Buena parte de la gente de este municipio vive de esto. La producción de jocote barón rojo es fuente primordial de ingresos para productores y jornaleros de las zonas rurales de San Lorenzo, municipio de Ahuachapán, en el occidente de El Salvador.  San Lorenzo, a 97 kilómetros de San Salvador, es el mayor productor de jocote del país, y su exportación llega hasta Honduras, Guatemala, Estados Unidos y Canadá. La mayoría de los agricultores del país esperan las primeras lluvias de mayo para preparar sus cultivos. El jocote es otra historia. En San Lorenzo, marzo y abril representan la época esperada para la recolección de la cosecha que se produce en el verano, momento de la mayor resequedad del suelo. El jocote es tan esencial en San Lorenzo que a su tiempo de colecta dedican un carnaval, la fiesta del pueblo que se celebra desde 1995. A los que cosechan jocote, la crisis del coronavirus les llegó en el peor momento. El cierre de mercados y fronteras en El Salvador provocó la pérdida de la mitad de la cosecha. La esperanza de San Lorenzo está puesta en el mes de agosto, cuando esté en auge su otro cultivo, el loroco. Aún está por verse cómo la pandemia afectará a los productores de maíz y frijol, por ejemplo. Los que cultivan el jocote ya lo vivieron y el augurio no es nada bueno.  

 

Caminaron 20 minutos juntas. Francisca Hernández, 40 años, recorre todos los días calles polvosas para llegar a su terreno de una manzana. Siempre le acompaña Hilda, su hija de cinco años, que esta vez carga con la canasta para guardar jocotes. Francisca y su familia esperan la cosecha con ansias cada mes de abril, para ganar algún dinero como recolectoras. En tiempos normales, vendían por $25 cada canasta como la que carga Francisca en la imagen. Ahora solo reciben cinco. Si la calidad es menor, el distribuidor paga solo tres. Ellas son parte de una familia de cuatro integrantes, viven en el caserío Sanarate, del cantón El Jicaral, a unos pasos de la frontera con Guatemala.
 
Caminaron 20 minutos juntas. Francisca Hernández, 40 años, recorre todos los días calles polvosas para llegar a su terreno de una manzana. Siempre le acompaña Hilda, su hija de cinco años, que esta vez carga con la canasta para guardar jocotes. Francisca y su familia esperan la cosecha con ansias cada mes de abril, para ganar algún dinero como recolectoras. En tiempos normales, vendían por $25 cada canasta como la que carga Francisca en la imagen. Ahora solo reciben cinco. Si la calidad es menor, el distribuidor paga solo tres. Ellas son parte de una familia de cuatro integrantes, viven en el caserío Sanarate, del cantón El Jicaral, a unos pasos de la frontera con Guatemala.

 

 

Justo en esta zona de San Lorenzo se unen El Salvador y Guatemala. Hay un sinfín de puntos ciegos entre ambos países. A la derecha, en la imagen, es Guatemala. Tanto El Salvador como Guatemala viven situaciones excepcionales, que restringen la circulación de sus habitantes y cierran fronteras. Los productores de jocotes han dejado en el abandono hasta 80 manzanas de cosecha, debido a la falta de posibilidades de movilidad. Una buena parte de los pobladores de las aldeas guatemaltecas trabajan del lado salvadoreño durante la recolección. En esta cosecha ha sido imposible. La Fuerza Armada ha montado bases para evitar el paso libre a lo largo del río San Lorenzo, que divide a ambos países.
 
Justo en esta zona de San Lorenzo se unen El Salvador y Guatemala. Hay un sinfín de puntos ciegos entre ambos países. A la derecha, en la imagen, es Guatemala. Tanto El Salvador como Guatemala viven situaciones excepcionales, que restringen la circulación de sus habitantes y cierran fronteras. Los productores de jocotes han dejado en el abandono hasta 80 manzanas de cosecha, debido a la falta de posibilidades de movilidad. Una buena parte de los pobladores de las aldeas guatemaltecas trabajan del lado salvadoreño durante la recolección. En esta cosecha ha sido imposible. La Fuerza Armada ha montado bases para evitar el paso libre a lo largo del río San Lorenzo, que divide a ambos países.

 

 

 

Fredy Magarín es el menor de cinco hermanos. A sus 14 años es parte de la nómina oficial de los cortadores de Jocote. Su madre murió en un accidente de tránsito en el año 2010. Dejó de lado la escuela desde hace cuatro años, y desde entonces trabaja para ayudar con los gastos que su vivienda demanda todos los días. Su padre y sus hermanos también son trabajadores en los campos de cultivo de jocote y loroco, y la economía de todos se ha visto afectada con la reducción de la paga por jornada a causa de todo lo desencadenado por el coronavirus.
 
Fredy Magarín es el menor de cinco hermanos. A sus 14 años es parte de la nómina oficial de los cortadores de Jocote. Su madre murió en un accidente de tránsito en el año 2010. Dejó de lado la escuela desde hace cuatro años, y desde entonces trabaja para ayudar con los gastos que su vivienda demanda todos los días. Su padre y sus hermanos también son trabajadores en los campos de cultivo de jocote y loroco, y la economía de todos se ha visto afectada con la reducción de la paga por jornada a causa de todo lo desencadenado por el coronavirus.

 

 

Desde las cinco de la mañana, los productores reúnen a sus empleados para comenzar la jornada. En este camión van 23 hombres, ancianos y niños. Serpentean por un camino de polvo y piedras durante 20 minutos, hasta llegar a un terreno de diez manzanas. Cobran un dólar por hora. Son habitantes de los cantones del municipio de San Lorenzo, y hoy solo consiguen ganar cinco dólares por día, debido a la crisis generada por el coronavirus.
 
Desde las cinco de la mañana, los productores reúnen a sus empleados para comenzar la jornada. En este camión van 23 hombres, ancianos y niños. Serpentean por un camino de polvo y piedras durante 20 minutos, hasta llegar a un terreno de diez manzanas. Cobran un dólar por hora. Son habitantes de los cantones del municipio de San Lorenzo, y hoy solo consiguen ganar cinco dólares por día, debido a la crisis generada por el coronavirus.

 

La familia Ascencio es la principal distribuidora de jocote en todo el municipio de San Lorenzo. Son una sociedad de hermanos, dueños de más de 150 manzanas de terreno. Iniciaron con el cultivo en 1995. “Los días de buena cosecha, aquí es una fiesta”, dijo don Armando Ascencio (con camisa celeste en la imagen) mientras esperaban despachar las pocas canastas de producto que quedaban la tarde del 26 de marzo. Esta familia asegura que la mitad de la cosecha se ha perdido este año, se ha dejado pudrir, porque hay menos transporte y demanda. 
 
La familia Ascencio es la principal distribuidora de jocote en todo el municipio de San Lorenzo. Son una sociedad de hermanos, dueños de más de 150 manzanas de terreno. Iniciaron con el cultivo en 1995. “Los días de buena cosecha, aquí es una fiesta”, dijo don Armando Ascencio (con camisa celeste en la imagen) mientras esperaban despachar las pocas canastas de producto que quedaban la tarde del 26 de marzo. Esta familia asegura que la mitad de la cosecha se ha perdido este año, se ha dejado pudrir, porque hay menos transporte y demanda. 

 

Aunque la producción de jocote ha amortiguado su economía, este municipio de casi 10,000 habitantes es catalogado con pobreza extrema moderada, por el Fondo de Inversión Social para el Desarrollo Local (FISDL). A la ya mencionada situación precaria, se suma que ahora mismo los recolectores de jocote están ganando la mitad de lo que solían ganar por hora trabajada: $1. En la imagen, un recolector sale de la zona de cosecha con su canasta llena de jocote barón rojo.
 
Aunque la producción de jocote ha amortiguado su economía, este municipio de casi 10,000 habitantes es catalogado con pobreza extrema moderada, por el Fondo de Inversión Social para el Desarrollo Local (FISDL). A la ya mencionada situación precaria, se suma que ahora mismo los recolectores de jocote están ganando la mitad de lo que solían ganar por hora trabajada: $1. En la imagen, un recolector sale de la zona de cosecha con su canasta llena de jocote barón rojo.
 

 

 

La pandemia y el estado de excepción de vive el país ha bajado la demanda de jocote barón rojo en los mercados. Es notorio en los campos de cultivo. El fruto se maduró y, a falta de encargos y manos para cortar debido a la disminución de la paga, cayó al suelo y se perdió.
 
La pandemia y el estado de excepción de vive el país ha bajado la demanda de jocote barón rojo en los mercados. Es notorio en los campos de cultivo. El fruto se maduró y, a falta de encargos y manos para cortar debido a la disminución de la paga, cayó al suelo y se perdió.

 

 

 

“Los mercados municipales no compran, la fábrica exportadora pide el jocote con mucha calidad y seleccionado. No lo quieren verde, no lo quieren pequeño, no lo quieren maduro, no lo quieren con ácaro”, dice Jairo Ascencio, uno de los productores de San Lorenzo. Muchos cortadores, ante estas demandas, deciden no hacer su jornada. Cortar una canasta de buen jocote en medio de la crisis que ha generado la pandemia requiere mucho trabajo a cambio de poca paga. “Cuando los mercados municipales compran, nadie pone reparos en la calidad del jocote”, contesta un trabajador. “La cosecha es buena, pero si el mercado no compra, entonces nos jodimos”, complementa. En la imagen, algunos de los recolectores que aún cortan jocote en los campos de San Lorenzo.
 
“Los mercados municipales no compran, la fábrica exportadora pide el jocote con mucha calidad y seleccionado. No lo quieren verde, no lo quieren pequeño, no lo quieren maduro, no lo quieren con ácaro”, dice Jairo Ascencio, uno de los productores de San Lorenzo. Muchos cortadores, ante estas demandas, deciden no hacer su jornada. Cortar una canasta de buen jocote en medio de la crisis que ha generado la pandemia requiere mucho trabajo a cambio de poca paga. “Cuando los mercados municipales compran, nadie pone reparos en la calidad del jocote”, contesta un trabajador. “La cosecha es buena, pero si el mercado no compra, entonces nos jodimos”, complementa. En la imagen, algunos de los recolectores que aún cortan jocote en los campos de San Lorenzo.

 

 

 

Edgar Ascencio es un pequeño productor. Todos los años cultiva cuatro manzanas de Jocote. “Cosecha hay, pero no se puede vender”, dice. En sus matemáticas, ha perdido la mitad de su fruto, y su afectación principal ha sido el cierre de las fronteras. Solía enviar una buena parte  de su cosecha a los mercados en los pueblos fronterizos guatemaltecos. Para Edgar, de 52 años, la única esperanza que queda es la del cultivo de loroco, que tiene su auge en el mes de agosto.
 
Edgar Ascencio es un pequeño productor. Todos los años cultiva cuatro manzanas de Jocote. “Cosecha hay, pero no se puede vender”, dice. En sus matemáticas, ha perdido la mitad de su fruto, y su afectación principal ha sido el cierre de las fronteras. Solía enviar una buena parte  de su cosecha a los mercados en los pueblos fronterizos guatemaltecos. Para Edgar, de 52 años, la única esperanza que queda es la del cultivo de loroco, que tiene su auge en el mes de agosto.

 

 

 

Álvaro Ascencio se pasea por sus terrenos del lado salvadoreño. Enfrente está la aldea Las Flores, del municipio de Zapotitlán, Guatemala. Allá hay más de 60 manzanas de cultivo que le pertenecen. Toda la cosecha del lado guatemalteco se perdió. Álvaro, de 60 años, es el mayor productor de jocote del municipio. Sus nueve hijos viven del mismo negocio que él inició hace más de 20 años.
 
Álvaro Ascencio se pasea por sus terrenos del lado salvadoreño. Enfrente está la aldea Las Flores, del municipio de Zapotitlán, Guatemala. Allá hay más de 60 manzanas de cultivo que le pertenecen. Toda la cosecha del lado guatemalteco se perdió. Álvaro, de 60 años, es el mayor productor de jocote del municipio. Sus nueve hijos viven del mismo negocio que él inició hace más de 20 años.

 

 

 

Marvin Recinos llegó hace tres años al caserío San Matías, de San Lorenzo. Llegó para visitar a su hermano, que pastoreaba una iglesia evangélica. El Zarco, como le dicen de cariño, se quedó a vivir, se casó  y ahora trabaja en la recolección de jocote. Él, su esposa y su hija viven en la misma casa junto a sus suegros, sin energía eléctrica, y sobreviven con cinco dólares al día. Todos los años la familia espera la temporada de recolección para mejorar sus ingresos como jornaleros de las fincas de jocote. Este año la cosecha no trajo prosperidad, porque la jornada se paga a mitad de precio a causa de la baja demanda. 
 
Marvin Recinos llegó hace tres años al caserío San Matías, de San Lorenzo. Llegó para visitar a su hermano, que pastoreaba una iglesia evangélica. El Zarco, como le dicen de cariño, se quedó a vivir, se casó  y ahora trabaja en la recolección de jocote. Él, su esposa y su hija viven en la misma casa junto a sus suegros, sin energía eléctrica, y sobreviven con cinco dólares al día. Todos los años la familia espera la temporada de recolección para mejorar sus ingresos como jornaleros de las fincas de jocote. Este año la cosecha no trajo prosperidad, porque la jornada se paga a mitad de precio a causa de la baja demanda. 

 

 

 

Los meses de marzo y abril, en San Lorenzo no se solía parar. Los jornaleros y productores madrugaban, cortaban y distribuían todos los días. Ahora, los campos tienen pocos trabajadores en comparación con lo habitual, y la mitad de la cosecha está, literalmente, por los suelos.
 
Los meses de marzo y abril, en San Lorenzo no se solía parar. Los jornaleros y productores madrugaban, cortaban y distribuían todos los días. Ahora, los campos tienen pocos trabajadores en comparación con lo habitual, y la mitad de la cosecha está, literalmente, por los suelos.