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La función más valiosa del Parque del Bicentenario no es estética: es ser bosque

Erika Gómez

 
 

Por mucho tiempo, El Salvador fue básicamente una finca administrada como una hacienda familiar. Poco a poco los remanentes de bosques originales, extensas zonas de cultivo, áreas verdes con bosques ribereños en quebradas y arroyos, pasaron a manos de pocos o del Estado y, posteriormente, a ser lotificados o parcelados. A lo largo de los años, los pueblos agrícolas han enfrentado retos como la falta de trabajo bien remunerado, escasez de tierras de cultivo y dificultades para acceder a vivienda digna, a servicios de agua potable, a electricidad, a saneamiento, a salud y a educación, lo que provoca una constante migración hacia las ciudades, que incrementa la presión sobre los recursos naturales. Además, este crecimiento acelerado de los grandes núcleos poblacionales antes aislados no ha sido totalmente ordenado ni ha respetado leyes de ordenamiento territorial o urbanismo.

Para un país de un poco más de 20 000 kilómetros cuadrados y una población de más de 6.7 millones de habitantes, los retos son aún mayores y lo peor es que no hemos aprendido de nuestros errores. Aún existe escasa tecnificación y estamos lejos de alcanzar a otros países de la región que poseen sistemas agrícolas mejor estructurados y que han salido adelante apostándole a productos forestales y silvicultura, cultivos agrícolas, turismo y generación de energías renovables. 

Nuestro territorio, tan pequeño y tan sobrepoblado, batalla constantemente entre la lucha por la conservación de sus áreas naturales y la explotación de las mismas para subsistir. Un ejemplo muy puntual es el caso de la finca El Espino, ubicada entre los municipios de Antiguo Cuscatlán, Santa Tecla y San Salvador. Hace mucho tiempo era un bosque húmedo subtropical en las laderas del volcán de San Salvador y en su momento se convirtió en una zona propicia para el cultivo de café bajo sombra. Hacia finales de 1992, aún se percibía a la finca como un inmenso bosque diversificado que crecía entremezclado con cafetales y que estaba perturbado solamente por algunas veredas polvorientas que salían de los cafetales para empalmar con la calle El Pedregal y que servían de senderos a las comunidades que antaño trabajaron en la finca cafetalera y que posteriormente se asentaron dentro de la misma. Pasados los años, y a raíz del intento de expropiación de las tierras por los entonces dueños del terreno, estas comunidades peligraban de ser desplazadas. Los que se negaron a partir y que actualmente habitan dentro de la finca conforman la llamada Comunidad La Unión II. La finca quedó en manos de estos pobladores que se organizaron en una cooperativa para su administración. 

Para el momento en que se declara parte de la finca El Espino como un Área Natural Protegida en 2009, muchos de estos pobladores se unieron en el esfuerzo de conservación y protección del área, contribuyendo en actividades de manejo de desechos sólidos, educación ambiental y trabajos temporales dentro y fuera del parque ecológico que se formó en 2011. Las municipalidades de Antiguo Cuscatlán y San Salvador concedieron mediante convenio el manejo de ese Parque de los Pericos, que luego fue bautizado como Parque del Bicentenario, a la organización ecológica sin fines de lucro Salvanatura. 

El parque sobrevive en medio de una jungla urbana que poco a poco lo asfixia con cemento. Sus 129 manzanas de bosque representan un pulmón verde y zona de recarga hídrica para el municipio de Antiguo Cuscatlán y parte del gran San Salvador. Pero además ofrece alimento y refugio temporal a muchas aves migratorias y un hábitat permanente a especies de aves nativas. Asimismo, hospeda a diversas especies de reptiles, anfibios, mamíferos e insectos, como las mariposas. Al Parque de los Pericos lo llamaron así por la emblemática presencia de diversas especies de loros, pericos y pericones que otrora pernoctaban en abundancia en la copa de los árboles en su interior. Ahora muchos de esos pericos vuelan y se dispersan en los alrededores buscando un sitio apacible donde encontrar cobijo y alimento. 

En palabras de Oliver Komar, biólogo experto en manejo de áreas naturales, este parque permite el contacto de las personas con la naturaleza, representa un entorno de paz y proporciona beneficios a la salud. Para otros quizás sea otro parque más, como el Parque Cafetalón, el Parque Cuscatlán, el Parque Balboa o el Parque de la Familia, en Planes de Renderos. Pero, ¿qué se oculta tras la decisión de las municipalidades de retirar la ayuda de expertos en el área para el manejo del parque? No olvidemos que muchos de estos parques antes mencionados, que no son áreas naturales protegidas, han sido asfaltados casi en su totalidad, como si el cemento fuese algo vistoso de observar. No olvidemos que monumentos como el Salvador del Mundo, que antes poseía áreas verdes de grama y pasto y mayor cantidad de árboles, ahora brilla más pulcro y blanco por el sol que rebota en sus losas de concreto. Aquellos árboles enormes que lo adornaban ahora son menos o han sido sustituidos por especies ornamentales que solo ofrecen valor estético. 

¿Es justificado el deseo de expansión urbanística y modernidad a costa de perder nuestros espacios verdes vitales para la vida? Pareciera que las áreas verdes estuviesen destinadas a cumplir solo un valor estético en las ciudades. Nos limitamos a pensar que los árboles solo están ahí para adornar aceras, arriates, largas avenidas y carreteras. Se nos olvida que los bosques deben complementar el espacio urbanístico y fusionarse con el mismo para contribuir a la descontaminación del aire en las grandes ciudades, permeabilizar el suelo y permitir la infiltración del agua de escorrentía y de lluvia hacia los mantos acuíferos, protegernos de las inundaciones en las zonas bajas de las cuencas de los ríos y evitar así que las quebradas colapsen. 

El pulmón de San Salvador, como bien lo llaman los expertos, es uno de los pocos remanentes de un bosque natural en la capital, que cumple a la vez las funciones de parque recreacional y área natural protegida. El Parque del Bicentenario representa el deseo de conservar un ambiente de sano esparcimiento y beneficios ecosistémicos variados. Las comunidades aledañas se benefician a diario de estos derivados del bosque que, aunque pequeño, cumple una enorme y vital función. La comunidad de Antiguo Cuscatlán y sus alrededores, así como Santa Tecla y San Salvador, se benefician también de este espacio verde. 

Hemos sido testigos de la constante destrucción de esa zona que en un lapso de 20 años ha pasado de ser un enorme valle verde a ser un conjunto de centros comerciales, colonias residenciales, edificios de apartamentos, restaurantes y hoteles… ¡y la deforestación continúa! Los residentes de las colonias aledañas al parque vemos impotentes la deforestación del bosque de cafetal para dar paso a enormes edificios que no sólo perturban el paisaje natural, sino que roban un espacio vital para la infiltración del agua de lluvia y la captación de humedad. Estas colonias aledañas han visto disminuida la cantidad de humedad en la atmósfera, el aumento de las temperaturas y la falta de viento fresco. 

Algunos vecinos de colonias como Madreselva, en Santa Elena, y Residencial Bello Horizonte, en Lomas de San Francisco, se han manifestado en redes sociales, o han hecho llegar sus comentarios al comité ambiental Antiguo Cuscatlán Verde sobre la irregularidad o escasez de agua potable en sus hogares. Muchos comentan que no cuentan con cisternas y, por ende, sufren la falta del líquido durante semanas. 

Estos cambios provocaron que un gran número de vecinos de Antiguo Cuscatlán se unieran para formar un comité ambiental multidisciplinario que contribuya a vigilar y denunciar los problemas ambientales que afectan al municipio. La convocatoria fue masiva y el apoyo en redes sociales fue vital para el logro de nuestros objetivos inmediatos. Al final el comité se integró con aproximadamente 70 vecinos y muchos más que apoyan en redes sociales, pues no viven en este municipio, pero respaldan desde sus comunidades y hacen correr la voz en las diversas plataformas de redes sociales cuando la necesidad lo amerita. Eso demostró que una sociedad organizada, atenta y vigilante puede hacer la diferencia al afrontar diversos problemas ambientales, como la pérdida de nuestros bosques o la escasez de agua, la perturbación de aves como los pericos o la denuncia de irregularidades por parte de las municipalidades. 

Ante la incertidumbre que se plantea sobre el futuro del Parque del Bicentenario después de que las alcaldías de Antiguo Cuscatlán y San Salvador dieran por terminado el contrato con Salvanatura para administrar esa área, nuestra postura será siempre apoyar a quienes luchan por preservar y conservar nuestros bienes más preciados. Si bien existen limitantes y problemas económicos para manejar un parque de tales proporciones, deben ser personas conocedoras de temas ambientales y profesionales con experiencia en manejo de áreas naturales las que se encarguen de administrar dichos espacios. Aunque reconocemos el papel importante que cumplen las municipalidades en la administración y distribución de fondos destinados a sus áreas verdes, es también importante la inclusión de la comunidad y actores locales en la toma de decisiones en cuanto a qué es adecuado hacer o qué no lo es para conservar estos espacios de la mejor manera.

Salvanatura rescató un bosque descuidado y lo transformó en un espacio de recreación y aprendizaje durante más de 10 años, y elaboró un plan de manejo específico para el área. Esta iniciativa permitió la ejecución de programas de educación, conservación, investigación y establecimiento de un parque que no solo funge como tal, sino como un ejemplo palpable de la recuperación y conservación de un bosque diversificado. Con el creciente incremento de los niveles de CO2 en la atmósfera, aumento del efecto invernadero y con la agudización del cambio climático, estos espacios verdes, islas verdes rodeadas de concreto y asfalto, constituyen los únicos focos de captación e infiltración de agua lluvia, captura de humedad de la atmósfera, que nos permite fijar el carbono y limpiar el aire obteniendo el oxígeno vital para nuestra vida. Los pocos arriates y aceras de las residenciales escasamente infiltran el agua de lluvia hacia los mantos acuíferos superficiales, pues las aceras han sido poco a poco impermeabilizadas en su totalidad. 

La crisis del agua en nuestro país, y cuya evidencia está siendo noticia de último momento, es un ejemplo claro de la apatía y desinterés de los gobiernos de turno en solventar y destinar fondos para resolver los problemas ambientales que sufre El Salvador. Y esto es algo que viene sucediendo de antaño. Se ha hecho énfasis en múltiples y variados espacios sobre la necesidad de que las autoridades escuchen los llamados de atención y atiendan los consejos de los expertos, quienes les han advertido de las consecuencias nefastas a las que estamos destinados a llegar si no hacemos algo para revertirlo. Ejemplos claros son las crisis de alimentos y recursos básicos que sufren países como Haití. 

La población debe estar vigilante y consciente de esta crisis, pero a la vez debe organizarse para hacer efectiva la creación de leyes que garanticen la distribución y manejo del recurso agua de forma equitativa. Y eso lo sostienen expertos de todos los ámbitos académicos de nuestro país. Somos nosotros -en palabras de Luis González, abogado ambientalista de la Unidad Ecológica Salvadoreña- quienes debemos ser entes activos, organizados y exigentes en nuestros derechos y vigilantes en la lucha por garantizar que las leyes se cumplan, para que así garanticemos que recursos como el agua no se distribuyan de forma arbitraria. 

Nos gusta vivir en un clima agradable y gozar del rocío de la madrugada, de la sombra de un buen árbol para leer, de la lluvia refrescante en las tardes calurosas y de las montañas, cerros y volcanes verdes e imponentes en la lejanía, que nos recuerdan nuestra pequeñez y vulnerabilidad. Pero en nuestra pasiva ignorancia creemos que los recursos permanecerán infinitos e imperturbables y que surgirán espontáneamente como por arte de magia. Deseamos gozar de buena agua y sombra permanente, pero no queremos sembrar ni cuidar un árbol, no queremos proteger nuestros bosques nativos, ni proteger y cuidar el agua desde su nacimiento hasta que llega a nuestro hogar y llena el vaso que bebemos. No queremos luchar por nuestros derechos ni luchar por nuestros recursos escasos y valiosos.

Debemos despertar o el mañana nos despertará con incendios como los de la Amazonía o Australia y no podremos escapar. No habrá bosque donde refugiarnos ni lugar a donde correr. Ya no habrá agua, ni sombra ni aire respirable. No habrá salida más que hacia el mar. Un éxodo de migrantes sobrevivientes de la catástrofe. Este pequeño país que, azotado por terremotos peligra en desaparecer entre los escombros, no despierta y no hace frente a su crisis ambiental, y solo reacciona cuando una desgracia acontece. El pueblo duerme, mientras no tiemble, mientras aún haya árboles, un sueño verde, un sueño a punto de desaparecer.

 

Erika Gómez es bióloga ambientalista licenciada por la Universidad de El Salvador, con experiencia en desarrollo comunitario y miembro del Comité Antiguo Cuscatlán Verde. 
 
Erika Gómez es bióloga ambientalista licenciada por la Universidad de El Salvador, con experiencia en desarrollo comunitario y miembro del Comité Antiguo Cuscatlán Verde. 


La elaboración de este texto contó con la asesoría de Ricardo Vaquerano, integrante del Comité Antiguo Cuscatlán Verde.

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