Columnas / Coronavirus

En la oscuridad de la pandemia, Croacia es un sorpresivo faro


Jueves, 16 de abril de 2020
Refik Hodzic

El 21 de febrero viajé con mi familia a Trieste, en Italia, para disfrutar de sus paisajes y su gastronomía. Desde que nos mudamos a Rijeka, un adorable puerto en la costa norte de Croacia, los viajes a Trieste y el resto de Italia se volvieron costumbre. Dada la proximidad íbamos frecuentemente de compras. Trieste está a una hora en carro de Rijeka.

Pero este viaje era distinto por dos razones: Mi hijo mayor, Tarik, que vive en Nueva Zelanda, estaba de visita y fuimos a Trieste a ver el muelle desde el que dos de mis tíos abordaron un barco en 1958, iniciando una increíble odisea que les llevó al norte de África y de allí a Australia y Nueva Zelanda. Eventualmente uno de ellos decidió establecerse en Nueva Zelanda, una decisión que marcaría las vidas de la mayor parte de los miembros del clan Hodzic cuando estalló la guerra de Bosnia en los años noventa. Una de las consecuencias de ello es que Tarik nació en Auckland. Pero esa es una historia para otra ocasión.

La segunda razón que hacía de este viaje uno diferente era el ruido de fondo del inminente horror que estaba por caer en Italia. Aunque la atmósfera en Trieste vibraba con carnavales y fiestas, con montones de niños jugando y tirando confeti en la histórica Piazza Unitá d’Italia, los restaurantes llenos con locales y turistas joviales, una imperceptible conciencia de que a solo dos horas al noroeste, en Milán, el coronavirus ya se estaba contagiando en números alarmantes.

Viendo hacia atrás, la densidad y velocidad de los eventos que se sucedieron desde ese viaje a Trieste lo hacen ver como si hubiera tenido lugar hace mucho más tiempo que solo siete semanas atrás.

El 25 de febrero Tarik volvió a Nueva Zelanda y yo viajé a Ginebra. Durante los tres días que pasé allí, Suiza reportó el primer caso de COVID-19. La percepción de la epidemia comenzó a cambiar en mi mente a medida que la mayoría de las conversaciones eran ocupadas gradualmente por un solo tópico: la pandemia. Una amenaza que parecía el problema de otros –sucedía lejos, en espacios físicos poblados por otros y en espacios virtuales como Twitter, que frecuentemente desplazaba a la vida real en abstracciones– comenzaba a volverse real, con distanciamientos instintivos de otros usuarios del transporte público o de cualquiera que tosiera o estornudara en lugares compartidos como los supermercados.

Regresé a Croacia preocupado. El primer caso se reportó en la capital, Zagreb: un paciente con agudos síntomas que debió ser hospitalizado a su retorno de un viaje a Italia. No se habían decretado medidas especiales aún, pero la situación en Italia ganaba mayor atención con el paso de los días. A principios de marzo quedó claro que lo que sucedía allá era lejos de ser “solo una gripe”. Cuando Lombardía inició el encierro total en la primera semana de marzo –se ordenó que 11 millones de personas se quedaran en casa– mis preocupaciones se incrementaron al pensar cómo respondería Croacia a lo que claramente era un virus peligroso, mortal.

Había razones suficientes para preocuparse. Croacia es parte de la Unión Europea, lo que supone un cierto grado de adhesión a altos estándares de gobernabilidad e institucionalidad democrática. Pero la realidad es que el país aún carga con el legado de la sangrienta disolución de Yugoslavia y la subsiguiente transición marcada por corrupción, el atrincheramiento del nacionalismo virulento y el clericalismo.

El gobierno actual está en manos de la nacionalista Unión Democrática Croata, creada por el “padre de la nación” Franjo Tudjman, acosada por reiterativos escándalos de corrupción de sus funcionarios nacionales y locales. Uno de esos escándalos terminaría siendo decisivo para el éxito de Croacia en el combate al COVID-19.

Apenas un mes antes de que la pandemia alcanzara a Croacia, el ministro de salud, Mila Kujundzic, un soldado del partido, fue sorprendido intentando ocultar varias propiedades adquiridas durante su mandato. El escándalo no era atípico para el sistema político croata, pero sus consecuencias serían muy significativas.

Kujundzic se vio obligado a renunciar. Su lugar fue ocupado por Vili Beros, un neurocirujano con una carrera impecable, reconocida internacionalmente. Fue escogido para mitigar la ira pública contra el gobierno por priorizar lealtad partidaria sobre capacidad. Beros aún no había calentado la silla de ministro cuando tuvo que ponerse al frente de la tarea más importante de su vida profesional.

El nuevo ministro de salud fue además designado por el primer ministro Plenkovic para liderar la respuesta croata a la pandemia. Y los pasos que siguieron hicieron de Croacia una de las historias más exitosas en la lucha para contener la propagación de uno de los virus más infecciosos que han afectado a la humanidad.

La disciplina del liderazgo

Tras las tempranas y confusas lecciones aprendidas sobre el COVID-19 a partir de la experiencia inicial de China y la respuesta de países vecinos como Corea del Sur, Singapur y Hong Kong, quedó claro que el distanciamiento social era un elemento clave en la etapa de contención. Sin embargo, como los casos de Italia, España, el Reino Unido y otros países alrededor del mundo han mostrado, lograr el equilibrio correcto entre hacer que la mayoría de la gente ejerza un comportamiento responsable en este respecto, sin imposiciones dictatoriales (y subsecuentemente inefectivas), depende de dos factores: un alto grado de responsabilidad social y solidaridad entre los ciudadanos que acepten que su comodidad individual debe ser sacrificada por el bien de la comunidad y aquellos más vulnerables; y que los mensajes que provienen de las autoridades sean claros, consistentes, coherentes y provenientes de expertos que comandan respeto y legitimidad.

Mensajes mixtos emanados de políticos (especialmente al principio, cuando el virus estaba devastando China), quienes minimizaron la amenaza solo para cambiar el discurso después y comenzar a implementar medidas draconianas o actuar como salvadores administrando medicinas aún no establecidas, probó ser tan mortal como el virus mismo.

Como todas las pandemias de la historia, el Corona reveló en toda su fealdad los ladrillos más débiles y más podridos sobre los que se asienta cada sociedad. El excepcionalismo, la corrupción, tendencias dictatoriales, fetichización de la individualidad sobre todas las normas sociales, desigualdad, decadencia institucional, descuido de los sistemas de salud, avaricia corporativa, y varios otros obstáculos para dar respuestas unificadas y basadas en la solidaridad se transformaron en vientos mortales que azuzaron los fuegos del COVID-19 desde Irán hasta el Reino Unido, de España a Ecuador, de Suecia a Nueva York.

Croacia aprendió las lecciones. A pesar de su proximidad con Italia, su principal socio comercial, y de un continuo flujo de personas y bienes entre los dos países, a pesar del fuerte terremoto que sacudió Zagreb, la capital croata, el 22 de marzo y que causó que la gente se mudara al interior del país en medio de un encierro nacional, Croacia logró contener la propagación del virus de manera muy destacada. Para el 10 de abril, registraba 1495 casos y 21 muertes por COVID-19, con unas 220 personas recuperadas.

El país no tiene ni la capacidad de hacer pruebas ni el número de Unidades de Cuidados Intensivos que posee Alemania ni impuso demenciales y paralizantes toques de queda sobre su gente como la vecina Serbia, por ejemplo. Las medidas en Croacia incluyen una prohibición para viajar entre lugares de residencia; han cerrado escuelas, restaurantes, bares y todo trabajo considerado no esencial; y los expertos han hecho fuertes recomendaciones a la gente para que permanezca en casa. A quienes vienen de fuera y quienes han estado en contacto con pacientes se les ordena una cuarentena domiciliar. Hasta hoy ha resultado, a tal grado que, francamente, me asombró.

El secreto del éxito reside en el hecho de que los políticos en su mayoría se retiraron Todas las medidas tomadas han sido explicadas claramente de manera anticipada, debidamente justificadas y siempre apoyadas en el llamado a la solidaridad y la bonhomía hacia los conciudadanos, especialmente los más vulnerables. Los errores han sido reconocidos y abordados de manera relativamente rápida y eficiente. Han creado la impresión de que son un grupo de gente competente que sabe lo que está haciendo y que nos guía a los demás a ayudarnos a nosotros mismos y a quienes nos rodean con solo seguir sus instrucciones.

De hecho, las únicas fracturas en esta respuesta hasta hoy se han dado en la rara ocasión en la que el método ha sido abandonado y el primer ministro Plenkovic habló sobre la situación y mencionó posibles relajamientos de las medidas. Eso llevó a un mayor número de gente que salió de compras antes de la Semana Santa y que podría resultar en un cuadro peor dentro de dos semanas. La iglesia católica no ayudó al insistir en llevar a cabo las procesiones de Semana Santa y misas para los fieles que ignoraron las instrucciones de distanciamiento social. Estas trasgresiones fueron ignoradas por la policía a cargo de imponer distanciamiento social, debido a que el gobierno es reacio a incomodar a los poderosos obispos de la iglesia católica croata.

Estos incidentes, junto con la propagación del virus en tres hogares de ancianos durante el fin de semana, muestran que Croacia no es un modelo de perfección en la respuesta al mayor desafío global en la historia reciente. Pero al colocar a expertos en lugar de políticos mesiánicos y elevando la solidaridad sobre el individualismo rábido, ciertamente me hizo sentirme afortunado de estar aquí con mi familia en esta crisis.

 

Refik Hodzic, periodista bosnio especializado en procesos de justicia transicional.
Refik Hodzic, periodista bosnio especializado en procesos de justicia transicional.

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