El Salvador / Coronavirus
Diario de cuarentena 9: Desde el encierro feliz

El día 32 de confinamiento, las últimas personas que guardaban cuarentena en el hotel La Palma fueron trasladadas al fin. Deberán guardar 15 días de encierro en sus casas. Desde la suya, la periodista de El Faro que estuvo ahí hace reflexiones sobre lo vivido y un recuento de las últimas y tensas horas en aquellos cuartos, donde algunos llegaron a gritar: '¡Muerte a la periodista!'. Con este diario se cierra esta serie de relatos desde la cuarentena.


Fecha inválida
María Luz Nóchez

Hay tantas maneras de empezar esta última entrada que se me acumulan todas en la punta de los dedos mientras escribo. Pero quizá la principal sea la felicidad inexplicable de escribir -¡por fin!- desde mi casa. Debo admitir, eso sí, que la producción de esta entrada ha tomado más que cualquiera de las anteriores. Empiezo a escribir párrafos que luego muevo de lugar porque me parece que no es el mejor momento para que aparezcan en la estructura. Además, ahora que no tengo que cuidar el consumo de internet, parece que la prisa hubiera desaparecido. Tampoco se trata esta de una entrada motivada por la ansiedad, la incertidumbre, el miedo o el enojo. Estoy feliz de estar en casa y eso me puso de inmediato en modo suspensión. Además, por supuesto, de todo lo que implica estar en casa: hacer limpieza, cocinar, lavar ropa y, sobre todo, dormir.

Hace días no duermo una noche completa. Despertaba durante la madrugada y el sueño había desaparecido. No había lista de reproducción que ayudara lo suficiente a relajarme como para mantener el sueño por más de unas horas. Una vez que se empezaron a acumular los días después de haber cumplido con la fecha de salida acordada -el 15 de abril-, la mente empezaba a jugarnos en contra. Y aunque intentábamos calmar las ansias, nuestros sentidos estaban en estado de alerta. Tanto que cada vez que escuchábamos el ruido de un bus -o lo que creíamos que podía ser uno- corríamos hacia el final del pasillo a vigilar lo poco que podíamos observar de los alrededores del hotel La Palma.

Lo digo aún en pasado, porque este 17 de abril -mi primera noche en casa- desperté a las 4:30 de la madrugada. Tengo el sueño muy liviano y el trino de los pájaros en la ventana fue mi despertador. Salí a la sala a escucharlos, los grabé con el celular y me volví a dormir. El olor a ropa de cama limpia sirvió como uno de esos aromatizantes relajantes que una vierte sobre la almohada para ayudar a conciliar el sueño.

Hoy alguien me preguntó qué sentí al llegar a casa. He escuchado de parte de mis vecinos de confinamiento que algunos lloraron al reencontrarse con sus familias. Yo sentí muchísima emoción y ternura cuando por fin vi a mi gata, que estaba triste después de tantos días de abandono, pero las lágrimas las dejé en el camino.

El jueves, cuando por fin estaba en el bus con dirección a mi casa, tuve un momento de descompresión. “Hola, mami”, dije mientras intentaba grabar una nota de voz para avisarle a mi mamá que iba de regreso a San Salvador. No logré terminarla. Se me cortó la voz y empecé a llorar. Las emociones se acumularon, me presionaron el pecho y empecé a sentir problemas para respirar. Como ahora el virus ya circula en la ciudad, la indicación fue que usáramos mascarilla desde que saliéramos del albergue. Resolví arrancármela de la pura desesperación. No se puede llorar a gusto con una mascarilla cubriéndote el rostro.

La vista desde mi ventana carece de montañas o jardines de fondo, pero es mi definición de casa. Fue esta, durante 32 días, la vista añorada desde el encierro en La Palma, Chalatenango. Foto de El Faro: María Luz Nóchez
 
La vista desde mi ventana carece de montañas o jardines de fondo, pero es mi definición de casa. Fue esta, durante 32 días, la vista añorada desde el encierro en La Palma, Chalatenango. Foto de El Faro: María Luz Nóchez

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La noche del miércoles 15 de abril, cuando cumplimos 31 días de confinamiento, tuvimos una quinta última cena. Qué bueno que esa sí fue la última. Teníamos razones de peso para estar convencidos de que así sería, aunque mientras los buses no estuvieran afuera del albergue, no existía garantía. Después de que los médicos nos aseguraran el lunes 14 de abril que no había ninguna justificación médica para que nos tuvieran retenidos, entre los 65 que quedábamos la única certeza era que o hacíamos la bulla o a saber cuántos días más se iban a sumar a la cuenta. Algo de razón teníamos. Al día de hoy, hay personas cumpliendo hasta 40 días de cuarentena y nadie les da razón del porqué. El presidente asegura en su cuenta de Twitter que son posibles focos de contagio y con eso deslegitima su petición de volver a casa. Veo los videos y las fotos, y me da una mezcla de angustia y escalofríos que me hormiguea todo el cuerpo. Me descompensa siquiera imaginar qué estaría sintiendo si me hubiera tocado amanecer otro día más en el albergue. Yo también me estaba volviendo loca.

Hay gente que cree que quienes aún están en albergues y reclaman su libertad exageran las cosas. Creen que les rebalsa el gusto porque están en un hotel con aire acondicionado y tres tiempos de comida. Dejan de lado que para ellos no es permitido existir más allá del cuarto que habitan y que uno de sus limitados contactos con el mundo exterior es esa ventana desde la cual protestan. Pasan por alto, también, que el miedo a contagiarse que sienten los que están afuera se magnifica estando adentro, porque la información es hermética y cuando la hay es confusa. Hay ansiedad y con ella un estado de alerta que te priva del sueño, el hambre, el optimismo o la fe, según le quieran llamar. Sus voces clamando ser liberados desde sus ventanas es el acto más libre que han podido hacer en casi ocho semanas.

Cuando empezamos a hacer público que nos habían prometido sacarnos desde el sábado 11 de abril, otras personas cumpliendo cuarentena en otros centros de contención en el resto del país hicieron eco de nuestros mensajes señalando que llevaban, incluso, más días que nosotros. Algunos 32, otros 35. Nos pusimos manos a la obra. El abogado de la familia de alguien preparó un habeas corpus para presentar a la Sala de lo Constitucional en representación de todos. Otros buscaron un contacto en medios de comunicación para que nuestra petición se convirtiera en noticia y varios más empezaron a llamar al delegado de Chalatenango de la Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos (PDDH). Hasta los médicos, dijo el funcionario, les habían pedido apoyo para que se permitiera el alta del albergue.

En la tarde del día 31 de nuestro confinamiento, previo a la cena, un grupo de personas que estaba en el módulo de arriba bajó a la zona prohibida para nosotros los encuarentenados, para hablar con el médico encargado del albergue. A su regreso traían la buena nueva. El médico les había enseñado un mensaje de Whatsapp donde se confirmaba que ese día habían aprobado nuestra alta y que al siguiente seríamos trasladados a nuestras casas. Esa misma mañana yo había contactado al Procurador Apolonio Tobar por mensaje de texto; por la noche me confirmó que nuestra salida era un hecho. El privilegio de pedir comida desde fuera seguía activo. Celebramos con pupusas y brindamos con la soda que nos había sobrado de la cena de una de las noches anteriores.

Después de que las primeras 43 personas dejaron el centro de contención el pasado 10 de abril, los que quedamos en mi pasillo decidimos apoderarnos de él. Ya no queríamos seguir comiendo en las camas, así que sacamos dos mesas de dos de los cuartos vacíos y las convertimos en nuestro comedor. Esa noche, una vez que terminamos de comer, hicimos una ronda para dar gracias, principalmente, por habernos conocido y compartido los últimos momentos. A pesar de que fue una experiencia que para nada nos gustaría repetir, hubo incluso razones para justificar el porqué de nuestro paso por ahí. A mí, por ejemplo, tan acostumbrada a mi independencia, me ahorró un mes que bien pudo haber sido de aislamiento total. Se forjó ahí, pues, en medio de la incertidumbre, una pequeña familia por la que estaré siempre agradecida. Algunas personas, como Aura y María Magdalena, me dejaron compartir parte de la intimidad de la habitación 13 fuera del anonimato. Otros se mantuvieron anónimos, pero fueron parte activa de mucho de lo que en estos diarios se relató.

No a todos en el albergue la presencia de una periodista y las constantes publicaciones les pareció una buena idea. Mientras el grupo que bajó a hablar con el médico subía de regreso a su módulo, alguien gritó: “¡Muerte a la periodista!” Después de ocho años trabajando en El Faro, que alguien nos tire odio por nuestro trabajo ha dejado de ser novedad. Pero el grito estuvo tan fuera de lugar que no pude evitar preguntarle qué tenía en contra de la periodista. El tipo siguió su camino entre risas, como si mi molestia fuera para él una medalla. El vocero del grupo respondió por él y me pidió que no le hiciera caso.

-¿Algo de lo que he publicado le ha parecido exagerado? -pregunté.

-No, de hecho le agradezco por poner en el anterior lo de mi hijo enfermo. Mi esposa, gracias a Dios, logró conseguir algo de dinero para comprar la medicina. Pero usted ya sabe que los doctores se pueden molestar y ellos han sido buena gente con nosotros.

-¿Alguna vez puse que los médicos nos han maltratado?

-No, no estoy diciendo eso. Pero quizá es mejor que no publique nada ahora.

Entre líneas, me estaba pidiendo no agitar las aguas. Como si alguien les hubiera dado a entender que el retraso en sacarnos de ahí era una lección que debía aprender como consecuencia de mis publicaciones. Le dije que, si ese fuera el caso, y aunque sería un abuso absoluto, las consecuencias recaerían sobre mí. Al fin y al cabo, yo estaba relatando lo que nos pasaba a todos, pero en específico dentro de mi habitación y mi pasillo.

Mientras esto ocurría en el espacio común del pasillo que conecta todos los módulos del hotel, frente a nuestra ventana, desde arriba, otras personas llegaron a corear “¡Muerte a la periodista!”. Así me lo contó Aura con un gesto de extrañeza y disgusto en el rostro mientras me preguntaba “¿Qué les pasa?”

Supongo que les habrá parecido gracioso y seguro ignoran que se trata de un delito. En todo caso, es solo producto de la narrativa instalada desde el Gobierno -no solo este, pero especialmente este- de que la culpa la tiene el mensajero, no quien se equivoca en la toma de decisiones.

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Salir del hotel La Palma constaba de cuatro pasos: firmar el alta, vacunación contra la influenza, autorizar seguimiento de cuarentena por parte de la PNC y esterilización de nuestras pertenencias. Foto de El Faro: María Luz Nóchez
 
Salir del hotel La Palma constaba de cuatro pasos: firmar el alta, vacunación contra la influenza, autorizar seguimiento de cuarentena por parte de la PNC y esterilización de nuestras pertenencias. Foto de El Faro: María Luz Nóchez

La noticia de que era hora de dejar el Hotel La Palma, si bien era la más esperada, nos tomó por sorpresa. Estábamos decidiendo con Aura si era buena idea tomar una siesta posdesayuno, ya que no habíamos logrado dormir la noche anterior. Decidimos que lo mejor era la ducha y después la cama. Escogiendo la ropa que nos íbamos a poner estábamos cuando, desde el final del pasillo, un policía gritó: “Llegaron los buses. Los de oriente, saquen sus cosas y empiecen a bajar”. Con el anuncio empezamos a correr de un lado a otro sin saber qué hacer: ¿nos bañamos o terminamos de armar las maletas? ¿Nos va a alcanzar el tiempo? A la carrera, pero logramos las dos cosas. Hicimos fila alrededor de una hora para llegar hasta unas mesas donde firmaríamos el alta y el acuerdo de una nueva cuarentena por 15 días más en nuestras casas, pese a que en la hoja se lee que estamos sanos y no representamos un peligro para la sociedad. También firmamos una hoja donde autorizamos a la PNC llegar a nuestras casas y confirmar que la estamos cumpliendo; caso contrario, se advierte, seremos internados de nuevo a un centro de confinamiento. 

Como parte del protocolo, además de esterilizar nuestras maletas con una mezcla de agua y lejía, también nos ponen la vacuna contra la influenza. Estando ahí, una pregunta nos sacó una carcajada irónica. “¿Usted es alérgico al huevo?”, preguntaba a cada uno la enfermera. Un poco tarde, pensé, para un grupo de personas que por 31 días recibió al menos una comida - a veces dos- en donde el huevo era protagonista. Podría escribir un tratado sobre el privilegio que en estos días representa comer huevos. Pero estoy tan harta de ellos como del encierro que me hizo aborrecerlos. Y no quiero ni planeo repetir ninguno en lo que me resta de vida.

Mi encierro total continuará por 15 días más, pero será uno muy diferente. Estoy ahora en mi espacio y controlo mis circunstancias. No hay soldados que vigilen los pasillos y mi movilidad va más allá de 12 pasos. El encierro generalizado, que a estas alturas a muchos les provoca ansiedad, a mí me da paz.

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