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De regreso al clóset durante la pandemia

José Isaí

 
 

El pasado 28 de junio se conmemoró el Día Internacional del Orgullo LGBTI y vi con mucha envidia cómo en redes sociales conocidos y amigos subían sus fotos con banderas arcoíris admitiendo con mucho orgullo su orientación e identidad. Yo, aunque siento mucho orgullo de ser quien soy, he tenido que pasar los últimos cuatro meses escondiéndolo. Estoy confinado y a salvo de la covid-19, pero el encierro me ha privado del disfrute de mi identidad.

En junio 2019 fui por primera vez a la Marcha del Orgullo LGBTI, y esperaba con ansias poder repetirlo este año, porque estoy convencido de que la visibilidad que nos permite esta manifestación es vital en un país machista y conservador como este, y en especial para quienes, como yo, todavía estamos con un pie adentro del clóset.

Activistas celebran los 21 años del Orgullo Gay, durante la marcha 2017, que se desarrolló el pasado 24 de junio. Foto: Víctor Peña
 
Activistas celebran los 21 años del Orgullo Gay, durante la marcha 2017, que se desarrolló el pasado 24 de junio. Foto: Víctor Peña

Este año iba a ser mi segunda vez, era un día que estaba esperando con muchas ansias. Pero me tocó celebrarlo a mí manera, sin colores ni canciones alegóricas, porque aún no he podido salir del clóset por completo.

A veces me dan ganas de contarle a alguna de mis hermanas sobre mi orientación, pero algo me dice que no es el momento. Sé que sí alguna de ellas se enterara lo primero que haría es juzgarme. Siempre me preguntan que si tengo novia y ya se les hace raro que a mis 21 años no haya llevado una a casa todavía. La cuarentena ha hecho más constantes estos comentarios, sobre todo de parte de mis tías “José  es el único que te traerá nuera", “bendito sea entre las mujeres". Este tipo de pláticas me ponen incómodo porque no tengo respuesta a las tantas preguntas que me hacen, y ahora no tengo razón para salir y evadirlas.

La pandemia en realidad vino a cambiar todo, quizás a retrocederme un poco, porque no puedo en mi familia ser la misma persona que soy con mis amigos. Aquí tengo que ser lo menos expresivo posible. Extraño tanto a mi otra familia. Estos casi cuatro meses de encierro me han deprimido, desesperado. A veces quisiera salir corriendo, pero sé que no es lo correcto. Es una situación que no está en mis manos y me toca ser fuerte. Mantener la calma y pensar que algún día todos saldremos y celebraremos como se debe.

Sé que no todos los de la población LGBTI vivimos en una familia armónica, a otros nos toca aguantar los propios rechazos de nuestra familia y esta cuarentena contribuye a esos tipos de sucesos que a veces nos ponen entre la espada y la pared, sin escapatoria. Lo sé, lo he vivido, pero he sabido caminar con esa carga. Una carga injusta, porque nadie tendría que ser como los demás quieren que seas.

A los siete años supe que era diferente a los demás. No era el típico niño que jugaba a la pelota. Siempre fui aquel niño que prefería jugar a las casitas con mis hermanas, aunque casi nunca me dejaban jugar con ellas. Mi mamá me decía que eso era de niñas y que yo debía jugar con carritos, pero había algo dentro de mí que también me atraía a las Barbie, así que a escondidas agarraba las muñecas de mis hermanas y jugaba a peinarlas.

Toda mi vida he tenido que aparentar frente a mi familia que soy “normal”, porque de un total de seis descendientes soy el único hijo varón, y aunque no soy el mayor, por tradición se supone que soy quien tiene por “misión” heredar el apellido. Mis padres se llenaron de niñas buscando otro hombrecito para tener “parejitas”, pero fui el único. A veces pienso que si tuviera un hermano no recaería toda esa presión sobre mí. Sobre todo desde hace un par de años que me convertí en "el hombre de la casa" cuando mis papás se separaron. No es lo mismo una familia donde solo mamá tiene que trabajar. Por eso tengo que esforzarme por sacar a mi familia adelante.

Las expectativas impuestas socialmente por ser el único hombre entre cinco hermanas es el muro que me detiene para no declararme libremente gay. Por eso he decidido que todo tiene que ir a su tiempo, calmado, paso a paso. Sé que no va a ser fácil. Estoy consciente de que el día que salga del clóset con mi familia explotará una bomba y las secuelas serán muchos enemigos. Mi familia es tan conservadora que cree que ser gay es un pecado. Durante muchos años me cuestioné, lloré y grité; pero con el paso del tiempo aprendí que no tengo por qué reprocharme por ser quien soy desde que nací. Yo no decidí ser gay, la orientación sexual no es algo que se prefiere de la noche a la mañana. Aprendí que ser diferente ayuda a entender el mundo de una manera más profunda, desde donde pocos pueden ver.

La primera vez que me enamoré de una persona de mi mismo sexo fue en bachillerato; era mi mejor amigo. Con él pasé muy buenos momentos: salíamos a comer, a caminar y siempre andábamos juntos. Él no era gay, pero supo darme su afecto y cariño como un buen amigo. Aunque nunca le conté sobre mi orientación sexual, sé que más de una vez se dio cuenta que yo no lo miraba con los mismos ojos que él a mí. Pero supo estar allí siempre. A diferencia de los demás compañeros de escuela que se encargaron de que mis tiempos de estudiante fueran muy dolorosos. Como persona LGBTI me dolieron las palabras “culero”, “maricón” “poco hombre”. Pero a él, por el contrario, me defendió más de una vez y nunca me dijo nada al respecto. Pero la vida tenía destinos diferentes para nosotros y él tuvo que irse a Estados Unidos. 

En 2016 mi vida dio un giro rotundo. Ese año entré a la universidad a estudiar Periodismo. Allí fue donde decidí cambiar, despojarme del joven tímido y antisocial, para convertirme en alguien más amigable. La universidad fue el primer lugar donde decidí decirles a mis amigos que era gay, y esta vez no hubo insultos ni apodos dañinos; me aceptaron como soy. Para mí, saberme aceptado, fue como extender por primera vez mis alas y aletear con el viento.

En estos cinco años en la universidad me di cuenta de que me había perdido de muchas cosas: salir con mis amigos gais, intercambiar historias, experiencias y momentos que son únicos. Era lo que siempre había querido y por fin lo estaba viviendo. Por eso aprecio mucho que entre nosotros podamos apoyarnos y alzar la voz tan fuerte que no haya nadie que nos pueda callar, pues también somos seres humanos y quizás más que aquellos que piensan que somos “locos”, “raros”.

En 2018, uno de mis compañeros de la universidad me habló de su experiencia en la Marcha del Orgullo que se realiza en San Salvador. Yo, como vengo de un pueblo rural, ni me enteraba de este tipo de actividades. Me amigo me invitó, pero no me animaba a ir por no saber cuál sería mi reacción participando en ella y porque siempre había tenido el temor de que alguien me viera o le contará a mi familia. Al año siguiente, en 2019, decidí darle poca importancia a eso y fui con un grupo de amigos. Hace un año, mientras marchaba pude respirar libertad, ver a muchas personas siendo felices, sintiéndose seguras y, sobre todo, sintiéndose orgullosos y orgullosas de quien realmente son.

En la marcha escuché por primera vez What’s up, de 4 Non Blondes una canción que me gustó mucho, sobre todo cuando dice “Entonces algunas veces lloro cuando estoy recostada en cama, tan solo para sacar todo lo que está en mi cabeza, y yo soy francamente un poco peculiar”.

Cada día en esta cuarentena me levanto con la esperanza de que habrá un mañana donde todo será diferente. Me siento como un ave que desea extender sus alas mientras desde su jaula mira a otras sobrevolar libremente el cielo azulado. Tengo 21 años y desde muy pequeño me siento como en una jaula sin poder extender mis alas, sin poder ser quien en realidad soy.


José Isaí es un seudónimo elegido por el autor para compartir, desde el anonimato, su relato desde el clóset impuesto durante la pandemia.


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