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El Salvador

Diario de cuarentena 7: ¡Al fin me hicieron la prueba!

Este 9 de abril, tras 25 días de cuarentena y después de que se la practicaran a todos en los cuartos vecinos, hicieron la prueba de coronavirus a la periodista de El Faro. Llegando casi al final de la cuarentena en el hotel La Palma, quedan muchas dudas sobre cuáles son los criterios con los que se priorizó a quién hacer la prueba. 

 
 

A diario, desde que iniciaron las medidas de emergencia y contención por el COVID-19 en El Salvador, estamos llenos de dudas. Respuestas hay cada vez más pocas y cada vez más herméticas. Nada es más frustrante para nosotros los periodistas que encontrar muros en donde deberían de haber puertas abiertas. Ahora imaginen ser periodista en cuarentena y paciente al mismo tiempo, y hacer preguntas que nos agobian a todos por igual, pero que quienes están a cargo de mi cuido no logran contestar.

Después de 25 días en confinamiento, cada día se aferra más la certeza de que los médicos y enfermeras no solo no tienen el control, sino que tampoco tienen toda la información. Las órdenes vienen de “arriba”, allá donde se convoca a convocatorias de prensa, pero no para responder preguntas, sino para hacer escuetas declaraciones.

De entre todas las dudas, la más prominente ha sido ¿quién decide a quién y cuándo hacer la prueba? Cuando aterricé el 16 de marzo, lo primero que pregunté fue si durante los 30 días que estaba aceptando estar en cuarentena me iban a hacer alguna prueba. La respuesta fue que no, a menos que presentara síntomas. Lo mismo nos repitieron los médicos que nos evalúan a diario en el albergue, aún cuando el 24 de marzo - nueve días después de que inició nuestro confinamiento- el entonces viceministro de Salud anunció que cuatro de los pacientes a los que se les había hecho la prueba era asintomáticos.

24 días después, siendo la única de mi pasillo a la que no le habían realizado la prueba, me pareció más que necesario saber el criterio por el que yo había sido segregada del resto de mis vecinos. ¿Es porque mucho pregunto? ¿Porque a veces devuelvo la comida por hartazgo de ver casi a diario lo mismo? ¿Porque redacté la carta para pedir que nos hicieran la prueba a todos? ¿Porque trabajo en un medio que no es del agrado del presidente y sus funcionarios? ¡Merecía una respuesta!

Una enfermera informa a los recluidos en cuarentena en el hotel de La Palma cómo lavarse las manos durante su hora de sol del día miércoles 18 de marzo. La hora de sol fue cancelada el viernes 20. Foto: María Luz Nóchez.
 
Una enfermera informa a los recluidos en cuarentena en el hotel de La Palma cómo lavarse las manos durante su hora de sol del día miércoles 18 de marzo. La hora de sol fue cancelada el viernes 20. Foto: María Luz Nóchez.

Al hotel La Palma, en Chalatenango, las pruebas llegaron el 26 de marzo. Se hicieron 19 y la selección no tenía mucho sentido para nosotros. A ver, es importante recalcar que tras 11 días de confinamiento, seguramente algo de envidia de parte nuestra también existía. La certeza la necesitamos todos. Pero cuando inundamos de preguntas a los médicos de turno esa misma tarde, la primera versión fue que “Las personas a las que les están haciendo la prueba salen de una base de datos, de las cuales el sistema selecciona al azar”, y que hasta los tubos de ensayo venían rotulados antes de llegar al albergue. 

Cuatro días más tarde, cuando cumplimos la mitad del tiempo en confinamiento, el 30 de marzo, estábamos recolectando firmas para solicitar que nos la hicieran a todos cuando el mismo médico encargado del albergue vino hacia nosotros para persuadirnos. No nos daba certeza de que a todos se nos haría la prueba, pero sí descartó que el procedimiento fuera al azar. Él se hizo responsable de seleccionar con base a criterio de país de procedencia, países en los que se había hecho escala y cuadro clínico a las personas que serían sometidas a las pruebas que poco a poco iban siendo destinadas al albergue. 

Las pruebas regresaron el 1 de abril y en ese muestreo había gente que llegó de Guatemala, Estados Unidos y México, de todas las edades y algunos padecimientos crónicos, como hipertensión, diabetes y cardiopatías. En ese fue que eligieron de mi habitación a Aura y María Magdalena, que al igual que yo, también habían tenido Estados Unidos como su principal destino y Ciudad de México como escala. Es más, Aura y yo, casualmente, habíamos estado en el mismo Estado.

Que ellas fueran seleccionadas antes que yo tenía sentido por su condición preexistente. Sin embargo, en ese mismo grupo de elegidos le tomaron la muestra a todos los vecinos del cuarto de enfrente, que venían de Guatemala. Solo uno de ellos tiene un padecimiento crónico que, resulta, es el mismo que el mío. Con la suerte de que a él, contrario a mí, no se le ha disparado la alergia. Y con la diferencia de que él no es salvadoreño y desde que entró aquí ha estado en contacto con el embajador de su país.

A mi pasillo regresaron las pruebas ayer 8 de abril. Y se hicieron a todos los que estaban pendientes. Excepto a mí. Nunca, desde que llegué, he pedido un trato preferencial. Aunque no es en las circunstancias que yo hubiera preferido -como la domiciliar- estoy convencida de que la medida de aislamiento tiene su razón de ser. Pero, por alguna razón, ni los países en los que estuve me calificaron para ser testeada al mismo tiempo que mis vecinos de cuarto ni de bloque.

En Twitter, mi preocupación por no haber sido seleccionada para la prueba le parecía a quienes no están en un albergue una petición innecesaria, dado que no presentaba ningún síntoma. Que con eso debía conformarme. Otros respondían que no había suficientes pruebas, aunque ese mismo día aparecía alguien a quien se la habían hecho dos y hasta tres veces. Mientras tanto, mi única certeza era que si mis compañeras habían dado negativo, mi resultado debería de ser el mismo.

A medida que avanzan los días, los empleados del hotel La Palma, Chalatenango, se solidarizaban con nosotros los encuarentenados por medio de mensajes de ánimo en los platos de comida. Foto de El Faro: María Luz Nóchez
 
A medida que avanzan los días, los empleados del hotel La Palma, Chalatenango, se solidarizaban con nosotros los encuarentenados por medio de mensajes de ánimo en los platos de comida. Foto de El Faro: María Luz Nóchez

Ayer pregunté a una médica y a una enfermera por qué específicamente a mí no me la habían hecho, y me dijeron que hoy 9 de abril regresarían a hacer las que faltaban y que, respetando el orden -a saber cuál-, yo sería la primera. 25 días después de confinamiento, por fin me hicieron la prueba.

Créanme cuando les digo que es una sensación horrible, en específico el de la nariz. Nadie pediría por su gusto y gana un hisopado de este tipo a menos que haya un motivo sólido para sospechar que pueda haberse contagiado, como el de todos los que estamos aquí. Tres horas después de que me hicieran la prueba, mientras escribo, todavía siento la molestia en mi fosa nasal izquierda.

Si tuviera que compararlo con algo, desde mi experiencia diría que lo sentí más invasivo que el raspado que supone una citología. A lo mejor es solo porque con un tabique desviado es más difícil evacuar por completo mi nariz, o por la simple y sencilla razón de que respirar es una de las funciones más vitales y, por tanto, estoy más consciente de lo que sucede en mi nariz que en cualquier otra parte del cuerpo.

25 días después, también anunciaron las primeras altas: 47 de 108 personas regresarán mañana a sus casas a terminar de cumplir la cuarentena, y serán visitados por agentes de la PNC y militares para verificar que están cumpliéndola. No es nada seguro, pero al resto, a los que nos hicieron la prueba entre ayer y hoy, bien podrían sacarnos durante el fin de semana. Aura y María Magdalena salieron favorecidas, pero decidieron posponer su regreso para no dejarme sola. Si mi diagnóstico asintomático es negativo, pronto escribiré desde casa.


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