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La tormenta política perfecta

Rubén Zamora

 
 

Una tormenta perfecta se produce cuando dos grandes tormentas, una de carácter frío y otra de carácter caliente se encuentran y se potencian mutuamente, de tal manera que su capacidad destructiva se multiplica.

En nuestro continente, de norte a sur, se ha desatado una fuerte crisis que, si bien se expresa principalmente en el campo político, comparte sus raíces con otros campos de la sociedad. Lo que hemos vivido en los últimos meses se encuadra en tres diferentes crisis que se han juntado en el tiempo y están produciendo lo que podemos llamar la tormenta política perfecta, generada por la confluencia de la crisis de los modelos de desarrollo dominantes, la crisis de la economía del continente y la crisis de la democracia representativa.

La crisis de los modelos

Durante las últimas décadas, los países de América Latina y el Caribe se han regido con base a dos modelos de vida pública y ambos muestran claros signos de agotamiento; se trata del neoliberalismo y el socialismo del siglo XXI.

El modelo neoliberal se fue extendiendo por todo el continente a partir de la década de los 70,  convirtiéndose en la guía para casi todos los gobiernos de América Latina. Se presentó como un cambio radical de las políticas económicas y fiscales, proponiendo reglamentar drásticamente el gasto público, especialmente en lo referente al gasto social; dar puertas abiertas a la inversión extranjera, privatizar los bienes públicos, desregular el mercado interno y de importaciones, reducir el impuesto de renta a los ricos y cargar a los sectores populares y medios, prometiendo que el cambio produciría tal nivel de desarrollo que los beneficios se derramarían al resto de la población.

 El Estado renegó de su papel redistributivo, pero el prometido “derrame” nunca se produjo; al contrario, si bien en algunos países, como Chile, produjo un fuerte crecimiento económico por algunos años, en otros, como el nuestro, su resultado ha sido un estancamiento histórico de la economía. En Argentina, los ha condenado a crisis periódicas graves, y, en general, a todos a una dependencia mayor de los países desarrollados, a una creciente vulnerabilidad frente a los movimientos y crisis de sus economías, y a un exponencial desarrollo de la desigualdad.

Frente al modelo anterior se presenta uno alternativo, conocido como Socialismo del Siglo XXI, practicado, en mayor o menor medida, por un conjunto de gobiernos de  América Latina que se presentaba como la alternativa al neoliberalismo, de izquierda, antimperialista y con una clara inclinación a desarrollar políticas sociales que han logrado importantes avances en el combate contra la pobreza. Este no suprime la propiedad privada, aunque rescató para el Estado el manejo de bienes sociales importantes; en el campo político, es característico el esfuerzo de estos gobiernos de crearse una base social organizada que le dé su apoyo, así como de adherirse a los parámetros de la democracia representativa. Sin embargo, la convivencia con ella ha sido más formal que real, pues, frente a los reclamos de la población, tienden a recurrir a los instrumentos represivos del Estado, a fraudes electorales para mantenerse en el gobierno, a subordinar al poder  judicial, y a constreñir seriamente la libertad de información y a suprimir la oposición, lo que provoca la crisis de su  modelo.                 

La crisis de la economía

El período de los años 2000 a 2014 es conocido como “el boom de las commodities”, que consistió en una extraordinaria bonanza de los precios internacionales de productos de extracción mineral y  agrícola (commodities) generada por un mercado internacional, especialmente China, ansioso de comprarlas. Esto significó una oportunidad de crecimiento, tanto de la economía como de los ingresos fiscales, y permitió a los gobiernos desarrollar políticas sociales sin expropiar o cargar sus costos en los sectores pudientes. Por su parte, los países sin commodities, como los centroamericanos, las implementaron dependiendo de préstamos en el mercado de valores y en la cooperación internacional.           

A mediados del 2010, el panorama cambió sustancialmente: China redujo drásticamente su  importación de commodities y el precio y volumen de ellas decayó sensiblemente, lo que expuso al financiamiento de la política social a una grave crisis. Al mismo tiempo, en los países sin commodities, los límites de su capacidad de endeudamiento empezaron a mostrarse y la cooperación externa tendió a reducirse; así, para muchos gobiernos del  continente sus políticas sociales se volvieron insostenibles y pasaron a recortarlas, con las consiguientes reacciones de la población beneficiada. El período de expansión se había cerrado y América Latina y el Caribe entraron a un período de seria desaceleración económica de la que no ha podido recuperarse.

La crisis de la democracia representativa

Se ha vuelto un lugar común diagnosticar que la democracia representativa pasa por una crisis de legitimidad. Tanto en los países desarrollados como en los del tercer mundo, de un país a otro hay peculiaridades, pero en todos ellos el reclamo ante la exclusión y la desigualdad y la corrupción son la constante.

La crisis de las democracias representativas en la actualidad se expresa en una pérdida de su calidad. Tanto en el mundo desarrollado como en el nuestro presenciamos procesos una paulatina erosión de la democracia con pérdida de sus rasgos propios y una orientación hacia el autoritarismo y la dictadura, conocido como de retrotransición democrática. Los ejemplos abundan: la “democracia iliberal” en Polonia y Hungría, la administración del presidente Trump en EE.UU, el surgimiento de gobernantes populistas en Europa, América Latina y Asia; todo esto acompañado por la reducción de la participación electoral, el incremento de la polarización politica y  la reducción de los espacios cívicos, todos ellos claros indicadores de este fenómeno.

Si a lo anterior añadimos que los procesos de democratización de los últimos años han abierto acceso de la población a los manejos de la cosa pública, ya no se trata, como antes, de solo creer que hay corrupción, sino de enterarse de ella en forma concreta, con nombres y apellidos de los actores, tanto en el caso de empresas privadas como del aparato estatal. Los avances limitados de la lucha contra la corrupción, si bien están generando una conciencia mayor a favor de la honestidad pública, también tienen el efecto negativo de identificar la politica con la suciedad.

En conclusión, estamos viviendo no dos, sino tres tormentas-crisis que han coincidido en el tiempo y están multiplicando su potencia destructiva; la democracia representativa es el barco que las enfrenta en la primera línea y los tripulantes del mismo somos todos los ciudadanos y ciudadanas que las estamos viviendo. Al usar esta metáfora es necesario hacer una clarificación sobre el término crisis: lo tomo en el sentido chino, es decir como “oportunidad”. Por consiguiente, su desarrollo puede llevar, por un lado, al hundimiento de la nave democrática, la muerte de la democracia representativa o puede ser la ocasión para que supere la crisis y emerja una democracia representativa y participativa vigorizada, todo depende de la reacción ante la crisis de sus marineros, es decir, de nosotros.

 

Rubén Zamora es un político de izquierdas que fue embajador de El Salvador en Estados Unidos y ante las Naciones Unidas. Miembro fundador del Frente Democrático Revolucionario y de Convergencia Democrática, fue parte del equipo negociador de la guerrilla para los Acuerdos de Paz. En 1994 fue candidato a la presidencia por la coalición CD-FMLN-MNR. /Foto El Faro: Víctor Peña
 
Rubén Zamora es un político de izquierdas que fue embajador de El Salvador en Estados Unidos y ante las Naciones Unidas. Miembro fundador del Frente Democrático Revolucionario y de Convergencia Democrática, fue parte del equipo negociador de la guerrilla para los Acuerdos de Paz. En 1994 fue candidato a la presidencia por la coalición CD-FMLN-MNR. /Foto El Faro: Víctor Peña

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