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El Salvador

Coronavirus en la puerta de un mesón

Dos empleadas del MINSAL entrevistan a las puertas de un mesón del Centro a la pareja de vida de un hombre que desde hace cuatro días no regresa del hospital. No confirman si hay contagio o no, pero preguntan por la sana distancia, por la posibilidad de transmisión de la gente que vivía alrededor del señor. En el mesón 207 viven unas 100 personas apiñadas, usando la misma letrina y guacaleándose en la misma pila. Quedarse en casa aquí no parece ser la mejor solución. 

 
 

Dos trabajadoras del Ministerio de Salud interrogan a una mujer de aspecto robusto, humilde y de piel morena. La mujer lleva una mascarilla de las de tela, de esas que venden en el Centro, las lavables, reutilizables y poco confiables. Las dos mujeres del MINSAL, bien equipadas, usan doble mascarilla, la de abajo es quirúrgica y la otra es de las ya célebres N-95.

La escena ocurre al final de la avenida Independencia e inicio de la 1a calle Oriente. Es una zona roja, caliente dicen otros. Aquí domina la pandilla 18 Sureños y es un territorio disputado con la clica Zurita Locos de la MS-13. El último homicidio en esta zona, del que hay registro en internet, ocurrió justo a media calle el 18 de febrero de este año. Aquí ya se vivía con miedo.

Las dos enfermeras, cuadernillo en mano, interrogan a la mujer, que no aparenta más de 50 años. Ella se nota nerviosa, angustiada, frota sus manos, su voz se corta y mira para todos lados. De las puertas de los edificios salen curiosos. Llama la atención ver a dos mujeres bien equipadas en la zona. A solo un par de metros, se hacen grupos de cuatro y cinco personas que conversan y ven la escena.

-¿Él tuvo contacto con más personas? -pregunta una de las empleadas del MINSAL.

 -No, con nadie, pero sí utilizaba el sanitario del mesón, porque es público -responde la mujer. 

 -¿Cuántas personas viven en el lugar?

 -No sé, unas 100.

Dos trabajadoras del Ministerio de Salud entrevistan a María del Carmen Montoya, pareja de un hombre que fue trasladado a un centro asistencial por problemas respiratorios y que desde hace cuatro días no regresa al mesón. Foto de El Faro: Carlos Barrera
 
Dos trabajadoras del Ministerio de Salud entrevistan a María del Carmen Montoya, pareja de un hombre que fue trasladado a un centro asistencial por problemas respiratorios y que desde hace cuatro días no regresa al mesón. Foto de El Faro: Carlos Barrera

El cuestionario se detiene, las trabajadoras del MINSAL se alejan unos pasos de la mujer. Ella se queda petrificada, su cara refleja espanto y sus ojos se ponen vidriosos. "Todos tuvieron contacto con el señor", dice una de las enfermeras a la otra. "Tenemos que buscar más nexos", contesta su compañera.

Es obvio que hablan de un tercero. Es obvio que ese tercero es una fuente potencial de contagio. En estos momentos, ser ese tercero o la gente que estuvo a su alrededor es convertirse en esa construcción que ya es de manual: foco de contagio. En El Salvador, al día 18 de mayo, 27 personas han muerto a causa de la covid-19, y 1,383 se han contagiado según registro oficial, el Gobierno insiste en que estamos en las semanas críticas y desde los hospitales salen señales de desbordamiento.

Frente a la escena está el mesón 207. Los residentes del lugar se asoman para ver la interpelación. En el lugar viven 30 familias compuestas por vendedores ambulantes, bulteros, trabajadoras del servicio doméstico y pepenadores. Todos guardan cuarentena en pequeños cuartos, comparten ducha -o más bien pila donde echarse guacaladas- y sanitario. Este día, en la entrada del mesón, cuelgan mantas blancas que dicen: "Tenemos hambre". En una escena se juntan dos de los grandes fantasmas de estos días: la enfermedad y el hambre.

Los habitantes del mesón 207, sobre la avenida Independencia, han colocado trapos blancos con el mensaje:
 
Los habitantes del mesón 207, sobre la avenida Independencia, han colocado trapos blancos con el mensaje: "Tenemos hambre". Foto de El Faro: Carlos Barrera.

Me acerco a las trabajadoras del MINSAL y les pregunto la razón de la entrevista a la mujer. Dicen que no pueden dar declaraciones. Les pregunto si hay un caso sospechoso de coronavirus. Se dan la vuelta y no responden. Siguen platicando entre ellas y una y otra vez pronuncian la palabra "nexos".

El lugar es una zona de mesones, casas viejas del Centro sirven de vivienda para centenares. Las casas son enormes y no son ocupadas solo por una familia. En una cuadra se pueden contar hasta cuatro mesones, en cada uno vive un aproximado de treinta familias. Las fachadas están viejas y despintadas, el cemento se cae poco a poco de las paredes. Alrededor hay algunas chatarreras abiertas y pocas personas vendiendo el metal o la basura de otros. En la esquina donde estamos hay basura acumulada. Apesta. Quedarse en casa aquí no es necesariamente la mejor opción, por más que el presidente lo repita como la salvación única en estos días. Primero, porque muchos de ellos, como dicen sus mantas, tienen hambre. Segundo, porque aunque algunos no salgan, si un hambriento lo hace y vuelve con coronavirus, podría bastar con ir al baño de su "casa" para regresar a la cama con el virus.

De otro mesón sale una mujer y cuestiona a las dos trabajadoras: "Queremos saber qué pasa, por qué están aquí". Las enfermeras no responden, la que es interrogada se espanta y da dos pasos hacia atrás. Nadie dice nada.

El jueves 14 de mayo salió del mesón 207 Luis Herrera, un hombre de 60 años, vendedor informal, según me cuentan los vecinos. Luis pidió que lo llevaran al hospital, se le veía cansado y apenas podía caminar. "Había estado con fiebre", me comenta por medio de una llamada telefónica un contacto en el lugar. El día que se lo llevaron, Luis pedía ayuda y un vecino se ofreció para llevarlo a un hospital. Eran las 11:00 de la mañana. El hombre que lo llevó lo dejó en un centro asistencial y volvió a la rutina del mesón. Desde ese día, Luis no ha regresado.

Son las 10:30 de la mañana del 18 de mayo, han pasado cuatro días desde que Luis se fue con fiebre y problemas para respirar. Afuera del mesón, el interrogatorio continua, el nombre de la mujer entrevistada es María del Carmen Montoya. Ella es pareja de Luis. La gente del lugar se empieza a estresar y, ante la falta de respuestas de las empleadas del MINSAL, gritan desde adentro del mesón:

"Queremos que nos hagan la prueba".

Las entrevistadoras del Ministerio se empiezan a poner nerviosas. "La gente no hace caso", se queja una.

 -¿Tienen hijos? -preguntan las empleadas de gobierno a María.

 -Sí, dos niños -responde la mujer.

Continúan las preguntas. María se ve afligida, mira hacia el suelo y luego hacia el cielo. Las empleadas públicas piden que uno por uno los habitantes del mesón se acerquen con su DUI y digan si tuvieron contacto con Luis. La mayoría responderá que sí. Es un mesón, lo raro es no tener contacto con uno de sus habitantes. Ahí adentro, la sana distancia no existe ahora ni existía antes.

Una de las primeras en pasar es una tortillera. Se llama Esperanza y tiene cincuenta años: "Yo le vendí tortillas, pero así... Plática no tuvimos, solo la venta y ya", dijo Esperanza. Dentro del mesón, la tensión crece, todos quieren saber que pasa, si Luis tiene el virus o no.

Una mujer sale del mesón y camina hacia las entrevistadoras. Su paso es decidido. Señala a las dos mujeres con gesto amenazante, acorde a su tono de voz: "Aquí ya hay un gran desvergue, ¿nos van a decir qué putas pasa o no? Aquí, delante del periodista, ¿qué putas pasa?". Las trabajadoras del MINSAL retroceden, sudan, revisan su celular. Una llama a alguien y dice por teléfono: "Creo que nos vamos a tener que mover".

Los habitantes del mesón perdieron la tranquilidad cuestionaron el trabajo de las enviadas del Ministerio de Salud. Querían respuestas. Otros pedías que se les hicieras pruebas para detectar el coronavirus. No hubo respuestas ni pruebas. Foto de El Faro: Carlos Barrera.
 
Los habitantes del mesón perdieron la tranquilidad cuestionaron el trabajo de las enviadas del Ministerio de Salud. Querían respuestas. Otros pedías que se les hicieras pruebas para detectar el coronavirus. No hubo respuestas ni pruebas. Foto de El Faro: Carlos Barrera.

La gente sigue pidiendo a gritos que les hagan pruebas. Las dos trabajadoras se dan vuelta y suben a un pick up blanco. El conductor no puede arrancar. La gente se acerca para preguntar como pueden hacer para conseguir pruebas. Las mujeres no responden, ahora son ellas las interrogadas. Solo quieren irse. Se van.

Entre sus apuntes, se llevaron las respuestas de María, madre de dos hijos y pareja de Luis Herrera. Ahora todos los vecinos del mesón 207 asumen que Luis tiene coronavirus. María no recibió ninguna respuesta. Ahora mismo ella es un posible foco de contagio. Al entrar al mesón, unas mujeres le gritan: "¡hablá con la verdad!". María agacha la cabeza, entra a su pieza y no sale más.

El personal del Ministerio de Salud se retiró del lugar cuando los habitantes del mesón 207 empezaron a subir el tono de sus reclamos. Foto de El Faro: Carlos Barrera.
 
El personal del Ministerio de Salud se retiró del lugar cuando los habitantes del mesón 207 empezaron a subir el tono de sus reclamos. Foto de El Faro: Carlos Barrera.


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