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Precauciones sobre la automedicación contra la COVID-19

Xavier F. Vela

 
 

En la actual pandemia de COVID-19, es natural que exista mucha información al respecto; de hecho, la Organización Mundial de la Salud habla de una "infodemia", la cual hace referencia a una marea de información donde es fácil perderse o confundirse si no se tienen claro ciertos conceptos. Esta pieza no pretende ser una revisión exhaustiva de todas las terapias en estudio contra el COVID-19, si no más bien un señalamiento sobre algunos medicamentos disponibles que se han promovido como tratamiento y, sobre todo, un llamado a la cautela y la precaución.

Lo primero que hay que recalcar es que hasta la fecha no existe ningún tratamiento curativo contra el COVID-19. Sin embargo, hay un número de medicamentos que están siendo investigados activamente en ensayos clínicos. Las conclusiones derivadas de estos estudios permiten el desarrollo de las guías clínicas para la práctica clínica de los profesionales de la salud.

Cabe recordar que cuando un médico receta un medicamento, se combinan la experiencia y el juicio clínico, respaldado por la evidencia científica generada por las investigaciones, que culmina con la práctica de una medicina de precisión. Dentro de ese razonamiento están inmersas dos variables fundamentales: la seguridad y eficacia de un medicamento, y es por esta razón que toda recomendación médica no debe basarse en anécdotas, sino en la mejor evidencia disponible a la fecha.

La cloroquina e hidroxicloroquina son medicamentos con una larga historia en la medicina. Utilizados inicialmente como tratamiento contra la malaria, hoy en día son también utilizados para tratar algunas enfermedades autoinmunes, como el lupus y la artritis reumatoide. Dada su capacidad de modulación del sistema inmune - y otros mecanismos a nivel celular - su uso ha sido promovido a lo largo y ancho como tratamiento para el COVID-19. 

Estos medicamentos, con un uso racional, cuidadoso y guiados con consejo médico, son generalmente bien tolerados, pero no están exentos de efectos adversos, como alteraciones de la actividad eléctrica del corazón, daño retinal y alteraciones neurosiquiátricas. Por esta razón, su uso contra la COVID-19 debe darse únicamente bajo estricta vigilancia médica y consentimiento informado.

No hay datos concluyentes, por ahora, que demuestren la eficacia de estos compuestos para tratamiento o profilaxis contra la COVID-19. Y, por lo tanto, su uso solo se recomienda en el contexto de un ensayo clínico, como los que actualmente se están desarrollando en el Hospital General de Massachusetts y el hospital Henry Ford en Detroit, los cuales se encuentran en fase inicial y de reclutamiento, respectivamente.

El Ibuprofeno inicialmente generó ciertas preocupaciones debido a que se creía que podría causas complicaciones en personas con COVID-19.  Se trata de un medicamento que pertenece a la familia de los AINEs (antiinflamatorios no esteroideos). Este grupo de fármacos son utilizados para tratar una variedad de síntomas  como el dolor y la fiebre, muy frecuentes en las enfermedades inflamatorias.Dicha actividad antiinflamatoria ha sido utilizada para promulgar su supuesta efectividad contra la COVID-19. Hasta la fecha no existe ningún estudio clínico que concluya su eficacia en el tratamiento del coronavirus. Aun así, la Administración de Alimentos y Medicamentos de los Estados Unidos (FDA, por sus siglas en inglés) está trabajando activamente en vigilar la seguridad de su uso, por los efectos adversos ampliamente documentados. 

Considerando la delicada naturaleza de la pandemia, y dadas las características epidemiológicas de El Salvador, es necesario señalar algunas precauciones, como ya lo han mencionado otros expertos:

Por un lado, en nuestro país el dengue sigue estando presente y es conocido que es una enfermedad que también cursa con fiebre, si se usa ibuprofeno, se corre el riesgo de hemorragias (sangrado), lo cual traerá consecuencias graves al paciente. La Mayo Clinic, en su página informativa sobre el Ibuprofeno, advierte que es un medicamento que puede aumentar el riesgo de sangrado. Por otro lado, si la fiebre en cuestión es provocada por COVID-19, una dosis no ajustada de ibuprofeno, podría causar daño renal aumentado por el mismo virus. Existen, además, reacciones adversas impredecibles que dependen de cada organismo y que, aunque poco frecuentes, pueden ocasionar una reacción similar a una  alergia, como resultado de una activación excesiva del sistema inmune finalmente provocando daño renal directo independiente de la dosis y duración. 

¿Por qué, entonces, un medicamento que se usa para controlar el dolor y la fiebre puede estar asociado con efectos adversos en el contexto de COVID-19? La respuesta está precisamente en cómo actúan los AINEs a nivel molecular y celular. Explicado de forma sencilla: en nuestro cuerpo existen sustancias llamadas prostaglandinas y sus funciones son extremadamente diversas, entre ellas se encuentran la modulación de la respuesta inflamatoria (como el dolor y la fiebre). Los AINEs actúan precisamente reduciendo la función de dichas sustancias y, por ende, sus efectos terapéuticos.

Las prostaglandinas, no obstante, tienen otras funciones vitales para nuestro cuerpo, una de ellas es el soporte adecuado del flujo sanguíneo a los riñones. Si el flujo no es el adecuado, los riñones no reciben el oxígeno y los nutrientes necesarios para su correcto funcionamiento. Al juntar estos efectos con el daño renal que deriva del COVID-19, se observa cómo la unión de dichos procesos puede desencadenar efectos adversos muy serios.

Usado de forma consciente, bajo vigilancia médica y por un tiempo adecuado su uso es seguro. Dado todo lo anterior, y como lo advierten varios expertos en Europa, el ibuprofeno no está recomendado para tratar el COVID-19. 

La importancia de los ensayos clínicos
La única forma de acercarnos a una respuesta es mediante la aplicación del método científico. En la lucha por buscar un tratamiento efectivo para COVID-19 diferentes instituciones, hospitales, universidades, a nivel mundial, se han dado a la tarea de diseñar ensayos clínicos precisamente para responder a la gran interrogante. Los ensayos clínicos son estudios de carácter científico que por su rigurosidad metodológica se les considera una de las mayores fuentes de evidencia veraz y concluyente. Ocupan muchos recursos, tanto humanos como financieros, pero sus resultados dictan políticas de salud que se traducen en beneficio a la población. Aun cuando un ensayo clínico es prometedor, este no puede arrancar si no se cuenta con la aprobación del comité de ética de cada institución, el cual vela por el cumplimiento de los derechos de los pacientes que se someten a los ensayos clínicos.

En muchos hospitales a nivel mundial, cada medicamento o terapia experimental debe superar la prueba del ensayo clínico, y en esta carrera contra la COVID-19 los hospitales liberan protocolos para uso de todo su personal, incluyendo residentes, quienes identifican pacientes potenciales que puedan beneficiarse. Es por esta razón que las sociedades médicas mundiales recomiendan que si se van a utilizar medicamentos que aún no están aprobados contra COVID-19 sean únicamente evaluados en el contexto de un ensayo clínico, donde la seguridad y monitoreo del paciente es del más elevado rigor metodológico. 

Finalmente, el llamado es a exigir investigaciones científicas de calidad, que respeten la autonomía del paciente mediante el consentimiento informado, respetando los principios de la ética médica, elaboración de protocolos transparentes y traducir los hallazgos en recomendaciones claves que beneficien a la población.

Xavier Vela es un médico graduado de la Universidad de El Salvador. Actualmente está terminando su residencia de medicina interna en los hospitales Mount Sinai West y Mount Sinai Morningside, en la ciudad de Nueva York. Posteriormente realizará un fellowship en nefrología en Boston en los hospitales Massachusetts General Hospital y Brigham and Women's Hospital.
 
Xavier Vela es un médico graduado de la Universidad de El Salvador. Actualmente está terminando su residencia de medicina interna en los hospitales Mount Sinai West y Mount Sinai Morningside, en la ciudad de Nueva York. Posteriormente realizará un fellowship en nefrología en Boston en los hospitales Massachusetts General Hospital y Brigham and Women's Hospital.


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