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Ortega y Bukele, una conversación para la que no estamos listos

Wilfredo Miranda Aburto

 
 

Soy nicaragüense y vivo en una dictadura. Bajo un régimen que asesinó a 325 personas en 2018 con rampante impunidad y que, en la actualidad, ha gestionado la epidemia de covid-19 con descarada negligencia. Los adjetivos son necesarios. Nos gobierna Daniel Ortega, un presidente que se ausenta largos períodos. Cuando reaparece, sin dar explicaciones, minimiza el riesgo de la pandemia y tilda de exageradas las medidas de prevención asumidas voluntariamente por la ciudadanía. Frente a esa carencia de liderazgo, los nicaragüenses han buscado en el extranjero una guía en medio de la incertidumbre impuesta por el coronavirus. Y la han encontrado sin buscar tan lejos, al otro lado del Golfo de Fonseca: a Nayib Bukele.

Las tempranas medidas de prevención ordenadas por el presidente salvadoreño captaron de inmediato la atención de los nicas, quienes, angustiados, veían cómo el régimen de Ortega convocaba a marchas del “amor en tiempos de covid-19”, a maratones, bailongos y aglomeraciones públicas. Ni Ortega ni su esposa Rosario Murillo han dictado una política real para hacer frente a la epidemia. Así que los trinos de Bukele en Twitter, ordenando cuarentena, cierre de fronteras y otras medidas, fueron celebrados y asumidos por los nicaragüenses. “Ese es el presidente que quisiéramos tener”; “Bukele, el presidente que Nicaragua merece”, fueron algunos de los comentarios de los usuarios en redes sociales.

Ante la inacción –y hasta encubrimiento del avance real del virus– del régimen de Ortega, cualquier plan preventivo de otro gobierno resulta mejor y loable. Pero cuando la estrategia de Bukele de cara al virus de Wuhan comenzó a reñir con el Estado de derecho, la institucionalidad y el balance de poderes en El Salvador, las críticas que surgieron a dicha gestión enervaron a los nicaragüenses.

El pasado domingo dos de mayo compartí el editorial de La Nación de Costa Rica, cuyo titular advierte: “Bukele, dictador en proceso”. Y agrega: “con el pretexto del coronavirus, el presidente salvadoreño agrede la democracia y el Estado de derecho”. Las críticas de los nicas despuntaron, acusándome de “sandinista trasnochado”. Lo mismo sucedió cuando condené el asalto al parlamento cometido por el presidente más cool del mundo. Este fue el primer acto dictatorialmente diáfano de Bukele. Ese día, el de las selfies en Naciones Unidas, fue idéntico a los políticos tradicionales que dice no ser: los mismos que van con el Jesús en la boca e invocando al “altísimo” para justificar sus desmanes. En el congreso salvadoreño, el histriónico mandatario dijo que Dios le habló, mientras era escoltado por el fusil militar. Tan centroamericano, Bukele.

La alerta lanzada por La Nación ya la había prendido antes el periodismo salvadoreño, el mismo que tanto desdeña Bukele y desprestigia a través de su batería transnacional de relaciones públicas. Por ejemplo, El Faro ha evidenciado el confinamiento draconiano, las fallas y contradicciones en los planes de contención del mandatario salvadoreño. Además, el desacato de Bukele a la Sala de lo Constitucional, refrendado mediáticamente a golpe de tuits, resulta grave. Pero, desgraciadamente, los nicas que están contra la dictadura de Daniel Ortega defienden a capa y espada a Bukele, al igual como lo hacen los seguidores de Nuevas Ideas. Compran con facilidad absoluta la narrativa de Bukele de “nosotros los buenos y los otros los malos”. Caen en esa simpleza que sirve como justificante al desmontaje democrático.

Si bien es cierto que los de antes fueron malos (FMLN y Arena, en El Salvador), Bukele como supuesto outsider político no ha demostrado ser distinto en el fondo a los típicos caudillos latinoamericanos, muy a pesar de sus mil formas de ser cool. Su talante autoritario, su engreimiento mesiánico, y su carisma y popularidad indiscutibles han sido la fórmula de muchos hombres devenidos en dictadores, al usar todo lo anterior para obviar y saltarse los límites de la democracia republicana.

En 2006, cuando Daniel Ortega regresó al poder y comenzó a implosionar la frágil democracia nicaragüense, muchos de quienes hoy lo adversan estaban con él o no se atrevían a criticarlo. Porque al igual que Bukele, que usa las encuestas de popularidad para justificar sus desmanes, Ortega decía que gobernaba en nombre del “pueblo presidente”, cuando en realidad lo hacía para sí mismo, su familia y su megalomanía. Así, el caudillo sandinista fue carcomiendo los cimientos institucionales, pese a la advertencia de periodistas, feministas y gran parte de la sociedad organizada ante la indiferencia ciudadana generalizada, que miraba las críticas a la deriva autoritaria como una necedad o una frivolidad de políticos.

Los dictadores actuales no se convierten en dictadores de un día para otro. Van, como Ortega, pavimentando el camino hacia la reelección indefinida y el poder absoluto, sin que nadie los detenga en el tiempo justo. Las débiles instituciones centroamericanas no pueden detener a caudillos mesiánicos por sí solas. Necesitan del hombro ciudadano. Por desdicha, en Nicaragua, cuando incautos y cautos intentaron frenar a Ortega, el tipo, con todo el poder entre manos, ordenó a los paramilitares y policías disparar a matar. Así que, por ejemplo, cuando la policía como institución encargada de la protección y el control ciudadano viola derechos humanos básicos, sitúa a quienes gobiernan y dan órdenes a estos cuerpos armados, como mínimo, en la antesala de una dictadura. Lo que muchos suelen catalogar como “régimen autoritario”.

Esta no es una comparación tajante. No digo que Bukele sea Ortega, sino una advertencia de lo que puede ser. Nuestras sociedades deben aprender que no es necesario, por ejemplo en Nicaragua, esperar a que el dictador se convierta en asesino para cuestionar sus desacatos a las reglas elementales del juego democrático. Parafraseando al editorial de La Nación, hay que detenerlo en el proceso.

El Salvador todavía está a tiempo, ahora que el coronavirus ha expuesto aún más la naturaleza autoritaria de Bukele. Insisto, distinto en formas a los de antes, pero igual en el fondo. Pero pareciera, como dice el meme de moda, que los centroamericanos no estamos listos para esta conversación, al no poder diferenciar entre lo necesario y lo desproporcionado. Queda tanto para que no nos seduzca el hombre fuerte, el populista, el redentor, el intercesor que habla con Dios. Ojalá, algún día, dejemos de zambullirnos en espejismos. Para no vivir, como nosotros los nicas, enfrentando una dictadura criminal y negligente.

El autor es periodista  nicaragüense. Colaborador del diario El País y Univisión Noticias. Premio Iberoamericano Rey de España.
 
El autor es periodista  nicaragüense. Colaborador del diario El País y Univisión Noticias. Premio Iberoamericano Rey de España.


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