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Ni 300 comunicadores podrán lavarle la cara a los diputados

Willian Carballo

 
 

Pueden contratar a 300 comunicadores para postear en Instagram sus fotos de influencer wannabe. Pueden manejar mil usuarios de Twitter para masturbarse digitalmente y chulearse entre ellos mismos lo buen diputados que son. Pueden abrir espacio en la Televisión Legislativa para producirle su propio Caso Cerrado a Milena –su enemiga– en horario estelar. Pueden abrirle un espacio en la radio del congreso a Beltrhan Bonilla para que nos cuente, hasta aquí, su crónica de hoy. Pueden nombrar Hijo Meritísimo a Andy o a cualquier personaje de moda que les eleve el rating. Y hasta pueden, si quieren, subir 84 series biográficas a Netflix que los dejen mejor parados que a Luis Miguel. Sí, pueden. Pero si se siguen devanando cada día en el charco del nepotismo, la haraganería y el despilfarro; si siguen convirtiendo al Salón Azul en una versión hardcore de Jardín Infantil cada jueves; créanme, no habrá estrategia de comunicación posible que pueda limpiarles a los parlamentarios la cara… ni la cruz ni las manos, ni la estrella ni el pescado, ni la gana.

La Asamblea Legislativa, encarnada por 84 políticos, es una de las instituciones más desprestigiadas de un país lleno de desprestigios. Siete de cada diez entrevistados en la recién publicada encuesta 2019 de la Universidad Centroamericana creen que en el vientre de ese órgano de Estado se gesta “mucha corrupción”. Además, solo 4.9 % les tiene “mucha confianza”. ¡Solo 4.9! De hecho, la gente confía 28 % más en las iglesias evangélicas, con todo y sus infidelidades responsables y conducciones temerarias, que en los legisladores. Incluso creen más en los medios de comunicación, a pesar de sus Britanys y sus noticias de Pepes e Irenes. Únicamente los partidos políticos están, según la encuesta, más desprestigiados que los diputados y la Asamblea. Y esta última, lo sabemos, es un castillo hecho de legos partidarios.

Ellos mismos se han ganado esos números. Se los merecen. La fama se la deben a diputados de partidos como el PCN, taxi que ha llevado al interior de esta carpa a atletas de la sinvergonzonería y a futuros inquilinos de Zacatraz. O a los de Gana, pequeño padawan del PCN, que con sus chistes de gallegos y otras gracias se ha coronado como el Uber de tiempos millennials. O a los de Arena, vivero de varios políticos que hoy están presos por corrupción y de comunicadores que ya tenían fama, pero querían poder. O a los del FMLN, que parecen más preocupados por sabotear a su disidente más famoso que en ser una oposición constructiva. O a los del PDC, cuyos tres diputados necesitan 84 empleados para sobrevivir, según El Diario de Hoy. O al del CD, que es amarillo y azul, pero pinta poco. O al independiente, que depende de todos.

También en conjunto, como institución, se merecen esa imagen. Se la merecen cuando convierten el edificio legislativo en la casa donde su familia se reúne a tomar café a la sombra de una planilla; cuando hacen brillar cada año nuevo los ojitos de los gerentes de ventas de las empresas de camionetas nuevas; cuando no escuchan a las víctimas del conflicto para dar vida a la Ley de Reconciliación que debería girar en torno a ellas; cuando no aprueban la Ley de Agua; cuando ganan millas aéreas con nuestro dinero; y cuando en la plenaria juegan a tirarse insultos como en una mala copia de La Academia.

Por eso es que esos 300 comunicadores que el presidente de la Asamblea, Mario Ponce, aseguró que trabajan al servicio de los diputados, es una barra que va al estadio a apoyar a unos perdedores. No los conozco. No voy a juzgar su capacidad. Supongo que entre ellos hay productores de radio y televisión, y estrategas de la comunicación digital experimentados. Seguro que sí. Pero es que a mil de ellos y muy talentosos pueden contratar para vestir de príncipes a sus jefes, pero si estos últimos siguen retrasando leyes, conspirando a favor de sus bolsillos y despilfarrando nuestro dinero, no habrá prenda fina que pueda cubrir sus pieles de ogros. Será solo otro intento fallido por lavarle la cara a quienes solo se la pueden lavar a sí mismos. Dinero mal gastado.

Pero es 2020, año preelectoral, y el intento de lavado de imagen continuará. Muchos parlamentarios empezarán a invertir en campañas de publicidad para promocionar ese falso discurso de transparencia y anticorrupción que renace cada 36 meses en sus jardines hipócritas. Querrán que votemos por ellos, otra vez. Prometerán edenes y pedirán perdón. Y es justo ahí cuando más memoria debemos tener. Recordemos cada nombre, cada apellido, cada rostro, aunque lo llenen de filtros en las vallas y las fotos de perfil. Asociémoslos con las canalladas que hicieron durante la legislatura 2018-2021. Pensemos en ese asesor que no marcaba y en el diputado que lo contrató; en esas leyes que aprobaron de madrugada detrás del humo de una cortina, en esas prórrogas a buseros irresponsables y en esas discusiones marca Danna Paola de las plenarias.

Y, por último, estemos también atentos a aquellos nuevos aspirantes. A aquellos que con sus flautas youtubescas, tuiteras o alienígenas nos quieran encantar; a esas aves que, aprovechando la coyuntura, pretendan con peligrosa mayoría hacer verano en el Salón Azul. Después de todo, no olvidemos que estos nuevos jugadores, cuando de imagen, comunicación y  show se trata, tienen una maestría con cum laude y, últimamente, un doctorado honoris causa. Y eso también es peligroso.

Willian Carballo (@WillianConN) es investigador, catedrático y consultor especializado en medios, cultura popular, jóvenes y violencia. Coordinador de investigación en la Escuela de Comunicación Mónica Herrera.
 
Willian Carballo (@WillianConN) es investigador, catedrático y consultor especializado en medios, cultura popular, jóvenes y violencia. Coordinador de investigación en la Escuela de Comunicación Mónica Herrera.

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