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Especial Educación

La profesión olvidada

Óscar Picardo Joao

 
 

¿Quién o quiénes quieren ser maestros en la actualidad? Si esta pregunta la hago en los colegios élites de El Salvador, muy pocos levantarían la mano. Y es que, en esta profesión, se está condenado a tener un salario de mediana capacidad para el resto de la vida. Obviamente hay excepciones y no podemos ser absolutistas, y efectivamente unos pocos levantarían la mano por vocación o pasión, pero no son la regla frente al abanico de profesiones actuales, nuevas ingenierías, carreras STEM (Science Technology, Engineering and Mathematics) o programas relacionados con las tecnologías o negocios. Siendo honestos, debemos decir que la docencia está pauperizada y en decadencia.

A pesar de la paradoja anterior, la docencia es una profesión vital, fundamental y con futuro; habrá niños y niñas, escuelas y colegios demandando contratar buenos maestros. Pero, ¿qué hace a un buen maestro? Dan Goldhaber, en su libro The Mystery of Good Teaching, explica que lo más relevante en la historia profesional de un docente es lo que no se ve en su hoja de vida: la pasión, el entusiasmo y la mística, lo cual representa un 97 % de los factores que afectan el rendimiento de los estudiantes. El otro 3 % son sus diplomas, grados académicos, capacitaciones, cursos, etcétera.

En concordancia con la definición de Goldhaber, Pepe Mujica agrega que: “La docencia contemporánea pretende aportar un conjunto de elementos que sirven a nuestra inteligencia para un mínimo adiestramiento para cumplir tareas. Pero no es lo mismo inteligencia que conciencia […] Las nuevas tecnologías aportan inteligencia artificial; pero las máquinas no tienen emociones ni sentimientos, y la conciencia es un juego muy profundo de los valores que construyen nuestros sentimientos. […] Necesitamos un maestro intimista. Más que el conocimiento que ayude a encausar la vida; le exigimos mucho al maestro, exigimos productividad, y se necesita mucho tiempo para trabajar en la cabeza de los muchachos”. Tomemos nota: un maestro intimista, es decir, poético, creativo, sensible que eduque para aprender a vivir.

Finalmente, anota Fernando Savater: “El maestro antes podía jugar con la curiosidad de los alumnos, deseosos de llegar a penetrar en misterios que aún les estaban vedados y dispuestos para ello a pagar el peaje de saberes instrumentales de adquisición a menudo trabajosa. Pero ahora los niños llegan hartos de mil noticias y mil visiones variopintas que no les ha costado nada adquirir... ¡que han recibido hasta sin querer! El maestro tiene que ayudarles a organizar esa información, combatirla en parte y brindarles herramientas cognoscitivas para hacerla provechosa o por lo menos no dañina. Todo ello sin convertirse él mismo en un nuevo sugestionador ni pedir otra adhesión que la de unas inteligencias en vías de formación responsable hacia su autonomía. Empresa titánica... remunerada con sueldo bajo y escaso prestigio social”.

La docencia es la profesión más estudiada y más investigada, pero con los cambios menos significativos en los últimos 30 años. En teoría: los docentes son el techo de la calidad de un sistema educativo (McKinsey, 2008); aunque en la práctica nadie sabe cómo dignificarlos adecuadamente. Muchos factores “influyen” en la calidad de la educación, pero hay uno que “determina”: el docente. Pero, cuidado, puede haber una determinación positiva y también una que influya negativamente. Por otro lado, los maestros trabajan con el futuro de los seres humanos; en efecto, los estudiantes no sólo son importantes por lo que son, sino por lo que pueden llegar a ser.

La marcada diferencia entre médicos y maestros

La profesión médica, antagónicamente distante a la del docente, está muy dignificada; su estructura formativa posee una tradición sólida. La carrera cuenta con un área básica de unos cuatro años, luego se estudian no menos de tres años más con rotaciones en cuatro áreas: cirugía, medicina interna, pediatría y ginecología; y así llegan al final para hacer un año social. Se gradúan como médicos cirujanos generales. Posteriormente, para destacar y ejercer, tienen que hacer un residentado de dos o tres años en alguna subespecialidad. Al final, ingresan al mercado laboral con no menos de 9 años de estudio.

En cambio, los docentes, en tres años de formación resuelven todo; con un profesorado paupérrimo salen formados para ser maestros en educación básica. En estos tres años estudian las áreas básicas: pedagogía, didáctica, evaluación, tecnologías, etc., más las cuatro especialidades: Matemáticas, Ciencias Naturales (Química, Física y Biología), Lenguaje y Literatura, y Estudios Sociales (Filosofía, Geografía e Historia). ¿En serio nos creemos este cuento de que tres años son suficientes?

Los errores del médico se sepultan, mientras que los errores docentes se heredan y multiplican. No se espanten, por eso estamos como estamos.

Tampoco es un tema de más años de estudio; aquí deberíamos analizar la calidad de los formadores o profesores, los ambientes de enseñanza, las metodologías y los recursos didácticos. Si nos parece que la profesión médica es muy delicada ¿no debería serlo también la docencia? Si la gente busca buenos médicos, especialistas graduados en el extranjero, con credenciales, experiencia, trayectoria, y hasta piden segundas opiniones para los diagnósticos, ¿les importa menos con quiénes se educan sus hijos?

Por eso es que es importante dignificar la profesión.  Esto también se logra cuando más jóvenes aspiran a esa carrera; cuando se vuelve atractiva, no sólo por el salario, sino por lo que significa para la sociedad.

La docencia no se dignifica con aumentos del 10 % ni con capacitaciones de corta y mediana escala. Se inicia el proceso de devolverle la dignidad diseñando políticas públicas educativas de largo plazo, que incluyan: a) un reposicionamiento político del rol docente; b) una respectiva evaluación de la eficiencia de los docentes en servicio; c) una reestructuración del programa formativo a la altura de los tiempos; d) un programa para reclutamiento, retención y contratación del mejor talento humano; y e) un salario competitivo conforme a las responsabilidades, y que se equipare con los estándares de otras profesiones élites en el mercado.

El Salvador podría retomar como ejemplo y referente el modelo que se diseñó hace años en Ecuador, así como otros que existen en países emergentes, como Singapur, Finlandia, Corea, etc.; aunque no necesitamos irnos tan lejos, basta con observar a nuestro vecino Costa Rica.

Llevamos 30 años de reformas educativas impulsadas por gobiernos tanto de derecha como de izquierda, y nada ha cambiado. Tenemos las mismas estadísticas de siempre, ineficientes y paupérrimas, pese a los millones de dólares destinados en el presupuesto, de los cooperantes y de la banca multilateral. Hasta nos estamos acostumbrando a la mediocridad y nos alegramos por medallas poco significativas –ya que competimos con otros que están iguales o peores que nosotros-; el reto sería participar en pruebas como PISA; por cierto, en la edición 2018 Costa Rica superó a México en los resultados de Lectura, Matemáticas y Ciencias.

Deberíamos hacer un alto en el camino y pensar si ese discurso vacío que escuchamos con frecuencia es real: ¿son los maestros importantes para nuestra clase política y para nuestros líderes empresariales? Si la respuesta es afirmativa, entonces: ¿qué hemos hecho por ellos? Siendo honestos, muy poco o casi nada.

Como lo he anotado en otros artículos, los años de reforma que llevamos y todos los planes educativos ejecutados, no han impactado en la escuela ni en la vida de los estudiantes –salvo los que pueden pagar-. Los únicos que han aprovechado los recursos y han mejorado son los “ejecutores”, y sí que se nota.

Esta sociedad no va a cambiar por arte de magia, ni por apretar botones o por aumentar la represión. Veámonos en el espejo Latinoamericano. Las sociedades estables y sólidas cambian a punta de sistemas educativos, y detrás de ellos los artífices son los docentes. No nos equivoquemos, los políticos no cambian las naciones, los docentes sí.

Ninguna sociedad será superior a sus maestros.

*Óscar Picardo Joao ( opicardo@asu.edu ) es investigador y especialista en política educativa. Licenciado en Filosofía, con maestrías en Teología y Educación y Doctorado en Didáctica y Organización Escolar. Dirige el Instituto de Ciencia, Tecnología e Innovación de la Universidad Francisco Gavidia. Foto El Faro: Víctor Peña
 
*Óscar Picardo Joao ( [email protected] ) es investigador y especialista en política educativa. Licenciado en Filosofía, con maestrías en Teología y Educación y Doctorado en Didáctica y Organización Escolar. Dirige el Instituto de Ciencia, Tecnología e Innovación de la Universidad Francisco Gavidia. Foto El Faro: Víctor Peña


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