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La metáfora del cadejo en tiempos de cuarentena

Willian Carballo

 
 

Los salvadoreños en cuarentena estamos siendo capaces de ser un pelotazo en los testículos y una caricia en el rostro a la vez. Carao y perfume. Magia y amaño. Algunos, un maquilishuat florido que da sombra y contribuye; otros, un chirivisco con mota que se adhiere al jean y no ayuda. 

La emergencia provocada por el COVID−19 −virus que tiene a una parte del país (la afortunada) aprisionada con wifi y Netflix en casa y a la otra a pulmón expuesto en la calle porque si no trabaja no come− así nos ha desnudado. Como en la leyenda del cadejo, estamos siendo esa dicotomía del canino a veces blanco, a veces negro que, al ver a un trasnochador zigzaguear rumbo a casa de madrugada, puede lanzarlo a la cuneta y herirlo o salvarlo y llevarlo a casa. El que tambalea de noche es El Salvador; los cadejos, nosotros. 

El negro, el malo, el peor −perdón por el simbolismo racista, pero así va el mito− nos está haciendo mucho daño. Es ese que toma el teléfono, pulsa el micrófono y escupe rumores en forma de audio que se esparcen como un cáncer por WhatsApp. Ese que, sin más certeza que un “me contaron”, inventa la vida, tránsito y muerte de los contagiados. También el que le da reenviar. Y el otro. Y el otro. Esos que, por jugar a las primicias, convierten nuestras noches poscadena de radio y televisión en pesadilla y nos mandan a dormir con un zombi bajo la cama.

Es también ese que, cuando el presidente Bukele ubicó a Metapán como el origen del primer caso, corrió a crear un meme para estigmatizar a sus habitantes. Lo son, además, los inquisidores medievales que piden quemar a los que entraron con el virus desde Italia. Esos que, antorcha en mano, aún sueñan con prender fuego a la mujer acusada de bruja. Nada raro acá: el mismo país en el que ser joven, llevar tatuajes artísticos y vivir al oriente de El Salvador del Mundo es una condena social.

También aquellos que llenaron sus botiquines de mascarillas y alcohol gel y nos dejaron con manitas sucias al resto. Los jóvenes que, creyéndose indestructibles, confundieron la cuarentena parcial del inicio con una ida a El Tunco; y los empresarios que, como los directivos de los equipos de fútbol, han dejado a las familias de los jugadores sin defensa y sin portero varios meses. Igual los fanáticos partidarios. Ya sea esos incapaces de aceptar mi derecho a exigir información completa y veraz al Gobierno o bien esos otros que atacan por joder, solo porque les da pispelo el turquesa y la barba del presidente. E incluso los que, como yo, aunque la razón no nos deje estar de acuerdo, no hemos respetado a quienes creen en la oración como salvataje; pero también los que dejan todo en manos celestiales y ningunean a la ciencia.

Sin embargo, esta crisis sanitaria también ha revelado a los buenos, a los cadejos blancos. Ha dejado, por ejemplo, a compatriotas que nos regalaron sus hijos cinematográficos para que los criemos en casa, con el sillón como butaca y las pupusas como popcorn. Lo mismo a músicos e histriones. A esos artistas que convirtieron nuestras pantallas de celular en el anfiteatro de CIFCO y en el teatro Presidente para sobrellevar con alegría el encierro.

Entre los blancos también figuran promotores de emprendedores. Esos sastres y costureras del bien que, gracias a sus hilos de Twitter, han armado un directorio de pequeños negocios para que sigan vendiendo y nosotros tragando, por si nos da alergia la cocina. En esta acera caben, además, las grandes empresas que, generosas, han enviado comida a los resguardados y los medios que han hecho de “Quédate en casa” una bandera (mas no los de bandera amarillista que generan miedo).

Sume a la lista a los profesionales dispuestos a remangarse. A los médicos que se han puesto a la orden y a los psicólogos que comparten técnicas para que nuestros hijos sigan sonriendo, aunque el mundo se desmigaje allá afuera. Y claro: a los maestros y alumnos que, aunque sea en pijama de la cintura hacia abajo, se visten con su mejor camisa y se engelatinan el pelo para seguir empujando virtualmente el conocimiento.

Claro que hay matices. Ni todos somos cadejos negros siempre, ni todos cadejos blancos cada día. A veces nos movemos, según nuestras convicciones, de una acera a la otra, o bien, en una larga escala de grises. Un día invitamos a una cena a un policía y otro pensamos en falsear la famosa carta de designado para burlar el encierro. La clave, creo yo, es entender que, en estos tiempos de crisis, deberíamos tratar de ser los buenos. Que lo que menos necesitamos son creadores de audios apocalípticos, acaparadores de gel, fanáticos políticos o inquisidores de la Edad Media. Y que, en cambio, urgen artistas que nos lleven de viaje, profesionales desinteresados, críticas sustentadas, empresarios comprensibles e hilos de apoyo para que los pequeños negocios no se descosan.  

A estas alturas, la cuarentena tiene al país entero tambaleando y deambulando en una fría madrugada. Como en la leyenda del cadejo, de nosotros depende morderlo y desbalancearlo, como si fuéramos el canino negro; o salvarlo y llevarlo sano a casa, como si representáramos al blanco. Voto por este último.


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