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Arreglar un país requiere más que delirios de grandeza

Carmen Tatiana Marroquín

 
 

Entre esperanza, alegría y aplausos de muchos; asombro, desazón y temor de otros, Nayib Bukele tomó el poder del órgano Ejecutivo el 1 de junio de 2019. La épica que impregnó en su discurso y que hizo gritar de emoción a muchos en la Plaza Gerardo Barrios giraba alrededor de una idea que, desde mi perspectiva, era la que daba algo de contenido a su arenga a lo largo de la campaña electoral: hizo historia poniendo fin a la posguerra (y al “bipartidismo”). El Salvador estaba, pues, a las puertas de una gran trasformación liderada por el pueblo salvadoreño.

Debido a la acelerada y nada tradicional carrera política de Nayib Bukele, y frente a la incomprensión del fenómeno político que observaban, muchas personas creyeron que lo que presenciaban con la llegada de Bukele al poder era histórico y transformador, le compraron la idea de grandeza, sin recapacitar en que las transformaciones sociales en pro del bienestar humano siempre han sido lideradas por una colectividad, un grupo de personas especialmente conscientes de su realidad, de sus posibilidades y del rumbo de su proyecto.

Contrario a esto, el proyecto político de Nayib Bukele no tiene una definición ideológica clara ni un rumbo medianamente definible, y tampoco se caracteriza por ser conducido por una colectividad. Las ideas y el liderazgo del proyecto tienen como principio y fin la imagen y la palabra del presidente; por tanto, su gabinete y sus funcionarios, los liderazgos de su partido y sus cuadros, no tienen por qué tener identidad ideológica, formación política o ideas claras de cómo se vería la sociedad transformada a la que apelan; tienen que poder seguir órdenes y entenderse como ejecutores de un plan definido por la palabra (bastante volátil) de Bukele. Desde aquí, cualquier transformación social de beneficios colectivos ya es inviable y cualquier cambio en las formas de hacer política podrá ser solo superficial.

¿Fin de la posguerra?

Derrotar electoralmente a los dos partidos que dominaron el escenario político desde los Acuerdos de Paz no es cualquier cosa; en definitiva será un hecho relevante en la historia del país, pero “pasar la página de la posguerra”, como lo dijo el presidente en su toma de posesión, está definido por cosas que sobrepasan radicalmente la alternancia partidaria en la presidencia. Pasar la página involucra asumir los avances democráticos del capítulo anterior y plantear un cambio sustancial en el ejercicio del poder.

Es claro que los espacios democráticos que nos proporcionaron los Acuerdos de Paz y que son viables en este sistema económico no son suficientes. Hacer alarde de nuestras instituciones y democracia sería un absurdo tomando en cuenta la profunda desigualdad y marginación social y económica que predomina en el país. Esto tiene su razón de ser en que la lucha del pueblo salvadoreño durante el conflicto armado no era por “pulir” una democracia, sino por conquistar un poco de ella. La lucha social que derivó en una guerra de 12 años era en contra del autoritarismo y, hasta hace un año, parecía que, con sus dificultades y desaciertos, la sociedad salvadoreña seguía apostándole a la democracia.

Frente a esto, el gobierno de Bukele, más que trascender de la posguerra parece ser un obstáculo para consolidarla. Su incomprensión por el funcionamiento del Estado, su desdén a los espacios democráticos y de contraloría, y su fascinación con tener como brazo político a las fuerzas armadas, transparentan su perfil autoritario y consolida retrocesos en los procesos democráticos de la sociedad salvadoreña.

Su ejercicio del poder tampoco vislumbra cambios positivos. La forma de hacer política del presidente no parece emanar de la nobleza de buscar el bien común, sino de las ambiciones de dominación. De ahí que su forma de lucha contra sus adversarios políticos sea maldecirlos cada vez que sea posible, que entienda como enemigo a toda aquella persona que cuestiona su forma de gobernar y que las leyes e instituciones le estorben. Un avance en el ejercicio del poder sería que su liderazgo político fuese capaz de reconocer, asumir y gobernar haciéndole frente a los conflictos de la sociedad salvadoreña. En un año, en cambio, el presidente ha demostrado que solo es capaz de generar más conflictos.

 Arreglar a El Salvador
En su toma de posesión, el presidente alentó a la población a acompañarlo para “sanar a El Salvador”, “arreglar a El Salvador” y aterrizó un poco en qué consistiría esta curación: salud, educación, trabajo, inversión. Ahondó apenas lo suficiente para apelar a lo emocional, sin dar detalles que permitieran verificar la factibilidad del arreglo que proponía. Ojalá en los meses siguientes hubiéramos obtenido más información, pero hasta la fecha persiste la deuda de un plan de gobierno que nos permita dilucidar a qué se refiere el mandatario cuando dice que va a “mejorar la educación” o cómo planea que la economía ofrezca más trabajo. Mucha menor idea tenemos, incluso, de cuál es su plan para superar los grandes problemas del país (violencia, pobreza, desempleo, subempleo, pensiones, finanzas públicas, etc.), y ni hablar de lo que supone ya haber superado: la violencia de pandillas.

Una de las grandes deudas políticas para El Salvador de los últimos años es el debate acerca de la transformación del modelo de desarrollo económico, que hace tiempo demostró ser incapaz de ofrecer dignidad material para la mayoría de la población. Cualquier “nuevo capítulo” en nuestra historia requiere de una profunda discusión acerca de cómo transformar radicalmente la economía, cómo establecer políticas fiscales que le den al Estado la capacidad de invertir y gastar en la protección social de población; cuál es el papel que debe tener el sector empresarial en pro de beneficios de la colectividad y no solamente privados, qué tipo de inversión buscamos atraer como país y cómo garantizamos que sea de beneficio de El Salvador más allá de proveer (insuficiente) empleo con salarios de hambre.

Luego de un año de Gobierno, esta discusión parece más lejana que antes. El planteamiento más claro en política económica que ha tenido Nayib Bukele es su apuesta por atraer inversión extranjera. Hace 30 años hubiera tenido algo de novedad, pero ahora solo transparenta su incomprensión de las dinámicas económicas que El Salvador ha tenido en las últimas décadas.

Nayib Bukele no conoce el país que gobierna, mucho menos en un tema tan complejo como el económico. Su gobierno parece no entender de economía, desde el momento que plantea que se puede abordar una pandemia sin tomar en cuenta, de forma integral, las imposibilidades para la subsistencia de la mayoría de la población al obligarlos a quedarse en casa. El mecanismo de subsidio creado para las transferencias por 300 dólares, aunque bajo la lógica correcta, fueron ejecutados de manera poco inteligente y al final solo lograron dar alivio a pocos en un mes, mientras la cuarentena se ha extendido a cerca de 3 meses.

En temas fiscales, este Gobierno entiende la hacienda pública como una billetera personal. La administración de Nayib Bukele ha cerrado los ojos y, apelando al miedo, ha decidido empeñar una parte de El Salvador, cerca de 10 % de su Producto Interno Bruto, en solo un año. También amenaza, sin mayor titubeo, con castigar a los otros órganos del Estado suspendiendo sus pagos, y gasta sin ánimos de ofrecer una rendición de cuentas sustancialmente mayor que la que gobiernos anteriores han ofrecido.

Las decisiones apresuradas e irreflexivas que ha tomado este Gobierno con el endeudamiento y el gasto público tendrán consecuencias en el día a día de la población salvadoreña. Si logra consolidar la gestión de los más de 3 mil millones de dólares en préstamos, el ajuste en términos fiscales tendrá que ser igual de contundente. Es decir que el Estado tendrá que generar más ingresos y gastar menos, todo lo anterior pasa por un impacto sustancial en la vida de los salvadoreños. Las primeras muestras de ello lo vimos con la reorientación de fondos de los ministerios de Educación y Medioambiente para cubrir la planilla de la Administración Nacional de Acueductos y Alcantarillados (Anda).

La forma y narrativa con la que el nuevo gobierno ha decidido abordar el endeudamiento da un claro ejemplo de la forma de hacer política de Bukele y su grupo: poco conocimiento de los detalles técnicos y variables económicas que involucra, apelar al miedo para justificar su actuar, recurrir a la matonería para buscar que la oposición partidaria se ponga de su lado, navegar en mares de mentiras y manipular el desconocimiento de la población; además, utilizar el tema para entrar en conflicto directo con sus adversarios electorales.

A un año de la llegada de Nayib Bukele al Ejecutivo, si bien persiste la incertidumbre respecto del rumbo del país, hemos reafirmado tres aspectos clave: que al proyecto político de Bukele le pesa la transparencia, que le molesta el conocimiento y que es enemigo de la verdad.

A pesar de lo anterior, su popularidad es indudable. Si de caracterizar a sus seguidores se trata, yo los separo en dos grupos. El primero tiene una simpatía manifiesta por el Gobierno que parte de la noble esperanza de que este Gobierno si será capaz de transformar a El Salvador y que, para eso, hay que hacer sacrificios y pelear contra lo que sea. El segundo está conformado, en cambio, por quienes guardan tanto rencor a los partidos políticos que traicionaron sus promesas, que están dispuestos a defender lo que sea que les garantice venganza. Al final, la mayoría de sus seguidores están aferrados a un sentimiento, el cual es legítimo y solo el tiempo sabrá sopesar con realidad.

El Gobierno no es el único que no tiene un rumbo definido, en la oposición tampoco se observa total claridad de su papel frente a la actual administración. Luchar contra lo popular es complicado para aquellos que, al final de cuentas, también tienen interés en los votos. Por el momento, Nayib Bukele continúa siendo un gran reto para los partidos políticos de oposición, que deben ser capaces de defender principios e ideas desde una minoría.

No todo está perdido. Hay una parte de la población que ha llegado al consenso de resistencia total a las acciones autoritarias de este Gobierno. La democracia sigue siendo una lucha profundamente revolucionaria; puede que no sea popular en esta coyuntura, pero es necesaria.

Si bien la pandemia y, ahora, la tormenta tropical le han dado un respiro al cumplimiento de promesas realizadas por el presidente al inicio de su gestión, estos eventos también han permitido dilucidar con claridad su forma de resolver problemas y utilizar las instituciones del Estado. Es claro que la histórica oportunidad que Nayib Bukele tuvo para convertirse en un líder político que llevara a El Salvador a consolidar su democracia y buscar su desarrollo social y económico, ya solo quedan alucinaciones transmitidas por cadena nacional y conferencias de prensa, en donde nos adornan la mediocre gestión pública con ser los “primeros en América Latina”, con recurrentes “primera vez en la historia de El Salvador”, y “ningún otro país en el mundo”. Junto a los gritos, ataques y ofensas del presidente, ya solo podemos observar delirios de grandeza de lo que pudo ser.

Carmen Tatiana Marroquín es feminista. Licenciada en economía, con estudios de posgrado en finanzas. Posee experiencia  profesional en supervisión del sistema financiero y se desempeña actualmente como analista técnica  en temas fiscales para el Órgano Legislativo, con la fracción del FMLN.
 
Carmen Tatiana Marroquín es feminista. Licenciada en economía, con estudios de posgrado en finanzas. Posee experiencia  profesional en supervisión del sistema financiero y se desempeña actualmente como analista técnica  en temas fiscales para el Órgano Legislativo, con la fracción del FMLN.


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