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La ilusión pasa a 2021

Eduardo Palomo

 
 

En el 2013 fui nombrado para servir en la comisión evaluadora del Comité Olímpico Internacional de los Juegos de verano del 2020. Las tres ciudades finalistas eran Madrid, Estambul y Tokio. En esa comisión estaban representantes de los atletas Claudia Bokel, tres miembros del COI, entre otros. 

Madrid sometía la candidatura por tercera vez consecutiva, Estambul lo había intentado previamente para ser sede en 2008 y Tokio en 2016. El proceso de candidatura de una ciudad es tan importante como la ejecución, ya que en el proceso se propone la visión, se adquieren compromisos y, por sobre todo, se deposita la voluntad inquebrantable de todo el país para organizar la fiesta deportiva más trascendental en el mundo.  

En la visita a Tokio pude apreciar el compromiso de todo un país liderado por su Comité Olímpico. Su presidente, en aquel entonces el príncipe Takeda, representó a una organización orgullosa del poder transformador que el olimpismo tiene en una sociedad. Los atletas japoneses compitieron por primera vez en los Juegos del 1912; el barón de Coubertin transcribió las palabras de un atleta japonés, quien le dijo que era imposible imaginar el grado de renovación que había tenido la participación de Japón en los juegos. Todo esto gracias a que la sociedad había abrazado íntegramente los Principios Olímpicos.  

El siguiente componente de la visión de Japón es ejecutar una buena organización de los juegos. Muy reconocidos son los rasgos culturales de este país y sus habitantes, pero cuando un buen hábito se convierte en un factor estructural, el mismo se replica a través de las instituciones y eventos. La cultura de calidad de Japón garantizaría que los aspectos organizacionales serían de los más altos niveles. Así lo expresaron ellos en sus justificciones para ganar la candidatura: “La reconocida excelencia tecnológica y operacional, combinada con una villa compacta, un plan de transporte eficiente y un sistema de seguridad fuerte, reducen el riesgo en los juegos”.

Desde siempre, Tokio expresó su deseo de recibir al mundo en una celebración dinámica en el corazón de la ciudad. Una villa, centros de competencia, casi todos en un radio de 8 km, con algunas excepciones. De esta forma se promueve la amistad y convivencia. Tokio es una ciudad como ninguna otra, con templos, jardines, el mercado del pescado, el metro y una vida vibrante a un ritmo palpitante.  

Lo que se nos propuso en 2013 fue poner el olimpismo en el corazón de un mundo cambiante. Su posición en la economía mundial, su industria innovadora, una cultura milenaria muy arraigada en una sociedad que toca el corazón por el respeto a las reglas, al medio ambiente y la consideración con que trata a sus semejantes.  

En estos momentos el mundo está defendiéndose de la infección de una cepa de virus desconocido hasta ahora para la ciencia, ya que a esta fecha no se ha desarrollado una vacuna para su prevención y no existen tratamientos profilácticos cuya eficacia esté científicamente documentada. Las tasas de infección son altas, y la mayor parte de países en el mundo han impuesto restricciones de viajes y de movimientos. Los atletas han tenido que suspender o modificar sus entrenos, la mayor parte de clasificatorios olímpicos han sido cancelados sin conocer la fecha de recalendarización. Los efectos de estos eventos impactan no solo la posibilidad de competir, sino también la justicia que un atleta merece de llegar en plenitud de condiciones y ahora, incluso llegar, porque es posible que algunos clasificados no lleguen u otros no puedan clasificar. Tendremos que apoyarlos para continuar persiguiendo el sueño olímpico. 

En el centro de las discusiones está como la máxima prioridad la salud de los atletas y miembros de los equipos que los apoyan. Nadie quiere exponer a otros y para que los atletas compitan la estructura de apoyo en operaciones de los juegos, infraestructura, montaje de telecomunicaciones es enorme. Cuando Tokio 2020 nos hizo la presentación en el 2013, las cifras que calculadas eran de 7 billones de dólares; en este momento sobrepasan los 25 billones. Sin embargo, no hay costo más grande que el de una vida y estoy seguro de que ese ha sido el tenor del análisis. 

He estado en consultas constantes con el presidente Thomas Bach y el COI ha tomado en cuenta a la Comisión de Atletas, el Gobierno de Tokio, los patrocinadores, los Comités Olímpicos Nacionales y la Federaciones Internacionales. 

En la historia solamente se han cancelado los Juegos en tres ocasiones: los de 1916 por la Primera Guerra Mundial, y los de 1940 y 1944 por la Segunda Guerra Mundial. Por ahora el acuerdo es que se postergarán a 2021. La experiencia que un ser humano vive en los Juegos queda impregnada para toda la vida. Tenemos ejemplos como el de Kobe cuando salió en Pekín, en 2008, ante una ovación más grande que la del mismo equipo de China; y ni hablar de cuando Luisa Maida logró llegar a la final de esos mismos juegos y logró meter a El Salvador en el top 10 del Tiro con pistola de aire 10 metros. Compartir el esfuerzo, la dedicación y la disciplina que se necesita para clasificar es parte del servicio a favor de la humanidad que ve en estos juegos la oportunidad para unirnos.  

Tokio merece el tiempo para poder recibirnos y el mundo merece ir a Tokio sano y fortalecido. Los Juegos renacieron en 1896 con el propósito de servir a las sociedades para que esa fuerza que tiene la unión de los principios sea esparcida. Este es un buen momento para reflexionar y estudiar el verdadero fin de los Juegos. Es por eso que en cada discusión han prevalecido los principios de respeto, amistad y excelencia. Descubre mañana, el lema de Tokio 2020 sigue más vivo hoy que nunca.

Eduardo Palomo Pacas es el presidente del Comité Olímpico de El Salvador.
 
Eduardo Palomo Pacas es el presidente del Comité Olímpico de El Salvador.

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