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El Salvador

El Saldaña es un centro de contagio

El Ministerio de Salud mueve constantemente gente de centros de contención al hospital Saldaña y del Saldaña a centros de contención. Ha creado tal desorden que pacientes positivos por COVID-19 duermen junto a diabéticos y asmáticos. La desinformación, el riesgo y la incertidumbre han elevado las tensiones entre pacientes y personal médico.

 
 

El miércoles 1 de abril, Jhon Freddy Vasco escuchó ruidos y salió de la cabaña que tenía asignada para pasar la cuarentena en el centro de contención Joya del Pacífico, en la Costa del Sol. Se encontró con un médico, quien le pidió identificarse. Cuando lo hizo, el doctor revisó una lista y le dijo: “Tu prueba dio positivo”. 

El médico le recomendó empacar sus pertenencias porque pronto vendría un transporte del Ministerio de Salud a recogerlo a él y a otras cuatro personas, que también aparecían en la lista como “positivo”, para trasladarlos al Hospital Saldaña. 

Jhon Freddy Vasco es un ciudadano colombiano de 42 años, comerciante, que reside desde hace un año en El Salvador junto con su esposa. El 11 de marzo, en la madrugada, Vasco cruzó por tierra la frontera con Honduras, acompañado por su esposa y un empleado de su negocio, para instalar equipos contra robo de combustibles en una empresa hondureña. No estuvo ni 24 horas allá, pero cuando regresó a la frontera salvadoreña, a las dos de la mañana del 12 de marzo, le informaron que unas horas antes el presidente Nayib Bukele había decretado cuarentena obligatoria para todo ingreso al país. A esa hora, la policía trasladó a los tres a un improvisado centro de retención en Jiquilisco, que después sería cerrado ante protestas por las condiciones de hacinamiento. 

Los Vasco fueron trasladados al hotel Joya del Pacífico, habilitado como centro de Contención, para continuar su cuarentena. 

Cuatro mil salvadoreños están hoy en cuarentenas obligatorias de 30 días ordenadas por el gobierno para todos aquellos que hayan llegado del extranjero a partir del 11 de marzo o que sean encontrados en la calle violando la cuarentena domiciliar obligatoria. Pero a pesar de que se trata de una medida de salud pública, ninguna de las medidas elementales de salud es implementada con rigurosidad en estos centros: no hay argumentos técnicos para retener a las personas durante 30 días, sobre todo porque quienes llevan ya algunos días son mezclados con recién llegados con lo cual, en materia de salud, la cuenta debería reiniciar para todos por haber estado en contacto.  En algunos de estos centros, ubicados ahora en hoteles en todo el país, ni siquiera se les ha hecho a todos los retenidos la prueba de COVID-19.  

En el Joya del Pacífico sí les hicieron la prueba. El 27 de marzo, un equipo médico visitó los cuartos de los confinados y a cada uno le introdujeron hisopos en las dos fosas nasales y en la garganta, que luego fueron enviados al Ministerio de Salud. Cinco días después, Jhon Freddy Vasco fue trasladado al Hospital Saldaña con otros cuatro confinados en ese lugar. Su esposa, que no se había separado de él desde su salida a Honduras, dio negativo. 

“Nadie nos estaba esperando en el hospital. Tuvieron que llamar por teléfono a alguien para que nos dieran el ingreso”, dice Vasco vía telefónica. “A los cinco nos metieron en un pabellón al que le llaman Ginecología, en el que había otras personas”. Cuando Fredy y los otros cuatro positivos llegaron, en ese pabellón había personas sospechosas de contagio que llevaban allí más de dos semanas. A todos ya les habían hecho pruebas que presuntamente habían dado un resultado negativo. Aún así los mantuvieron  en el Hospital, juntos en uno de los pisos, por si acaso el virus tardaba más en incubar y presentaban síntomas después. 

Fachada del Hospital Saldaña en los Planes de Renderos. Foto de Víctor Peña. 
 
Fachada del Hospital Saldaña en los Planes de Renderos. Foto de Víctor Peña. 

Allí estuvo ingresada la rescatista de animales Bery Zamora, una joven convertida ahora en una de esas personalidades de Twitter surgidas en esta crisis, que durante varios días narró las necesidades del hospital y de los recién llegados. 

“Yo entré el lunes 16 de marzo”, dice Zamora. “Éramos cinco personas. El martes 17 ya éramos 33 personas y nos hacía falta de todo. Agua y papel higiénico. Era un caos. Las enfermeras estaban muy acongojadas. No sabían muy bien cómo manejar la situación. Comenzamos a organizarnos. Con el miedo de que no sabíamos quiénes de nosotros podíamos contagiarnos y quiénes no”. 

Zamora fue una de las primeras en ingresar al Saldaña, remitida por el Hospital de Diagnóstico, un centro médico privado adonde fue a pasar consulta por un problema no relacionado. En el Diagnóstico le registraron temperatura alta y le dijeron que fuera al Saldaña a hacerse unas pruebas. Le aseguraron que no estaría allí más de seis horas. Se quedó quince días.

Zamora cuenta que en ese pabellón les hicieron dos pruebas para detectar COVID-19 y que todos los internos dieron negativo. A algunos, como a ella, los trasladaron la semana pasada a centros de contención para terminar su cuarentena. A otros los dejaron en el Saldaña. 

Cuando Jhon Freddy y los otros cuatro casos positivos ingresaron al pabellón de Ginecología, la noche del pasado miércoles, informaron a los otros pacientes que ellos portaban el coronavirus y que no deberían estar juntos. 

Los internos organizaron entonces una protesta para exigir el aislamiento de los nuevos. Un video de ese momento circuló ampliamente por las redes y por varios medios de comunicación: la toma no permite ver los rostros pero sí el tórax de un paciente con acento colombiano que explica a una enfermera que él ha dado positivo y que todos piden ser separados. Otras personas se unen a la exigencia de ser separados.  

Los confinados organizaron una rebelión. Llevaban algunos hasta dos semanas allí, dos pruebas de COVID y ni siquiera les habían dado sus resultados. Mezclarlos con recién llegados, en términos médicos, equivalía, además del inminente riesgo de contagio, a regresar su cuenta de cuarentena al día cero. Amenazaron con forzar su salida del hospital. 

La situación se puso tan tensa que el personal administrativo del hospital llamó a la policía, y a medianoche llegaron dos buses con agentes de la Unidad de Mantenimiento del Orden a calmar la rebelión. Los cinco positivos, más otros tres pacientes que habían estado en Ginecología,  fueron trasladados primero a la sección de Pediatría, recientemente remodelada por las autoridades para albergar a enfermos de COVID-19. Allí estarían aislados. Pero los médicos se percataron del olor penetrante de los solventes y pinturas utilizados en la remodelación, que están aún frescos, perjudicial para pacientes con problemas respiratorios como los que provoca el virus. Los trasladaron entonces a Cirugía, un área para pacientes en estado semicrítico pero en el que hay varias personas cuyas pruebas arrojaron resultados negativos, o al menos eso les dijeron a ellos. 

La página web El Blog publicó una nota poco después, en la que aseguró que el video de los pacientes pidiendo separar a positivos de negativos, el primero en el que aparece John Freddy Vasco, no era de El Salvador sino de Colombia, que esas instalaciones no eran el Hospital Saldaña. Que el que hablaba ni siquiera era de aquí. El presidente Bukele reprodujo por Twitter la nota y lo siguieron algunos de sus funcionarios. Molesto por estas mentiras, Jhon Freddy  grabó otro video en su cama de hospital, junto a una bolsa impresa con el nombre del Ministerio de Salud y el escudo del gobierno de Bukele. Compartió también tomas que claramente confirmaban que se encuentra en el Saldaña. Entonces los funcionarios del gobierno borraron sus tuits y El Blog eliminó su nota. 

La noche del 31 de marzo de 2020, el Ministerio de Salud anunció la primera muerte a causa del Covid-19. Reportaban a una mujer mayor de 60 años que había ingresado al país procedente de Estados Unidos. El hospital Saldaña, en Los Planes de Renderos, de San Salvador, ha sido el principal centro médico para tratar los casos positivos de COVID-19. Foto de El Faro: Víctor Peña. 
 
La noche del 31 de marzo de 2020, el Ministerio de Salud anunció la primera muerte a causa del Covid-19. Reportaban a una mujer mayor de 60 años que había ingresado al país procedente de Estados Unidos. El hospital Saldaña, en Los Planes de Renderos, de San Salvador, ha sido el principal centro médico para tratar los casos positivos de COVID-19. Foto de El Faro: Víctor Peña. 

Un hospital para un virus 

Desde el inicio de la emergencia por la epidemia, el Hospital Dr. José Antonio Saldaña fue designado para recibir los casos de sospechas de contagio por COVID-19 y a partir del 15 de marzo comenzaron a ingresar pacientes que presentaran algún síntoma común con los provocados por el virus: una diarrea, fiebre o tos fueron suficientes para el traslado de quienes han ingresado en esta crisis. Otros, como Jhon Freddy Vasco, han llegado desde los centros de contención. 

Allí hay diabéticos, asmáticos, pacientes con enfermedades renales y hasta menores de edad que llegaron acompañando a una madre o un padre enfermo, y ya no los dejaron salir. 

Los de recién ingreso fueron distribuidos en tres pabellones distintos: Ginecología, Alta Lucha y Cirugía. El área de pediatría continúa vacía. Pero esto lo sabemos por las comunicaciones aisladas con pacientes de distintos pabellones, porque el Ministerio de Salud no permite el acceso al lugar ni da información. 

La desinformación no es solo hacia afuera sino también, y esta es la mayor de las quejas, con los pacientes. Nadie les informa de manera oficial sobre su estado de salud, los resultados de las pruebas que les han hecho o cuándo terminará su estancia en el hospital. Apenas doctores que les dicen verbalmente que sus pruebas salieron negativas o positivas pero no les explican por qué entonces siguen allí ni les entregan resultados oficiales. 

La ansiedad, la incertidumbre y el temor al contagio de estos pacientes es atendida, como en todo hospital, por el personal de primera atención: enfermeras y doctores. El problema es que ellos no tienen respuestas. Y comienzan a cansarse también de recibir todas las quejas. 

Bery Zamora, la rescatista de animales, cuenta que en cuanto llegaron al pabellón comenzaron a organizarse para administrar las carencias y las dinámicas de un grupo en una situación como esa. Cosas sencillas como regular el uso de los baños o distribuir la comida.  A ella, una mujer de 34 años (bajo riesgo) que llegó con fiebre, la metieron en ese pabellón junto con ancianos y niños. “Comenzamos a organizarnos, con el miedo de que no sabíamos quiénes de nosotros podíamos contagiarnos y quiénes no”. Les hicieron pruebas de COVID a todos los ingresados y el miércoles 18 les notificaron, de manera informal, que todas las pruebas del pabellón habían arrojado resultados negativos. “Andábamos con mascarillas 24-7. Había mucha preocupación y estrés de no contaminarnos. Hubo momentos en que gente que estaba en el pabellón se ponía mal de salud. Rápidamente comenzamos a respetar a las enfermeras”, dice.

Gabriel fue de los que ingresaron el 17 de marzo. Pide omitir su verdadero nombre para evitarse problemas afuera. Asmático, presentó también fiebre y fue al Saldaña por cuenta propia, desde su casa. Tenía además diarrea, tos y pérdida de olfato. Es decir, los síntomas del librito para detectar COVID-19. “Yo creí ser el paciente cero”, dice. Lo llevaron a Ginecología y le asignaron una cama entre los 32 pacientes que habían llegado desde el día anterior. Le hicieron la prueba pero nunca le dieron los resultados. A diferencia de Zamora y varios de los ocupantes originales de pabellón de Ginecología, Gabriel sigue allí. Ya no tiene ninguno de los síntomas, que después identificaron como una infección de otro tipo. En dos semanas ha visto cómo salen y entran decenas de pacientes de su pabellón. 

“Viene un médico, vienen enfermeras y no nos dan ninguna información. ¿A quién le preguntamos?”, dice. “Si yo estoy bien, ¿por qué siguen metiendo aquí a gente sospechosa o, como el miércoles pasado, a cinco confirmados con positivo?”.

Cansados de la falta de respuestas, los pacientes comenzaron a denunciar por las redes sociales. Los videos dan cuenta de abandono, de falta de condiciones mínimas para un hospital en forma (baños en mal estado, manijas oxidadas, techos rotos…) y doctores regañando a los pacientes que se quejan. La tensión, palpable en esos videos, solo ha crecido con el paso de los días. 

Manuela, una mujer que pasó varios días ingresada en el pabellón de Lucha, cuenta las condiciones: “Había un señor en una habitación que era el baño de todos. Mi habitación no tenía baño. Todos compartíamos el mismo baño del cuarto de ese señor. La puerta del cuarto del señor permanecía abierta. Ese señor no tenía privacidad y luego quedó una muchacha. El cuarto del señor era el baño”.

Para entender mejor qué está pasando, envié varios mensajes al encargado de comunicaciones del Ministerio de Salud. Le solicitaba conversar o hacer llegar preguntas a la directora del hospital Saldaña, la doctora Carmen Melara. Ni siquiera respondió. 

Hablé con tres doctores y tres enfermeras que trabajan en esta pandemia, para preguntarles qué pasaba en el Saldaña. A falta de versión oficial, uno de los doctores aceptó hablar conmigo dos minutos y en condición de anonimato. También una de las enfermeras, a condición de que no la nombrara.  Han recibido órdenes del ministerio de no hablar con nadie. A las enfermeras las han amenazado con despedirlas y ya les han reclamado por publicaciones en medios de comunicación o en las redes sociales. “Hable con las autoridades competentes”, dijeron todos. Pero las autoridades competentes no hablan. El nuevo ministro de Salud, Francisco Alabí, ha aprendido a hablar con los medios igual que todos los funcionarios de este gobierno: convocan a conferencias de prensa en las que no admiten preguntas ni dan detalles de cómo están atendiendo la pandemia. 

El médico que aceptó hablar brevemente apenas dice esto: “La mayoría de los pacientes ingresados estos días nunca habían estado en un hospital público; y los hospitales públicos tienen muchas carencias”. Sobre las cuarentenas que no cumplen con mínimos estándares médicos, al ingresar nuevos pacientes al mismo espacio, el doctor se disculpó por no estar autorizado para responder.  

Las enfermera habla un poco más, molesta por las denuncias que han circulado en redes. “Hay pacientes malintencionados que mienten. Uno hace todo lo posible por estar a la altura de lo que se nos pide ahora. Aquí todos tenemos miedo, solo Dios con nosotros”. 

Algunos pacientes, le digo, se quejan de que pasan la mayor parte del tiempo desatendidos, que las enfermeras y los doctores llegan apenas unos minutos. Ella explica: “Entramos con unos trajes especiales que solo nos protegen veinte minutos, no más. Pero a veces nos quedamos hasta dos horas con ellos, tomándoles la temperatura y conversando. Se les cumple con los medicamentos y con los alimentos y ellos dicen que no se les cumple. Ellos no aprecian lo que hacemos. Pero (las autoridades del ministerio) nos prohíben hablar. No podemos ni defendernos de todo lo que nos acusan en esos videos”.  

Le pregunto si no cree que enfermeras y doctores están pagando los platos rotos de un sistema de salud que no responde a los pacientes las más elementales preguntas sobre su salud, su riesgo y los resultados de sus pruebas. “Puede ser”, me dice. “Sí, puede ser”. Después explica que las enfermeras no pueden hacer nada, porque a ellas nadie les da esa información tampoco. “Una termina mareada y deshidratada con esos trajes. Pero nadie valora eso”. 

Desde el sábado 21, las autoridades detienen a los salvadoreños que no logran justificar que su presencia en la vía pública responde a la búsqueda de alimentos o medicinas. Más de 700 personas han sido enviadas a los centros de contención. 
 
Desde el sábado 21, las autoridades detienen a los salvadoreños que no logran justificar que su presencia en la vía pública responde a la búsqueda de alimentos o medicinas. Más de 700 personas han sido enviadas a los centros de contención. 

Contagiados en cuarentena

El 18 de marzo en cadena nacional, el presidente salvadoreño informó que el primer contagio por COVID-19 en el país era un hombre que había vuelto de Italia, y entró por un punto ciego. Dijo que era originario de Metapán y poco más, salvo que había dado positivo en una prueba que le realizaron en el hospital Morales de Metapán y que ya había sido aislado. 

Dos semanas después, no hay respuestas sobre cómo viajó desde Italia hasta El Salvador, habida cuenta de que Italia, un país europeo, no tiene frontera con nuestro país; adónde se encuentra el contagiado, si permanece en el hospital santaneco o si fue enviado, como todos los otros casos, al Saldaña.

La página oficial del gobierno para información sobre la pandemia indica que, de los 56 casos confirmados hasta la noche del viernes 3 de abril, 49 habían sido detectados en los centros de contención. Como los cinco de Joya del Pacífico.  

El ministro de Seguridad, Rogelio Rivas, en un pequeño tropiezo, advirtió el miércoles pasado que quienes violen la cuarentena serán llevados directamente a los centros de contención, “corriendo el riesgo de que en estos centros de contención puedan contraer incluso el virus”, dijo. 

No se requería de científicos para prever ese problema. Concentrado todo el aparato gubernamental en imponer la cuarentena decretada el 11 de marzo, todos los ingresados al país a partir de esa fecha fueron enviados a centros de contención a los que se unirían, pocos días después, cientos de personas  detenidas porque, según la versión de las autoridades, violaron la cuarentena domiciliar decretada el 21 de marzo.  

La desinformación oficial y la negativa a permitir preguntas de los medios han tenido su contraparte en el caos de los centros de contención. “Yo estoy seguro de que me contagié en Jiquilisco”, dice Jhon Freddy Vasco. Allí nos pusieron en unas colchonetas amontonados, junto a familias enteras durmiendo en colchonetas. Allí juntaron a gente que venía de Italia, de México, de España… No había ni distancia mínima, ni protección, nada”. 

Dino Safie, también enviado a Jiquilisco a su regreso de un viaje, inició en  su cuenta de Instagram las denuncias de las nulas condiciones de salud en el centro de confinamiento. Ni alimentos, ni agua, ni servicios sanitarios adecuados, ni mascarillas ni guantes. Ni pruebas. Hacinadas cientos de personas que acababan de llegar al país desde muy diversos lugares, el centro de contención tenía todas las condiciones para convertirse en lugar de contagio. 

A partir de las denuncias hechas por los recluidos, además de la Procuraduría para la defensa de los Derechos Humanos y el Colegio Médico, el gobierno cerró Jiquilisco y trasladó a los ocupantes a diversos centros de contención. 

En el centro de contención ubicado en la Villa Olímpica, los más de 200 recluidos, la mayoría trasladados allí directamente desde el aeropuerto, reclamaron también por su condición de hacinamiento, y demandaron a las autoridades que les hicieran las pruebas y dejaran volver a sus casas a los negativos. La mayoría llevaba allí entre una y dos semanas en cuarentena. 

El doctor Ricardo Cea, entrevistado por La Prensa Gráfica, explicó las condiciones que encontró en ese lugar al que fue llevado junto con su familia, a su regreso de un viaje, el 13 de marzo: “Nos ponían a todos juntos en un cuarto con cinco camarotes y en cada cuarto metían a 10 personas, sin preguntar más que el nombre, no preguntaban ni de dónde venía ni con quién había tenido contacto. Luego nos llevaban al comedor a todos juntos. Hacíamos una fila sin guardar ninguna distancia. No nos dieron mascarillas, porque no tenían. Era un desorden, no había ninguna medida de cuarentena real más que tenernos apartados a todos juntos para no contaminar a la población, sin pensar en que nosotros mismos nos podíamos contaminar”.

El gobierno desalojó el centro de contención la semana pasada y envió a sus ocupantes a hoteles en los que hoy terminan su cuarentena, con habitaciones compartidas y aisladas. La negligencia ya ha cobrado víctimas como Óscar Méndez, el señor que murió desatendido en uno de estos centros de contención. 

Dina de Méndez permaneció en la incertidumbre por más de 24 horas. Su esposo falleció en un centro de contención el miércoles 1 de abril. El Ministerio de Salud matuvo bajo reserva el caso, incluso para la familia, hasta el día siguiente. En la imagen, Dina espera frente a la entrada del hospital Saldaña, en Los Planes de Renderos, en San Salvador, los resultados de la autopsia. Aunque su esposo no murió a causa del virus, según el Gobierno, su cadáver fue enviado al Saldaña para el exámen forense. Foto de El Faro: Víctor Peña.
 
Dina de Méndez permaneció en la incertidumbre por más de 24 horas. Su esposo falleció en un centro de contención el miércoles 1 de abril. El Ministerio de Salud matuvo bajo reserva el caso, incluso para la familia, hasta el día siguiente. En la imagen, Dina espera frente a la entrada del hospital Saldaña, en Los Planes de Renderos, en San Salvador, los resultados de la autopsia. Aunque su esposo no murió a causa del virus, según el Gobierno, su cadáver fue enviado al Saldaña para el exámen forense. Foto de El Faro: Víctor Peña.

A Jhon Freddy Vasco y a su esposa los llevaron al Hotel Siesta, y allí permanecieron cuatro días antes de ser enviados a Joya del Pacífico en la Costa del Sol, donde ya pudieron recluirse en un lugar propio, sin contacto con otras personas en cuarentena. 

El gobierno reporta que actualmente hay 4442 personas en cuarentena, distribuidas en 98 centros de contención. La sexta parte de estas personas fue remitida por presuntamente haber violado la cuarentena domiciliar, es decir por circular en la vía pública sin autorización para ello. 

Pero el caos original de los centros de contención se trasladó al hospital Saldaña, al que se envían todos los sospechosos sintomáticos o personas cuya prueba de COVID haya resultado positiva. 

Manuela, la mujer que compartía un solo baño con varias personas, en el pabellón de Lucha, fue trasladada pocos días después a Cirugía, donde ahora se encuentra Jhon Freddy.  “Cirugía es un solo salón donde están las camas bien pegaditas, separadas por cortinas, son como unas 30 o 40 personas las que están en esa área. En teoría todos los que estábamos ahí éramos casos sospechosos, aunque a algunos nos habían hecho ya la prueba y salimos negativos. Al día siguiente mencionaron a varias personas. A mí no me mencionaron y se los llevaron a un albergue. Nos quedamos 10”.

Es decir que al menos veinte personas que habían estado en la zona de alta sospecha fueron trasladadas a centros de contención, en los que cientos de personas cumplen cuarentena. La lógica del encierro es suficiente para entender que la llegada de nuevas personas, en caso de contacto, invalida todo el tiempo anterior de cuarentena. En vía contraria, cuando desde algunos de los centros de contención llegan nuevos pacientes al Saldaña, los que se encuentran allí haciendo su cuarentena son los expuestos. 

“El segundo paciente que murió estuvo aquí en Ginecología pero se lo llevaron y luego falleció en otro lugar”, cuenta Gabriel. “Al que sí vi morir fue a don Julio (un hombre de 82 años con diabetes), que aquí mismo falleció. Fue el primer fallecido. No murió de coronavirus pero murió enfrente de nosotros”. Ese pabellón, que ya está lleno de personas con delicadas condiciones de salud, es adonde metieron el miércoles pasado a Jhon Freddy Vasco y lo otros cuatro casos referidos como positivos.  

“Aquí hay personas de 92 años, un niño de 15 años, un señor mayor de edad… Señores diabéticos. ¡Y aquí vinieron a meter a los positivos!”, se queja Gabriel. 

A pesar de haber estado en contacto con los positivos, el viernes al mediodía Gabriel y otros tres pacientes de Ginecología fueron trasladados al vecino hospital Neumológico del Seguro Social. Le pidieron que llevaran sus pertenencias. En el Neumológico les tomaron la temperatura y les hicieron unas preguntas. Un par de horas después estaban de regreso en el Saldaña, sin que nadie les explicara esos movimientos. 

El viernes por la tarde, pacientes del pabellón de Cirugía hicieron circular un nuevo video. Una decena de personas reunidas en dos camas denuncian que sus pruebas les han dado negativas y que, sin embargo, les han llevado a pacientes delicados, que han dado positivo. Se trata de los cinco de Joya del Pacífico y tres pacientes que estaban en el área de Ginecología. Positivos también, les dijeron, tras varios días conviviendo con los demás pacientes. “Apenas nos separa una cortina”, dice el autor del video. Camina un poco, hasta que se encuentra con Jhon Freddy Vasco de pie junto a su cama, a quien le pide contar cómo llegó allí. El colombiano repite su versión, según la cual él se contagió en el centro de retención de Jiquilisco. 

Poco antes de que circulara ese video, hablé con Jhon Freddy. “Estoy junto a dos señores que parecen estar muy mal. No pueden respirar. Yo tengo miedo. Me da terror cuando pasan personas que tosen junto a mí. Por favor pida que nos vengan a hacer a todos la prueba o que me enseñen los resultados de la que me dijeron. Yo quiero que me digan si estoy contagiado o si no que me saquen ya de aquí”, dice. 

“Aquí todo mundo está con miedo”, confiesa Gabriel, desde Ginecología. “Entran y salen de este pabellón. Traen gente nueva cada semana. ¿Y si tienen contagio? Aquí dejan morir a la gente. Uno puede entrar sano y salir con el virus”.

*Con reportes de Gabriel Labrador y Carlos Martínez

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