mil menores de 18 años detenidos en el suroeste de la frontera con México en 2014, mientras intentaban ingresar al país sin documentos y sin la compañía de un adulto; chicos como ella, que salieron de Honduras, El Salvador, Guatemala o México para reunirse con sus padres en Estados Unidos, para buscar un trabajo, o para huir de la violencia.

 

María es la madre de Rosario. Habían pasado siete años desde la última vez que la vio, cuando dejó a sus cinco hijos a cargo de su madre. Desde que llegó a Estados Unidos, María ha trabajado en los campos de California, sembrando y cosechando. No habla inglés y le cuesta trabajo leer y escribir, pero encontró la manera de ir juntando dinero para mandar a El Salvador y para hacer unos ahorros; y cuando juntó los 18 mil dólares que le cobró un coyote “confiable” para traer a Rosario, no dudó en hacerlo.

“Me dijeron que era así de caro porque era seguro y porque no iba a sufrir”, me contó María de pie en uno de los pasillos de la Corte. De baja estatura —Rosario ya es más alta que ella—, la angustia se le reflejaba en el rostro al hablar de las amenazas a su familia: llegaron en la noche a la casa de su madre, la abuela de los niños, a pedir una “cuota” como extorsión; la mujer les dio el dinero que tenía, y aún así los extorsionadores amenazaron con volver. Fue cuando María decidió traer a la niña. “Me prometieron que iba a venir cuidada, en un carro, que iba a llegar con bien y no fue así. La traían caminando, amontonada en el maletero del bus, y al final, mire, la agarraron”.

Cuando Rosario fue detenida por las autoridades, María recibió una llamada: su hija se encontraba en el centro de detención de inmigración en Los Ángeles y ella tenía que iniciar el proceso para liberarla. Rosario fue llevada a un albergue donde se quedó hasta que María pudo comprobar que era la madre y que contaba con solvencia económica para mantenerla. Ahí le avisaron que iniciaría el proceso de deportación, con una orden para comparecer ante el juez de inmigración. Con las finanzas apretadas, sin hablar inglés y con nulo conocimiento del sistema legal del país, María ignoraba qué hacer para evitar que Rosario fuera regresada a El Salvador. Lo que sí sabía es que tenía que ir a la Corte el día y la hora señalados.

Cuando un secretario llamó a la chica por su nombre, las dos entraron y se sentaron en una banca frente a una juez a cuyas espaldas lucía, enorme, el escudo del Departamento de Justicia de Estados Unidos. Junto a la juez había un intérprete; las dos se pusieron audífonos para escuchar la traducción al español. María, con los ojos enormes, tardaba en responder a las preguntas de la juez, y en algún momento le avisó que no entendía lo que le estaban diciendo. La juez le preguntó a Rosario si tenía un abogado. A la chica le temblaba nerviosamente una pierna. Al final, la juez decidió darles una extensión para que consiguieran un abogado, y una nueva cita. Por el momento María tendría ocho meses de tranquilidad.

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Testimonio de una adolescente: “Tengo dos años de no ver a mi mamá, ella está en Guatemala. Yo estuve allá, pero mi mamá me vino a dejar. Mis otros hermanos están con sus papás en Chichigalpa. En Guatemala está mi hermana mayor, tiene 14 años, ya está casada allá. Mi mamá me vino a dejar donde un tío de ella aquí en Las Salinas... yo no lo conocía. Me hace falta mi mamá. Yo hago los oficios antes de irme a la escuela en la tarde: limpio, hago los mandados y atiendo a la gente que llega a comprar. A veces tengo miedo, sobre todo cuando me quedo sola con mi tío”.

***

Tras la llamada “oleada” de niños migrantes centroamericanos no acompañados, la información de abusos cometidos contra estos chicos por parte de las autoridades de migración empezó a circular entre las organizaciones activistas, y varios grupos de defensa legal iniciaron acciones al respecto. Fue a través de estas demandas que se supo de cientos de casos de menores cuyos derechos habían sido violados. En casos, como el de I., una chica de 11 años, un grupo legal presentó una solicitud al Departamento de Justicia para que fuera anulada la orden de deportación en su contra, ya que la entrevista que le hicieron las autoridades de inmigración para determinar sus posibilidades de quedarse legalmente en el país, fue realizada bajo condiciones de encierro que violaban toda normatividad. La chica, se establece en la solicitud, permaneció cuatro días en el centro de procesamiento de la frontera y de ahí fue transferida a un albergue militar, donde permaneció otros siete días. En esos once días, I. perdió tres kilos y medio: no comió casi nada durante este tiempo, y la retuvieron con bajas temperaturas y con luces fluorescentes encendidas día y noche.

Entre otros casos reportados está el de D., una niña de 16 años detenida en una celda con adultos; cuando los agentes la revisaron, le abrieron violentamente las piernas y le tocaron el área genital. A K., una niña de 14 años, le fue confiscada su medicina cuando fue detenida por agentes de CBP. Durante su estancia en la celda donde la retuvieron, sufrió varios ataques de asma. Los oficiales la amenazaron con castigarla “si seguía fingiendo”. Y C., una chica de 17 años, fue detenida en una “hielera”, el nombre que dan los detenidos a las celdas mantenidas a bajas temperaturas, con la ropa mojada. El sitio estaba tan frío que su ropa tardó más de tres días en secarse. La única agua disponible para beber era la del tanque del escusado. El baño se encontraba a la vista de otros detenidos, con una cámara de video sobre él.

Madres sin hijo

Mercedes Moreno sonríe todo el tiempo. No es una sonrisa animosa o alegre. Es una sonrisa tranquila, paciente; nada parece alterarla. Por momentos disminuye un poco, pero el rictus en los labios permanece. Sin importar lo que escuche, los ojos de Mercedes no se humedecen. Es como si un día, nomás así, hubiera dejado de llorar.

Hace 28 años, en 1991, José Leónidas Moreno, su hijo, desapareció. Originario de El Salvador, al igual que el resto de la familia, José Leónidas vivía en el estado de Colorado, donde fue detenido sin documentos y deportado a su país de origen. En el camino de vuelta, en algún punto entre México y Guatemala, no se volvió a saber de él.

Desde entonces Mercedes, quien vive en California, recorre los caminos de ida y vuelta llevando al pecho la foto de su hijo. Durante varios meses, un José Leónidas veinteañero y flaco sonreía desde un cartel que abajo decía “45 años”, con el número cinco tachado y, sobrepuesto con plumón, un número seis: José Leónidas, explicaba entonces Mercedes, ya había cumplido 46; eso fue hace cuatro años. Actualmente, el jovencito de la foto tendría que ser un señor de 50 años.

Las madres migrantes que han dejado a sus hijos atrás y no vuelven a verlos en años, y las madres que han visto migrar a un hijo sin volver a tener noticias de él, son tal vez quienes mejor representan la tenacidad de las familias migrantes. Cada año, durante tres semanas entre noviembre y diciembre, el grupo Movimiento Migrante Mesoamericano, encabezado por Marta Sánchez, recorre los caminos de los migrantes que van desde Honduras hasta Estados Unidos con fotografías colgadas al pecho, como la que ha llevado Mercedes durante casi treinta años. En ese trayecto, alguna de estas mujeres ha encontrado a su hijo. Cuando eso ocurre todas festejan, porque saben que tal vez aún es posible que el siguiente sea el suyo; aunque algunas tienen en la mirada, de manera inevitable, esa nube que dice que ya es más grande el tesón que la esperanza. Algunas, que han perdido a una hija, llevan de la mano a sus nietas o nietos, quienes desde pequeños aprenden que a los caminos se sale para buscar a mamá.

En los últimos años, a partir de que la violencia de la ruta migrante se multiplicó con la desorganización del crimen organizado en México, las mujeres-madres-migrantes ya no recorren solo los caminos, sino los parajes donde, les han dicho algunos, hay fosas con cuerpos no identificados. Con una vara de metal perforan la tierra con la esperanza de que un olor pútrido les diga que ahí, debajo de todo aquello, tal vez esté el hueso de un hijo.

¿Cuál es el peor dolor, cuál es el que te deja más rota: no volver a ver al hijo, o volver a verlo así?

Yolanda Mijangos y su hija Zulma descubrieron el segundo dolor tres semanas después de ver partir a Robin, el hijo mayor. A sus 28 años, el joven llevaba 15 siendo la cabeza de la familia, tras el abandono del padre. Con una madre, dos hermanas pequeñas y una casa que mantener en Sipacate, Guatemala, Robin pronto aprendió que su felicidad radicaba en la felicidad de los demás: que Yolanda, la mami, tuviera lo necesario para la cocina; que Karina pudiera ir a la escuela para ser maestra; que Zulma, la más pequeña, mantuviera siempre la sonrisa.

El 2 de agosto de 2010, Robin agarró camino hacia el norte, y su último contacto con la familia fue diez días después, cuando en una llamada confusa, le dijo a la mami que lo habían detenido en un retén. Y doce días más tarde, el 24 de agosto, todos escucharon el nombre de Tamaulipas por primera vez. Junto con los cuerpos de otros 71 migrantes, Robin fue hallado en un rancho en el norte de México, atado de manos y con un tiro de gracia. Cuando su ataúd llegó a Sipacate, el desgarrador “hijo de mi alma” que salió de la garganta de Yolanda dio voz a todos los dolores de madre contenidos por casi 30 años.

***

El camino que corre entre Honduras, El Salvador y Estados Unidos, pasando por Guatemala y México, está sembrado de historias de mujeres que no sólo han cruzado las fronteras físicas. La ruptura de fronteras personales, la voluntad por encima del miedo, la resistencia ante las violencias que no cesan, se puede encontrar a cada paso de la ruta migrante. Pero cuidado, que hay algo que nunca se debe olvidar: estas mujeres son mucho más que personas refugiadas que han sufrido, que han vivido experiencias traumáticas. Además de eso, también entre ellas existe la alegría. También están en sus vidas los momentos llenos de risas y amor. Contar sus historias de dolor, lejos de convertirlas en víctimas perennes, debe servir para recordar que cada persona existe en su humanidad entera, para no permitir que gane el olvido. El sufrimiento no define a estas mujeres; en todo caso, ayuda a comprenderlas, a hacer que valga la pena cruzar todas las fronteras. 

*Este ensayo es parte del trabajo "Mujeres que migran. Retrato del viaje eterno en Mesoamérica", realizado por El Faro en colaboración con Médicos del Mundo, con apoyo de la Xunta de Galicia. 

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Elena Reina | Víctor Peña (fotos) | Teresa de Miguel (vídeo)

 

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