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Especial Romero

Marzo, mes de martirios

Héctor Dada Hirezi

 
 

“Vivimos una hora de lucha entre la verdad y la mentira; entre

 la sinceridad, que ya casi nadie la cree, y la hipocresía y la intriga.

 (…). Es una hora en que debemos tener un gran sentido de

selección, de discernimiento” (Mons. Romero, homilía del 30/7/78)

Estamos absorbidos por la pandemia del coronavirus y la vorágine de medidas para intentar mitigar su contagio en el país. Acostumbrados a pasar por alto nuestra historia, la lógica preocupación sobre el presente ha reforzado esa negativa tendencia que muchas veces nos impide ver de dónde venimos y reconocer a los personajes notables que ha producido este pueblo en los más diversos campos de la vida.

En este mes de marzo, dos aniversarios resaltan en el calendario.

El pasado 12 se cumplieron 43 años del martirio de Manuel Solórzano, Nelson Rutilio Lemus y Rutilio Grande. Dos laicos con profunda fe en la palabra de Jesús de Nazaret y un sacerdote convencido de la verdadera naturaleza de su misión. Las balas que acabaron con sus vidas, según declara el Vaticano, fueron disparadas “por odio a la fe”, es decir por rechazo al contenido de amor, misericordia y justicia de la palabra de Jesús de Nazaret.

Solemos hablar del P. Rutilio como el personaje central de la beatificación que se celebrará dentro de un tiempo. Seguramente a él le gustaría que se resaltara el papel que Manuel y Nelson tuvieron en la tarea difícil de predicar la palabra de Dios, en un momento de tensión política y social en el que portar la biblia católica o los documentos de la Conferencia Episcopal Latinoamericana de Medellín (1969) era muchas veces considerado una prueba de pertenencia a la “subversión”, una comprobación en sí misma de que se trataba de alguien que estaba en contra del poder autoritario que sufría el país; y muchas veces razón suficiente para acabar con la vida de personas de fe, comprometidas con el Evangelio.

No era fácil ser miembro de comunidades de base, evangelizar, acompañar a los más desvalidos en sus demandas por condiciones más justas como lo exige la doctrina social de la Iglesia. Mucha heroicidad hubo en muchos católicos en esa época, que no acabamos de valorar adecuadamente, y que nos exige reflexionar sobre el ejemplo a seguir que nos plantea la Iglesia al decidir la beatificación de un sacerdote y dos fieles.

El P. Rutilio era un amigo de Monseñor Romero, y su martirio fue un golpe para el al arzobispo, llevándolo a una profunda reflexión sobre su labor episcopal. De ser rector del Seminario de San José de la Montaña, el sacerdote jesuita pasó a ser párroco cerca del pueblo que lo vio nacer (El Paisnal), adonde dedicó su labor pastoral a seguir fielmente el Evangelio y las líneas señaladas por el Concilio Vaticano II y Medellín, lo que se expresó – como debía ser – en un serio compromiso por la causa de los marginados por el desarrollo, por la justicia social, por la convivencia basada en el amor al prójimo y al respeto a la igualdad intrínseca de todos los seres humanos.

Efectivos de los cuerpos de “seguridad” del gobierno militar autoritario acabaron con su vida junto a la de Nelson y la de Manuel, pretendiendo con ello acallar una prédica que veían como un peligro para la mantención de un orden basado en la sumisión de los más en beneficio de unos pocos. Su pecado, ser testigos de una fe que exige no sólo adhesión de palabra sino compromiso efectivo con la justicia y el amor al prójimo.

Este 24 de marzo se cumplieron cuarenta años del martirio de Monseñor Óscar Romero. Nombrado arzobispo de San Salvador en 1977, se enfrentó a la dirección de una diócesis que durante el período de su predecesor, Monseñor Luis Chávez (notable pastor que merece más reconocimiento), había asimilado las nuevas corrientes de la Iglesia Católica, lo que llevó a este último a ser considerado contrario a los intereses de los Estados Unidos de América.

Ya como obispo de Santiago de María, Romero había sufrido el asesinato de predicadores de la palabra por cuerpos de seguridad; y había confrontado con la actitud autoritaria del gobierno.

El asesinato de su amigo Rutilio lo llevó a hacer una acción casi insólita: cerrar todas las iglesias de la arquidiócesis en día domingo y celebrar sólo las exequias de los tres mártires en la iglesia catedral.

Es evidente que ni al gobierno autoritario, ni a las élites asociadas a él, ni a muchos católicos conservadores, les pareció adecuada la acción de protesta pacífica del arzobispo. Quienes creyeron que iba a ser un dirigente religioso que dejara de lado las dimensiones de trabajo por los pobres exigidas por la palabra de Jesús, encontraron en el hecho una prueba de la futilidad de sus ilusiones. Aunque, hay que recordarlo, los insurgentes tampoco veían con buenos ojos sus llamados a no ejercer la violencia como medio prioritario para lograr objetivos políticos y sociales, ni sus prevenciones contra lo que llamaba la deificación de la organización y la ideología por encima de las básicas normas de relaciones entre seres humanos.

Tres años de arzobispo fueron suficientes para que Monseñor Romero dejara una huella indeleble en el país que tanto amó, y en la Iglesia a la que se entregó. Y también fuera de ella, sean diversas denominaciones protestantes u organizaciones laicas que continúan recordando su palabra y su sentido de compromiso.

Una bala asesina le cortó la vida mientras celebraba una misa de difunto en la capilla del hospital de cancerosos en el que vivía. Los que decidieron matarlo – en diversos juicios se ha concluido que el autor material fue un escuadrón de la muerte dirigido por el mayor en retiro Roberto D’Abuisson, detrás del cual había seguramente otros actores – creyeron que eliminando a quien denunciaba sus atrocidades provocarían un temor inmovilizador en la ciudadanía, permitiéndoles así desarrollar impunemente el plan de contrainsurgencia que el gobierno de los Estados Unidos de América había impuesto al país. Se le asesinó como rechazo no sólo a su persona, sino sobre todo a la visión que practicaba sobre la forma de encarnar en el mundo la palabra de Jesús.

Cuarenta años han pasado y muchas cosas han cambiado. Pero hay algo que sigue presente: la injusticia social que implican las políticas económicas que se aplican, la falta de oportunidades para que las mayorías logren una vida con dignidad. Su palabra sigue teniendo mucha vigencia, más aún cuando la generación del odio y el insulto han vuelto a ser la línea central de la “nueva” forma de gobernar.

Al santo no lo agradamos con el simple culto estático, o con reconocimientos personales, que él rechazaba con contundencia (no me llamen excelencia, decía en una homilía, sino simplemente católico). Hay que traer al mundo de hoy su mensaje. Y ahora que muchos, sobre todo jóvenes, rechazan el compromiso con la realidad social y política, debemos recordar uno de sus llamados: “Hermanos, en nombre de Cristo, ayuden a esclarecer la realidad, busquen soluciones, no evadan su vocación de dirigentes. (…) Hoy la patria necesita sobre todo la inteligencia de ustedes (…) no con métodos o místicas ineficaces de violencia, sino con verdadera, auténtica, liberación” (Ahora imagino que diría no con métodos de generación de odio y de rechazo a los demás).

Recordemos a los tres beatos y al santo poniendo sobre la mesa su sentido del compromiso, la coherencia entre la palabra y la obra. No los convirtamos en simples adornos de iglesias.

P. D.: Hace pocos días falleció don Javier Pérez de Cuéllar. Salvo artículos de algunos que lo conocieron, ni el ejecutivo ni la Asamblea Legislativa hicieron acción alguna para honrarlo, pese al papel fundamental que tuvo en el logro del cese del conflicto armado cuando era Secretario General de la ONU. Valga este simple recordatorio para agradecer el compromiso con la paz en el mundo, y especialmente en El Salvador, de este gran peruano.

Héctor Dada Hirezi es economista. Fue ministro de Economía durante el gobierno de Mauricio Funes y diputado en los periodos 1966-1970 y 2003-2012. También fue canciller de la República después del golpe de Estado de 1979 y miembro de la Junta Revolucionaria de Gobierno entre enero y marzo de 1980.
 
Héctor Dada Hirezi es economista. Fue ministro de Economía durante el gobierno de Mauricio Funes y diputado en los periodos 1966-1970 y 2003-2012. También fue canciller de la República después del golpe de Estado de 1979 y miembro de la Junta Revolucionaria de Gobierno entre enero y marzo de 1980.

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