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El Salvador

Diario de cuarentena 2: miedo a nosotros

El encierro es más encierro: la hora de sol para quienes guardan cuarentena en el Hotel La Palma fue cancelada. Las 108 personas ahí confinadas pueden moverse solo en sus habitaciones y asomarse al pasillo. Tras ocho días, las preocupaciones de la vida que sigue allá afuera se acrecentan: familia, deudas, enfermedades de otro tipo. Pero hay un tema inmediato dentro del hotel: una carta firmada por el dueño donde asegura que está teniendo problemas para atender a sus extraños huéspedes, porque algunos empleados no quieren volver a trabajar por temor a contagiarse. En el pueblo, dice, la gente se aleja de ellos porque asumen que están "contaminados". Esta es la segunda entrega de esta serie escrita por la periodista de El Faro que está en esa cuarentena. 

 
 

Han pasado ocho días desde que llegamos a La Palma. Una gran parte del país está bajo cuarentena domiciliar obligada, en parte por aquellos que se lo habían tomado como una especie de vacación. La confusión, la información a medias y el azoro invade a muchos. Comprensible. Nadie está preparado nunca para enfrentarse a una crisis sanitaria de este tipo, ni personal ni comercial, ni gubernamentalmente. Los que llevamos en cuarentena seis días antes de que se generalizara para el país estamos intentando acostumbrarnos a nuestra nueva normalidad, porque es lo que hay. Cada quien, a su manera, trata de hacer la espera para salir de acá lo más leve posible.

A diario me llegan mensajes de texto preguntándome cómo estoy. Soy de las personas que odia que ante esa pregunta la respuesta sea un simple “bien”. Pero la realidad es que se ha vuelto la normalidad. El encuentro con la rata, al menos en nuestra habitación, fue cosa de una sola vez, y logramos que sellaran con cemento el hoyo por donde podía volver a entrar. Otros han tenido que lidiar con murciélagos o con escorpiones, pero, está bien, nos repetimos. Estamos en medio del monte, es normal.

Habíamos empezado a normalizar tener una hora de sol para estirarnos y caminar, o simplemente salir a sentarnos lejos de las cuatro paredes. Incluso se había montado una pequeña clase de aeróbicos liderada por un profesora de Educación Física de la Universidad Nacional. El viernes 20 de marzo, cuando María Magdalena (63 años) y Aura (33 años) -mis compañeras de cuarto- y yo habíamos decidido sumarnos, no hubo hora de sol. Cuando dieron las 3 y nadie nos tocó la puerta para avisarnos que podíamos salir, algunos decidieron adelantarse y salir al pasillo y sentarse en las sillas en donde a diario nos dejan la comida. Hacía un rato habíamos terminado de limpiar los cuartos, razón por la que estábamos agitados y acalorados. Todo era risas hasta que uno de los soldados se asomó por el pasillo y pidió que nos metiéramos, que no teníamos permiso de estar afuera.

-¿Hoy no vamos a salir? -preguntó un vecino.

-A las 4 van a subir los doctores a explicarles qué pasó -respondió el soldado.

Alrededor de las 5, los médicos y enfermeros de turno pasaron tocando la puerta. Lo usual, chequeo de presión y temperatura. De lo demás, nada. Como no les vi iniciativa, mientras se desinflaba el tensiómetro, pregunté: “¿Por qué no pudimos salir hoy?” El médico me respondió que de la clase de aeróbicos de ayer alguien había subido una foto a redes sociales. Las participantes estaban muy cerca entre ellas -dijo- y, además, algunas no estaban usando la mascarilla. “La orden vino directo de Casa Presidencial”, concluyó. Una de las enfermeras agregó que lo que querían era cuidarnos, y que mientras más mantuviéramos la distancia entre nosotros, mejor. Desde que llegué al hotel el lunes 16 alrededor de las 8:00 p.m., solo logré tener tres horas de sol. Esa hora no era solo para romper la sensación de encierro, sino, para muchos, tener un espacio de privacidad para hacer una llamada, y de poder moverse sin que un mueble limite los pasos.

La noche del jueves, el presidente anunció el primer caso confirmado de COVID-19 en El Salvador. Al día siguiente, la instrucción fue que podíamos salir al pasillo y abrir las puertas. La hora de sol estaba suspendida indefinidamente. Aunque probablemente no vuelva a suceder.

Para despejar la mente del encierro, y sin hora de sol, cada quien ha tomado medidas alternas: unos se ejercitan en el espacio que queda entre las camas y las paredes, otras bailan, y otros salen a platicar en el pasillo con quien se asome. Algunos se quedan en el marco de la puerta, otros salen a ocupar las sillas donde dejan la comida. El espacio a lo ancho del pasillo da justo el metro de distancia. Eso sí, nadie se atreve a salir sin la mascarilla, más por miedo al regaño que por el convencimiento de que podemos pescar la enfermedad de alguno de nuestros vecinos.

Este es uno de los pasillo de las habitaciones, de la 9 a la 16. A falta de la hora de sol, lo que queda es asomarse afuera del cuarto. Foto de El Faro: María Luz Nóchez.
 
Este es uno de los pasillo de las habitaciones, de la 9 a la 16. A falta de la hora de sol, lo que queda es asomarse afuera del cuarto. Foto de El Faro: María Luz Nóchez.

El domingo decidí reportear un poco con mis compañeros de pasillo para preguntarles si tienen alguna preocupación externa que esté directamente vinculada con el encierro. Gustavo Ábrego me confesó que si bien lo económico no era problema, porque la empresa en donde trabaja les había incluso adelantado el salario de este mes, le preocupaba que esta cuarentena no le permitiera estar presente ni para el cumpleaños de su primogénito, el próximo 12 de abril; ni acompañar a su esposa en los últimos momentos de su segundo embarazo, que tiene como fecha de parto los primeros días de mayo.

A Jonathan Rodríguez le preocupa no poder proveer para su esposa, su hija de 10 años y para pagar sus deudas. Él tiene un negocio de reparación de celulares y de venta de accesorios. Desde que llegó aquí ha recibido unas ocho llamadas de clientes que esperan les ayude con sus problemas técnicos. Solo ahí, estima, ha perdido alrededor de $200. Frente a él está sentado Francisco Rodríguez, con quien asegura solo comparten apellido, no parentesco. Francisco se dedica a hacer viajes de transporte de carga y, de los tres vehículos que tiene, solo uno está trabajando en estos días. “Cuando voy a contratar a alguien para que me haga un viaje, siempre he preferido reunirme con la persona para asegurarme de que es de confianza”, explica. Tanto Jonathan como Francisco fueron referidos de la frontera después de regresar de un viaje desde Estados Unidos por tierra para importar unos vehículos. En la frontera lograron llamar a sus esposas para entregarles el dinero que habían ganado con ese viaje y para que les llevaran al menos ropa para sobrevivir la cuarentena. “Para comprar comida es suficiente, pero uno tiene otras responsabilidades”, concluye.

A Eunimia Morales, más que el encierro, le preocupa no tener acceso a sus medicamentos. Tiene 72 años y en 2018 un médico le recetó dos tipos de gotas para los ojos que le permitirían frenar el daño en el nervio óptico, que puede terminar convirtiéndose en glaucoma. Desde el primer chequeo que nos hicieron los médicos acá en el albergue, el martes 17, cuando preguntaron por enfermedades preexistentes, ella les ha insistido en que necesita esas gotas. Le dijeron que iban a tratar de conseguirlas. Después de un par de días sin respuesta, y antes de que todo el país entrara en cuarentena obligada, un hermano de la iglesia a la que asiste le hizo el favor de comprarlas. Pero, como no podía venir a dejarlas hasta acá, las dejó en el Ministerio de Gobernación, instancia que se ha comprometido a hacérselas llegar. Pero hasta el cierre de esta entrada, las gotas aún no están en sus manos.

Del otro lado del pasillo me encontré a una señora que accedió a hablar conmigo, pero no que publicara su nombre. Ella era una de las participantes de la clase de aeróbicos por las que supuestamente nos cancelaron la hora de sol. “No es cierto que estábamos sin mascarilla; yo misma he subido la foto a mis redes”. Sobre ella, solo me autorizó a decir, porque es muy reservada, que es una empresaria que importa productos de lujo a Guatemala y El Salvador. De lo que pasa afuera, prefiere olvidarse porque, con apenas siete días de estar acá, el domingo se despertó llorando. Su mamá tenía una operación ayer lunes a la que no pudo acompañarla, y tiene dos hijos de entre 2 y 5 años esperándola en casa. “Decidí cambiar de chip, porque si no no lo voy a lograr”, me dice, y me enseña la foto que le han mandado sus hijos con el calendario que han armado junto a su esposo, una especie de cuenta regresiva mientras ella vuelve a casa.

Su actitud en realidad es la que hemos adoptado la mayoría, así no podamos detener a la mente de tomar desvíos. Un día más es un día menos. Ese es nuestro mantra.

Hacia afuera, sin embargo, se ha gestado otra normalidad de la que no estábamos del todo conscientes hasta la mañana de este lunes 23. Como a las 10:30, despuesito del desayuno, alguien pasó tirando una hoja por debajo de nuestras puertas. En ella, el dueño del hotel básicamente nos pedía paciencia, porque se han quedado cortos de personal. Somos 108 y, según nos contó una de las jóvenes que sirven la comida, el staff del hotel se ha reducido a cinco. Hasta ahí, todo bien. Es evidente para nosotros todo el esfuerzo que están haciendo para atendernos y se los agradecemos. El problema es que, en un comunicado que, asumo, pretendía calmarnos, nos confesaba que la razón por la que los colaboradores se han reducido, es porque tienen miedo de que nosotros, los encuarentenados, hayamos traído el virus y, por tanto, los terminemos contagiando. El temor se ha extendido, según se lee en la carta, a los pobladores de La Palma, quienes les han negado, además del saludo, la venta de enseres para sus hogares.

La forma de comunicar del gobierno, sin duda, no ayuda. Pero no se limita a eso. El lenguaje corporal del personal que nos atiende, incluido el médico, también dice mucho, así su actitud sea la más amable. Debo confesar que los primeros días creí que la paranoica era yo, pero esta carta solo lo confirma. El equipo de médicos cambia a diario y quizá la convivencia en el exterior afecte cómo nos ven a los que estamos aquí adentro. Desde ayer en la tarde, a menos que se sea hipertenso, ya no nos toman la presión, solo la temperatura. María Magdalena aprovechó el control vespertino de ayer para mostrarles la carta, pero a medida ella salía del cuarto con el brazo extendido y el papel, más retrocedían ellos, hasta que le dijeron “hasta ahí nomás, desde aquí leemos”.

No somos sospechosos, dicen, porque ni siquiera presentamos síntomas. Pero cualquier contacto con nosotros, a pesar de toda la indumentaria que andan cargando, es el equivalente a que les esté ofreciendo tomar, con sus manos desnudas, el cadáver del roedor que sacamos de la base de mi cama hace una semana.

Carta enviada por el dueño del hotel donde cumplimos la cuarentena para explicarnos el estigma que los empleados están padeciendo. Foto: María Luz Nóchez
 
Carta enviada por el dueño del hotel donde cumplimos la cuarentena para explicarnos el estigma que los empleados están padeciendo. Foto: María Luz Nóchez


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