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Ahora que las algas callan

Willian Carballo

 
 

Lo que empezó como una serie de denuncias públicas sobre agua atamarindada que circulaba por las tuberías del gran San Salvador, terminó convertido en una crisis que dejó a varios funcionarios a punto de ahogarse en su propia reputación y con una sensación en el ambiente de que este país, en lugar de tres zonas geográficas, tiene tres pistas y una carpa. Aunque el gobierno central, a menudo organizador de la función, fue el más afectado esta vez, oposición, prensa y población también compramos boletos e interactuamos con el espectáculo.

Si bien el gabinete se mostró unido y dispuesto a enfrentar la emergencia hídrica –distanciándose así del estilo del expresidente Sánchez Cerén, que solía evaporarse ante los problemas–, la actuación individual de algunos funcionarios estuvo llena de pifias. Negar las fétidas condiciones del agua fue la mayor. Compararla con un adelgazante, el remate cómico. Además, el discurso era incoherente: mientras defendían un servicio que, oyéndolos, parecería digno de bendecir incluso la garganta del papa, se dedicaban también a repartir botellas con eso que los periodistas televisivos disfrutan llamando “el vital líquido”. Incluso el propio presidente Nayib Bukele salió a desmentir a parte de su equipo. También pidió disculpas por no actuar más rápido.

Fueron, sin embargo, las exageraciones propagandísticas de la reacción a la contingencia lo que derramó la pila. Cámaras y micrófonos en frente, los ministros y presidentes de autónomas se remangaron para armar cadenas humanas y traspasarse agua embotellada, de mano en mano, que bien pudieron mover con montacargas. También designaron militares alrededor de los tanques, como cuando en las películas de ficción flota adentro un extraterrestre apresado. Y hasta grabaron a un convoy de pickups mientras sus conductores salían con pompa y sirenas a pretender tomar el mando de la situación. Todo era una puesta en escena. Película de guerra. Serie policiaca. Carpa y reflector. Y todo a un alto costo económico (ese ejército publicitario no se paga solo; tampoco las botellas plásticas salen gratis al medioambiente).

Además, gracias a estos despliegues comunicacionales, el Ejecutivo se está construyendo una imagen pública que busca exagerar bondades y ocultar deficiencias, a la espera de influir dentro de un año en las elecciones legislativas y municipales. Una estrategia muy al estilo del Arena noventero y dosmilero. O propia del Mauricio Funes todavía no nicaragüense, que trabajaba en Casa Presidencial hace una década. Es decir: muy al estilo de los mismos de siempre. Incoherencia, otra vez.

Sin embargo, más allá de este caso, que moja porque es reciente, la reflexión importante es que este abordaje espectacular de los problemas nacionales se está convirtiendo en rutina de país. Y peor aún: que el resto –población, oposición, medios– nos estamos acostumbrado a ello y hasta parece que lo disfrutamos.

Porque el gobierno es quien organiza la función, de acuerdo; pero a su alrededor empieza también a crecer una audiencia que le compra los boletos y participa del show interactivo. Por un lado, una parte de la población se contenta con maromas; y, por el otro, otra parte contraria al poder pasa solo riéndose del chiste fácil de falsas cachetadas y fonomimícas baratas, en lugar entablar discusiones de altura. Casi todos hemos estado de un lado o del otro en algún momento.

Además, tenemos a dos tipos de oposiciones políticas uniéndose al show: una recalcitrante y envejecida que, como ese patiño de los circos, resbala y nos hace reír cada vez que el hábil mandatario les deja cáscaras de guineo en el suelo. Y otra más dócil, enamoradiza, que hasta disfruta imitándolo o adulándolo, con tal de abandonar la cuerda floja de la inestabilidad política y afianzar así una alcaldía o una curul para 2021. A ese público embelesado hay que agregar otro actor, a veces amarillo: cierta prensa que produce notas como palomitas de maíz –y sin contraste– por cada tuit que publican las cuentas oficialistas.

El resultado es un país con tres pistas, dos trapecios y ninguna malla que nos proteja. Un frenesí de shows que nos distrae de los verdaderos problemas: ni se aprueba la Ley de Agua ni se agiliza la de Reconciliación, ni generamos condiciones para detener la migración irregular ni se soluciona el tema de las pensiones. A cambio, qué ofertón: recibimos bandas de paz que nos encantan con sus flautas, tortillas con queso que se enfrían en la mano de funcionarias que usan zapatos pachos y líderes burócratas que, ya con la camisa celeste y pantalón azul, podrían pasar por repartidores de agua embotellada en cualquier colonia donde los dejen entrar después de pagar renta.

Esta civilización del espectáculo, como diría Vargas Llosa, y de invasiones bárbaras, como metaforiza Baricco, demanda cordura y reflexión. Un poco de autocrítica nos vendría bien a todos (gobierno, oposición, medios, población). Ojalá que este silencio mediático posalgas que ha quedado en redes sociales, que este receso que el maestro de ceremonia ha decretado entre un acto y otro, nos dé chance de ello. Salgamos, pues, de esta carpa, vamos al lobby, echémonos unas palomitas de maíz –bien contrastadas– y desintoxiquémonos del ambiente circense que ya a varios nos ha empezado a desgastar. Pero rápido, cuanto antes. Que uno nunca sabe cuándo entrará en escena el próximo Andy, la próxima alga o la próxima tortilla con queso.

Willian Carballo (@WillianConN) es investigador, catedrático y consultor especializado en medios, cultura popular, jóvenes y violencia. Coordinador de investigación en la Escuela de Comunicación Mónica Herrera.
 
Willian Carballo (@WillianConN) es investigador, catedrático y consultor especializado en medios, cultura popular, jóvenes y violencia. Coordinador de investigación en la Escuela de Comunicación Mónica Herrera.

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